lunes, 29 de mayo de 2017

Solo quiero que me dejen tranquila







   He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. No sé por qué no me dejan tranquila. ¿Acaso les molesto yo a ellos? Me atosigan con besos y abrazos. Se acercan tanto a mí que sus caras parecen globos gigantes. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.


   Ellos no entienden nada. No entienden que me guste jugar sola. Guardarme en los bolsillos piedrecitas del camino; ponerlas una al lado de otra en la alfombra del salón y formar una estrella. Pero ellos no entienden nada. No entienden que, cuando mi hermano Jaime desbarata de una patada mi dibujo, todo se vuelve negro. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.

   Mis padres se empeñan en llevarme a sitios extraños. Señores y señoras con batas blancas me miran por arriba, por abajo. Me dicen: “Haz esto, haz lo otro, date la vuelta, levántate, siéntate, vuelve a levantarte”. Me hacen mil preguntas. Me quedo muda. No los entiendo. Escriben sin parar, fruncen el ceño, discuten en voz alta. Vuela en el aire una palabra extraña: “Asperger, Asperger”. Papá se enfada. Mamá llora. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo. 

  He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. Ya no estoy asustada. Estoy sola, tranquila, feliz. Un petirrojo llega volando. Se posa en mis trenzas y me susurra al oído palabras que solo yo puedo oír.








*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Robin de Truls Espedal.

viernes, 19 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la luvia. Fin









  Dejamos la ciudad una gélida noche de enero, la noche anterior a mi boda. Escapamos como malhechores que huyen de su destino. Yo no llevaba más que un par de vestidos y la firme promesa de que me haría su esposa. Nos esperaba un coche a las afueras conducido por un labriego que apenas conocía. He de decir que, cuando me vi entre aquel hombre de fieros bigotes y Ricardo, que con el ceño fruncido me parecía un extraño, estuve a punto de volverme al calor de la casa de mis tíos. Mas superé el miedo cuando mi galán me dedicó una de sus luminosas sonrisas.

  La capital supuso para mí una decepción. Creía que iba a encontrar un lugar luminoso, lleno de gente culta y distinguida pero lo que pude ver no se parecía nada al cuadro de vistosos colores que había pintado para mí Ricardo. Entonces no sabía que pasaría mucho tiempo antes de salir de aquel barrio sucio y maloliente en el que sobrevivían las familias de los obreros de una fábrica de tejidos de algodón. ¿Dónde estaban las amplias avenidas por las que transitaban coches elegantes? Ricardo solo me mostraba estrechas callejuelas pavimentadas de lodo, cáscaras de fruta y excrementos. 

  Llegamos a un caserón que no tenía más que una ventana que daba a una calle más ancha que las que habíamos dejado atrás aunque no más limpia. En ella vivía una viuda respetable, me dijo Ricardo, que me daría alojamiento hasta que nos casáramos. No pude evitar estremecerme cuando nos abrió la puerta una mujer entrada en años, con el negro cabello desgreñado y unas zapatillas desparejadas que asomaban por debajo de una falda negra demasiado corta. Como una ráfaga de aire, me vino el recuerdo de mi tía, siempre tan pulcra, tan atildada, y el deseo de volver a su lado fue tan intenso, que por unos instantes mi corazón parecía que se iba a detener. Saltaba a la legua que conocía a Ricardo. En su trato con él se mezclaban la familiaridad con la adulación. No me gustó. Su llaneza me ofendía y el tono empalagoso con el que se valía al hablar me causaba repulsión. El solo pensamiento de quedarme en aquella casa con tal mujer me llenaba de pavor. Me aferré al brazo de Ricardo y le supliqué al oído que nos marchásemos de allí; mas no pareció oírme atareado en reírse de un comentario subido de tono de la señora Medina, que tal era el nombre de la viuda.

  La mujer nos condujo a la que dijo era la mejor habitación de la casa, que a mí me pareció la celda de Segismundo. No tenía ventana y olía a orines como si nunca se hubiera ventilado. Una cama enorme con una colcha de ganchillo color verde, una silla a la que le faltaba una pata de atrás arrimada a la pared y un arcón era todo el mobiliario de aquel cuartucho, la mejor habitación de la casa. Se me escapó un sollozo pero, cuando me volví buscando su comprensión, Ricardo se había marchado dejándome sola en aquel agujero.

  Los meses que siguieron fueron un tormento. Las noches se me hacían eternas intentando conciliar el sueño y los días se me hacían interminables sin nada que hacer que esperar a mi amado que cada tarde me hacía una breve visita. Decía que no podía ocuparse más de mí porque estaba buscando un trabajo. Yo, creyéndolo doctor en leyes, confiaba en que su búsqueda diera frutos pronto. Pero no fue así. Los días pasaban y, cuando le preguntaba si había encontrado un bufete que reconociera su valía me respondía con evasivas o simulaba no haberme oído.

  Con el transcurso de las semanas, su trato conmigo se fue volviendo más hosco. Prefería a mi compañía las bromas procaces de la señora Medina o la cháchara grosera de la criada. Me causaba no poco desconcierto verlo reír hasta las lágrimas con frases a medio terminar que yo no comprendía del todo mientras que a mí me miraba con el ceño fruncido, como si le fastidiase tener que hacerse cargo de mi cuidado. Llegué a cogerle miedo pues podía despertar su cólera si me atrevía a interpelarlo sobre nuestro porvenir.

  Me invadió un sentimiento de abandono. Añoraba los mimos de mis tíos y de mis primos, las caricias de la anciana Naná, que, casi ciega, suplía la falta de vista con la sensible visión de las yemas de los dedos. La ociosidad no me ayudaba a superar la enfermiza melancolía en la que me iba sumiendo. Me ahogaba en aquella casa. No sabía cómo hablar con la señora Medina y la criada, no mucho mayor que yo, me daba miedo con sus descaradas maneras. 

  Martirizada por aquel ambiente tan opresivo, me ofrecía a hacerle a la señora Medina toda clase de recados que me mantuvieran alejada de la casa y, pese a no haber pisado nunca antes una frutería ni una lechería, me convertí en entendida en estos menesteres. En más de una ocasión mi patrona me encomendaba la compra de láudano, con el que aliviaba las fuertes jaquecas que la torturaban por las mañanas. De ese modo conocí a don Teófilo, el boticario. 

  Era éste un hombre que me traía el recuerdo de mi tío. Siempre me acogía con una sonrisa que parecía augurar un venturoso porvenir. Mezclaba su habla entre andaluza y extremeña con graciosas palabras que inventaba. Me gustaba ir a su botica y entretenerme con su discreta conversación. Siempre tenía una palabra amable para sus clientes y era cariñoso conmigo cual si sospechase que me faltaba el calor de mis seres más queridos. Es cierto que mi pudor me impedía abrirle mi corazón pero, con la clarividente intuición de quien está acostumbrado a tratar con gente de muy diversa condición, adivinó mis penas, con sus delicadezas, supo darles alivio y confortarme con su consuelo. No era raro, pues, que me escapase de la casa de la señora Medina solo para oírle hablar de sus pequeños nietos o del poder de los remedios que preparaba en la trastienda. Esos momentos en su compañía hacían mucho bien a mi corazón que, con tanta pena, comenzaba a fallar de nuevo.

  Fue don Teófilo quien me dijo que uno de sus clientes andaba buscando un abogado para su bufete. No es difícil imaginar el contento que me produjo esta noticia. Aquel día miré el cansado reloj de la señora Medina lo menos diez millones de veces esperando impaciente llegase la hora en que me visitaba Ricardo. Me volví sorda a las irónicas lindezas con las que me solía regalar la criada y los gruñidos de la señora Medina pasaron inadvertidos ante mí. Era tal mi alegría que me sorprendí mil veces a mí misma canturreando tonadas de mi niñez. En un momento de debilidad, les conté la buena nueva pero mis palabras no fueron recibidas sino con fuertes risotadas. 

  A pesar de la inoportuna hilaridad de la patrona y la criada, nada me hizo sospechar lo que me esperaba aquella noche. Cuando le conté a Ricardo que había encontrado un trabajo para él que nos abriría las puertas de un futuro juntos, no batió palmas de alegría, como esperaba que hiciese. Salió dando un portazo de la salita donde cada tarde le recibía y me dejó asustada en medio de una frase sin saber lo que había sucedido.

  Durante tres semanas esperé su regreso entre el deseo de volverme con mis tíos y el anhelo de verlo de nuevo. La señora Medina me miraba de soslayo sin decirme palabra alguna hasta que un día, ignoro si compadecida de mi desdicha o cansada de verme vagar por la casa como alma en pena, me lo contó todo. 

  Ricardo era el hijo de un pariente lejano de su difunto marido. Su padre había sido funcionario del ministerio ultramar en el primer gobierno de Cánovas del Castillo, donde había medrado siguiendo la estela de un conocido del ministro. Desde su elevada posición, había ayudado a mucha gente, entre quienes se encontraba el marido de la señora Medina. Le consiguió un puesto en un economato que le permitió vivir con holgura hasta su muerte. El hombre siempre estuvo agradecido a su pariente y, cuando se descubrió que Ricardo había abandonado sus estudios de Leyes, prometió mediar entre padre e hijo para evitar una ruptura. 

  Ricardo encontró en casa del señor Medina un lugar donde refugiarse de la cólera de su padre. El buen hombre había salido más de una vez en su rescate pagando, antes de que tuviera conocimiento el progenitor del joven, las deudas que contraía en negocios estrambóticos o en su trato con mujeres de malvivir. El difunto señor Medina nunca pensó que, con su proceder, había pagado con creces la deuda que pudiera tener con su pariente. Con una bonhomía que exasperaba a su mujer, perdonaba al díscolo muchacho su incapacidad para entrar en el mundo de los adultos. Le disculpaba cada vez que dejaba un empleo y creía a pies juntillas las promesas de regeneración siempre incumplidas.

  Poco antes de morir, el señor Medina hizo jurar a su esposa que nunca abandonaría a su joven pariente y solo en atención a tal juramento había accedido a acogerme en su casa.

  No quise creerla. Hacerlo sería admitir que Ricardo me había engañado, que todo él era un engaño. A la señora Medina le causaba risa mi pretensión de convertirme en la esposa de su pariente y se burlaba de mi ingenuidad por dar crédito a las historias con las que me encandilaba. Ricardo, decía, nunca había salido del país y sus fabulosos viajes no habían tenido lugar sino en su fantasía.

  Las revelaciones de la señora Medina fueron el origen de miles de cavilaciones hasta que pude ver a Ricardo una semana después. 

  Llegó con la sonrisa puesta en los labios y me colmó de tanto mimo que casi me hizo olvidar mis pesares. Era tanta mi alegría por tenerlo conmigo que no me atreví a contarle nada, no fuera a romperse el hechizo y volviera a abandonarme. Dejé pasar los días mientras vivía la dulzura del reencuentro.

  Pero mi Ricardo era de temperamento veleidoso y pronto se cansó de hacer de enamorado. Volvió su ceño fruncido, sus malhumores, y, por probar un plato nuevo, dirigió su atención hacia Petra, la criada.

  Mas esta vez abandoné mi talante sumiso.

  Lo llamé a mi habitación y le espeté no pocas lindezas. Hubo de oír de mis labios la historia que me había contado la señora Medina y hacer frente a una furia que ni yo misma sabía que guardaba dentro de mí. Fue tal su asombro que no negó nada, pero me apaciguó con caricias y besos más y más ardientes y por vez primera recibí el nuevo día en sus brazos.

  Los días que siguieron renovó sus promesas de hacerme su esposa. Se reconciliaría con su padre, dijo, y se sometería a sus deseos de hacer de él un hombre de bien. Yo le creí. ¿Cómo no iba a regenerarse por mí después de haber sacrificado mi virtud por él? Pero la gente no cambia solo porque deba hacerlo.

  Hacía tres meses que compartía las noches con él cuando sus visitas volvieron a escasear. Pero esta vez no me importó tanto. Mis primas Trinidad y Macarena habían dado conmigo y, sin hacer caso de la prohibición impuesta por el resto de la familia, me enviaron una larga carta que borró toda tentación de tristeza. La epístola me trajo el aroma de la tierra mojada que se colaba por las ventanas de la casa de mis tíos, el calor de un cariño desinteresado y la calma de un hogar donde no me tenía que preocupar más que por el color del vestido que me ponía para pasear.

  Las contesté tras releer tres veces sus cariñosas palabras. Durante días repetí en voz baja fragmentos enteros de la carta hasta que una nueva la arrumbó al fondo del arcón. 

  Ricardo no pareció importarle ni mucho ni poco que reanudase mi trato con Macarena y Trinidad. En sus vaivenes, a los que ya me estaba acostumbrando, le tocaba el turno a la indiferencia hacia mí y apenas me escuchaba cuando le hablaba. Ni siquiera prestaba atención a las bromas procaces de la señora Medina ni a las miradas seductoras de la descarada Petra.

  La dicha que me causaba la correspondencia con mis primas se vio empañada por unos mareos que empezaron a rondarme al levantarme cada mañana. Me daba vueltas la habitación, mi estómago, que siempre había sido dócil, se unía a la danza y la sola visión del desayuno me provocaba arcadas. Creí que era cosa de tanta emoción vivida en los últimos tiempos pero el paso de los días no me traía alivio alguno. El pudor me hacía esconderme de mi patrona y la criada pero, si las negras ojeras no me delataban, fue la perspicacia de la señora Medina la que adivinó mis cuitas.

  Una mañana, entró en mi dormitorio antes de que me hubiese levantado. Me traía, dijo, una taza de caldo que calmaría la rebeldía de mi estómago. Con una ternura que no la había creído capaz, retiró un mechón de mi cabello de la frente y depositó en ella un beso tan suave que apenas sentí. Luego me pidió que permaneciese en la cama un rato más. Aquella dulzura me causó más espanto que las bromas procaces, las risotadas o las brusquedades con las que solía obsequiarme. 

  Cuando me levanté, me estaba esperando en la cocina. Había mandado a Petra al mercado y estábamos solas. Me hizo sentar en la mesa frente a ella y me dio un puñado de judías verdes para que la ayudase a limpiarlas. Durante un rato, permanecimos en silencio, abstraídas en la tarea. Luego, como si continuara una conversación nunca iniciada, la señora Medina se puso a hablar de cosas sin importancia, el precio de la fruta, el frío de las calles... Cosas así. Yo la escuchaba no sin poca inquietud ignorando adónde quería llegar; pero poco a poco, me dejé conquistar por la suave calma que desprendía. De repente, levantó la voz y me hizo una pregunta que al principio no comprendí. Sus palabras descarnadas me causaron tanta turbación que se me cayó el balde de las judías. ¿Cómo sabía que no sufría las molestias propias de una mujer? No me dio tiempo a contestar. Detrás de esta pregunta vino otra y otra y otra. Más y más aturdida, me eché a llorar. La señora Medina me abrazó y prometió ayudarme.

  Aquella tarde, cuando vino Ricardo, no me encontró a mí en la salita donde solíamos vernos sino a la señora Medina, que lo esperaba erguida con gesto adusto junto a la ventana. Mi patrona no me contó gran cosa de la charla que mantuvieron. Supongo que, como solía hacer cuando estaba enfadada, el chorreo de sus palabras no dejó mucho hueco para las de Ricardo. Yo no le llegué a ver más que un instante en el momento en que cruzaba la puerta del vestíbulo para marcharse. No podía imaginar entonces que aquella iba a ser la última vez que lo tendría ante mis ojos.

  En tres semanas, no tuve noticias de Ricardo. Ni una breve visita ni unas letras para decirme que pensaba en mí. Transcurrido ese tiempo, me llegó una carta larga y ceremoniosa que no sirvió sino para llenarme de desamparo y desolación. En ella me decía que hacía unas semanas que se había reconciliado con su familia. La concesión del perdón de su padre, escribía, había llegado después de que su madre derramase amargas lágrimas. Su padre, hombre implacable, no se plegaba fácilmente a los deseos de los demás; nunca daba nada sin pedir algo en contrapartida. Había tenido que hacer un montón de promesas y sacrificios a expensas de un inmenso dolor. Tanta palabrería no era más que el preludio del anuncio de su matrimonio con otra mujer. Me abandonaba a mi suerte sin ninguna consideración. Ni una palabra del niño que estaba en camino. Ni una palabra de disculpa. Un montón de lamentos y lloros por la pérdida de libertad y nada más.

  Hube de leer la carta varias veces antes de comprenderla. Mi estupor era tal que ni lloraba ni reía. Salí al encuentro de la señora Medina y le tendí la carta entre balbuceos. La patrona no permaneció callada como yo. Sus imprecaciones debieron de oírse en los confines del país. Cuando se calmó, me cogió del brazo y me hizo sentarme junto a ella. Para entonces yo ya había tomado conciencia de lo delicada de mi situación. Había arrastrado por los suelos mi virtud y me encontraba lejos de mi familia. ¿Cómo iba a cuidar a mi hijo si no sabía cuidar de mí? Mi primer impulso fue escribir a mi tía y confiar en su bondadoso corazón, pero la señora Medina me persuadió con grandes aspavientos. Había que ir poco a poco, dijo, urdir un plan que mantuviese limpio mi nombre.

  Sentada en su escritorio y sin hacer caso de mis protestas, me dictó una carta dirigida a mis primas en la que les comunicaba mi boda con Ricardo. Con gran entusiasmo, narraba mi entrada en la iglesia de San Esteban del brazo del padre de Ricardo, la elegancia de los trajes de los invitados, los brindis después de un suculento banquete. Me revolvía al pensar en las mentiras que ensartaba en el papel pero seguía adelante confiando en el buen sentido de la señora Medina. Cuando terminé de escribirla, guardé la carta en mi dormitorio y durante una semana me debatí entre el deseo de romperla y el impulso de enviarla hasta que, en un rapto de inconsciencia, la llevé a la oficina de Correos.

  Tras aquella primera carta, vino la segunda, luego la tercera y luego la cuarta. En ellas contaba las lindezas sobre mi matrimonio que me dictaba la señora Medina. En más de una ocasión tuve que enfriar su entusiasmo y suavizar su fabulosa narración con tintes de realidad. Así les anuncié la alegría por la espera de un hijo. En mis cartas, me cuidaba mucho de dejar traslucir el anhelo de verlas no fueran a presentarse en casa de la señora Medina y descubrieran el engaño.

  Dos días antes de Navidad, nació mi hija y el día de Reyes la bauticé con el nombre de Aurora, como mi madre. La señora Medina fue su madrina y don Teófilo, su padrino. 

  En cuanto me vi madre de una niña, dejé atrás mis miedos, que me convertían en un ser sumiso y pusilánime. No podía seguir viviendo de la caridad de la señora Medina ni volver deshonrada a la casa de mi infancia. Mi buena patrona insistía en que escribiera a mi tía y le dijese que me había quedado viuda para salvaguardar la respetabilidad de mi nombre pero yo no quería valerme de más engaños. Con mis pocos conocimientos de piano, busqué tres niñas a las que daba clases en sus casas. Parte del dinero que ganaba se lo daba a la señora Medina por la habitación y la comida; el resto lo guardaba para la educación de mi Aurora. 

  Cuando ahorré un poco de dinero, alquilé un apartamento en un barrio más alegre de la ciudad y más saludable para mi pequeña Aurora. Atrás dejé mi sensibilidad exaltada y mi temperamento se volvió reservado y cauteloso. Encerré en el arcón del olvido el recuerdo de Ricardo, como si realmente hubiese muerto, como si fuese realmente su viuda, y derramé todo mi amor en Aurora.

  De cuando en cuando, como para reavivar los sueños de otro tiempo, enviaba un poema a alguna revista literaria. Firmaba con el seudónimo de Aurora Quevedo para que nadie me reconociese. Aurora por mi hija; Quevedo por quien me mostró la belleza de las palabras. Con estos poemas recordaba quien fui un día; me anudaban a mi juventud perdida.

  Solo la añoranza de mi familia perdida empañaba el cielo de mi felicidad. En otoño, la llegada de las lluvias me traía el recuerdo de la tierra mojada de mi ciudad. Me inundaba la tristeza al evocar el rostro de mi tía, madre de mi corazón, la voz grave de mi tío, las sonoras carcajadas de mi primo Santiago o las manos ásperas de Naná. La señora Medina, que nos visitaba con frecuencia, me animaba a escribirlos, a tomar el tren para ir a visitarlos pero yo no me decidía. En mi espíritu seguía viva la vergüenza por haberlos traicionados. Y, mientras tanto, las cartas de Macarena y Trinidad traían noticias cumplidas de cada uno de ellos: la úlcera de mi tío, la boda de Santiago, el fallecimiento de la anciana Naná, los nacimientos de los hijos de mis primos, bautizos, primeras comuniones... La vida en la ciudad seguía su curso sin mí.

 Cada vez que llegaba una carta me demoraba al abrirla. Imaginaba que contenían una llamada, un beso, una palabra de mi tía, de mi tío, de mis primos. Pero parecía que, a excepción de mis queridas Trinidad y Macarena, todos me habían borrado de su recuerdo.

 Una tarde de domingo estaba leyéndole un capítulo de David Copperfield a Aurora, cuando sonó el timbre de la puerta. La niña, que entonces contaba doce años, echó una carrera hasta el vestíbulo para abrir esperando encontrarse a la señora Medina o a don Teófilo, que la había adoptado como una nieta más. Un minuto más tarde, volvía sola. Que un señor preguntaba por mí. Por un momento, mi corazón, como si quisiera jugarme una de sus antiguas pasadas, se detuvo un instante y me hizo creer que se trataba de Ricardo pero me equivoqué.

  Delante del espejo del vestíbulo estaba Fernando. Me impresionó su porte distinguido que le hacía parecer más alto. Su elegancia me recordó lo que había perdido. Traía un abrigo negro que no se quitó hasta que no le invité a hacerlo. Estuvimos unos segundos sin atrevernos a movernos, esperando que el otro diese el primer paso. Aurora nos miraba curiosa hasta que Fernando abrió los brazos y me envolvió en ellos. Su calor me hizo temblar.

  —La tía se muere —dijo—. La tía se muere y quiere verte. He venido a buscaros a la niña y a ti.

  No había tiempo que perder. Metí cuatro cosas en una maleta pequeña y salí con él. 

  Llegamos a mi querida ciudad de madrugada. Las primeras luces del alba me mostraban los lugares por donde había transcurrido mi niñez: el colegio de las ursulinas, la torre del ayuntamiento, los jardines de las Escuelas Pías, la casa de la tía Fuensanta, nuestra casa... Todo parecía más pequeño. Cuando se detuvo el coche en la entrada, la luz de la ventana del dormitorio de mis tíos me arrancó una lágrima. Traspasé el umbral asiendo con fuerza la mano de Aurora, a quien el sueño la hacía andar a trompicones. Al pie de la escalera estaba mi tío que debía de habernos oído llegar. Me besó en la frente, como solía hacer cuando era niña y luego abrazó a mi pequeña Aurora. 

  Mi tía parecía dormitar cuando entré en su dormitorio. Abrió los ojos en cuanto me senté junto a la cama y me sonrió. Luego volvió a dormirse. Pasé la noche sin moverme de su lado rememorando los momentos que había vivido en aquella casa, mi casa, con aquella familia, mi familia. En tanto en tanto, mi tía despertaba y, al verme, me dedicaba una media sonrisa que quería ser la acogedora sonrisa de otros tiempos. Así, entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, estuvo tres días. El cuarto, pareció despertar del todo. La fiebre desapareció y sus mejillas se sonrosaron. 

  Me pidió un vaso de agua, pero solo se humedeció los labios agrietados. Descansó la cabeza en la almohada antes de hablarme. Apenas la oía, tan queda era su voz. Sus palabras evocaban los años de mi niñez, mi corazón delicado, mi alocada fantasía llena de versos. Pero también hablaban del dolor de la separación, de los años de espera, de las noticias que le llevaban Trinidad y Macarena y que ella escuchaba ilusionada. 

  —Te conozco tan bien —dijo—, que leía entre líneas los pesares que nos ocultabas.

  Yo apenas la oía, ahogada en el llanto. Su dulzura me dolía más que si me hubiera cubierto con sus reproches. En sus palabras no había rencor por mi alejamiento pero sí mucha tristeza. Finalmente, fatigada, volvió a cerrar los párpados y se durmió con un sueño agitado. Aquella noche, nos llamó a todos a su lado. Repartió un beso a cada uno y cerró los ojos para siempre.

  Me quedé en la ciudad dos semanas más, hasta que finalizaron las exequias por mi tía. Me reconcilié con mi tío, la tía Fuensanta, el primo Santiago, el primo Fernando, Macarena, Trinidad. Me reconcilié conmigo. Con la niña asustada que llegó a aquella ciudad con siete años. Con la adolescente soñadora fascinada con la poesía. Con la joven enamorada de una ilusión. Con la madre de Aurora, que había desterado de su corazón falsas quimeras.

 Han pasado muchos años desde entonces. He vivido mucho. He tenido alegrías, tristezas. Mi hija me ha hecho abuela. La mayoría de la gente que quise de niña y de joven ha muerto pero, si cierro los ojos, me viene muy vivo el aroma aroma del magnolio florecido y de la tierra mojada por la lluvia que se colaba por la ventana de mi dormitorio en la casa de mis tíos. Entonces mis labios cobran vida y brotan de ellos unos versos:


“Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado”.

viernes, 12 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la lluvia. Segunda Parte









   Y, sin embargo, ni a mis tíos ni a mis primos les gustaban aquellas horas más y más prolongadas que pasaba en soledad. Temían que se resintiera mi salud. Aquella pasión por la poesía no servía, decían, sino para excitar mi ya de por sí enardecida sensibilidad. Tanta lectura no podía ser buena para mi corazón delicado. Hacían cualquier cosa para alejarme de los libros. Mi tía me pedía que la ayudase en alguna labor de costura; mi tío que le limpiase una de sus pipas o que regase la camelia carmesí que con mimo cultivaba en el balcón; mi primo Santiago, el más joven de los tres, me tomaba como su confidente y me contaba sus desventuras con Luisa, su prometida; y hasta Naná me encomendaba cientos de pequeñas tareas que no me fatigasen pero me tuvieran entretenida. 

   Con la llegada de la primavera, más y más preocupados por las largas horas que pasaba encerrada en el gabinete, mis tíos me animaban a salir con ellos. Unas veces íbamos a pasear por los jardines aledaños a las Escuelas Pías, otras me llevaban a hacer alguna visita a casa de Fuensanta, la hermana de mi tía, que hacía poco se había trasladado a la ciudad con su marido y sus siete hijos. No me gustaban mucho aquellas visitas. Los años pasados me habían acostumbrado a rehuir todo trato social y ni siquiera cuando estuve en el colegio fui dada a hacer amistades. De manera que, aunque hubiera preferido quedarme en casa con mis libros y mis poemas, el temor a disgustar a mis tíos me llevaba a obedecerlos sin rechistar.

  Sospecho que, en su afán por hacerme salir con ellos, no les animaba únicamente su inquietud por verme convertida en una joven solitaria ni pensaban solo en los beneficios de los rayos del sol sobre mi delicada salud. También andaba por medio un interés más egoísta. Aunque me decían que podía disfrutar de la alegre compañía de las dos hijas de Fuensanta, Macarena y Trinidad, de edades parejas a la mía, mis tíos tenían puestos los ojos en Fernando, el tercero de los hijos y con quien esperaban casarme.

  Así, lo que empezó como unas visitas de cortesía acabó convirtiéndose en una costumbre.

  Mi tía pasaba las mañanas atareada haciendo bizcochos que luego tomábamos con el chocolate que preparaba Fuensanta. Las veladas se alargaban hasta bien entrada la noche. Acudían a ella el cura de la Presentación, un hombre orondo y bonachón que a mí me parecía entonces un viejo aunque no debía de tener cuarenta años; la viuda del secretario del ayuntamiento y dos maestras solteronas que de niñas habían sido amigas de mi tía y de su hermana. Ya se puede uno imaginar que no se hablaba de poesía en aquellas veladas. Lenguas afiladas diseccionaban la vida de los vecinos. No se les escapaban los amores furtivos de las modistillas, las distracciones en misa, los trucos culinarios de las buenas amas de casa con los que ocultaban sus escaseces y disfrazaban aromas y sabores, ni los zurcidos en las medias de jóvenes pretenciosas o la conversión del vestido de una muchacha en falda para una hermana menor. 

  Todos, incluidas Macarena y Trinidad, participaban entusiasmados en aquellas conversaciones que a mí me causaban hastío. Tal vez si hubiese conocido a las personas de las que hablaban, hubiera sacado mayor provecho de aquellos pozos de sabiduría pero llevaba mucho tiempo en los que mis únicos amigos eran los libros. Así pasaba las tardes con la imaginación puesta en mis cosas sin prestar demasiada atención a aquella charla sin sustancia. He de decir, no obstante, que mis nuevas primas hacían todo lo posible y hasta lo imposible para contentarme. Me ofrecían los mejores dulces, me hacían pequeños obsequios, un dedal de plata, unas tijeritas de bordar... o tocaban para mí alguna sonata de Beethoven en un viejo piano de pared no muy bien afinado. Así las fui tomando cariño pero, aunque me esforzaba en complacerlas, no podía evitar aburrirme.

  En cuanto al primo Fernando, no puedo decir si me gustaba o no porque apenas le veía. No solía estar en casa a la hora en que su madre organizaba las meriendas pese a que su trabajo como pasante en un bufete de abogados le dejaba las tardes libres y, cuando estaba, permanecía todo el tiempo en otra habitación jugando alguna partida de mus con tres jóvenes que ni siquiera entraban en la sala a saludarnos. De manera que, aunque hubiera querido complacer a mis tíos no hubiese podido: el primo Fernando estaba fuera de mi alcance.

  No obstante, una tarde llegó con un amigo distinto que se empeñó en pasar a la sala y saludar a la dueña de la casa. Fuensanta, halagada por esta pequeña atención que no era habitual entre los amigos de su hijo y sin hacer caso de los gestos que éste le hacía, lo invitó a una taza de chocolate, que el recién llegado aceptó visiblemente complacido.

  Se llamaba Ricardo y tenía veinticinco años, le contó a Fuensanta y a mi tía. Trabajaba como pasante desde hacía unos meses en el mismo bufete que Fernando. Había recalado en nuestra ciudad cansado de rodar por el mundo. Con una gracia que no tenía parangón entre ninguno de los presentes, nos habló de un viaje que había hecho el año anterior por Italia y Grecia. Pintó de vivos colores ciudades que solo conocía por haberlas visto señaladas en el atlas que guardaba mi tío en el gabinete o que me evocaban los poemas de Byron y de Keats. Pero más que sus historias era la sencillez al contarlas lo que cautivó a su auditorio siendo yo misma su oyente más entregado. Salpicaba su narración de anécdotas divertidas, algunas lo bastante picantes para provocar rubores entre las féminas aunque no lo suficiente como para ofendernos. 

  He de decir, no obstante, que él era el primero que parecía disfrutar con su papel de protagonista haciendo caso omiso del creciente malhumor de mi primo Fernando. Mas no mostraba engreimiento alguno y, si se sentía envanecido, sabía esconderlo con altas dosis de cortesía hacia cada una de nosotras. De sus labios salían las más lindas alabanzas, palabras de admiración hacia las dotes culinarias de la anfitriona, el talento extraordinario en el piano de mis primas o la sonrisa hechicera de mi tía. 

  Poco antes de las nueve, debió de pensar que estaba abusando de la hospitalidad de Fuensanta y recordar a su amigo porque se volvió a él y, con una sonrisa con la que parecía querer hacerse perdonar, lo siguió hasta la habitación donde lo esperaba la mesa de juego.

  Ricardo se convirtió en un asiduo a las meriendas de Fuensanta. Llegaba con la excusa de una partida de mus pero, antes de juntarse con los compañeros de francachelas de Fernando, se unía a nuestra tertulia y nos regalaba con sus delicadas atenciones. Al principio era el centro de atención de toda la concurrencia, pero, con el paso de los días, fue perdiendo el atractivo de la novedad y se fueron abriendo paso las conversaciones habituales de las tertulias de Fuensanta. Para mí, sin embargo, era su presencia el único aliciente de aquellas visitas y, si alguna tarde faltaba, me parecía que el sol se apagaba.

  Fue eso, supongo, lo que le hizo fijarse en mí, la persona más insignificante de la tertulia de Fuensanta. Debió de ser duro para él verse reducido a simple invitado tras haber sido el centro de todas las atenciones y el blanco de todas las alabanzas. Solo yo mantenía intacta mi admiración hacia él. Ni siquiera Fernando le hacía mucho caso sino era para desplumarlo en alguna manita de mus.

  De modo que no es de extrañar que Ricardo, el más deseado unas semanas antes, pusiera los ojos en mí, quien lo escuchaba embelesada e, ingenua como era, creía todas sus historias como si fueran el mismo evangelio. Así se convirtió en mi compañero de soledades. Tenía el don de adivinar lo que me gustaba y halagaba mis oídos recitándome poesías. En cuanto entraba en la sala, me buscaba con la mirada y su sonrisa se extendía por todo su rostro cuando me veía. Luego pasaba la tarde hablándome de la vida tan maravillosa que pensaba construir cuando formase una familia junto a la mujer de sus sueños. 

  Ya puede imaginarse el efecto que tenían en mi espíritu sus palabras. No albergaba duda alguna de que la mujer llamada a ser su esposa no era otra que yo misma. Ya me veía dueña de su casa y rodeada de sus hijos, nuestros hijos. Mi sensibilidad exaltada inventaba miles de historias, que hoy me producen risa pero que entonces eran casi mi único alimento. Su recuerdo me robaba el sueño y la evocación de su rostro me hacía olvidar hasta de comer. Hubiera muerto de hambre de no haber sido por los cuidados que me prodigaban en casa.

  Y, cuando empezaba a hacerme ilusiones sobre un futuro lleno de venturas a su lado, desapareció. 

  Corrieron cientos de historias acerca de su marcha repentina. Se decía que había quebrado la confianza que habían puesto en él los socios del bufete y se había apropiado de un dinero que no era suyo; que había seducido a la criada del director del seminario mayor, que se aburría con nuestra insípida compañía... Todos en la tertulia de Fuensanta acuciábamos a Fernando con nuestras preguntas que él respondía con medias palabras como si supiera mucho pero pudiera decir poco, aunque sospecho que su ignorancia era tan grande como la nuestra. No sé cuánto había de verdad en aquellas historias, lo cierto es que nadie le denunció ni por el dinero ilícitamente apropiado ni por la honra mancillada. Con el paso del tiempo, Ricardo cayó en el olvido. Solo yo añoraba su presencia y penaba porque, en su marcha, no hubiera tenido una palabra de despedida para mí. 

  Enamorada como solo se enamoran las jóvenes solitarias sensibles en demasía, caí en un estado de melancolía del que no me sacaban las delicadas atenciones de mi familia. El doctor Ovidio, preocupado por la fragilidad de mi corazón, me mandó permanecer en la cama hasta mediada la tarde. Pero con ello, no consiguió sino aumentar el sentimiento de desdicha que me embargaba. Pero mi corazón era más fuerte de lo que decía el médico pues resistió el embate de la decepción.

  De nuevo la literatura salió en mi ayuda. Un periódico local con pretensiones de vanguardia me publicó un relato y varios poemas. Ante el éxito que tuvo entre el puñado de lectores que leía la publicación, me ofreció escribir una columna que primero fue mensual, luego quincenal, para acabar siendo semanal. Todavía no me explico cómo pude alcanzar tanta notoriedad con mis poemas, yo, una joven inexperta, por más sentimiento que pusiera en ellos. Lo cierto es que me convertí en una celebridad en la provincia. En poco tiempo me vi dando conferencias, respondiendo cartas de rendidos admiradores y recibiendo visitas de quienes meses antes ni se dignaban mirarme. Hasta en la tertulia de Fuensanta, que nunca había despertado interés alguno más que en mis primas, me torné en alguien a tener en cuenta. 

  Para dicha de mis tíos, Fernando empezó a cortejarme: mucho me temo que más por seguir la moda de la ciudad que porque realmente disfrutase de mi compañía. Cuando estaba conmigo le costaba disimular su inseguridad. No sabía muy bien cómo tenía que tratarme. Mi mal ganada fama de instruida le imponía. Unas veces exageraba los galanteos que tan buen resultado le daban con otras señoritas casaderas pero que a mí casi me provocaban la risa por lo forzados y poco naturales. Otras veces, como queriendo ponerse a mi altura, me hablaba de poesía y casi era peor. Hasta yo, con mi escaso conocimiento de la vida, me percataba enseguida de que acababa de aprenderse de memoria las opiniones que me daba sobre el bueno de Garcilaso o sobre Lope de Vega. Aun así no podía evitar conmoverme con sus patosos intentos por conquistarme y, con el paso de los meses, le fui tomando más y más cariño.

  En la familia nadie dudaba que aquel divertimento acabaría en boda. Mi tía y su hermana hacían miles de planes por nosotros y sabían de antemano hasta los hijos que íbamos a tener y los nombres que llevarían. Trinidad y Macarena, recientemente desposadas, no eran ajenas al alborozo que causaba en la familia mi casamiento y aportaban sugerencias sobre cómo, cuándo y dónde tenía que ser mi boda. En cuanto a mí, mentiría si dijera que me entusiasmaba verme como la esposa de Fernando pero tampoco veía ninguna razón para negarme. De modo que me dejaba llevar por los vientos que corrían y me convencí de que así había de ser.

  Pero el tan esperado enlace nunca llegó a celebrarse. Unos meses antes de la fecha prevista, regresó Ricardo y desbarató los planes de todos.

  Se presentó en la tertulia como si no hubiesen transcurrido tres años sino unos días desde su última visita, como si nunca hubiera abandonado la ciudad cual un ladrón que se oculta de la gente. Traía los bolsillos vacíos de dinero pero llenos de historias aún más fabulosas que las que contaba antes de desaparecer. Su encanto hizo que fuera recibido como el hijo pródigo al que todo se le perdona. El olvido cubrió con su velo las historias que habían corrido sobre él. Como antaño, se vio rodeado de una corte de admiradores que escuchaban con arrobo sus cuentos y, como antaño, me hechizó con sus miradas seductoras haciéndome olvidar su abandono.

  Olvidé a Fernando, a mis tíos, mis primas, mis primos, a Fuensanta. Y hasta de mí misma me olvidé solo por mendigar una palabra.

  Mendigar, sí, porque él también debía de ser olvidadizo y no parecía recordar que un día me distinguió entre las demás mujeres. No es que no fuera galante conmigo, que sí lo era, más gastaba conmigo la misma cortesía que con la hija del factor del ferrocarril y me dedicaba los mismos piropos que los que dirigía a Macarena o Trinidad. Al menos así fue hasta que alguien le dijo que estaba a punto de casarme con Fernando. 

  Faltaban tres semanas para mi boda y no tenía tiempo que perder. Espoleado por una rivalidad que en aquel entonces se me escapaba, empezó a cortejarme dejando de lado las atenciones a cualquier otra mujer que no fuese yo. He de manifestar, aunque ello no diga mucho en mi favor, que sus galanterías no despertaron mis recelos aunque sí me causaron no poco desconcierto dados mi condición de prometida y los pocos días que restaban para mi boda. Juro por mi madre, de la que no recuerdo ni el sonido de su voz, que no hubo malicia alguna en mí cuando prestaba oídos a sus lisonjas aunque no podía evitar ruborizarme con algunas de sus palabras. Era la primera vez que me hablaban de amor con un lenguaje que creía reservado para los libros. ¡Ah, traidor! ¡Qué bien me conocía y cómo sabía la clave que abría la puerta de mi corazón! En cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo conmigo ya era demasiado tarde para detener el torrente de mis sentimientos. No me valieron ya mis intentos para resistir la influencia que ejercía sobre mí. Y, cuando me propuso dejarlo todo para seguirlo hasta otra ciudad, no lo dudé. Abandoné todo rastro de decencia y gratitud que pudiera haber en mí y lo seguí sin saber adónde me llevaba. 






viernes, 5 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la lluvia. Primera parte







  Cuando mi memoria se remonta a los primeros años de mi niñez, apenas puedo evocar el rostro de mi madre. En cambio, si cierro los ojos, me viene muy vivo el aroma del magnolio florecido y de la tierra mojada por la lluvia que resbalaba por los cristales de la ventana de mi dormitorio en la casa de mis tíos. En el final de mis días, cuando casi toda la gente que he querido hace tiempo que ha muerto, mis pensamientos vuelven una y otra vez a aquellos años de la infancia y primera juventud en una pequeña ciudad de provincias. 

  Llegué una cálida tarde de julio, tres meses después de que mi madre hubiera fallecido al dar a luz a un niño prematuro que la siguió a los dos días de abrir los ojos por primera vez. No sé qué hubiera sido de mí, una niña de siete años, de no haberme acogido un tío paterno y su esposa. Fue tal la desolación de mi padre al verse de pronto viudo, que olvidó que le quedaba una hija y, si sobreviví entonces, fue gracias a los tarros de miel y a las galletas que encontré en una alacena. Tengo un vago recuerdo de aquellos días que tal vez no sea sino las imágenes que forjaron mi fantasía con las historias que me contaron mis tíos después. Para mí la vida comenzó a la llegada a la ciudad y mis padres no fueron los que me dieron el ser sino los que hicieron que me sintiera querida. A mi verdadero padre apenas si le vi en los años que siguieron unos días en cada Navidad. Su trato conmigo era el de un pariente lejano que intenta granjearse la simpatía de los niños con un puñado de caramelos pero que luego se aburre y los aparta lejos.

  En la casa de mis tíos no había niños con los que jugar. De mis tres primos, el más joven pasaba de los veinte años cuando llegué. Pero nunca me sentí sola. Desde el primer día, unos y otros se disputaban mi cariño desviviéndose por satisfacer mis deseos y borrar todo atisbo de tristeza que pudiera asomar a mis ojos. En poco tiempo pasé de ser una especie de animalillo raquítico y enclenque a una niña que despertaba la admiración de los viandantes cuando salía a pasear con mis tíos. Debo decir que mi sangre irlandesa por parte de madre me dejó un pelo ondulado del color de la corteza del pan recién horneado y unas pupilas turquesas que cuando atrapaban la luz del sol dejaban ver unas pintas doradas. Todo a mi alrededor parecía haberse conjurado para hacer de mí una niña malcriada y voluntariosa; pero mi belleza fue efímera y las monjas del colegio al que me enviaron en octubre me despojaron de cualquier tentación de engreimiento.

  Tenía quince años cuando se manifestaron los primeros síntomas de mi enfermedad. Al principio pasaron inadvertidos escondidos tras los vaivenes del espíritu propios de la adolescencia. Pero, ¿cómo no confundirse? Los súbitos desmayos, las palpitaciones, los latidos que se detenían sin un motivo aparente, la palidez de mi rostro, venían acompañados de tristezas repentinas, unas ganas locas de cantar, de reír, llanto que se desataba solo o anhelos por algo que no sabía definir. Un día me despertaba queriendo a todo el mundo y al día siguiente no soportaba la compañía de nadie.

  Fue mi tía la que me encontró una mañana sin sentido en el suelo de mi habitación. Me había estado llamando para el desayuno y, al no obtener respuesta, había ido en mi búsqueda. A pesar de sus insistentes intentos por reanimarme, tardé en volver en mí y, cuando lo hice me sentía tan débil que no podía dar un paso sin ayuda. Enseguida me vi rodeada de todos los que vivían en la casa, incluida la anciana Naná, que ya había sido niñera de mi tía. Mi aspecto en aquel momento debía de ser más que lamentable. Alguien propuso llamar a don Ovidio, el médico de la familia, y mi primo Santiago se apresuró a ofrecerse a ir hasta su casa para recogerlo. 

  Al buen doctor le bastó su ojo clínico y unos minutos de conversación conmigo a solas para emitir un diagnóstico. Mujer de corazón delicado, dictaminó. Nada grave, dijo, si no lo forzaba demasiado. No me prescribió sino mucho descanso y pocas emociones, que procurase no fatigarme ni exaltarme. Pero mis tíos, temerosos, dictaminaron ir más allá de las recomendaciones del doctor. Ante el temor a que el esfuerzo de los estudios me cansase en exceso, me persuadieron para que dejase el colegio. Debo decir que era toda una exageración hablar de fatiga provocada por las tareas escolares. En aquellos años en los que principiaba el siglo veinte apenas se enseñaba a las niñas a leer, a escribir, a tocar el piano y a dar unas cuantas puntadas con la aguja. No obstante lo cual, mis tíos creyeron que incluso tales tareas podían ser excesivas para mí. De manera que unas semanas después del síncope abandoné a las madres ursulinas para siempre.

  Me vi así de pronto con un montón de horas en el día en las que no tenía otra cosa que hacer que contemplar los cambios de color de la luz del sol que entraba por la ventana y deleitarme con la fragancia del jardín cercano a nuestra casa. Evocar aquellos años es traer a la memoria el aroma del magnolio florecido y de la lluvia que resbalaba por los cristales. 

 Al principio me dejaba llevar por el ambiente de conmiseración que me rodeaba. Ya no era solo la niña sin madre a la que había que colmar de cariño. Era también la jovencita de corazón delicado que tenían que cuidar para que no enfermara. Si hasta entonces había sido el objeto de los mimos de todos, desde que apareció mi dolencia me convertí en una figurita de cristal, una figurita frágil a la que proteger para que no se rompa. En torno a mí no encontraba más que palabras susurrantes, caricias, besos. Nadie gritaba si yo estaba presente y, si hubo algún problema en la familia, no me enteré porque me ocultaban todo aquello que pudiera causarme disgusto.

  Hubiera muerto de tedio de no ser porque descubrí el placer de la lectura, el poder embriagador de la poesía. Mi tío tenía un gabinete con una enorme librería de nogal donde solo entraba para guardar las facturas. Tenía tan poco interés por aquella habitación que dudo que supiera siquiera los libros que descansaban en los estantes. Pero yo sí lo supe.

  Fue idea de mi tía que pasara las mañanas en el gabinete. Mediaba el invierno y en aquella habitación había una chimenea que empezó a encenderse para mí. Al principio, me sentaba en el butacón de cuero y dejaba volar la imaginación. Pero aquel juego pronto me cansó. La curiosidad se alió con el aburrimiento y para matar el tiempo que se alargaba más y más me dio por registrar estantes, cajones y armarios. Imaginaba que encontraría secretos ocultos entre los pliegues de los viejos legajos. Como pasaba sola la mayor parte del tiempo, nadie se interpuso en mi camino. Mi tío no guardaba nada bajo llave quién sabe si por temor a perderla o por ser confiado en demasía. Abría un cajón, otro. Desplegaba un trozo de papel, que resultaba ser un listado de objetos sin interés. En el secreter había una pipa, una escribanía de cuero sobre el escritorio. Cogía un libro de un estante cualquiera. Lo abría por una página elegida al azar. Leía dos líneas. Lo volvía a dejar en su sitio. Cogía otro atraída por el color de su encuadernación, su título, el nombre del autor, el aroma que desprendían al pasar las hojas. Luego tomaba en mis manos otro volumen. Y otro. Ninguno tenía el suficiente atractivo para hacerme leer más que unas cuantas palabras. Hasta que di con los célebres versos de Quevedo. 



“Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida, que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado”.



  ¿No era aquello lo que sentía mi corazón? Frío y, al instante, calor. Tristeza, alegría, miedo, esperanza. Pasé las páginas. Leí. Seguí leyendo.

“Torcido, desigual, blando y sonoro,

te resbalas secreto entre las flores,

hurtando la corriente a los calores,
cano en la espuma, y rubio como el oro”.



  Se me escapaba el sentido de buena parte de las palabras pero no su fuerza. La pasión que desprendían me hacía estremecer. Yo no estaba enamorada mas sentía el mismo anhelo. Me dejé resbalar hasta la alfombra y tendida boca abajo me olvidé por unas horas de todo lo que no fueran los sonetos del poeta madrileño.

“Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía,
hora, a su afán ansioso lisonjera”.


  A partir de aquella mañana, mi vida giró en torno a la poesía. Los sonetos de Quevedo me llevaron a las rimas de Bécquer y éstas a los dulces versos de Rosalía. Luego vinieron Lope, el gran Rubén, Espronceda y tantos otros. El canto de la alondra me traía los versos más queridos y me dormía a la noche arrullada por su recuerdo. Entre uno y otro momento me consumía en suspiros y exaltaciones que no creo que hiciesen mucho bien a mi delicado corazón. No encontraba descanso ni para comer. Para disgusto de mi tía, me sentaba a la mesa con un libro que dejaba junto a la servilleta sin hacer caso de las reprimendas que me llevaba por ello. Debo decir en mi descargo que no estaba en mi ánimo ningún afán de rebeldía. Ni mucho menos. Me causaba horror solo pensar que pudiera ocasionarle el menor disgusto. No era sino el encantamiento en el que vivió mi espíritu en aquellos años.

  Una noche, me desperté con un verso nuevo. Embriagada de tanta poesía, yo misma estaba componiendo un poema. Faltaban unas horas para que llegase la mañana pero las palabras que danzaban en mi cabeza me azuzaban para que me levantase. Me eché una pañoleta por encima del camisón y encendí la luz de la lámpara de la mesa que había bajo la ventana de mi habitación. En el silencio de la noche, con la pasión de mis quince años, emborroné una hoja tras otra del montón de papel de cartas que me traían mis primos para que escribiera a mi padre. Pocas veces he sentido la emoción de aquellas horas. Me parecía que un ser de otro mundo, una musa tal vez, me dictaba al oído. Cuando releía lo que iba escribiendo, me maravillaba de que aquellos versos salieran de mi mano. He de decir que años después, al leerlos, me causaron mucha vergüenza, un poco de pena y algo de ternura. No eran más que pálidas sombras de los poemas que me habían fascinado, malas copias de los otros. Mas ¿de qué podía escribir yo una joven de quince años que no conocía nada de la vida, de la muerte, del amor, del dolor? 

  Así viví dos años, entre el sueño y la fantasía. Buscaba la soledad para revivir los sentimientos que me suscitaban la poesía, las novelas románticas que descubrí más tarde. Llenaba cuadernos y cuadernos con dibujos y poemas en los que desahogaba un corazón de maquinaria defectuosa y dado a la exaltación. Llevaba una vida insulsa pero la poesía me ofrecía la sazón que a mí me faltaba.








miércoles, 26 de abril de 2017

La espera





   Desde hacía un año, el destino de Nicola era esperar y aquella tarde no iba a ser una excepción. Él la había llamado a la hora de comer y se había citado con ella a las cuatro. Solo podía verla unos minutos, dijo, antes de reunirse con un cliente. Pero pasaban las cinco y aún no había llegado. Como siempre, la espera vino acompañada de pensamientos angustiosos que la atormentaban sin piedad. ¿Y si no venía? ¿Y si la abandonaba? Sus amigas le decían que tenía que ser valiente, tomar la iniciativa y dejarlo. Pero ella no podía concebir el mañana sin él.

   Lo conoció en la oficina donde trabajó el verano anterior para ganar unos euros que le permitieran pagarse un viaje a Londres. Al principio le hacían sentirse incómoda sus sonrisas insinuantes, los elogios cada vez menos sutiles sobre su vestimenta. Pero, con el tiempo, le acabaron gustando las pícaras bromas de aquel señor de la edad de su padre aunque mucho más atractivo. Cuando al fin aceptó su invitación a comer, ya se había enamorado y todo lo demás, como que tuviera esposa e hijos, dejó de tener importancia.

   Nicola vivía desde entonces en una espera constante. Debía aguardar que la llamase, resistir la tentación de descolgar el teléfono, para que nadie adivinase lo que había entre ellos. Así pasaba días, semanas, devorada por la angustia antes de poder oír su voz a través del auricular. Mientras tanto, se consumía su juventud, su alegría. Le costaba reconocerse en la joven nerviosa en que se había convertido; acuciada siempre por el temor a ser abandonada, a que la otra le ganase la partida.

  Aquella tarde la espera alargaba los minutos tornándolos en eternidad mientras la sospecha del abandono iba adueñándose de ella.

  De pronto, lo vio llegar con paso despistado por la alameda. Sus temores se desvanecieron en el aire y una sonrisa llenó de luz su rostro.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen:Con cámara y sin cámara. de Michael e Inessa Garmash

martes, 18 de abril de 2017

Podrían haber sido tuyas







   Cuando la hermana Rosario le dijo que había un señor esperándola en la sala de visitas, pensó que se trataba del familiar de un paciente. No era raro que el padre de algún niño enfermo buscase en ella palabras de consuelo angustiado por el diagnóstico que, sin paliativos, le había dado el Dr. Ramírez. En su larga experiencia junto al pediatra, había aprendido a endulzar con ternura la amarga píldora que el médico hacía tragar a las atribuladas familias y, sin quitar una coma al duro veredicto, sabía devolverles un poco de esperanza.

   Con paso resuelto, se encaminó a la sala de visitas.

   No lo reconoció cuando lo vio de espaldas asomado a la ventana que daba al patio de la clínica.

   —¿Me buscaba? —preguntó después de un tímido carraspeo.

  Ni supo quién era cuando se volvió hacia ella, tanto lo había cambiado la vida.

  —Soy la madre Soledad.

  Sólo en el momento en el que pronunció su nombre de niña, lo reconoció oculto tras aquel aspecto envejecido.

   —¡Carmela! —la llamó casi en un grito.

   —Madre Soledad, Alfonso —corrigió con afecto, como hacía con los niños.

  La madre Soledad sonrió. Después de tantos años, sabía esconder las emociones que le suscitaban su presencia. Los fuertes latidos de su corazón la sorprendieron más que enfadarla. No fue más que una fracción de segundo; luego, se recompuso y volvió a su serenidad habitual.

   —¿Qué puedo hacer por ti?

   —Cristina se muere, Carmela. Tienes que venir conmigo, a mi casa, a curarla, te lo ruego. Sólo tú puedes hacerlo.

   A la madre Soledad no se le escapó detrás del tono suplicante del hombre el miedo con el que tantas veces se había enfrentado en los largos años que llevaba atendiendo enfermos. Era la angustia de quien siente el acoso de la muerte sobre un ser querido. Trató de tranquilizarlo como solía hacer siempre que la tocaba el dolor de otro, pero el hombre no la escuchaba.

  —¡Tienes que venir conmigo, Carmela! —repetía una y otra vez— ¡Sálvamela! Solo tú me la puedes devolver.
  
  —La vida de todos nosotros está en las manos de Dios. Confía en Él y verás cómo te ayuda.

  —¡No me falles ahora! No ahora, Carmela. Tengo el coche aquí cerca. No tendrás que andar mucho. Ven conmigo, te lo ruego.

   El hombre le cogió las manos y, si no lo hubiese evitado, se hubiera arrodillado allí mismo ante ella. La madre Soledad le pasó el brazo por los hombros y lo condujo hasta el sofá tratando de acallar el llanto de desconsuelo. Quiso hacerle ver que no podía dejar la clínica así como así, que tenía que pedir permiso a la madre superiora. Pero el hombre no atendía a razones. Miró la hora en el reloj de pared: las cuatro y veinte. Si se daba prisa, podía estar de vuelta en el convento a tiempo, antes de las ocho, hora en la que la hermana Maximina cerraba la puerta hasta el día siguiente.

   —Espérame junto a la verja —dijo al fin—. Voy a buscar mis cosas.

   No era la primera vez que salía de la clínica para visitar a algún enfermo, pero en las anteriores ocasiones lo había hecho contando con el permiso de la madre Jerónima, la superiora. Su vida transcurría apaciblemente entre el convento y la clínica. Apenas salía de aquel barrio donde vivían arracimadas familias de inmigrantes procedentes de países sin futuro. Sofocó el brote de remordimiento por su salida rebelde que le cosquilleaba la conciencia: Cristo no se hubiera detenido a considerar la conveniencia o no de ayudar a los que sufren, se dijo para tranquilizarse.

  Cuando la madre Soledad subió al Megán de Alfonso, se sintió empequeñecida. Por un momento, se asustó. Se estaba adentrando en calles para ella desconocidas con un hombre que hacía mucho tiempo que no era sino un extraño. Alfonso conducía en silencio, como si su única preocupación fuera sortear el tráfico que, por otra parte, a aquella hora no era muy denso. Sólo cuando tomó la carretera de la playa se decidió a hablarle de la enfermedad de su esposa.

  El verano anterior, coincidiendo con su aniversario de bodas, Alfonso y Cristina habían hecho un viaje a Ciudad de México, donde ella vivió de niña. Tenían previsto permanecer tres semanas recorriendo las calles que conoció antes de que, a los nueve años, se instalara en España con su abuela materna. Pero a los pocos días de su llegada, Cristina empezó a sentirse muy cansada. Apenas podía dar unos pasos sin que tuviera que sentarse unos minutos para recobrar el aliento. Creyeron que se trataba del mal de altura pero a medida que transcurrían los días, en lugar de disminuir, la fatiga iba en aumento llegando a un punto en que casi no podía salir de la habitación sin hacer un enorme esfuerzo. La visitó un médico que se alojaba en el mismo hotel pero no supo darles razón alguna de aquel estado. Cada vez más asustados, adelantaron el regreso a casa.

  Ya en España, Cristina pasó por la consulta de un médico tras otro. Aquellos hombres de bata blanca la sometieron a múltiples pruebas sin que ninguno acertara con el nombre del mal que la aquejaba. Unos le diagnosticaron fatiga crónica, otros fibromialgia y los más los llenaron la cabeza de términos impronunciables que, buscados en Google, causaban espanto. Mientras tanto, los meses pasaban y sus órganos se iban contagiando de cansancio hasta quedarse dormidos. Tuvo que ingresar en el hospital para evitar que la vida se le escapase volando y, unos días antes de cumplirse un año del fallido viaje, pidió que la dejaran volver a su casa para poder marcharse rodeada de su familia y de sus cosas. Desde hacía una semana, su vida se apagaba en la habitación más alegre de la casa y, el día anterior, había caído en un profundo sueño del que no parecía querer despertar.

   Alfonso vivía en un chalet a veinte minutos de la ciudad. Cuando llegaron, el sol de mediados de julio caía implacable reverberando su luz sobre el derroche de color de las rosas del jardín. A la monja le dio un vuelco el corazón al encontrarse de frente con la joven que le abrió la puerta: por un momento, creyó haber retrocedido veintitantos años y estar ante su amiga Cristina.

   —Mi hija Silvia —le dijo Alfonso sonriendo por primera vez—. Es igualita que su madre, ¿verdad?

   La joven parecía cohibida ante la llegada de aquella desconocida, pero su tímido rubor desapareció cuando la madre Soledad le dedicó una sonrisa y la besó en la mejilla.

   Al entrar en el dormitorio de la primera planta donde dormía Cristina, la asaltó el olor a medicina y a enfermedad que la seguía como su sombra cada día en la clínica. Se trataba de una habitación que era todo cristal, todo luz. Desde cada ventanal se divisaba el jardín como si se estuviese en medio del césped. En él reinaba el silencio matizado por las voces de unos niños que se oían a lo lejos. 

   La madre Soledad creyó que no podría contener la emoción al ver a su querida amiga de la infancia y juventud tendida en la cama rodeada de cables y máquinas que la mantenían artificialmente con vida. Le bastó una mirada para reconocer a la muerte sentada en un rincón de la habitación: al acecho para disputarle la vida a los que se empeñaban en mantener a Cristina a su lado. No había en la habitación nadie más que una niña chiquita que parecía querer buscar consuelo a sus miedos en un chupete de color fucsia. La pequeña la miró asustada y salió corriendo hacia el pasillo. Silvia también dejó la habitación, aprisa para dar alcance a la niña.

   —Inés, la pequeñita —le dijo Alfonso—. En cuanto la perdemos de vista un momento, viene a esconderse junto a su madre.

  Cristina dormía ajena al ajetreo que, en un momento, se había formado en la habitación. Alfonso acercó una silla a la cama y abandonó el dormitorio dejando solas a las antiguas amigas. La madre Soledad buscó entre aquel amasijo de cables a la joven que, muchos años antes, la llevaba a casa de su abuela a la salida del colegio para hacer juntas unas tareas escolares que se eternizaban hasta bien entrada la noche: las confidencias que compartían les impedían concentrarse en nada que no fueran sus sueños de adolescentes. La enfermedad había difuminado sus facciones y Cristina ya no era Cristina. Cogió entre las suyas una mano que parecía un guante sin dueño y se la llevó a sus labios. En el dedo meñique brillaba un rubí diminuto: la sortija que le dio su amiga Carmela unos días antes de entrar en el convento.

   —Cristina, soy yo. Carmela. He venido para hacerte un ratito compañía.

   Las lágrimas pugnaban por salir. Ella, que había afrontado con serenidad tanto sufrimiento a lo largo de su vida religiosa, sentía que no podía contener la emoción que se había apoderado de su corazón. Dejó descansar la vista sobre una fotografía en la que se veía una Cristina feliz en la playa con sus hijas.

  —Lo lograste, Cristina. Una familia como tú siempre quisiste. Ya ves. Tú que decías que, por haber perdido a tus padres tan niña, no ibas a saber ser madre, aquí estás con tus dos hijas. ¿Cómo hubiera dicho tu querida abuelita? Dos estrellas que iluminan tu cielo.

   Le acarició la frente apartándole los ralos cabellos que cubrían sus ojos. ¿Adónde había ido la melena rubia que era la envidia del colegio? Cristina tenía cuarenta y tres años, apenas unos meses más que la madre Soledad, y parecía una anciana. La puerta de la habitación se abrió despacio. Era Alfonso, que traía una bandeja con el servicio de café.

   —¿Cómo la ves?, ¿crees que se va a morir?

  Detrás de la ansiedad del marido de Cristina asomaba la fe en el poder de la madre Soledad para devolverle la salud a la enferma.

   —No lo sé, Alfonso. Tenemos que confiar en Dios.

 —¡Venga! No me salgas con esas ahora, Carmela. Eres enfermera y estás acostumbrada a ver moribundos.

  —¿Cómo puedes ser tan duro?

  Permanecieron en silencio unos instantes. La madre Soledad cerró los ojos e intentó rezar. El miedo le atenazaba la garganta. Tomó un sorbo del café que le había preparado Alfonso: un café negro, amargo, espeso, sin azúcar ni leche, como le gustaba de joven. La línea de humo que desprendía el oscuro brebaje se rizaba en el aire y se deshilachaba en mil recuerdos hasta que la voz de Alfonso la devolvió al presente.

  —Ella nunca te olvidó, ¿sabes? Fui yo el que no pude perdonarte lo que nos hiciste. Me negué a nombrarte, como si, así, pudiera borrarte de nuestro pasado y la obligué a jurarme que no haría nada por verte. Me sentía traicionado. Abandonado por un capricho de niña consentida: hoy te quiero, hoy no te quiero.

   —No fue eso y tú lo sabes. Fue algo más complejo; algo que no tenía nada que ver con nosotros, ni con Cristina, ni contigo, ni siquiera conmigo. Y, desde luego, no fue una traición.

  —Pero con veintiocho años, ¿qué querías que pensase? Me costó mucho tiempo entenderte. Bueno, entenderte no, que nunca lo conseguí del todo. Conformarme, aceptar que tus motivaciones no eran cosa de un encandilamiento pasajero, el idealismo de una niña caprichosa y fantasiosa que quiere ser alguien extraordinario; que tus deseos respondían a algo mucho más profundo que escapaba a mi comprensión. Pero me costó años perdonarte y, cuando lo hice, tampoco quise sacarte del olvido por miedo a hacer daño a Cristina. Temía que, si hablaba de ti, creyera que la relegaba a un segundo plano; que tuviera celos.

   —¿Celos, Cristina?, ¿de mí, quieres decir? ¿Tan poco la conocías?

   Alfonso sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y se lo puso entre los labios. Debió de acordarse de que no podía fumar, porque lo dejó sin encender en la mesilla.

  —En el fondo, siempre me culpé de tu marcha. Le daba vueltas y más vueltas a la cabeza buscando qué había hecho mal. Lo que te apartó de mí, de Cristina, del mundo.

  —Tú no tuviste la culpa de nada, Alfonso. Deberías saberlo.

  Pero él seguía hablando sin escucharla.

  —No podía comprender cómo una chica alegre, que lo tenía todo para ser feliz, familia, amigos, la carrera recién terminada, a punto de casarse —enumeró con los dedos—… Una chica tan vital como eras entonces, de repente, un día, sin previo aviso, se levanta, hace las maletas y nos dice que lo deja todo para entrar en un convento. No te pegaba nada, Carmela. Si unos días antes habías estado bailando como loca en Charly’s hasta las tantas de la madrugada... ¿O es que no te acuerdas?

  La madre Soledad dejó asomar una sonrisa. Por un instante se vio a sí misma con veintitrés años, vestida con una minifalda verde ácido de Don Algodón bailando al ritmo de cualquier canción de Kool and the gang mientras en una mesa la esperaba Alfonso con un vaso de J&B con Coca Cola en la mano.

  —No fue así, tan repentino como dices, el capricho de un momento. Llevaba mucho tiempo luchando contra mis dudas, sufriendo.

   Él le dirigió una sonrisa cargada de escepticismo.

  —Sufriendo, sí, y Cristina lo sabía. A ella era a la única persona que le contaba todo: los días en los que lo veía todo claro y los que todo era oscuridad. Y ella me comprendía, no me juzgaba.

   ¿Cómo explicárselo sin mostrarle ese trocito de su alma que sólo reservaba a Dios? ¿Cómo llevarle la paz sin traicionarse a sí misma?

  —Creí que me estaba volviendo loca. Una parte de mí quería seguir con esa vida tan maravillosa que dices. Te quería tanto, Alfonso... ¿Cómo iba a dejarte? Ni yo misma me lo creía. Me sentía desgarrada y quería desentenderme de aquella llamada tan insistente. Traté de rebelarme, huir y seguir con mi vida. Pero nadie puede escapar de Dios; no se le puede engañar ni hay atajos posibles.

   —Me dejaste a sólo tres semanas de nuestra boda. No te importó destrozar mi vida. Si querías servir a Dios, ¿por qué no lo hiciste como mujer casada? ¿No decía Santa Teresa que el Señor anda hasta entre los pucheros? ¿Has visto a mis hijas? —le dijo alzando la voz mientras señalaba la fotografía que descansaba en la mesilla— Podrían haber sido tuyas.

   Los gritos de Alfonso la asustaron. Miró a su amiga y le pareció ver un leve aleteo que animaba sus párpados. Bebió otro sorbo de café para aclararse la garganta. Luego, dijo en voz muy bajita:

   —Tú no lo entiendes, Alfonso. Quería que me despojase de todo y me entregase entera a Él. Es como cuando te enamoras y no quieres compartir a la persona amada con nadie. 

  —¿Enamorada? ¿No se supone que ya estabas enamorada de mí? ¿Que me querías a mí? —gritó Alfonso.

   Cristina se revolvió en el lecho con un leve gemido. A la madre Soledad le pareció que su amiga protestaba por aquellas explicaciones tardías. Alfonso se acercó para comprobar que estaba bien.

   —Debería darnos vergüenza andar hurgando en el pasado de esa manera delante de Cristina cuando ella no puede decir nada —susurró enfadada la madre Soledad.

   —No te equivoques, Carmela. Cristina ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, la persona que más quiero y la que más he querido. Me sacó del pozo en el que me dejaste, me devolvió la alegría, me dio una familia, una vida —tras una pausa, añadió sarcástico—. Dudo mucho que contigo, a pesar de lo que te quise, hubiera podido ser tan feliz como lo he sido con ella. Por eso no es justo que Dios, que me quitó una vez a la mujer con la que me iba a casar, me quite ahora a Cristina.

  —¿Para qué me has llamado, Alfonso? ¿Qué quieres de mí?

  —Que me la devuelvas. ¡Me lo debes! —exclamó furioso —. Así podrás reparar el mal que me hiciste.

  —¡No está en mi mano devolvértela! Lo único que podemos hacer es rezar y esperar.

  —¡Pues reza! Estoy seguro de que, si lo haces, Dios te hará caso.

   La madre Soledad no contestó. Sabía que era inútil rebatir aquella fe supersticiosa que había puesto en ella Alfonso. Cayeron en un denso silencio sólo roto por el rítmico sonido del respirador de Cristina. Cada uno se refugió en sus pensamientos. La madre Soledad sacó de su bolsillo un pequeño devocionario e intentó concentrarse en la oración hasta que poco antes de las siete le pidió que la llevase de vuelta al convento.

   Cristina vivió tres días más. En ese tiempo la madre Soledad acudió cada mediodía a la casa de su antigua amiga. Aprovechaba la hora que las demás monjas se retiraban a rezar a la capilla de la clínica. Mientras sus hermanas se recogían en oración, ella se escapaba por una puerta lateral del oratorio y corría hasta la parada del autobús que la llevaba junto a Cristina. Disponía de tres horas si se saltaba la comida antes de reanudar su labor como enfermera del doctor Ramírez.

  No era raro que, mientras permanecía a los pies de la cama de Cristina, la pequeña Inés entrara sigilosa en la habitación y se acercara despacito a su madre. Con una dulzura impropia de una niña tan pequeña, le acariciaba la cara y luego, se acurrucaba en el regazo de la madre Soledad, que la acogía con el corazón reblandecido de la emoción. Cerraba los ojos y dejaba que todo su ser se llenase de ternura. Otras veces, era Silvia la que velaba a su madre junto a la monja. Podía permanecer durante horas en silencio reconfortada por la compañía de la monja.

   Con Alfonso no volvió a hablar más que para ofrecerle palabras de consuelo, las mismas que solía dirigirle a los maridos afligidos que acudían a ella en la clínica. Mas, cuando su mirada se cruzaba con la de él, veía en los ojos del otro una súplica, una brizna de esperanza en su poder sanador que ella no se atrevía a acallar pese a romperle el corazón.

   Cristina falleció en mitad de la noche. Cuando la madre Soledad llegó a la casa, la encontró llena de gente extraña. Se habían llevado a la pequeña Inés a casa de una hermana de Alfonso y Silvia lloraba en los brazos de una joven. La monja anduvo como un fantasma dando vueltas de una habitación a otra en busca de algún quehacer. Pero nadie hacía caso de ella. Cuando al fin encontró a Alfonso, éste la miró como si no la reconociera. La madre Soledad ahogó su dolor y trató de sobreponerse al sentimiento de aislamiento que la rodeaba. Ya no la necesitaban en aquella casa. Su presencia estaba de más. Sin despedirse de nadie, salió a la calle y, con paso rápido, se dirigió a la parada del autobús que la llevó de vuelta al convento.

  Pasó la noche inquieta intentando huir de las imágenes que acudían a su mente; imágenes del pasado que se mezclaban con las voces del presente: ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas. La pena se confundía con mil preguntas que no tenían respuesta. Su mente la tentaba con imágenes que le mostraban cómo hubiera podido haber sido su vida de haber tomado otro camino, de haberse casado con Alfonso. Aquella podía haber sido su familia. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas. Las hijas de Cristina podían haber sido sus hijas; ella podía haber sido la mujer que aparecía en la fotografía que descansaba sobre la mesita de noche de su antigua amiga; la que recibía las caricias de la pequeña Inés. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas. Se imaginó madre y esposa, dueña de la casa, llevando una vida tan parecida a la que había soñado cuando, siendo una joven enfermera, preparaba su boda con el chico que amaba. Una extraña euforia se apoderó de ella al pensar que aún estaba a tiempo, que aún era posible. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas.

   Asustada de sus fabulaciones, se levantó de la cama. La celda estaba a oscuras y no se veía más que un hilo de luz que entraba por debajo de la puerta. Se arrodilló donde supuso que estaba la mesa que utilizaba como escritorio. A tientas buscó el Cristo que estaba junto a ella. ¿Y si Dios la había puesto en el camino de Alfonso otra vez para darle una nueva oportunidad? Se aferró con las dos manos al larguero vertical de la cruz, pero la rugosidad de la madera parecía querer rechazarla. Muerta Cristina, ¿no estaba ella llamada a ocupar su lugar como veinte años atrás su amiga había ocupado el suyo? Apoyó la frente en los pies del crucificado pero la frialdad del marfil parecía querer negarle todo consuelo. ¿No podía servir a Dios siendo la esposa de Alfonso? Sus labios entonaron una plegaria, pero su corazón parecía haberse endurecido y su mente viajaba por parajes prohibidos. ¿Acaso no había ido Alfonso a buscarla para que se hiciera cargo de las niñas cuando se quedasen sin madre? ¿No podía servir a Dios como madre y esposa?

  Nunca supo cómo llegó a su cama. Se despertó media hora antes de la llamada a la oración con el cuerpo dolorido, como si sobre él se hubiera librado la batalla que entabló su alma contra sí misma. Enseguida la reclamaron las faenas cotidianas. Mas su mente anduvo todo el día distraída. Mientras prodigaba sus cuidados a los niños del servicio de pediatría, su oído estaba atento a los sonidos del pasillo. Le bastaba con oír unos pasos, el ruido de una puerta al cerrarse o la voz de la hermana Rosario para que su corazón se acelerase.

  Durante días y días esperó una llamada que nunca llegó. En más de una ocasión, al pasar por delante del despacho del doctor Ramírez, estuvo tentada a entrar y utilizar su teléfono pero el temor a ser descubierta refrenaba sus deseos. Su ansiedad se iba incrementando con la falta de noticias. ¿Cómo estarían las niñas? ¿Sufrirían? ¿Se estarían acordando de ella? Se enfrentaba a los quehaceres diarios con la imaginación llena de turbadoras fantasías. El paso del tiempo se ralentizaba más y más hasta casi detenerse. Mientras su corazón volaba hacia la casa de Alfonso, sus manos acometían sus deberes de forma mecánica. Nada de lo que hacía parecía tener sentido y por primera vez desde que entrase en el convento se preguntó si su vocación no había sido fruto de un encantamiento juvenil, un tremendo error que la había apartado de su destino. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas.

  A veces se asustaba de sus osados pensamientos; sus sentimientos se le hacían intolerables. Entonces dejaba lo que estaba haciendo en ese momento y bajaba casi volando a la capilla que había en la clínica. Arrodillada, con los brazos en cruz y las manos extendidas, mendigaba consuelo a la imagen de la Virgen Dolorosa, buscando en ella una puerta que le permitiese escapar de sus tormentos. La comprensión de sus anhelos, unas veces. Fortaleza para seguir su vocación, otras.

  Y cada día, la larga espera de una llamada que nunca llegaba. Y, con el paso de las semanas, en lugar de apaciguarse, su zozobra crecía y crecía.

  Una mañana, cinco meses más tarde, no pudo soportar el tormento de las esperanzas frustradas. Como un preso que escapa de su prisión, salió de la clínica por una puerta trasera y tomó el autobús que la llevaba a la urbanización donde se encontraba la casa de Alfonso. Sin prestar atención a lo que hacía se bajó en una parada equivocada. Llena de angustia, anduvo por calles desconocidas. Todas las casas le parecían idénticas, chalets gemelos del que buscaba. Quiso preguntar por Alfonso y su familia pero las aceras estaban desiertas y no se atrevía a llamar a la puerta de un desconocido: como si escondiera un perverso secreto que pudiera ser descubierto. Llevaba más de hora y media vagando por aquellas calles, cuando vio a un hombre que aparcaba su coche frente a una de los casas. Se acercó para que le indicase el camino y el desconocido la condujo hasta la de Cristina.

  La asustó la soledad que encontró. Las persianas bajadas, los muebles del porche cubiertos con una lona, ningún coche en el garaje. Llamó varias veces al timbre, mas nadie salió a recibirla. Intentó abrir la verja pero estaba cerrada con una cadena y un candado. Cuando se convenció de que no había nadie en la casa, sintió una sacudida en su alma, como quien despierta de pronto de un profundo sueño. ¿Qué hacía allí? ¿Qué buscaba? ¿Qué pretendía? La soledad que la rodeaba la hizo tomar conciencia de la insensatez de sus anhelos, lo absurdo de sus quimeras. Volvió sobre sus pasos hacia la parada del autobús sin atreverse a mirar atrás mientras se despedía de la última ilusión de su juventud.


***


  Habían transcurrido siete años de la muerte de Cristina. La madre Soledad continuaba ejerciendo de enfermera del Dr. Ramírez. Aquel invierno una epidemia de varicela muy virulenta la mantuvo ocupada. El servicio de pediatría estaba a rebosar y la falta de camas para atender a los niños que llegaban a la clínica abrasados por la fiebre hizo que se organizase un servicio a domicilio del que la madre Soledad era la encargada. Dividió la ciudad en nueve zonas y encomendó cada una de ellas a nueve enfermeras que se contrataron para llevar a cabo aquella misión. Ella, por ser la más experimentada, visitaba a los niños que estaban más graves y requerían mayores cuidados. Había días que partía a las ocho de la mañana y no regresaba hasta pasadas las diez de la noche. Contaba con un permiso especial de la madre Jerónima que le permitía llegar cuando las puertas del convento ya estaban cerradas y ser flexible con las horas de oración.

  Un día, de camino de la casa de un niño a otro, se detuvo a descansar en un banco de un parque. Era una tarde soleada de mediados de febrero en la que el invierno se había vestido de primavera. El aire traía la fragancia de los cerezos en flor y teñía de rojo las mejillas de los niños. La madre Soledad sacó del bolsillo de su hábito un pequeño devocionario con las cubiertas de piel añil gastadas. Al abrir por la página que marcaba la cinta roja del librito, se le cayeron al suelo unas estampas. Se agachó a recogerlas y, al levantar la cabeza, su mirada quedó prendida en una familia que le estaba dando de comer a los patos del estanque.

  Una niña de unos nueve o diez años desmenuzaba un mendrugo de pan. Las migas las iba dejando en un cestillo y de él las cogía un niño pelirrojo que no tendría más de tres años. Era éste de aspecto regordete, casi redondo como el balón que rodaba a su lado. Su gordura le impedía caminar con soltura por lo que tiraba de la mano de una joven, de cabellos rojizos como él, que debía de ser su madre, para que lo llevase a la orilla del estanque. Como no le hacía caso, el niño empezó a llorar y a dar patadas en el suelo. El hombre que estaba con ellos lo cogió en brazos y calmó su rabieta con unas cuantas carantoñas.

  Esta vez no le costó reconocerlo pese a que su cabeza se había cubierto del blanco de los años. Su rostro reflejaba la misma alegría que la madre Soledad recordaba de sus años jóvenes. La misma sonrisa a medio lado que parecía ocultar un secreto. Ni rastro de la tristeza y la angustia de siete años antes.

  La madre Soledad se levantó del banco en el que estaba sentada con la intención de ir a saludarlos. Pero un gesto de Alfonso hizo que se detuviera en seco. El hombre se aproximó a la joven pelirroja y, con el brazo que tenía libre, le rodeó la cintura, la atrajo hacía sí y la besó en los labios. A la madre Soledad se le encogió el corazón. Por un momento pensó que ella podía haber sido aquella joven. Una lágrima se deslizó por la mejilla y un suspiro que era casi un sollozo escapó de sus labios. Elevó la vista al cielo, recogió sus cosas y emprendió el camino de regreso a sus deberes cotidianos.

  Aquella noche, se vio asediada por sueños angustiosos. El bramido del viento se colaba por la ventana y le susurraba al oído: ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas.