domingo, 26 de marzo de 2017

El regreso del unicornio






I. 1970

Me bastó una mirada de soslayo para reconocerla a pesar de que en la fotografía lucía una larga melena y aquel día llevaba el cabello muy corto. La vi salir de la tienda de ultramarinos y enfilar la calle hacia el barrio judío. No me fue fácil seguirla. Caminaba de prisa, como si no le pesaran las dos bolsas que llevaba en cada mano. Asomaban de una de ellas unas hojas de lechuga y una barra de pan, mientras que la otra dejaba traslucir algún tipo de fruta. Manzanas tal vez. Al cruzar la plaza, la perdí de vista. Era día de mercado y las calles estaban abarrotadas de gente. Pero sabía adónde iba y le di alcance cuando iba a tomar la calle Klammer. A pesar de estar desierta y separarnos no más de tres metros, la joven no se daba cuenta de que la estaba siguiendo. Sus pasos y los míos repiqueteaban en el suelo empedrado llenando el aire de una rítmica polifonía. Poco antes de llegar a su casa, apresuró aún más la marcha. Se detuvo un instante antes de entrar al portal y desaparecer de mi vista por aquel día.

Durante tres semanas repetí la misma operación. A las cinco de la tarde me apostaba en la acera opuesta a la escuela donde daba clases de matemáticas y esperaba su salida. Luego la seguía hasta su casa. La mayoría de las veces iba sola pero en alguna ocasión la acompañaban dos maestras de mayor edad. En aquellas tres semanas nunca pareció darse cuenta de mi presencia a pesar de ser la primera vez que seguía a alguien y de no abandonarme nunca el miedo a ser descubierto.

Se llamaba Rebeca, decía el informe que me entregó el detective privado que contraté para que la encontrase. Rebeca Lehrer. Tenía veintisiete años y desde los nueve había vivido en aquella ciudad acogida por un médico y su familia. La suya había muerto en 1942 en Chelmno. Sólo ella sobrevivió porque Rudolf Otto, uno de los miembros de la SS que vigilaban el campo de concentración, se la había arrebatado a sus padres al poco de nacer y la había adoptado ocultando su origen judío. Pero en Nuremberg Otto fue condenado a muerte y la niña volvió a la comunidad hebrea donde la acogió el doctor Hunger.

En el informe del detective, no se reseñaba ningún hecho relevante en la vida de Rebeca después de los nueve años. No destacó en el colegio ni por brillantes calificaciones ni por una conducta rebelde. La mención de su nombre suscitaba una leve sonrisa en sus antiguos profesores pero ninguno podía recordar de ella sino que había sido una niña buena. No se le conocía novio ni amante ni tenía marido, aunque salía a menudo a cenar y al cine acompañada de un grupo de amigas. Desde hacía dos años, daba clases de matemáticas en la escuela judía. Y eso era todo, poco más se podía leer en el informe.

Llevaba veinte días siguiéndola sin ser visto cuando una tarde Rebeca volvió la cabeza y fijó su mirada en la mía durante unos instantes. Podía haber sido mi oportunidad para hablar con ella pero de pronto tuve miedo. Temí que me reconociera aunque sabía que era imposible. Apreté en mi puño el pequeño unicornio de ónice hasta que se me clavó en la palma de la mano. Luego entré en un estanco como si fuera a comprar tabaco y la dejé marchar.

Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Quería darme a conocer, reparar de alguna forma el pasado. Mas no podía llamar a la puerta de su casa y presentarme sin más. ¿Qué le podía decir? ¿“Buenas tardes, mi nombre es Fritz Fiedler y tengo algo que contarte”? Me tomaría por loco. No conocía a nadie que me la pudiera presentar ni se me ocurría el modo de acercarme a ella sin asustarla. Había comenzado cientos de cartas dirigidas a la joven que habían terminado en la papelera.

“Estimada Srta Lehrer:
”Usted no sabe quién soy pero hubo un tiempo que su familia y la mía estuvieron muy unidas. Nuestros padres fueron amigos desde la infancia a pesar de proceder de mundos distintos. Ambos tocaban en una orquesta de aficionados antes de contraer matrimonio: el suyo, el violonchelo y el mío, el violín. Juntos recorrieron los pueblos de Baviera hasta que mi padre se estableció en Múnich. Enseguida se vio inmerso en el negocio de telas que abrió cerca de la Marienplatz, conoció a mi madre y se casó con ella. Estuvo muchos años sin ver a su amigo de juventud aunque se escribían a menudo”.

A partir de este punto, no sabía cómo seguir la carta.

Había dejado la casa de mi infancia a los pocos días de que mi madre me contara aquello. No podía seguir viviendo con ella después de enterarme de lo que sucedió siendo yo muy pequeño. Estuve meses sin saber qué hacer hasta que me decidí buscar a la familia Lehrer, lo que quedase de ella. Creía que eso me ayudaría a expiar el pecado que mancillaba nuestra familia. Por encontrarla, abandoné el negocio de mi padre y a Eleonora, mi esposa. Ni siquiera me despedí de ella no se me fueran a escapar promesas que no sabía si iba a poder cumplir. ¿Qué tenía que ofrecerle si la culpa eclipsaba mi amor?

Al detective que contraté no le costó encontrar a Rebeca. En dos semanas me trajo el informe que daba cuenta del destino que había corrido la familia Lehler durante la guerra. La joven era su única superviviente. El lenguaje frío e impersonal de aquellos cinco folios mecanografiados que detallaba la muerte del músico, su esposa y sus dos hijos mayores en Chelmno me impactaron mucho menos que la confesión de mi madre. Y, sin embargo, allí estaba la evidencia de que todo era cierto, la consecuencia de unos actos que me causaban horror.

Tras casi un mes lejos de Eleonora sin haberme atrevido más que a seguir de lejos a Rebeca Lehrer, estuve a punto de volverme a casa y continuar mi vida donde la había dejado. Después de todo, no se pueden volver las hojas del calendario del revés, retroceder veintiocho años y cambiar el pasado. Pero mi conciencia me decía que no podía zafarme tan fácilmente de la obligación de reparar el mal en la única persona que quedaba de la familia del mejor amigo de mi padre.

No tenía ninguna idea en qué podía consistir dicha reparación pero creía que, si hablaba con Rebeca, ella me mostraría el camino a seguir.

Mientras tanto, la culpa iba minando mi ánimo. No dormía más que unas horas repasando cada palabra que me había dicho mi madre. Intentaba comprenderla, hacer mías sus justificaciones, pero lo único que conseguía era ensanchar más y más el abismo que nos separaba. Cuando sonaba el teléfono temía oír su voz y dejarme arrastrar por la piedad que me suscitaban sus lamentos. Me parecía mentira que solo unos días antes aquella mujer que me causaba tanta aversión fuera la persona que más quería, como me reprochaba mi querida Eleonora.

En mis vagabundeos por la ciudad, mientras esperaba la salida de Rebeca del colegio, me fijaba en los rostros de los viandantes que se cruzaban en mi camino. Me preguntaba a cuántos de ellos doblaría sus espaldas la culpa. Todos parecían satisfechos con sus vidas: la joven que paseaba su perro, el anciano que compraba dulces a su nieta, el señor que entraba en el banco. Mas mi apariencia era también la de un hombre dichoso y sin embargo...


II. 1925

Tenían diecisiete años cuando Moisés y Guillermo fueron testigos de la violación de Sara, la hija del relojero. Eran las nueve de la noche de un quince de junio y aún se distinguía un poco la claridad de la tarde. Iban discutiendo sobre el partido de boxeo que había emitido la radio el día anterior y no prestaron atención al grupo de jóvenes que llegaron corriendo desde el otro lado de la calle.

Sara estaba medio oculta detrás de un poste de la luz fumando un cigarrillo. Moisés la vio sin verla. Todas las noches se la encontraban en el mismo sitio escondida de la rigurosa mirada de su padre. De repente, los camisas pardas rodearon a la joven. Los dos amigos no vieron nada pero oyeron los gritos de la muchacha. Quisieron meterse en medio del grupo, auxiliarla, pero unas manos fuertes los empujaron hacia atrás antes de atacarlos con puñetazos y patadas. Lo siguiente que recordaba Moisés era a Sara inconsciente y desnuda en un charco de sangre.

Aquella fue la primera vez que veían a una mujer desnuda.

Guillermo y Moisés se prometieron olvidarlo y no volvieron a hablar de ello. Pero la memoria seguía sus propias leyes y el recuerdo de esa noche los asaltaba en los momentos más inesperado.

Nadie sabía que habían sido testigos de lo ocurrido. La razón de Sara se perdió para siempre y nada tenían que temer de la indiscreción de los camisas pardas quienes, ni siquiera eran del pueblo. Aun así, no podían pasar por la puerta de la casa del relojero sin volver la cabeza hacia el lado contrario, como si temiesen una repetición de la escena. Y cuando alguien les preguntaban por sus heridas, ellos decían que habían intentado emular a Max Schemeling y a Dempsey en el partido de exhibición celebrado el día anterior.

De los dos amigos, fue Moisés al que más afectó lo sucedido. La prensa, aunque pocas, traía de vez en cuando noticias de los ataques de grupos armados contra judíos y comunistas que el joven leía con avidez como si en ellas se describiera su destino. El miedo se hizo presa de él. No era raro verlo en clase con la mirada perdida más allá del horizonte, aferrarse al unicornio de ónice que perteneció a su madre o romper a llorar sin razón alguna en medio de una conversación. Guillermo, temiendo que su amigo se derrumbase, le propuso presentarse con él a las pruebas de la orquesta comarcal. Tal vez, le dijo, si se ilusionaban con la música podían olvidar a Sara.


III. 1941

No. No lo iba a consentir. Frida no podía consentir que su marido pusiera en peligro a su familia. ¿Acaso no le importaba lo que pudiera sucederle a su hijo? Pero no. Guillermo no quería escucharla. No había argumento que le hiciese comprender que, en los tiempos que corrían, no se podía hacer valer la amistad con judíos sin correr un gran riesgo. Y él venga a decir que habían pasado mucho juntos, que le unía a él un vínculo más fuerte que con cualquier otra persona. ¿No sabía que con esas palabras la hería?

No. No lo iba a consentir. Que tomara una decisión tan importante sin escuchar lo que ella tenía que decir. Que no tuviera en cuenta sus argumentos. Que se presentara en casa con cuatro personas y dispusiera de sus vidas, la del niño y la suya, sin admitir réplica. Buena era Frida para que la contradijeran. Si Guillermo quería imponer su voluntad tendría que vérselas antes con la suya.

No. No lo iba a consentir. Frida no iba a consentir que, estando como estaban las cosas en Alemania, su marido escondiese en su casa a una familia judía por muy amigo de la infancia que hubiese sido de Moisés. Por mucho que hubieran pasado juntos, Guillermo se debía ante todo a su familia. A ella, su esposa. A Fritz, su hijo de cinco años. A sí mismo, padre y esposo, que tenía la obligación de velar por todos ellos, de protegerlos.

No. No lo iba a consentir. Pero, finalmente, consintió. Tuvo que tragarse su orgullo y consentir. Tragarse su miedo, su ira, su rabia y consentir. Consentir que utilizaran su casa para esconder a unos fugitivos. Consentir que convirtieran su casa, el lugar donde debían sentirse seguros, en un infierno.

No. No lo iba a consentir. Pero consintió.

Contra su costumbre, Guillermo llegó a casa antes del mediodía. No venía solo. Lo acompañaba un hombre de unos treinta y tantos años, una mujer embarazada y dos niños algo mayores que Fritz. Venían cargados de unos bultos que abandonaron sin consideración alguna en la alfombra del vestíbulo. La alfombra que les regaló la madre de Frida con motivo de su boda y que había hecho traer de Estambul. Que, desde que llegaron aquellos intrusos, parecían querer enojarla.

─Es Moisés ─fue lo único que le dijo Guillermo, como si eso lo explicase todo.

Después, mientras se cambiaba de ropa en el dormitorio que compartían, le contó lo demás.

Y Frida, gritó, lloró, suplicó. Y volvió a gritar, a llorar, a suplicar. Pero Guillermo fue implacable. La decisión estaba tomada y ella no tenía nada que decir. Por primera vez desde que se conocieron él se negaba a escucharla e imponía su autoritaria voluntad de hombre de la casa sin concederle el derecho de réplica. Con una sola frase zanjó la cuestión:

─¡Lo digo yo y no se hable más!

Cuando salieron del dormitorio, encontraron a la familia Lehrer apiñada junto a la escalera del vestíbulo. No se habían movido desde que llegaron media hora antes. A Frida le vino a la mente la imagen de unos pollos mojados. Eso parecían mientras esperaban que se decidiera su destino. El miedo se pintaba en los rostros de los niños en tanto entre los padres se traslucía una enorme fatiga.

Guillermo los condujo al desván. Hasta la llegada de la medianoche, el marido de Frida estuvo subiendo y bajando las escaleras. Del sótano al desván. Del desván al sótano. Vaciando armarios, cajones... Sacando sábanas, mantas, toallas... Y Frida corriendo sin aliento detrás de él. Viendo como saqueaban su casa. Mientras los niños, aquellos niños extraños, lloraban en una esquina del desván. Y Fritz, contagiado del llanto. Y, cuanto más lloraban, mayor era la irritación de Frida. Y a las doce sobrevino de pronto la calma, el silencio. Y una barrera de hielo se interpuso entre ella y Guillermo.

Con la familia Lehrer, se instaló el miedo en la casa. Cada vez que Frida oía el timbre de la puerta, temblaba temiendo la visita de la Gestapo. En la calle, le parecía que la estaban vigilando. Le parecía que los vecinos la miraban de soslayo y murmuraban a su paso. Y Guillermo no veía nada. No quería verlo, preocupado únicamente por el bienestar de esa pandilla de fugitivos; que por algo el Fürher los quería apartar de los buenos alemanes.

Y el siete de noviembre movilizaron a Guillermo; lo enviaron al frente; lo enviaron a Polonia. Y el siete de noviembre la dejó sola. Sola con el niño, con Fritz. Sola con su miedo. Sola en aquella casa tan grande. Sola con los fugitivos. Los fugitivos, que no se compadecían de ella. Sola. Sola. Sola. Esperando la llegada de la Gestapo. Esperando que se la llevaran a ella y a su hijo. “Guillermo, ¿cómo pudiste dejarme sola y en peligro?”

Ella no quería hacerles daño. De verdad que no quería. Lo podía jurar. Ella solo tenía miedo. Ella solo quería proteger a su hijo. Ella no era mala. Ella era buena. Ella solo tenía miedo.

Y la mañana después de Navidad la Gestapo vino a llevárselos. Las botas mancharon de barro la alfombra. Los niños lloraban. La mujer lloraba. Moisés se sometía con aire derrotado, con resignación. Luego, el silencio. Y, en el suelo olvidado, un unicornio de ónice.

Ella no quería hacerles daño. Ella solo tenía miedo.



IV.  1970

Hacía un mes que había llegado a la ciudad cuando me di cuenta de que no iba a atreverme a abordar a Rebeca. Guardé las escasas pertenencias que había traído y reservé un billete de tren que me llevase de regreso a casa. Me embargaba el desánimo pero me estaba acostumbrando a la idea de vivir siempre con la culpa.

Antes de partir, quise dar una última vuelta por la ciudad para despedirme de ella a pesar del mal tiempo, que no invitaba a ello. Dejé que el azar guiara mis pasos y anduve sin rumbo por sus calles. Estaba empezando a nevar y el cielo se había teñido de oscuro. El viento soplaba del norte y pequeños copos se clavaban en mi rostro como puntas de finos alfileres. Apenas podía caminar; el frío agarrotaba mis piernas. Miré a mi alrededor buscando un lugar donde refugiarme. Había ido a parar al barrio judío me di cuenta no sin cierta sorpresa. Entré en una pastelería que ofrecía chocolate caliente, donde Rebeca solía tomar un té cada tarde, y me dispuse a esperarla en una mesa junto a la ventana. Dejé pasar el tiempo con una taza del oscuro brebaje y un croissant mientras leía perezosamente los titulares de Der Spiegel.

Venía sola con el frío pintado en el rostro. Desde el rincón donde me encontraba, la vi buscar una mesa, quitarse los guantes y soplar en las palmas de las manos para entrar en calor. Un camarero le trajo una taza de té. Como estaba a escasos metros de ella, pude contemplarla con detenimiento sin ser visto.

Un pensamiento cruzó veloz mi mente. Metí la mano en el bolsillo del abrigo y saqué el pequeño unicornio que me dio mi madre el día que me lo contó todo. Luego me aproximé a ella.


─Señorita Lehrer ─le dije tras dejar sobre su mesa el unicornio─, he venido a traerle esta figurita que perteneció a su padre.

Retrocedió hacia atrás con brusquedad y, al hacer ademán de levantarse, derramó un poco de té.

─No se asuste, por favor. Mi nombre es Fritz Fiedler. Su padre y el mío fueron muy amigos de jóvenes.

Rebeca no parecía entender lo que le decía. Miró a su alrededor buscando una respuesta a una pregunta no pronunciada. Luego desvió la vista hacia la figurita de ónice y pareció tranquilizarse.

─¿De qué conoce usted a mi padre? ¿Es paciente suyo?

Me costó que entendiera que me estaba refiriendo a Moisés, su verdadero padre, no al médico que la había adoptado de niña.

─He venido de muy lejos solo para traerle este unicornio que perteneció a su padre ─le dije sin darme cuenta de que me estaba repitiendo.

No sabía por dónde empezar. ¿Qué podía decirle? Hasta que no lo hizo mi madre, ni tan siquiera había oído hablar de Moisés Lehrer y su familia. Había sido durante una agria disputa en la que me reprochó el enorme sacrificio que había hecho por mí durante la guerra.

─Cuando mi padre tenía doce años ─empecé a contar casi en susurros después de tomar asiento frente a ella─, llegó al pueblo un profesor de música. Se instaló en un viejo caserón cerca de la escuela y, en la verja, clavó un enorme cartel ofreciéndose para enseñar a tocar los más variados instrumentos.

La joven se inclinó hacia mí y ladeó la cabeza como si, así, pudiera oírme mejor. Me recreé describiendo la naciente amistad entre un niño judío y otro protestante. Mi narración se basaba en lo que me había contado mi madre pero la imaginación emprendió el vuelo y pintó de vivos colores los huecos vacíos.

─Se volvieron inseparables. Iban juntos a pescar y a cazar ranas, compartían la merienda y se intercambiaban el puesto de portero en el equipo de fútbol local.

Para alargar la tarde y retrasar el momento de contarle lo sucedido durante la guerra, pedí para ella otra taza y un trozo de tarta de manzana, pero Rebeca estaba tan atenta a mis palabras que sólo se humedeció los labios tras un sorbito de té. No me atreví a hablarle de la violación que presenciaron nuestros padres pese a ser lo que acabó de unirlos definitivamente. No hablaron de ello con nadie, lo que hacía sentirse separados del resto de la gente. Solo años después mi padre se lo contó a mi  madre porque ella se negaba a acoger a Moisés y su familia en  nuestra casa.

─A los veinticinco años, después de recorrer Baviera durante dos años con una pequeña orquesta, tuvieron que separarse. Moisés continuó sus estudios de música en el conservatorio de Friburgo. Mi padre se estableció en Múnich, donde abrió el negocio de telas del que me encargo ahora yo. Le costó mucho abrirse camino en una ciudad desconocida para él y, cuando empezaban a irle bien las cosas, conoció a mi madre. Mientras tanto Moisés había terminado sus estudios y estaba lleno planes para el futuro. Aspiraba a convertirse en un concertista de violín pero acabó dando clases y casándose con una joven judía como él, Marta, la madre de usted. Durante muchos años, mi padre y el suyo no se vieron. Las vidas tan distintas que llevaban y la distancia los separó definitivamente aunque de vez en cuando se escribían.

Se me quebró la voz cuando llegué a los años de la guerra.

─Cuando se recrudeció la persecución de los judíos por parte del régimen nazi, mi padre, sin decirle nada a mi madre, viajó hasta Friburgo y se trajo a nuestra casa a Moisés y su familia.

Con mucho esfuerzo reprimí mi emoción. Hablarle de los meses en que los Lehrer estuvieron ocultos en el desván de casa fue una tarea casi imposible para mí. Las palabras se agolpaban en la garganta negándose a salir de mis labios. A duras penas le describí el estado de pánico en el que se sumió mi madre después de que mi padre se marchase al frente. Casi no salía de casa por miedo a que su mirada la delatase. Tenía tanto miedo de que los vecinos descubriesen que estaba ocultando a una familia judía que cuando se cruzaba con alguno de ellos bajaba la vista y cambiaba de acera.

─No la ayudaba mucho a mantener la calma la tirantez que existía entre ella y Marta. Era una aversión que, por esconderse tras los modales exquisitos de ambas, las dejaba frustradas y agotadas. Mi madre subía cada vez menos al desván y, cuando lo hacía, tenía que esforzarse mucho para no dar respuestas airadas a las quejas de Marta o a las rabietas de unos niños, que no comprendían por qué debían permanecer encerrados. Mientras tanto en la calle no se oía otra cosa que alabanzas al Fürher...

A medida que me acercaba al final de la historia, me parecía más difícil conseguir de Rebeca la absolución a nuestro pecado. Su rostro dejaba traslucir el horror y la pena que le estaba causando mi historia. En medio de los dos, el pequeño unicornio era testigo de nuestra conmoción.

Desvié la mirada a una mesa en la que dos mujeres mantenían una acalorada discusión como si buscase en ellas la fuerza que a mí me faltaba para seguir hablando. Mas, ¿cómo decirle que mi madre, vencida por el miedo a ser detenida, salió la mañana después de Navidad a visitar a una amiga y de camino delató a la familia Lehrer ante la Gestapo?, ¿cómo decirle que se valió de su amistad con Hilda, la secretaria de Eichmann, para que no la interrogaran?, ¿cómo decirle que cogió a su hijo, a mí, y viajó hasta el pueblo en el que vivía su madre, mi abuela, al día siguiente de la detención de la familia Lehrer y no regresó a Múnich hasta el fin de la contienda?, ¿cómo decirle que, después de la guerra, apeló a su condición de viuda del amigo de Moisés Lehrer para evitar que la relacionasen con el régimen nazi?, ¿cómo decirle que, desde que mi madre me contó la historia, la culpa se había adueñado de mí hasta hacerme perder las ganas de vivir?

Mas tales preguntas quedaron sin responder. Rebeca debió de intuir el desenlace de la historia y no quiso esperar a que finalizase mi narración. Se levantó de su asiento, cogió el abrigo, los guantes, sin dirigirme una sola mirada, se encaminó hacia la salida y me dejó con la certeza de haber hecho el viaje en vano.

Ignoro cuánto tiempo permanecí sin moverme, con la vista hundida en el fondo de la taza de té. A mi alrededor, entraban y salían familias, parejas y personas solitarias que buscaban guarecerse del frío en la pastelería. Faltaban unas horas para que partiera mi tren y no me encontraba con fuerzas para reanudar mi vida como si nada hubiera sucedido. En la mesa me miraba el trozo de tarta que Rebeca había dejado intacto. Fuera había dejado de nevar y unos tímidos rayos de sol asomaban entre las nubes. Llevado por la resignación me encaminé a la barra y pedí la cuenta de nuestra consumición. Al volver a mi mesa, allí estaba ella.

─Olvidé mi unicornio ─me dijo como si se disculpase.

Luego, me tendió la mano y, al ir a estrechársela, exclamó:

─¡Gracias por contarme quién soy!































viernes, 17 de marzo de 2017

Noche encantada



    Asomó la cabeza y sonrió. El portero se había quedado dormido. Primero sacó el brazo derecho, luego el izquierdo. Un salto y ya estaba en el suelo. Al girar, se llevó por delante la papelera. Por un momento, se detuvo a escuchar. Los ronquidos retumbaban por toda la sala. Se descalzó y, con paso sigiloso, se dirigió a la salida.

   Ya en la calle, la deslumbraron las luces de la ciudad. Con los ojos muy abiertos, contempló los coches que pasaban a toda velocidad. Retrocedió, avanzó unos pasos, se detuvo. Se envolvió bien con el manto, apretó los dientes y empezó a caminar por la avenida. Al llegar junto a la fuente, su mirada quedó prendida en un muchacho que hacía malabares con siete pelotas de colores. El joven le hizo una descarada reverencia. Ella, azorada, corrió hacia el otro lado de la calle y en su huida a punto estuvo de ser atropellada. 

   Permaneció dudosa ante el cartel luminoso de una discoteca. Los jóvenes pasaban ante ella riendo y hablando en voz alta. Se mordió el labio inferior como si no se decidiera a entrar. Un grupo de muchachas la empujaron hacia dentro. El terror se pintó en su cara al ver a la gente que bailaba en la pista. Las luces de colores y la música estridente parecían aturdirla. Hizo ademán de volverse sobre sus pasos pero la detuvieron los primeros acordes de una dulce melodía. Cerró los párpados, extendió las manos y se dejó mecer por ella. La música tocaba sus dedos y recorría su figura hasta llegar al corazón. De pronto, se hizo el silencio. Abrió los ojos. Cientos de rostros la contemplaban admirados. Asustada, salió corriendo a la calle.

   Amanecía cuando llegó al museo.

   —¡Espera! —exclamó alguien a sus espaldas y, al volverse, la cegó el flash de una cámara. 

   Al día siguiente todo el mundo hablaba de lo mismo: La joven de la Perla de Veermer mostraba una expresión pícara que nadie había apreciado hasta entonces.






*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Re-interpretación del fotógrafo Francisco Arteaga de la obra de Johannes Vermeer "La joven de la perla" (Modelo: Emma Fernández Manrique)

jueves, 9 de marzo de 2017

Amanece en Venecia









   ¿Cuánto tiempo hacía que no veía amanecer?, ¿cuánto que no me dejaba sorprender por el sol en el momento en que sus rayos desvelan la belleza de la ciudad? No me creo que esté aquí, tan lejos de casa, en este balcón veneciano, mecida por la melodía del silencio, el aroma de las rosas y el sabor a miel añeja que me dejaron sus besos antes de decirme adiós.

   Un pétalo animado por la brisa acaricia mi espalda y me trae el recuerdo de esa noche única en la que un desconocido me invitó a seguirlo por las calles de Venecia. Lo veo saltar de la góndola, tomarme de la mano y volverse hacia mí con esa sonrisa misteriosa que hace estallar un carrusel de emociones. Rodea con sus manos mi cintura, me eleva para que el fango del suelo no estropee mis zapatos de satén y me deja a salvo en la acera. Cogidos de la mano, corremos por un pasadizo estrecho solo iluminado por la luz de la luna hasta esta casa habitada por la sombra de Casanova. Todo a mi alrededor me trae la fragancia de amores prohibidos mientras él derrama en mi oído palabras que hacen que crea en la eternidad de la noche. Me hace el amor despacio. Después, me arrulla hasta dormirme.

   Al despertar, no está a mi lado. No puedo evitar sentir miedo al verme sola. Entonces se abre la puerta y me sorprende con una cesta de rosas. De nuevo su sonrisa hace que olvide que es un desconocido. Deja en mis labios un beso apresurado. ¿Qué hay en sus ojos?, ¿la promesa de otra noche?, ¿un adiós definitivo? No lo sé. Lo veo alejarse en tanto tras los tejados asoma tímidamente el sol.










*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Morning in Venice de Richard S. Johnson

miércoles, 1 de marzo de 2017

El fin de nuestra infancia











   De los momentos felices de mi infancia, recuerdo con especial cariño el verano que pasamos en San Sebastián quizás porque fueron las últimas vacaciones que estuvimos todos juntos antes de que papá nos dejara para formar otra familia. Yo tenía entonces doce años, mi hermana Clotilde once y empezábamos a tejer sueños sobre un futuro que aún se nos presentaba lejano. Debido a la delicada salud de nuestra madre, nos dejaban campar a nuestras anchas. Gustábanos pasear por la playa e inventar historias de la gente que se cruzaba en nuestro camino.

  Llamaba nuestra atención dos jóvenes francesas que nos parecían seres angelicales venidos de un país maravilloso. Llegaban cada tarde precedidas de la brisa marina, ataviadas con elegantes trajes que causaban nuestra admiración. Aún me parece verlas: vestidas de blanco resplandeciente, con aquellas sombrillas de seda y encaje, el velo de las pamelas jugando con el viento.

  Clotilde y yo imaginábamos que estábamos ante nosotras mismas con unos años más. Íbamos a ser como ellas: bellas, elegantes, dichosas e indiferentes a la expectación que despertaban a su paso. Las seguíamos por el malecón encandiladas por sus sofisticados ademanes. Ya en casa, entrábamos a escondidas en el dormitorio grande y jugábamos a ser ellas ante el espejo de la coqueta. ¡Qué ingenuas éramos! Creíamos que mamá no se enteraba cuando le cogíamos sus tacones y collares.

  Cincuenta años después, aún recuerdo con cariño aquel verano. Luego, nada volvió a ser lo mismo. Se acabaron para nosotros las vacaciones estivales. Papá nos dejó llevándose consigo nuestra infancia. Ya no regresamos a San Sebastián ni vimos más a las jóvenes francesas ni nunca fuimos como ellas: bellas, elegantes, dichosas e indiferentes a la expectación que despertaban a su paso.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Paseos a la orilla del mar de Joaquín Sorolla.










miércoles, 22 de febrero de 2017

La marca de Caín





   Conocí a Abel en el Club de alterne “El Edén”. Hacía tres meses que me había contratado Miss Lilith para servir copas y algo más, tras varios años de andar dando tumbos de trabajo en trabajo mientras añoraba mi Rumanía natal. 

   Llegó montado en una Harley. Nada más cruzar el umbral, se vio rodeado de un enjambre de polillas que se disputaban sus favores. Pero él me eligió a mí, Rebeca, la chica de la barra que no se había dignado a mirarlo. 

   Nadie me ha causado tanta impresión. Era alto. Muy alto. Debía inclinar la cabeza cuando entraba en una habitación para no darse con el dintel de la puerta. Su cuerpo anunciaba a gritos las muchas horas que pasaba en el gimnasio modelando sus músculos. Llevaba una cazadora negra de cuero con una enorme serpiente roja en la espalda. Pero, a pesar de su aspecto imponente, su espeso cabello negro, sus ojos rasgados, negros e incisivos, sus labios sensuales, lo que acabó enamorándome fue su ingenio para contar unas historias que no me creía del todo pero que me fascinaban.

   —Yo me llamo Abel y mi hermano gemelo Caín. Mi padre nos bautizó así para burlarse de mi madre que se llamaba Eva. Pero le salió mal la jugada —decía riéndose a carcajadas—. Caín siempre fue el bueno de la casa y yo el malo. Mi hermano traía sus brillantes calificaciones del colegio que mi padre, “miraba con agrado”, como si fuese Yahvé recibiendo una ofrenda. En cambio yo no traía más que notas airadas de mis profesores quejándose por mi mal comportamiento que mi padre acogía con el ceño fruncido. Me expulsaron de no sé cuántos colegios hasta que, mi querido padre, cansado de tantas peleas, me puso a trabajar en una fábrica harinera mientras el bueno de Caín triunfaba en la universidad. 

   Abel venía todas las noches a verme. Pagaba tres horas y me descargaba del cansancio de la barra con caricias que parecían zarpazos y zarpazos que parecían caricias. Llegaba pasadas las once, se tomaba unos whiskys sin mirarme siquiera mientras derrochaba imaginación ante el primero, la primera más bien, que se sentaba a su lado. A la una de la madrugada, levantaba la cabeza como si hubiera recordado algo importante, me guiñaba el ojo y dejaba plantado a su estupefacto interlocutor mientras enfilaba hacia la habitación donde nos esperaban unas sábanas de raso moradas que él mismo había traído.

   Corrían sobre él tantos rumores como días tiene un año bisiesto. Se decía que había pertenecido a una banda dedicada a traficar con hachís. Que el cabecilla de la banda se la tenía jurada por haberse quedado con parte del botín de un importante golpe. Que había formado su propia banda. Que no, que sólo era un pistolero a sueldo... Nadie sabía cuánto había de verdad en tales rumores. Lo único cierto era que había veces que derrochaba grandes sumas de dinero en invitar a beber a todo el club mientras otras sólo tenía para pagar a duras penas nuestras horas de amor.

   A mí no me contaba nada de sí mismo. Sólo me hablaba de Caín, su gemelo. Me mostraba fotografías en las que aparecía un hombre que podía ser el propio Abel si no fuera por su cabello bien cortado, su traje de Armani y sus relucientes zapatos Givenchy.

   —¡Sois iguales! —le decía yo llena de asombro— ¿No serás tú disfrazado?

   Él me respondía con una de sus carcajadas que hacían temblar las paredes de la habitación de tan ruidosas.

  —En realidad, no somos iguales. ¿Has oído hablar de la marca de Caín? 

  Yo negaba con la cabeza sin atreverme a hablar por no interrumpir la historia que Abel estaba a punto de contar.

  —Cuando Caín asesinó a Abel, Yavhé lo maldijo: “Errante y extranjero serás en la tierra” —decía modulando la voz como si fuera el mismo Yavhé—. El bueno de Caín le contestó: “Grande es mi castigo. Cualquiera que me hallare querrá matarme”. Pero el Señor le respondió: “Si alguien osa matarte será vengado siete veces”. Y marcó a Caín, para que sirviera de advertencia a los osados.

  —¿Y qué tiene que ver esa marca contigo?

  —Mi hermano Caín también está marcado. Pero no por Yavhé sino por mí. De niño le dejé mi señal arañándole detrás de la oreja izquierda. Así que no somos iguales. Él lleva la marca de Caín, una señal como una media luna, roja como tus deliciosos labios. 

  Y volvía a reírse con esas carcajadas contagiosas que me embrujaban.

  —Y tanto hablarme de tu hermano, ¿no será porque en el fondo le tienes envidia?

  —¿Envidia?, ¿yo?, ¿de Caín? ¿No conoces la historia? Era Caín el que envidiaba a Abel. Por eso lo mató. Mi hermano Caín quisiera ser yo porque soy más guapo, más simpático y siempre me llevo a la chica. Mataría por ello, te lo aseguro.

  —Ya, ya.

  Y volvíamos a nuestros juegos amatorios entre risas.

  Los lunes Miss Lilith me daba la noche libre. Esos días, despojada de mis escasos trajes de lentejuelas, me gustaba pasear por la ciudad y confundirme entre la gente corriente que no tenía que venderse por unos cuantos euros. Apagaba mi móvil unas horas y dejaba que mis pies vagasen sin rumbo por las calles más concurridas. En uno de estos paseos estuve a punto de ser atropellada. Fue al cruzar una calle. Un Mercedes Cabrio venía a gran velocidad. Pero yo no lo vi, distraída en contemplar una familia que iban delante de mí. Sólo oí el chirrido seco cuando el descapotable plateado frenó en seco a dos metros escasos de mí. 

  Sin tiempo para recuperarme del susto, mis ojos se clavaron en unos ojos en los que se desbordaba el deseo. Sólo fueron unos segundos, lo justo para hacer que todo mi cuerpo se derritiera. Luego arrancó el coche forzando el motor y se marchó por una calle lateral a la misma velocidad que había venido. 

  Esa fue la primera vez que vi a Caín.

  No sé por qué callé mi encuentro con Caín. No le conté nada a Abel, pero me obsesioné tanto con aquellos ojos llenos de deseo que empecé a darle la tabarra para que me presentara a su hermano.

  Debió de pagarle un buen puñado de euros a Miss Lilith para que me dejara pasar toda la noche de un sábado con él. Me llevó a cenar a un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad donde se había citado con Caín. Cuando llegamos nos estaba esperando en la barra del bar. Desplegó toda la cortesía de un anfitrión y me ayudó a quitarme la estola de visón falso que me había regalado Abel. Una mirada bastó para darme cuenta de que me había reconocido. Sus ojos de acero recorrieron mi cuerpo como sabios dedos haciéndome estremecer. Pero la presencia de Abel cortó de golpe el nacimiento del deseo.

  Durante la cena, asistí a un duelo soterrado por ver quién era el mejor, quién se llevaba a la chica. Me deleitaban con las típicas anécdotas de gemelos, pero, tras la desenfadada conversación, discurría una feroz rivalidad y viejas rencillas no resueltas. Se lanzaban pullas cada vez más ofensivas y yo, confieso, me sentía halagada por creerme, ingenua de mí, el objeto del deseo. Alentaba la disputa y encendía los celos de uno y otro repartiendo por doquier guiños y palabras maliciosas sin percatarme que yo no importaba en la pugna: lo importante era vencer hasta destruir al contrario. 

  A los postres, cuando estábamos ya borrachos, yo de champán, ellos de sus lances, Caín propuso echar a suertes quién pasaría la noche conmigo. Lanzó una moneda al aire y, cuando salió vencedor, supe que su victoria era ver derrotado a Abel: yo no era más que un simple medio para lograrlo.

  Tras esa noche, mi vida se convirtió en un infierno. En mis encuentros con Abel ya no había dicha para ninguno. Nuestras noches estaban contaminadas con la presencia invisible de Caín. Abel ya no veía en mí a la chica que le gustaba sino alguien que podía medir y establecer la medida de cada uno. No eran celos. O, al menos, no sólo. Era la rivalidad entre ellos que se convertía en ataques de agresividad contra mí, preguntas sobre aquella noche y gritos de orgullo herido. Pero no podía negarme a verle, pese a temer más que nada esos encuentros, porque pagaba con generosidad esas tres horas en mi cama. 

  Y, de pronto, desapareció. Durante días, viví entre el alivio y la decepción. Temiendo su regreso, anhelando sus caricias. Pendiente de la puerta de “El Edén”. Un hilo de sudor me recorría la columna si entraba un cliente, que se convertía en temblor cuando veía que no era él. Así permanecí consumida en la ansiedad hasta que una madrugada lo encontré esperándome en la puerta de mi apartamento. 

  —He matado a mi hermano.

  Fue lo único que me dijo. 

  Sin darme tiempo a recuperarme, me empujó al interior del apartamento. Tenía espuma en los labios y los ojos se le salían de las órbitas. Me aterrorizó su semblante enajenado. Quise huir pero me cogió en sus brazos. Aferrado a mí, me cubrió de besos. Lloró y gritó.

  —¡Caín! ¡Caín!

  Con frases incoherentes me repetía una y otra vez que había matado a su hermano. Poco antes de que apuntase el alba, me pidió que huyera con él. Yo más enajenada que él, metí cuatro cosas en una bolsa y subí en la Harley hacia un futuro incierto. 

  No sé cuánto tiempo estuvimos huyendo de nuestro destino. Dormíamos durante el día en los campos templados por el sol de octubre y cuando oscurecía, emprendíamos una carrera loca por carreteras solitarias. Malcomíamos en sucios tugurios entre gente que sabíamos que podíamos fiarnos porque también tenía mucho que ocultar. 

 Alguna vez me hacía el amor con la misma furia con la que pisaba el acelerador de la Harley. Cada vez más taciturno, más colérico. Pronto me di cuenta de que me había convertido en una carga para él. No sólo sabía que había matado a su hermano sino que había perdido el atractivo que antaño encontraba en mí. No se atrevía a abandonarme no fuera a denunciarlo. Tampoco se molestaba a disimular su odio más y más implacable. 

 Un día me hizo el amor en un descampado. El amanecer asomaba tímidamente por el horizonte mientras yo rogaba al cielo para que terminase pronto. El sol paseaba sus dedos por la explanada haciendo renacer con su suave toque la desolación de ortigas y florecillas silvestres que nos rodeaba. Un rayo se columpió en su rostro malhumorado. Y entonces la vi. Detrás de la oreja izquierda: La marca de Caín.

  Mis miembros se paralizaron mientras los labios de Caín recorrían mi cuerpo. Un solo pensamiento me taladraba la mente: ¡Tengo que huir! Sabía que acabaría matándome. 

  Esperé que se durmiera y luego permanecí horas sin atreverme a moverme mientras urdía un plan. Pensé en matarlo antes de que me matase él a mí, pero tenía miedo de fallar y despertar su cólera. El día iba creciendo en tanto el sol ascendía a lo alto del cielo. Al mediodía, cuando Caín estaba en lo más profundo del sueño, me deslicé entre sus brazos. Sólo cogí mis zapatos de suela desgastada. Sin atreverme a volver la vista atrás, tomé la carretera que llevaba a una ciudad.

  Llevo tres año huyendo. Escondiéndome en lugares cada vez más oscuros y, hasta el momento, no me ha encontrado. A veces me engaño y creo que me he librado de Caín, que se ha cansado de buscarme. Pero sé que no es cierto. Vivo de vender mi cuerpo en locales más y más sórdidos. Estoy unos días, unas semanas, unos meses, y luego me voy.

 A veces, me despierto en brazos de un extraño y, al alzar la vista, aterrorizada mientras, creo ver detrás de una oreja una media luna, roja como mis labios: “La marca de Caín”.





*Este relato quedó entre los 25 finalista del I Concurso de relatos Yarning


**Imagen: Caín mata a Abel. Anónimo del siglo XII. Catedral de Monreale. Sicilia




miércoles, 15 de febrero de 2017

La fiesta de las candelas







   El fin de la guerra trajo la desgracia a Gretel. El día que se firmó el armisticio, llegó un mensajero portando la noticia de la muerte de su hijo en el campo de batalla; su nuera falleció semanas después al dar a luz a Rupert; años de pertinaz sequía agostaron las tierras que su esposo le dejó al morir y hubo de vender lo poco que le quedaba para saciar el hambre voraz de acreedores sin escrúpulos.

  Estrenó, pues, ancianidad pidiendo limosna. Ella, que había sido siempre orgullosa, apelaba a la compasión de sus vecinos para que a su nieto no le faltase un mendrugo de pan. Por las noches, algún alma caritativa les daba cobijo: Un pajar era para ellos tan fabuloso como el palacio de un príncipe.

  Pero un edicto del rey prohibiendo la mendicidad les arrebató la pizca de dicha que aún les quedaba y hubieron de abandonar la aldea pues nadie se atrevía a socorrerlos y despertar la ira del monarca.

  Una noche que cargaban su desesperanza tras recorrer muchos caminos, avistaron una luz a lo lejos. Gretel se dejó arrastrar por Rupert y quedó deslumbrada con la algarabía de un campamento de zíngaros que celebraban su fiesta. El niño perdió el habla al ver la danza alrededor de la lumbre. Insumisa a toda autoridad, una gitana les tendió una vela y los invitó a unirse a sus cánticos. 

  Nunca más se supo de ellos pero, desde entonces, cada dos de febrero se iluminan unas estrellas gemelas en el firmamento que alumbran el camino de los que no tienen hogar. 






*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Escena de noche de Pedro Pablo Rubens.

jueves, 9 de febrero de 2017

Inma la loca











  El verano que finalicé mis estudios en el colegio, sufrí el castigo de un tedioso mes de julio en casa de mis abuelos por comprarme una Vespa de segunda mano con el dinero del viaje de fin de curso. Mi padre me desterró a un pueblo que no merecía tal nombre privándome de disfrutar, como mis hermanos, de unas estupendas vacaciones en la casa que mis tíos tenían en Sevilla. Imáginense el panorama: apenas cuatro o cinco casas desperdigadas a lo largo de la costa, una iglesia, un bar, el cuartel de la guardia civil, la escuela y un colmado, como llamaban al chozo donde lo mismo se podía comprar una hogaza de pan que unas gafas para bucear. Es cierto que a unos kilómetros de allí habían construido una urbanización que en los meses de julio y agosto se llenaba de veraneantes. Pero, por alguna razón que desconozco sus habitantes no se mezclaban con la gente del pueblo salvo alguna vez en el colmado o los domingos en la iglesia. O en la playa, claro.

  Ya pueden figurarse, queridos lectores, las pocas diversiones que podía encontrar un chico de dieciocho años como yo en aquel pueblucho de mala muerte en el que solo conocía a mis abuelos y a unos cuantos vecinos tan viejos como ellos. Mi único entretenimiento era coger la bicicleta y pedalear hasta la playa, donde mataba las horas rumiando mi rabia entre chapuzón y chapuzón por estar tan lejos de Sevilla con mis hermanos y mis primos. 

   Encontré entre las cosas viejas de mi padre unas cuantas novelas de Verne y Salgari que llevaba conmigo para hacer más amenas las largas horas estivales. Pero ni las aventuras del capitán Nemo ni las del Príncipe de Malasia conseguían sacudirme del tedio que me envolvía. De vez en cuando dejaba pasear la vista por la playa. Aquí y allá veía familias que hacían del lugar que ocupaban sus toallas un territorio privado. Al principio todas me parecían idénticas: matrimonios con cuatro o cinco mocosos de corta edad que correteaban por la arena salpicando de agua salada a la gente pacífica que descansaba en su hamaca. Pero, con el paso de los días, los veraneantes fueron adquiriendo personalidad propia: los tres hermanos que recogían caracolas a la orilla del mar, la niña a la que le daban miedo las olas y se paseaba con un cubo, la madre que leía revistas de cotilleo sin hacer caso de su hijos, el señor con bigote y pelo engominado que se mojaba los pies en el mar y luego pasaba la mañana entera escuchando un transistor chillón... Y la loca.

   En un rincón apartado de la playa, extendía su toalla y la llenaba de viejos cachivaches. No podría decir si era vieja o joven. Sus ojos se plegaban en mil arrugas pero, cuando reía, su risa era la de una niña. Tenía tres vestidos iguales: uno amarillo limón, otro rosa pastel y otro color lila. Vestidos de muñeca que recogían su pecho en un canesú y luego caían sueltos hasta la rodilla donde terminaban en un volante bordeado con una puntilla. Tocaba su cabeza con un sombrero de paja del que colgaba un lazo que hacía juego con el vestido de turno. Permanecía la mañana entera contemplando a los niños que jugaban en la playa. Soltaba sonoras carcajadas cuando los oía reír y se deshacía en sollozos si los oía llorar. Todo el mundo decía que estaba loca pero hoy tengo la sospecha de que se trataba de una pobre retrasada.

   Mi abuela contaba que vivía sola en una casa a las afueras del pueblo desde que muriera su madre dos años antes. No tenía otros recursos que lo que le daban las vecinas, que, compadecidas de ella, se turnaban para llevarle comida. Con frecuencia se la veía andando sola por el pueblo pero no parecía sentirse desgraciada ni aislada. Al contrario. Su rostro solía mostrar a menudo una amplia sonrisa y en sus paseos no era raro oírla cantar las canciones que se oían entonces por la radio.

   Se llamaba Inmaculada pero para todos era Inma la loca. 

   Cada mañana me la encontraba de camino a la playa con su andar patoso o parsimonioso que a mí, joven impaciente, me desesperaba. Cruzaba de un lado a otro del sendero y, justo cuando iba a adelantarla con la bicicleta, se detenía de repente en medio del camino para cortar una flor, coger una piedra, un trozo de cristal o cualquier otra porquería del suelo que llamase su atención. Me llevé más de un rapapolvo de la gente del pueblo por recompensarla con mis gritos e improperios después de que me obligase a frenar bruscamente o a torcer el manillar para evitar atropellarla. Nadie de aquellos parajes consentía que se tratase a Inma la loca con rudeza. La pobre mujer era mimada por todos como si fuese una mascota. No la consideraban una persona igual que ellos, pero era su Inma, su loca, y ningún forastero como yo tenía derecho a hacerla daño.

   Otra cosa eran los veraneantes de la urbanización. No había que ser muy avispado para darse cuenta del miedo que les suscitaba; para ver cómo la rehuían. Ella de alguna manera también debía de intuir aquel miedo a pesar de sus escasas luces pues, cuando iba a la playa, buscaba lugares alejados de la gente que no era del pueblo.

   Inma parecía estar en todas partes. Me la encontraba allí dondequiera que fuera: en el colmado, en la iglesia, sentada en un rincón del bar mientras los viejos jugaban al dominó, con las mujeres que se sentaban al caer la tarde al fresco para coser y ver pasar las parejas de novios… Al principio, su presencia constante me fastidiaba: era verla y darme media vuelta. Doblaba una esquina tras otra para esquivarla. Pero, con el tiempo, me acostumbré a toparme con ella en mi camino como me acostumbré a ver el molino de harina, la encina partida en dos por un rayo o los chamizos donde se guardaba el heno.

  Cuando la acusaron de aquello, el pueblo entero salió en su defensa contra los veraneantes de la urbanización. Entre quienes la conocían desde niña, nadie creyó las acusaciones que vertieron contra ella. Pero yo tenía mis dudas. Cuando mi abuela decía que la loca era inofensiva, que era incapaz de hacer daño a nadie, me venía a la mente su mirada ansiosa siempre que veía algún animalillo. 

  Y es que a Inma la loca le encantaba todo lo pequeño. Tenía un talento especial para encontrar cachorrillos y animales recién nacidos que mecía en sus brazos como si fueran bebés. A menudo se colaba en los gallineros y corría tras los polluelos para luego recogerlos en el vuelo de su vestido. Su casa era el refugio de gorriones, gatitos o perros callejeros, a los que expulsaba de su paraíso tan pronto como crecían y abandonaban su apariencia de personaje de Disney.

   Ya he contado que pasaba las mañanas en la playa atenta a los juegos de los niños. Desde mi punto de observación la veía reírse mostrando sus dientes mellados y batir las palmas cuando alguno de ellos coronaba un castillo de arena o chapoteaba en el agua. Alguna vez hacía ademán de aproximarse a ellos pero siempre la recibía el gesto hostil de algún padre o de una madre que tomaba a su hijo de la mano y lo llevaba lo más lejos posible de la loca.

  El domingo que desapareció aquella niña, la playa estaba abarrotada de gente. Era un día de finales de julio, si no recuerdo mal, en el que el termómetro se había disparado hasta alcanzar temperaturas que sobrepasaban los cuarenta grados. Inma pareció asustarse cuando llegó y vio aquella multitud. Anduvo dando vueltas en busca de un claro donde arrojar sus bártulos. Después de ir y venir arriba y abajo por la playa, dejó sus cosas en un lugar apartado ya cerca de la carretera desde donde no debía de poder divisar nada de lo que ocurría más allá de unos cuantos metros. Tras un rato de estirar el cuello y girar varias veces la cabeza intentando contemplar el panorama, abandonó su toalla y se encaminó a la orilla.

   A pocos metros de donde rompían las olas, cuatro niños de entre tres y seis años construían caminos en la arena con unos cubos y unas palas de plástico. Inma la loca se sentó cerca de ellos para poder ver cómo iban surgiendo pequeñas obras de ingeniería. Su rostro reflejaba una enorme felicidad. A medida que avanzaba la mañana y aparecían nuevas construcciones de arena, la mujer se aproximaba más y más a los niños. Nadie más que yo parecía darse cuenta de aquel acercamiento y, poco antes de que el sol llegara al punto más alto del cielo, ya estaba jugando con ellos, uniéndose a sus risas, a sus charlas infantiles.

   El calor de la mañana se hacía más y más agobiante. Me era imposible concentrarme en la lectura así que, de tanto en tanto, corría hacia el mar, me zambullía en el agua y permanecía en remojo cada vez más tiempo. A la vuelta de uno de mis baños, encontré un grupo de gente arremolinada en torno a una joven que estaba llorando. Le pregunté a una señora entrada en años por lo sucedido. Había desaparecido una niña de cuatro años, dijo, una niña que había estado jugando en la arena con los otros pequeños. Aturdido por la noticia, no sabía si quedarme a consolar a la madre o salir en su búsqueda. Todavía andaba indeciso cuando vi un grupo de hombres que volvía de recorrer la playa sin haber dado con la chiquilla. La madre estaba al borde de la histeria. Miré a mi alrededor buscando a Inma la loca pero también había desaparecido.

   Juro que cuando le dije a aquel hombre que había visto a Inma la loca con los niños que jugaban en la orilla no era mi intención acusarla de nada. Juro que tan solo quería que la pobre mujer nos diera alguna pista sobre la pequeña. Pero el hombre dio la voz de alarma y, antes de que pudiera percatarme de lo sucedido, ya se había formado un enjambre de buscadores furiosos que corrían hacia la casa de la loca. 

   Vivía Inma en una casa a las afueras del pueblo con un patio repleto de trastos viejos y animales de todo pelaje y pluma. No esperaron a que les abriera la puerta después de aporrearla hasta casi echarla abajo. Unos rodearon la casa mientras que otros entraron por las ventanas bajas, que siempre permanecían abiertas.

   Los encontraron en el patio trasero sentados en el suelo. La pequeñuela tenía los morros embadurnados de una sustancia rojiza que parecía sangre. Resultó ser mermelada de fresa aunque, en un primer momento, contribuyó a aumentar el clima de terror y ansiedad que se había apoderado de aquellos hombres. Y, no obstante, la niña no parecía asustada: sus risas se oían desde la calle. Cuando llegamos estaba jugando con gatito blanco y negro que ronroneaba en su regazo. Su padre, al verla, la cogió en brazos dejando caer al animalucho mientras la madre, que venía detrás, se deshacía en llanto y abrumaba a Inma con gritos e insultos. La niña, al ver a su madre en aquel estado, rompió a llorar desconsoladamente y, contagiada por él, Inma empezó a dar tales alaridos, que creí que me iban a estallar los tímpanos. Unos hombres la rodearon y se la quisieron llevar con ellos sin que sirvieran de nada las protestas de los vecinos del pueblo, que habían llegado al oír los gritos, y tiraban del brazo de la mujer para evitar que fuera arrastrada por las calles

   Ese fue el comienzo del juicio sin juez al que se sometió a Inma la loca y en el que fue condenada sin ser oída.

  La encerraron en su casa bajo la custodia de dos mujeres de la urbanización por no fiarse de la gente del pueblo. Durante una semana, se oyeron desde la calle los gritos de la loca que no comprendía por qué no la dejaban salir. Por el pueblo corrían intensas discusiones entre quienes defendían su inocencia y los que se aferraban a su culpabilidad. ¿Quién podía asegurar que no volvería a secuestrar a un niño, que no le causaría algún daño? Hoy, casi cincuenta años después, todavía me avergüenzo cuando recuerdo las disputas que mantuve con mi abuelo a cuenta de Inma la loca. Disputas motivadas más por el gusto de discutir que por estar convencido de que la mujer constituyera un peligro para los niños, como decían los veraneantes de la urbanización. Mi abuela no participaba nunca en nuestras riñas pero cuando, nos quedábamos solos, me miraba con pena. Ella creía a Inma la loca incapaz de hacer mal alguno a un niño y protestaba enérgicamente cuando le insistía en el peligro que había corrido la pequeña en su compañía.

  Mientras unos y otros se enfrentaban en enconadas discusiones, los padres de la niña amenazaban al alcalde con denunciar al pueblo ante el gobernador si no ponía a buen recaudo a la loca. Ignoro hasta qué punto fueron ciertos los rumores que corrieron después. Se dijo que el buen hombre andaba esperando un nombramiento político en la capital y, para evitar el escándalo, había accedido a encerrar a Inma en un asilo o manicomio, que venía a ser lo mismo en aquellos años.

  El día que se la llevaron se congregaron uno y otro bando ante la puerta de su casa. Me parece que aún puedo oír los gritos y abucheos de unos y otros cuando un Seat mil quinientos negro con los asientos rojos aparcó junto a la cerca. Dos hombres con una bata blanca y una mujer de paisano se bajaron del vehículo y entraron en la casa. No sé cuánto tiempo estuvieron dentro ni lo que sucedió entretanto. Cuando se volvió a abrir la puerta, la multitud se adelantó para ver mejor la salida de la loca. Los primeros en aparecer fueron los hombres de la bata blanca. Detrás venía la mujer con Inma del brazo, que se dejaba conducir y mantenía los ojos bajos. De repente, la niña causante involuntario de su desgracia se soltó de la mano de su madre y, antes de que nadie pudiera reaccionar, salió corriendo hacia Inma. La loca, al verla, desplegó una radiante sonrisa. Se arrodilló junto a ella y dejó que la pequeña le rodease su cuello en un abrazo. Lo último que recuerdo es a la madre llevándose la niña de la mano, el coche desapareciendo por la carretera que llevaba a la ciudad, las lágrimas deslizándose por las mejillas de mi abuela y la culpa.


  Y la culpa. La culpa que, como un afilado cuchillo, atravesó mis entrañas y allí se quedó clavada para siempre.










*Imágenes: Obra de Sally Swatland.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Luz de mi vida












   Estoy a oscuras, vivo a oscuras. Prendo una vela y te vas materializando poco a poco tras la llama temblorosa. 

   Los primeros en presentarse son tus ojos almendrados. Curiosos, expectantes. Deseosos de oírme contar esas historias que inventaba para ti y ahora duermen enmudecidas en algún lugar por mí ignorado. 

  La llama danza en tus pupilas, que se mueven siguiéndome por la habitación. Mimosas, enojadas, traviesas. Me hacen reír. Bajito, para no despertar de nuevo los celos del destino por nuestra dicha.

  Es tu boca la que me tienta después con su sonrisa. Una sonrisa serena que apenas asoma a tus labios, como si escondiera un secreto que nadie más que tú conoce. 

  El contorno ovalado de tu rostro de pómulos salientes atrae mis manos, que anhelan acariciarlo. Pero, juguetona, te escabulles entre mis dedos y tus alas te elevan por encima de mí.

   De pronto, el viento golpea las contraventanas y entra furioso por las rendijas. Embiste la llama, que resiste con coraje hasta morir en la contienda. Y vuelvo a quedarme a oscuras. Entonces lo recuerdo. Tú ya no estás. Hace dos años el fulgor de tus ojos se apagó para siempre dejándome esta negrura en el alma. Hace dos años la luz de mi vida se apagó para siempre dejándome este desconsuelo en el corazón.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras escribimos” a partir de la obra de Liu Yaming Cuaderno de retazos.

lunes, 23 de enero de 2017

Una caléndula y dos billetes de cincuenta euros






   Hacía más de media hora que él se había ido y Teresa permanecía quieta, sin moverse. Tumbada en la cama, tenía los ojos fijos en una mancha amarillenta del techo sobre la que se había posado una mosca. Su mente estaba vacía. Ningún pensamiento venía a importunarla. Era como si una potente anestesia hubiera adormecido sus sentidos. No experimentaba culpa alguna por lo sucedido. Tampoco se encontraba satisfecha. Nada. Solo un leve zumbido en los oídos le recordaba que estaba viva.

   Una brisa helada entró por la ventana y la hizo tiritar. Se volvió a un lado, hundió la cara en la almohada. Su nariz se llenó del olor agrio del hombre y fue como si despertara. Recorrió con la mirada las paredes desnudas. Todo a su alrededor le hablaba de desolación, todo era sórdido: la cómoda con los cajones desvencijados, el armario con la puerta entreabierta, sus ropas esparcidas por el suelo, las cortinas medio desprendidas del raíl del que colgaban, las sábanas tatuadas de manchas antiguas.. Cerró los ojos para huír de la repulsión que le subía por la garganta. ¿Qué hacía allí? Pensó en Agustín, su marido. Se había despedido de él a las ocho de aquella misma mañana y, sin embargo, parecía que había pasado una eternidad desde entonces. Ninguno de los dos podía sospechar nada de aquello cuando él cogió el abrigo y el iPad antes de marcharse a la oficina. Intentó incorporarse pero le pesaba todo el cuerpo. Volvió a acurrucarse cubriéndose con las sábanas e intentó sin lograrlo volver a la inconsciencia del sueño. 

   Imaginó a su marido asomado a la ventana. Aquella mañana se había despedido de ella con un gruñido, como hacía siempre. Sin una palabra. Desde la cocina, Teresa lo había oído alejarse en el coche por la vereda. La casa había quedado en silencio. Un silencio atronador. Estaba sola. No había nadie más con ella. Como casi siempre. Sus hijos adolescentes, entre el instituto, el fútbol, los amigos…apenas paraban en casa. Dejó escapar un suspiro que dolía. Sus hijos. Hacía tiempo que no la necesitaban ni buscaban su compañía. Ni su marido tampoco. Se había convertido para su familia en un elemento más del mobiliario. Una cosa de la que se podía prescindir sin apenas notarlo.  






    Sintió una opresión en el pecho que le cortó la respiración. Se dio la vuelta en la cama hasta quedar de cara a la pared. Tenía que levantarse y regresar con su marido, a su vida, pero le faltaban las fuerzas. Una laxitud más y más intensa se había hecho dueña de sus miembros y su voluntad parecía muerta.




   Aquello no era lo que buscaba cuando aquella mañana, al dirigirse al estudio de arquitectos en el que trabajaba como secretaria, pasó de largo y siguió conduciendo por la larga avenida principal. Aunque había pensado muchas veces dejarlo todo, nunca había se creido con suficientes agallas para hacerlo. Ni siquiera lo creyó cuando el cuentakilómetros empezó a dejar caer los dígitos a toda velocidad. No quería más que hacer una pausa en el vacío de su vida, sentirse por unas horas la Teresa que fue de soltera. Una mujer sin preocupaciones que gustaba a los demás tanto como se gustaba a sí misma. Por eso entró en el salón de belleza y pidió que le dieran unas mechas rubias. Por eso quiso que le alisaran la melena. Que le hicieran el peinado que llevaba cuando era joven. Por eso pidió que la maquillaran. Que borraran las ojeras y las arrugas que afeaban su rostro. Que le devolvieran los años que le habían robado su marido, sus hijos, su trabajo anodino contestando llamadas de gente que no conocía. Que no la conocían.

   Cuando salió del salón de belleza, contempló su imagen en el cristal de un escaparate. Y se vio atractiva otra vez después de muchos años. Frunció los labios para besarse a sí misma. Una amplia sonrisa iluminó su rostro. Hasta que su mirada cayó sobre la falda de tweed, la blusa gris perla y los zapatos de bajo tacón anudados con cordones: “La imagen de una mujer madura, invisible y sin futuro”, pensó. Subió de nuevo al coche, que la llevó a la boutique más exclusiva de la ciudad. 

   No le importó malgastar su tiempo en probarse y desechar vestidos, faldas y pantalones que, en otro momento, ni siquiera hubiera mirado debido a lo elevado de su precio. Tampoco le dolió cuando pagó con la Visa de Agustín un vestido de crepé de seda negra y unos zapatos de charol negros de alto y fino tacón que se llevó puestos al salir de la tienda sin importarle el frío de la mañana.

   Ya en la acera, giró varias veces sobre sí misma al tiempo que su corazón se iba llenando de euforia. Una ráfaga de viento jugó con el ruedo de la falda. ¿Y ahora qué? ¿Qué hacía con su nuevo yo? Levantó la vista y se quedó prendada de un edificio de mármol blanco estilo colonial: El Casino. Vio como entraba y salía gente elegantemente vestida. Una joven se bajó de un Mercedes descapotable color plateado; una mujer, anciana ya, relucía con los brillantes que exhibía en un broche en forma de margarita; un señor de mediana edad llevaba un portafolios de piel labrada... ¿Qué pasaría si entraba a tomarse algo en su terraza? ¿Se atrevería a mezclarse con aquella gente tan distinta a ella? Vaciló unos instantes. Luego dejó que sus tacones cantarines se hundieran en la alfombra verde mar de la imponente escalinata y, como si fuese algo que hiciera todos los días, eligió una mesa junto a la fuente de Minerva. Por unos segundos volvieron las dudas: ¿qué estaba haciendo?, ¿qué buscaba con aquella huida a ninguna parte? Ahuyentó la voz de su conciencia que venía a azuzarla y, cuando pasó un camarero por su lado, pidió un vermut. 

   Pronto se dio cuenta de que alguien la estaba observando. En una mesa cercana, un hombre no le quitaba la vista de encima. Estaba solo tomándose un aperitivo. Iba ataviado con un traje color crema, camisa de seda azul celeste y corbata burdeos, también de seda, pensó. Un dandy de otros tiempos. Podía ser más joven que ella. O tal vez no. Aparentemente, se deleitaba con la lectura de un libro pero de cuando en cuando levantaba la vista y la dejaba descansar sobre Teresa. Ella no sabía cómo interpretar aquella observación. Unas veces veía reflexión en su mirada. Otras, insolencia. Como si con los ojos pudiera traspasar la tela de su vestido recién estrenado. Teresa fingía no verlo pero estaba disfrutando con un juego que hacía muchos años tenía olvidado. 

   Ladeó la cabeza dejando caer la melena sobre el hombro derecho mientras le dirigía una mirada de soslayo. El hombre tomó un sorbo de una bebida color caramelo y se pasó la punta de lengua por el labio superior. Ante aquel gesto, que no tuvo claro si constituía una ofensa, Teresa no pudo evitar ruborizarse. Pese a haber pasado los cuarenta años, no había estado con más hombres que con su marido, al que conoció siendo muy joven. Hizo como si se distrajera contemplando a una pareja que estaba sentada en otra mesa próxima a la suya pero seguía observando al hombre por el rabillo del ojo. De tanto en tanto, no podía evitar una sonrisa traviesa con vocación de carcajada aun sabiendo que aquel era casi un gesto de asentimiento.

   No obstante, la sonrisa que cosquilleaba sus labios murió al instante cuando lo vio levantarse y acercarse a su mesa. Por un segundo, pensó en marcharse. Escapar como una niña cogida en falta. Luego, se burló de su miedo mojigato. ¿Qué tenía de malo divertirse un rato? ¿A quién hacía daño con su día de vacaciones? Echó hacia atrás la cabeza y lo miró provocadora cuando el hombre llegó a su mesa. 

   —¿Puedo? —preguntó entre irónico y cortés.

   Por toda respuesta, ella le mostró la silla vacía frente a la suya invitándolo a acompañarla.




   Una ola de calor le subió por el rostro. La mosca había abandonado el techo para revolotear por la habitación. Se posó en la rodilla derecha de Teresa, aleteó su capa transparente, se elevó para hacerle cosquillas en la comisura de la boca, emprendió el vuelo hasta el brazo izquierdo que colgaba en un lado de la cama. Ella la espantó con la mano, se incorporó y se sentó en la cama pero la mosca no dejó de jugar con ella. Se posaba sobre su pelo enmarañado, sobre el brazo, la espalda, el pie… Ningún movimiento de Teresa era capaz de detener el revoloteo de la mosca. Parecía como si el bicho quisiera retarla con el mismo juego con el que la había desafiado el hombre. Estiró los brazos tras la nuca. Tenía que irse ya. Regresar a casa. Pero no encontraba las fuerzas para marcharse. Volvió a tumbarse y se giró hacia la pared como si así pudiera borrar la realidad. 



   La conversación fluyó entre ellos sin obstáculos desde las primeras frases. Como si se conociesen desde hacía mucho tiempo. Y, sin embargo, Teresa tenía la sensación de formar parte de una obra de teatro. Él le contó que era un hombre de negocios que estaba de paso en la ciudad. Llevaba dos años divorciado y, como no tenía hijos, había decidido vender la casa que le había tocado en el reparto y vivir como un nómada. Yendo allí donde le llamaba la oportunidad de una compra a bajo precio o una venta sustanciosa. Se presentó a sí mismo como un cruce entre Aladino y Marco Polo. Le habló de largas estancias en países que ni siquiera sabía que existieran, del embrujo del Templo del diente de Buda en Sri Lanka, de un chamán aborigen de Australia que moría en las noches de luna nueva y resucitaba con la luna nueva, del extenso desierto de Arabia, de los derviches de Turquía...

   Teresa no se atrevía a hablar mientras escuchaba hechizada las historias del hombre. No creyéndoselas del todo pero, aun así, dejándose encantar por la voz grave del hombre. El camarero les sirvió la comida sin que recordase haberla pedido. Ante ella pasaban platos exquisitos que apenas probaba, entretenida por las palabras del desconocido. Todo a su alrededor parecía flotar en una nube de irrealidad, como si estuviera transitando por un sueño. Se dejaba mimar por las atenciones del hombre como si estuviese acostumbrada a recibirlas. Una caricia apenas insinuada en la mano que descansaba sobre la mesa, un halago dicho como sin querer... 
  
   Al término de la comida, el hombre le entregó una caléndula que cogió de un parterre del jardín del Casino. Luego, la tomó de la mano y la guió por callejuelas estrechas sin decirle cuál era su destino. Teresa se asustó de la oscuridad de aquella zona de la ciudad para ella desconocida, del olor a verdura podrida, de los gatos famélicos que se cruzaban en su camino. Quiso retroceder. Acabar con aquel juego absurdo y volver a su vida insípida. Pero el propio miedo la espoleaba a seguir adelante. De manera que no protestó cuando la hizo subir los escalones carcomidos de miseria de la pensión donde yacía en aquel momento. Ni dijo nada cuando el hombre pidió una habitación. Solo abrió sus labios cuando entraron en aquel dormitorio que olía a sudores de extraños. Pero el hombre la calló con un beso en la boca que no supo si le había gustado o causado la misma repugnancia que la alfombra gastada por miles de pisadas que estaba tendida a los pies de la enorme cama.

   Teresa olvidó su miedo y la aversión que le produjo la entrada en aquel dormitorio cuando el hombre comenzó a desvestirla. Una extraña euforia la invadió al verse reflejada en el espejo en brazos del hombre, un extraño que no era su marido. Las manos de él debían haber despojado de sus ropas a muchas mujeres pues lo hacían despacio pero sin detenerse, sin mostrar vacilaciones inútiles. Por cada prenda que le quitaba, le besaba un trozo de piel. Cada caricia encendía sus sentidos más y más hasta olvidarse de sí misma. Y, cuando se deslizó por su cuerpo la última pieza de lencería, cayeron los dos sobre la cama confundidos entre las sábanas.

   Moría la tarde cuando la despertó el ruido de un portazo. Al abrir los ojos, no supo donde se encontraba. La penumbra deformaba con sus sombras los muebles. Insistentes latidos golpeaban sus sienes. Alargó la mano buscando al hombre pero no había nadie en la enorme cama. Lo llamó. Primero en susurros. Luego elevando la voz. Pero nadie la contestó. El hombre no estaba. La había dejado sola sin despedirse siquiera. 

   Extendió la mano hasta el interruptor de la luz. Quedó deslumbrada por su resplandor y no vio nada más que un trozo de su brazo desnudo. Poco a poco fue recuperando la visión de las cosas, impregnándose de la soledad que la rodeaba. A su mente llegaron imágenes de lo que había sucedido aquel día. Primero como fogonazos, sin ninguna ilación entre ellas, luego como quien rebobina una película hacia atrás. Ningún sentimiento brotaba de su corazón, solo un extraño vacío, como si estuviera muerta y su cuerpo se moviera sin la intervención de la voluntad. Pero, a medida que los recuerdos volvían a su memoria, el dolor de la pérdida y la añoranza por su vida anodina iban cobrando mayor protagonismo. 

   Por fin reunió las fuerzas necesarias para levantarse. Se vistió deprisa sin el placer que había experimentado un rato antes, cuando el hombre le fue quitando una a una las prendas que llevaba. El vestido negro yacía en el suelo como un trapo ajado y los zapatos de charol habían perdido su brillo. Al calzárselos sus ojos cayeron sobre la encimara de la cómoda. Creyó que su corazón se desintegraría en mil pedazos por la vergüenza y el asco de sí misma cuando vio la caléndula que el hombre le había dado ya marchita sobre dos billetes de cincuenta euros.