martes, 20 de junio de 2017

Levanta el manto de niebla












BLANCA 

  Se sentó en la silla que le trajo la enfermera, con las piernas y los tobillos muy juntos, la espalda erguida; en una postura que a ella misma le pareció demasiado envarada. Luego, puso el bolso sobre las rodillas y entrelazó los dedos alrededor del asa pero, al verse reflejada en el cristal de la ventana, cruzó las piernas y dejó el bolso rápidamente en el suelo: su imagen le había recordado a su madre, cuando, siendo niña, la llevaba de visita a casa de los abuelos paternos y quería demostrarles que tenía más clase que ellos. 


  —Háblele —le había dicho la enfermera antes de salir de la habitación y cerrar la puerta —. Cuéntele algo bonito, con cariño. Le hará bien oír su voz.

  Pero Blanca no sabía qué decir y permaneció en silencio.

 El hombre parecía dormido. Su respiración era irregular, como si lo atormentase una pesadilla. ¿Quién podía saber si su alma le suscitaba sueños evocadores de su vida anterior? 

 Blanca lo contemplaba con curiosa atención. No era lo que consideraba un hombre bien parecido: la nariz recta pero demasiado larga, la frente ancha sugería una incipiente calvicie oculta bajo los vendajes que le cubrían la cabeza; los labios muy finos parecían mostrar una media sonrisa sarcástica. Y, sin embargo, a Blanca le gustaba. Sin que interviniese su voluntad, siguió con el dedo índice la línea de su perfil. Por el rabillo del ojo creyó ver el aleteo de sus párpados y, asustada, escondió la mano bajo su pierna como una niña cogida en falta. Respiró hondo cuando se percató de que el hombre seguía durmiendo riéndose de su absurdo miedo. ¿Cómo iba a despertar? Echó un vistazo al reloj. Se le estaba haciendo tarde y aún tenía que ir a casa de su madre. No esperó mucho tiempo. Se levantó de la silla y se fue con la intención de no regresar más.











LUIS 

  Tu nombre es Luis y nos conocimos hace tres años, en el mes de agosto. 

  Nueve meses antes mi madre había sufrido un ictus y en ese tiempo se podían contar con los dedos de la mano las noches que había logrado dormir más de tres horas seguidas. Primero fue el miedo a que no lo superara, luego, contemplarla tan débil e indefensa en el hospital. Se me rompía el corazón verla convertida en una niña, necesitaba de ayuda para las tareas más sencillas. Ella, siempre tan orgullosa e independiente, estaba a merced de los demás exponiendo su intimidad sin que de nada le valiera su alto sentido del decoro y del pudor. Pero, si difícil fue mientras estuvo en el hospital, nos pareció imposible enfrentarnos a la vida juntas cuando la dieron de alta. Por un tiempo, me trasladé a su casa y me hice cargo de su cuidado. No fue nada agradable para ninguna. Las dos somos duras de carácter y poco dadas a mostrarnos indulgentes con las faltas de la otra. Así que nos zarandeábamos la una a la otra con palabras más y más despiadadas.

  No pienses que me sentía orgullosa con mi modo de proceder. Pasaba de la cólera a la culpa sin transición alguna. Me carcomía la conciencia reprochándome mi crueldad y rebuscando en la memoria todos los momentos en los que había sido injusta con mi madre. Me remontaba a mi primera infancia, después de que falleciera mi padre, del que no guardo recuerdo sino el de una tarde que montamos juntos en un caballito de mar de un tiovivo. Después, era tal el dolor que me causaba mi falta de compasión que acababa arrodillándome a sus pies suplicándole su perdón. Así terminamos las dos con los nervios en tensión y agotadas de cuerpo y espíritu.

  Mi querida madre, mucho más lista que yo al fin y al cabo, se dio cuenta de que, por aquel camino, solo nos esperaba la locura, si es que no estábamos ya algo trastornadas. Así que me envió a una casita que teníamos en la playa con la excusa de buscar un comprador. Ella, decía, ya no iba a poder disfrutar de los baños de mar y, en cuanto a mí, estaba claro que tampoco tenía intención de encerrarme en aquel cuchitril por muy bellas vistas al malecón que tuviera. De modo que imagínate. Sin dejar de lado su malhumor habitual, me ordenó que hiciera las maletas, que me fuera sin demora y no regresase en tanto no hubiera vendido la casa.

  Es curioso cómo, sin ella quererlo, mi madre me puso en camino de encontrarte.

  Recuerdo muy bien mi llegada al pueblecito costero donde teníamos la casa. Era a principios de agosto pero el otoño parecía haberse adelantado. Al bajar del tren, me dio la bienvenida una lluvia muy fina que teñía de gris el paisaje. Los jazmines agachaban la cabeza buscando resguardarse del agua que nos regalaba el cielo y, sin embargo, nunca desprendieron una fragancia más dulce, como si quisieran anunciarme tu presencia. Las calles estaban desiertas y el silencio de la siesta solo lo rompía de cuando en cuando el paso de algún coche despistado. 

  Mientras caminaba bajo los soportales para protegerme del aguacero que enseguida se desencadenó, me parecía ver a lo lejos a la niña que en otro tiempo fui jugando a la comba junto al quiosco de música donde el tío Manel solía tocar canciones de los Beatles con su trompeta. Mi ánimo se fue impregnando de tristeza. Me acordé de mi madre, sola en la ciudad, y por primera vez desde que sufrió el ictus, comprendí el esfuerzo que debía de estar haciendo para despedirse de la mujer que había sido hasta entonces; que la venta de la casa suponía para ella mucho más que desprenderse de un lugar donde pasar los días más calurosos del verano: era despojarse de un trozo más de sí misma.

  Los días que siguieron, no mejoró el tiempo ni tampoco se disipó la sensación de soledad y añoranza que me embargaba. Pasaba las horas muertas en casa esperando a los posibles vendedores que la agencia inmobiliaria se había comprometido en enviarme. Encontré un viejo álbum de fotos de la época en que aún vivía mi padre; cuando aún éramos una familia y creíamos que la felicidad era algo que nos correspondía por ser nosotros. Ahora que lo pienso aquellas fueron las últimas fotografías que me hice con mi madre. Después, estuvimos demasiado ocupadas para retratarnos juntas.




BLANCA 

  Era lunes y Blanca apenas podía concentrarse en el trabajo. Estuvo toda la mañana pendiente del reloj, tratando de olvidar al hombre que yacía en la cama del hospital. Su madre la llamó cinco veces pero no solo no atendió las llamadas sino que acabó apagando el móvil. Ya se le ocurriría alguna excusa cuando la viera. No se sentía con fuerzas para oír sus continuas quejas acerca de la mujer que la cuidaba. Como de costumbre, comió sola en el parque a dos manzanas del bufete de abogados en el que trabajaba. No fue capaz de masticar el primer bocado del sándwich vegetal por lo que bebió un sorbo de zumo de naranja que, ya tibio, le pareció amarga medicina. No comió más que un trozo o dos. Metió las sobras en una bolsa de plástico que tiró a la papelera con una mueca de repugnancia. Un perro vagabundo estuvo husmeando y sacó el paquete del cesto. La joven sintió asco. Hizo un amago de aproximarse para impedírselo pero lo pensó mejor y se dio media vuelta como si no tuviera nada que ver con ella. Después se dirigió a la entrada del parque y enfiló la calle que llevaba al hospital.

  Cuando llegó, eludió a la recepcionista, temiendo que, como cada tarde, la acosase para que rellenase la ficha del hombre. Se tapó la cara con un mechón de su cabello con la esperanza de pasar inadvertida y cruzó el vestíbulo hacia el pasillo que conducía a las habitaciones. Pero antes de llegar a su destino, la abordó la médico de planta.

  —Tengo buenas noticias para usted —le dijo—. Su novio ha despertado.

  Blanca se sobresaltó. 

  —¡Oh! No se entusiasme, que no lo va a encontrar dicharachero ni nada por el estilo. Está confuso y no recuerda casi nada. Pero que haya despertado ya es un gran avance.

  —¿Qué quiere decir con que no recuerda casi nada?

  —Verá. Como le digo, todavía está muy confuso. No se acuerda de lo que sucedió y tiene una idea vaga de quién es. Pero se ha puesto muy contento cuando le hemos dicho que venía usted. ¿Cómo no? —la médico, una mujer que rondaba los sesenta, sonrió—. Aunque le cueste recordarla, le vendrá bien recibir un poco del amor de su novia.

  Blanca estaba demasiado aturdida para responderla. 

 —¿No recuerda nada? —repitió entre perpleja y aturdida.

 La doctora puso cara de circunstancias y asintió.

 —Pero será algo pasajero, ¿no?

 —No se sabe. Su cerebro no está dañado por lo que la amnesia es debida al trauma psicológico que le produjo el atraco. Es lo que se llama una amnesia disociativa. No es muy frecuente. Puede desaparecer de manera espontánea o tras recibir psicoterapia. O no. No me atrevo a decirle más con seguridad. 

 —Entonces ¿no se va a curar pronto?

 —Ya le digo que no puedo decírselo. Puede que tarde semanas, meses, años...

 —¿O nunca?

 —No lo creo, pero podría ser.

 Blanca la miró fijamente y volvió a preguntar.

 —¿Podría ser entonces? Quiero decir que no recuerde nunca quién es.

 —No lo creo. Sería muy raro, ya le digo.

 —¿Pero podría ser? —insistió nerviosa.

 —Podría ser, claro, pero no puedo asegurarlo; ni precisar cuándo ni cómo recuperará la memoria, si es que lo hace. Es como si un manto de niebla cubriese su mente. Háblele, cuéntele cosas, sea usted quien lo ayude a levantar el manto de niebla.

 Como si quisiera dejar zanjada la cuestión, la médico echó a andar a paso rápido por el pasillo. Blanca la siguió hasta la habitación sin decir nada. El hombre se veía más pálido que cuando estaba inconsciente. A la joven ya no le pareció tan atractivo. 


 —Mire a quien le traigo —le anunció la médico con el tono festivo del que quiere dar una sorpresa a un niño.


  El hombre las miró entrecerrando los ojos sin que nada en su gesto delatara que la hubiera reconocido.

 —Los dejo solos, que tendrán mucho de qué hablar —sin abandonar el tono desenfadado, la médico le guiñó un ojo antes de salir —. No lo fatigue mucho, Blanca.









LUIS 

  A la caída de la tarde, las nubes se disipaban y dejaban a un sol en declive el privilegio de despedir el día. Aprovechaba la tregua que nos concedía la lluvia para dar una vuelta por el paseo marítimo como una turista más. Creía que, si me confundía entre la gente, se disolvería mi tristeza y me contagiaría de su regocijo. Pero cuanto mayor era la alegría que me rodeaba más grande era la desdicha que sentía.

  Una de estas tardes, abrumada por cientos de pensamientos morbosos, rompí a llorar en mitad de la gente que, por ser domingo, abarrotaba el paseo. Avergonzada, salí corriendo y me oculté tras la tapia del cementerio. Debajo de un roble había un banco que estaba aún muy mojado con la lluvia caída durante la mañana. Me derrumbé sobre él abrumada de autocompasión sin importarme estropear mi vestido. Escondí el rostro entre las manos y me dejé llevar por el llanto. No puedo decirte si lloraba por mí o por mi madre; por la niña que fui o por la mujer que era; por quien quise ser un día o por quien me había convertido. Ignoro también cuánto tiempo estuve en aquel banco lamentándome de la vida que me había tocado en suerte, de las ilusiones perdidas.

  Una mano se posó en mi hombro. Levanté la cabeza sobresaltada y me encontré con tu mirada tierna y compasiva. La vergüenza por ver expuesto mi dolor ante un extraño, cortó mi llanto aunque de cuando en cuando se me escapaba del pecho algún sollozo. Pensaste, me contaste más tarde, que lloraba por algún ser querido recientemente fallecido. ¿Qué tenía de extraño tal pensamiento si me habías encontrado tras la tapia del cementerio? Acababas de acompañar a un amigo en el entierro de su padre y traías la impresión del misterio de la muerte prendido en la punta de las pestañas. Te pusiste de cuclillas delante de mí y me tendiste un pañuelo de hilo blanco con una L y una C bordadas en color gris perla y entrelazadas. ¿Cuándo había sido la última que alguien me había ofrecido un pañuelo de tela para secar mis lágrimas? Ni lo supe entonces ni lo sé ahora, amor mío. Lo que sí sé es que me emocioné tanto que no me atreví a cogerlo, de manera que fuiste tú mismo el que enjugaste mis ojos mientras tratabas de tranquilizarme con palabras de consuelo. Me dejé envolver por el aroma que desprendía el pañuelo, un aroma a vainilla, tu aroma que luego conocería tan bien, y que me trajo la paz que necesitaba mi espíritu. 

  La noche empezaba a caer y una brisa fresca venida del mar me hizo estremecer. Desenlazaste las mangas del jersey que llevabas anudado al cuello y cubriste mis hombros desnudos. Ningún abrazo recibido antes me consoló tanto como la suave caricia del algodón sobre mi piel. Volví a estremecerme. Esta vez no de frío sino de placer.

  Me invitaste a buscar un lugar a resguardo de la noche donde poder entrar en calor. Te seguí confiada por unas calles que no conocía pero, yo, que de habitual soy asustadiza, no tuve miedo, como si no fueras un desconocido. Y eso que no sabía que me estabas reservado. Entramos en un bar de pescadores donde todos te llamaban por tu nombre. A punto estuve de retroceder y marcharme al percatarme de las miradas recelosas que suscitó mi llegada. El fuerte olor a pescado tampoco invitaba a quedarse. Pero recordé que iba contigo y deseché al momento todas mis suspicacias.

  El dueño del bar nos condujo hasta una mesa apartada de los demás parroquianos. Mientras saboreábamos un café amargo y espeso, me contaste que habías sido pintor pero que, hacía tiempo que habías perdido la inspiración. El otoño anterior habías expuesto una colección de quince pinturas de pequeño tamaño sobre La Odisea de Homero. Me contaste que habías invertido en ella siete años de tu vida. Siete años en los que no habías salido de tu estudio más que para ir a la biblioteca para documentarte. Eres muy perfeccionista y, por cada pincelada que te dejaban satisfecho, había dieciséis que te descorazonaban. Aun así, y a pesar de tu enorme autoexigencia, cuando al fin terminaste tu obra, creíste que habías creado algo grande. Todavía te costaron casi tres años persuadir a un galerista de que organizara una exposición. Ofrecías hacerte cargo de los gastos, a ceder buena parte de tus derechos pero no encontrabas a nadie dispuesto a creer en ti. A pesar de todo, nunca caías en el desaliento.

  Fueron las críticas despiadadas de un reputado experto en arte al que admirabas las que hicieron añicos tus ilusiones, me dijiste. Te tachó de banal, de poco original, de querer imitar a Delacroix cuando hacía dos siglos que había muerto su pintura. 

  No supiste asimilar las críticas y te derrumbaste. Un colapso nervioso te paralizó. Tantos años sin vivir más que para tu obra y en un momento el hombre que mejor podía apreciarla proclamaba en la revista de arte más influyente que no valía nada. El esfuerzo realizado en los siete años que dedicaste a culminar tu sueño te había dejado exhausto. No habías vivido para nada más y, cuando llegaste a la meta, con las fuerzas agotadas, la apartaban como si no fuese sino basura. Te sentiste con las manos vacías y no supiste cómo retomar tu vida. 

  Volviste a encerrarte en tu estudio con tus cuadros pero esta vez no para pintar. Te sentabas ante ellos y te parecía que cobraban vida. Mantenías conversaciones disparatadas con Ulises y Telémaco culpándolos de tu fracaso. De día en día ibas enloqueciendo. Y una noche, de la que no conservas recuerdo, te levantaste de la cama y destruiste con un cuchillo una a una las pinturas a las que habías sacrificado tu juventud.

  Al día siguiente, cuando viste lo que habías hecho, te asustaste. Dejaste la ciudad y te fuiste al pueblecito en el que te encontré con la esperanza de recomponer los pedazos de ti mismo.

  Puedes imaginar lo mucho que me impresionó tu historia y lo trivial que me parecieron mis miserias. Te miraba y no veía a un hombre fracasado, como te empeñabas en calificarte, sino a un genio incomprendido. Intuía tu grandeza tras aquel acto tan rotundo y definitivo: la destrucción de tu obra. ¿Qué importancia tenía que me sintiera frustrada por tener que atender a una madre de carácter insoportable que dependía de mí? ¿Qué importancia tenían mis desdichas si existían hombres como tú? ¿Si existías tú? 

  No creas que me enamoré de ti aquella noche. No. Pero faltó poco.

  Pasamos lo que quedaba de noche hablando junto al acantilado. Y, poco antes de romper el alba, me acompañaste a mi casa. No quisiste entrar, como un caballero de otros tiempos que guarda la virtud de su dama. Dejaste un leve beso en mis labios y yo te devolví el jersey que aún llevaba sobre mis hombros. Me sentía como si estuviera en un sueño y se me olvidó darte el pañuelo de hilo blanco con tus iniciales. Después dormí con él bajo mi almohada arrullada con el aroma a vainilla que desprendía, tu aroma.





BLANCA 

  El lunes no pudo ir a visitarlo. Por enésima vez, hubo de mediar entre su madre y Juanita, la mujer colombiana que la atendía desde hacía tres meses. Ya era la quinta que Blanca contrataba en cuatro años. 

  Nunca había sido fácil relacionarse con la anciana. A la joven la había atormentado desde muy niña con sus accesos de cólera cuando las cosas no salían como ella quería. Poco importaba que su hija no tuviera culpa; que sus acusaciones fueran injustas: cualquier nadería soliviantaba su ira. Se plantaba frente a ella apretando los dientes y los puños. Su rostro pasaba en unos minutos del rojo al morado y del morado al blanco antes de estallar en gritos e improperios que contradecían su afán por mostrar su exquisita educación a todo el mundo. Pero, en los últimos años, su temperamento se había agriado aún más. 

  Aquella tarde no fue muy distinta de otras en las que había tenido que aplacar a su madre y sobornar a Juanita con aumentos de sueldos y tardes libres. La anciana había acusado a la cuidadora de robarle un aderezo de pendientes, collar y sortija que, decía, le había regalado su marido en un aniversario de bodas. De poco le servía a Blanca recordarle que el conjunto de joyas había terminado en el Monte de Piedad hacía muchos años.

  —Harías cualquier cosa por molestar a tu madre —le había reprochado—. Hasta ponerte de parte de una ladrona e inventar mentiras.

  —¡No tengo por qué aguantar los insultos de su madre, señorita Blanca! —gritó Juanita—. Me quedo un mes mientras encuentra a una boba que no le importe que la traten como a un felpudo. Pero yo me voy. Ni siquiera por usted me quedo un día más en esta casa.

  Blanca trató en vano poner un poco de paz entre las mujeres. Juanita elevaba más y más la voz en tanto su madre gimoteaba como una niña. De vez en cuando volvía la cabeza y sacaba una larga lista de antiguos agravios contra su hija.

  —Toda la culpa es tuya —gritaba la anciana también—. Si tuvieras un poco de corazón, hace mucho tiempo que me habrías llevado contigo, a vivir a tu casa; no me habrías dejado aquí sola, con extrañas desalmadas. Si al menos te hubieras casado… Pero ni siquiera para eso vales.

  Blanca abrió la boca para replicar pero lo pensó mejor. Si se defendía, lo único que iba a conseguir era enfurecerla más

  Ya casi anochecido, Blanca logró que hicieran las paces. Acabaron llorando las tres y pidiéndose perdón entre besos y abrazos.









LUIS 

  Habíamos quedado en vernos al día siguiente pero no pudo ser. La inmobiliaria, empeñada en fastidiar mis planes, me mandó a tres posibles compradores que me mantuvieron ocupada hasta bien entrada la tarde. Te diré que estuve todo el día nerviosa temiendo que, después de mi plantón, no quisieras a volverme a ver. Pero, por la noche, me llamaste a mi móvil y estuvimos hablando hasta la madrugada.

  Las dos semanas siguientes no nos separamos apenas unos instantes. Alquilamos un Escarabajo descapotable color amarillo con el que recorríamos la comarca. Contigo descubrí lugares que no sabía que existieran pese a conocer la región desde niña. Una pequeña iglesia del siglo XI que hacía mucho que nadie visitaba por estar a medio derruir pero que aún conservaba unos frescos maravillosos representando la Asunción de María a los cielos; un caserío en la falda de la montaña con apenas cuatro casas en pie; una alquería a la que fuimos a parar después de quedarnos sin gasolina y cuyo dueño nos obsequió con el más exquisito vaso de leche, delicia de manjar…

  Cada momento a tu lado, era distinto. Me hacías creer que era diferente a las demás mujeres pero no en el sentido en el que me había visto a mí misma siempre, alguien anodino que no merecía ser querida por un hombre tan brillante como tú. ¿Qué viste en mí? ¿Me lo puedes decir? 





BLANCA

   Hacía una semana desde que el hombre había despertado de su sueño cuando una tarde le preguntó:

  —¿Te trataba mal?

  Blanca no comprendió.

  —Te sientas ahí todas las tardes, nunca faltas. Pero, luego, no dices nada. Te quedas callada, como si fuéramos extraños, como si tú tampoco supieras quién soy. ¿Qué clase de novios éramos? ¿Cómo era yo contigo? ¿Cómo era?

  Blanca permaneció un momento pensativa dudando; luego le sonrió.

  —¿Qué quieres saber? —le preguntó—. ¿Qué quieres que te cuente?

  —Todo. Cuéntame quién era para ti.

  Blanca acercó la silla a la cama y, tras unos segundos de silencio, empezó a hablar entre susurros.

  —A ver. Tu nombre es Luis y nos conocimos hace tres años, en el mes de agosto...





LUIS 

  A finales de agosto, hice mi equipaje para regresar a casa. Llevaba mucho tiempo fuera y mi madre no hacía más que reprocharme su soledad. La mujer que entonces la atendía, como todas las que vinieron después, no sabía hacer las cosas como ella quería o, decía, querían aprovecharse de su desvalimiento. Me llamaba a su lado recriminándome su abandono sin recordar que había sido ella la que me había alejado de su lado.

  La noche anterior a mi partida me invitaste a cenar a un pequeño restaurante a cincuenta quilómetros del pueblo. Hicimos el viaje acompañados de un denso silencio que se interpuso entre nosotros para impedirnos disfrutar de los últimos momentos que nos quedaban para estar juntos. Tampoco nos fue mejor durante la cena. Un tercer comensal se sentó a nuestra mesa amargándonos la velada: la tristeza. La tristeza, que creía haber dado esquinazo, consiguió que me supiera a arena la exquisita lubina a la sal que elegiste para mí y a tiza el helado de albaricoque con caramelo y virutas de chocolate que pedí de postre. En vano te esforzabas por hacerme reír contándome historias que inventabas para mí. 

  Viendo que no se disipaba mi aflicción, me llevaste de vuelta a mi casa. Pero antes de llegar al pueblo, detuviste el coche y te bajaste para hablar por teléfono. Luego, cuando arrancaste de nuevo, giraste por una carretera local y condujiste con esa seguridad que tanto me gusta. Te pregunté adónde íbamos y no quisiste contestarme. Tu única respuesta fue un beso en el aire, que hiciste volar mientras me guiñabas un ojo. Mi sorpresa fue inmensa cuando llegamos a nuestro destino: la alquería donde un día nos ofrecieron el vaso de leche más exquisito que he degustado jamás.

  No me preguntes cómo convenciste al granjero para que te alquilase una habitación. Su mujer nos guio por un largo pasillo franqueado por paredes cubiertas de platos de cerámica de Sargadelos hasta un dormitorio que olía a madera recién encerada. Una enorme cama cubierta con una colcha adamascada en añil impedía apreciar la belleza de la cómoda de caoba, el único mueble que cabía junto al gran lecho. La habitación parecía tener dos siglos, tan anticuada se veía, y desde hacía dos siglos parecía que nadie había entrado en ella pese al cuidado con que se conservaba. Estaba tan absorta contemplando los bordados geométricos de la tela que me asusté cuando me besaste la nuca y me bajaste los tirantes del vestido. Tu segundo beso me hizo olvidar la belleza de la habitación y el tercero, quién era yo.

  Era casi mediodía cuando desperté en tus brazos. La luz anaranjada del sol se filtraba entre las cortinas de encaje. No sé cuánto tiempo estuve contemplándote dormir, conteniendo el deseo de seguir con mi dedo la línea de tu perfil. Enseguida despertaste y volvimos a amarnos hasta que te apremié que me llevaras a casa. Me diste el último beso y prometiste reunirte conmigo en la ciudad unos días más tarde.









BLANCA 

  Cada tarde le contaba un trocito de la historia de amor entre Luis y Blanca. Se dejaba llevar por la emoción al ver cómo se encendían las pupilas del hombre que la escuchaba y adornaba las frases para hacer crecer su interés. Pronto descubrió que, cuando se retrasaba en sus visitas, lo encontraba irritable. Se encolerizaba porque le molestaban las heridas del cuello, se quejaba de la comida, del trato que le dispensaban las enfermeras o la apremiaba para que lo ayudase a incorporarse en la cama. Pero bastaba con que Blanca empezase a contar su historia, para que cambiase su semblante. Una sonrisa asomaba a sus labios, alargaba el brazo, le tomaba la mano y se la llevaba al pecho, junto al corazón.

  Algunas veces, la interrumpía para contarle los planes que había trazado durante las largas horas de la mañana.

  —Cuando me dejen salir de este antro —empezaba siempre—, quiero que me lleves directo a mi estudio y descubramos juntos lo que escondía en él.

  Al principio, Blanca participaba en los planes con el mismo del hombre. Se quitaban la palabra en cientos de proyectos.

  —Tenemos que volver al pueblo y me tienes que enseñar la tapia del cementerio, el bar de pescadores...

  —Estoy deseando enseñarte la alquería. 

  —Antes de Navidad, nos casamos.


  Pero, a medida que pasaban los días y se veía acercar el momento del alta, decaía el ánimo de Blanca.

 Un día faltó al trabajo y pasó toda la mañana recorriendo tiendas de muebles. No se dio un minuto de descanso hasta que no encontró una cama de matrimonio que pagó a precio de oro para que la llevasen al apartamento en el que vivía.

 Otro día lo dedicó a comprar ropa y artículos de perfumería. Volvió loco a un dependiente empeñada en comprar una colonia masculina con olor a vainilla. 

 Y otra mañana, la pasó entrando y saliendo de edificios donde alquilaban buhardillas y estudios.

 Tanta actividad la dejaba exhausta. Aún así, conseguía recomponer su ánimo cuando cruzaba el umbral del hospital y hacía brotar una sonrisa cuando se encontraba ante el hombre.









BLANCA Y LUIS

  El domingo, al llegar al hospital, lo encontró sentado en un sillón en el balcón de la habitación.

  —¡Vaya! —exclamó Blanca—. Veo que por fin te has levantado. Estarás contento.

  Pero el hombre no contestó. 

  —¿No estás contento? ¿Qué te ocurre, Luis?

  —Pedro.

  Blanca se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en sus rodillas.

 —Pedro —repitió el hombre.

 —¿Pedro?, ¿quién es Pedro?

 —Yo soy Pedro, a-mor-mí-o —le dijo recalcando las sílabas con sarcasmo —. Pero ¿cómo se te ocurrió que no acabaría enterándome?

 El hombre subió tanto la voz que Blanca temió que entrara alguien en el dormitorio y la expulsara de la habitación. La joven balbució unas palabras ininteligibles buscando una explicación que ni ella misma conocía. Le contó que, al principio, había dicho que era su novia para que le permitieran ir con él en la ambulancia; que luego en el hospital no lo había desmentido para poder visitarlo. Finalmente se había enredado en una historia que no sabía cómo ponerle fin. Un día había ido a la policía para saber si alguien había denunciado la desaparición de un hombre con sus características físicas y le dijeron que no. Tampoco la radio ni la televisión ni los periódicos traían ninguna noticia sobre él ni nadie parecía echarlo de menos. Nadie lo visitaba ni preguntaba por él. ¿Por qué no podíamos iniciar una vida juntos?

 —Has estado jugando conmigo con esa historia tan absurda... ¿Es que no pensaste que podía recuperar la memoria y descubrir que todo lo que me habías contado era mentira? Hoy a la hora de comer he puesto las noticias de la televisión y allí estaba mi mujer, la verdadera, buscándome. En cuanto la he visto, lo he recordado todo. Nunca he sido pintor ni nada parecido. Ni me he sentido frustrado por ningún fracaso. Soy un hombre feliz, con mi familia; con mis dos hijos, que ya son adolescentes. Un hombre que viaja mucho por trabajo, ¿sabes? Represento a una compañía farmacéutico. Vivo en Barcelona y estoy aquí por trabajo. Ya ves que lo único cierto que me has contado es que me encontraste inconsciente después de que me atracaran. ¿O eso también es mentira?

 Blanca no dijo nada. No se defendió ni trató de justificarse. ¿Qué podía decir en su defensa? Su imaginación se llenó con la cara de su madre, enfadada por no saber complacerla, su vida anodina, sin sentido, sus días vacíos, su soledad. Pero, ¿cómo hacérselo entender? ¿Cómo decirle que nunca creyó llegar tan lejos? ¿Cómo decirle...?

 —Te agradecería que te fueras. Está a punto de llegar mi mujer.
























martes, 6 de junio de 2017

Hay manos que acarician





  Hay manos que acarician, hay manos que envuelven. Hay manos suaves. Hay manos que consuelan. Hay manos cuyo leve roce basta para ahuyentar la desdicha. Hay manos que se llevan el dolor del abandono. Hay manos que acaban con el desaliento. Hay manos que devuelven la esperanza. Hay manos que sanan, manos que apagan la fiebre. Hay manos que se confunden con los lirios; manos de dedos alargados que se pasean por las teclas de un piano y nos regalan con un Nocturno de Chopin. Hay manos que hablan, manos que escuchan. Hay manos que gritan, manos que interrogan, que ríen, que gimen, que lloran; manos que encierran una frase entre signos de admiración; manos que llenan silencios, manos que acallan la voz. Hay manos sensuales que seducen con su danza y manos que cierran el paso al amor. Hay manos que acercan y manos que alejan. Hay manos ásperas acostumbradas a trabajar la tierra, que arrancan las malas hierbas, que hacen crecer la vida. 

  Hay manos y manos. Hay manos y tus manos. Tus manos: manos que me enamoran, manos que me matan.

  Manos blancas son tus manos. Manos que despiertan mis sentidos. Manos que saben a canela. Manos que traen la fragancia del tomillo y, con ella, cientos de promesas. Manos que me riegan de ternura y hacen nacer una rosa carmesí.

  Manos blancas son tus manos. Manos que me mienten. Manos que me golpean. Manos que me hieren. Manos que me golpean. Manos que me duelen. Manos que me golpean. Manos que me piden perdón. Manos que me golpean. Manos que alientan mi miedo. Manos que me golpean.

  Manos blancas no son tus manos. Manos manchadas de sangre. Manos manchadas con mi sangre. Manos que matan nuestro amor. Manos que hacen crecer mi odio. 

  Hay manos y manos. Hay manos y tus manos. Tus manos: manos que me enamoran, manos que me matan.




*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.


Imagen: Support. Lorenzo Quinn

lunes, 29 de mayo de 2017

Solo quiero que me dejen tranquila







   He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. No sé por qué no me dejan tranquila. ¿Acaso les molesto yo a ellos? Me atosigan con besos y abrazos. Se acercan tanto a mí que sus caras parecen globos gigantes. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.


   Ellos no entienden nada. No entienden que me guste jugar sola. Guardarme en los bolsillos piedrecitas del camino; ponerlas una al lado de otra en la alfombra del salón y formar una estrella. Pero ellos no entienden nada. No entienden que, cuando mi hermano Jaime desbarata de una patada mi dibujo, todo se vuelve negro. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.

   Mis padres se empeñan en llevarme a sitios extraños. Señores y señoras con batas blancas me miran por arriba, por abajo. Me dicen: “Haz esto, haz lo otro, date la vuelta, levántate, siéntate, vuelve a levantarte”. Me hacen mil preguntas. Me quedo muda. No los entiendo. Escriben sin parar, fruncen el ceño, discuten en voz alta. Vuela en el aire una palabra extraña: “Asperger, Asperger”. Papá se enfada. Mamá llora. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo. 

  He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. Ya no estoy asustada. Estoy sola, tranquila, feliz. Un petirrojo llega volando. Se posa en mis trenzas y me susurra al oído palabras que solo yo puedo oír.








*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Robin de Truls Espedal.

viernes, 19 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la luvia. Fin









  Dejamos la ciudad una gélida noche de enero, la noche anterior a mi boda. Escapamos como malhechores que huyen de su destino. Yo no llevaba más que un par de vestidos y la firme promesa de que me haría su esposa. Nos esperaba un coche a las afueras conducido por un labriego que apenas conocía. He de decir que, cuando me vi entre aquel hombre de fieros bigotes y Ricardo, que con el ceño fruncido me parecía un extraño, estuve a punto de volverme al calor de la casa de mis tíos. Mas superé el miedo cuando mi galán me dedicó una de sus luminosas sonrisas.

  La capital supuso para mí una decepción. Creía que iba a encontrar un lugar luminoso, lleno de gente culta y distinguida pero lo que pude ver no se parecía nada al cuadro de vistosos colores que había pintado para mí Ricardo. Entonces no sabía que pasaría mucho tiempo antes de salir de aquel barrio sucio y maloliente en el que sobrevivían las familias de los obreros de una fábrica de tejidos de algodón. ¿Dónde estaban las amplias avenidas por las que transitaban coches elegantes? Ricardo solo me mostraba estrechas callejuelas pavimentadas de lodo, cáscaras de fruta y excrementos. 

  Llegamos a un caserón que no tenía más que una ventana que daba a una calle más ancha que las que habíamos dejado atrás aunque no más limpia. En ella vivía una viuda respetable, me dijo Ricardo, que me daría alojamiento hasta que nos casáramos. No pude evitar estremecerme cuando nos abrió la puerta una mujer entrada en años, con el negro cabello desgreñado y unas zapatillas desparejadas que asomaban por debajo de una falda negra demasiado corta. Como una ráfaga de aire, me vino el recuerdo de mi tía, siempre tan pulcra, tan atildada, y el deseo de volver a su lado fue tan intenso, que por unos instantes mi corazón parecía que se iba a detener. Saltaba a la legua que conocía a Ricardo. En su trato con él se mezclaban la familiaridad con la adulación. No me gustó. Su llaneza me ofendía y el tono empalagoso con el que se valía al hablar me causaba repulsión. El solo pensamiento de quedarme en aquella casa con tal mujer me llenaba de pavor. Me aferré al brazo de Ricardo y le supliqué al oído que nos marchásemos de allí; mas no pareció oírme atareado en reírse de un comentario subido de tono de la señora Medina, que tal era el nombre de la viuda.

  La mujer nos condujo a la que dijo era la mejor habitación de la casa, que a mí me pareció la celda de Segismundo. No tenía ventana y olía a orines como si nunca se hubiera ventilado. Una cama enorme con una colcha de ganchillo color verde, una silla a la que le faltaba una pata de atrás arrimada a la pared y un arcón era todo el mobiliario de aquel cuartucho, la mejor habitación de la casa. Se me escapó un sollozo pero, cuando me volví buscando su comprensión, Ricardo se había marchado dejándome sola en aquel agujero.

  Los meses que siguieron fueron un tormento. Las noches se me hacían eternas intentando conciliar el sueño y los días se me hacían interminables sin nada que hacer que esperar a mi amado que cada tarde me hacía una breve visita. Decía que no podía ocuparse más de mí porque estaba buscando un trabajo. Yo, creyéndolo doctor en leyes, confiaba en que su búsqueda diera frutos pronto. Pero no fue así. Los días pasaban y, cuando le preguntaba si había encontrado un bufete que reconociera su valía me respondía con evasivas o simulaba no haberme oído.

  Con el transcurso de las semanas, su trato conmigo se fue volviendo más hosco. Prefería a mi compañía las bromas procaces de la señora Medina o la cháchara grosera de la criada. Me causaba no poco desconcierto verlo reír hasta las lágrimas con frases a medio terminar que yo no comprendía del todo mientras que a mí me miraba con el ceño fruncido, como si le fastidiase tener que hacerse cargo de mi cuidado. Llegué a cogerle miedo pues podía despertar su cólera si me atrevía a interpelarlo sobre nuestro porvenir.

  Me invadió un sentimiento de abandono. Añoraba los mimos de mis tíos y de mis primos, las caricias de la anciana Naná, que, casi ciega, suplía la falta de vista con la sensible visión de las yemas de los dedos. La ociosidad no me ayudaba a superar la enfermiza melancolía en la que me iba sumiendo. Me ahogaba en aquella casa. No sabía cómo hablar con la señora Medina y la criada, no mucho mayor que yo, me daba miedo con sus descaradas maneras. 

  Martirizada por aquel ambiente tan opresivo, me ofrecía a hacerle a la señora Medina toda clase de recados que me mantuvieran alejada de la casa y, pese a no haber pisado nunca antes una frutería ni una lechería, me convertí en entendida en estos menesteres. En más de una ocasión mi patrona me encomendaba la compra de láudano, con el que aliviaba las fuertes jaquecas que la torturaban por las mañanas. De ese modo conocí a don Teófilo, el boticario. 

  Era éste un hombre que me traía el recuerdo de mi tío. Siempre me acogía con una sonrisa que parecía augurar un venturoso porvenir. Mezclaba su habla entre andaluza y extremeña con graciosas palabras que inventaba. Me gustaba ir a su botica y entretenerme con su discreta conversación. Siempre tenía una palabra amable para sus clientes y era cariñoso conmigo cual si sospechase que me faltaba el calor de mis seres más queridos. Es cierto que mi pudor me impedía abrirle mi corazón pero, con la clarividente intuición de quien está acostumbrado a tratar con gente de muy diversa condición, adivinó mis penas, con sus delicadezas, supo darles alivio y confortarme con su consuelo. No era raro, pues, que me escapase de la casa de la señora Medina solo para oírle hablar de sus pequeños nietos o del poder de los remedios que preparaba en la trastienda. Esos momentos en su compañía hacían mucho bien a mi corazón que, con tanta pena, comenzaba a fallar de nuevo.

  Fue don Teófilo quien me dijo que uno de sus clientes andaba buscando un abogado para su bufete. No es difícil imaginar el contento que me produjo esta noticia. Aquel día miré el cansado reloj de la señora Medina lo menos diez millones de veces esperando impaciente llegase la hora en que me visitaba Ricardo. Me volví sorda a las irónicas lindezas con las que me solía regalar la criada y los gruñidos de la señora Medina pasaron inadvertidos ante mí. Era tal mi alegría que me sorprendí mil veces a mí misma canturreando tonadas de mi niñez. En un momento de debilidad, les conté la buena nueva pero mis palabras no fueron recibidas sino con fuertes risotadas. 

  A pesar de la inoportuna hilaridad de la patrona y la criada, nada me hizo sospechar lo que me esperaba aquella noche. Cuando le conté a Ricardo que había encontrado un trabajo para él que nos abriría las puertas de un futuro juntos, no batió palmas de alegría, como esperaba que hiciese. Salió dando un portazo de la salita donde cada tarde le recibía y me dejó asustada en medio de una frase sin saber lo que había sucedido.

  Durante tres semanas esperé su regreso entre el deseo de volverme con mis tíos y el anhelo de verlo de nuevo. La señora Medina me miraba de soslayo sin decirme palabra alguna hasta que un día, ignoro si compadecida de mi desdicha o cansada de verme vagar por la casa como alma en pena, me lo contó todo. 

  Ricardo era el hijo de un pariente lejano de su difunto marido. Su padre había sido funcionario del ministerio ultramar en el primer gobierno de Cánovas del Castillo, donde había medrado siguiendo la estela de un conocido del ministro. Desde su elevada posición, había ayudado a mucha gente, entre quienes se encontraba el marido de la señora Medina. Le consiguió un puesto en un economato que le permitió vivir con holgura hasta su muerte. El hombre siempre estuvo agradecido a su pariente y, cuando se descubrió que Ricardo había abandonado sus estudios de Leyes, prometió mediar entre padre e hijo para evitar una ruptura. 

  Ricardo encontró en casa del señor Medina un lugar donde refugiarse de la cólera de su padre. El buen hombre había salido más de una vez en su rescate pagando, antes de que tuviera conocimiento el progenitor del joven, las deudas que contraía en negocios estrambóticos o en su trato con mujeres de malvivir. El difunto señor Medina nunca pensó que, con su proceder, había pagado con creces la deuda que pudiera tener con su pariente. Con una bonhomía que exasperaba a su mujer, perdonaba al díscolo muchacho su incapacidad para entrar en el mundo de los adultos. Le disculpaba cada vez que dejaba un empleo y creía a pies juntillas las promesas de regeneración siempre incumplidas.

  Poco antes de morir, el señor Medina hizo jurar a su esposa que nunca abandonaría a su joven pariente y solo en atención a tal juramento había accedido a acogerme en su casa.

  No quise creerla. Hacerlo sería admitir que Ricardo me había engañado, que todo él era un engaño. A la señora Medina le causaba risa mi pretensión de convertirme en la esposa de su pariente y se burlaba de mi ingenuidad por dar crédito a las historias con las que me encandilaba. Ricardo, decía, nunca había salido del país y sus fabulosos viajes no habían tenido lugar sino en su fantasía.

  Las revelaciones de la señora Medina fueron el origen de miles de cavilaciones hasta que pude ver a Ricardo una semana después. 

  Llegó con la sonrisa puesta en los labios y me colmó de tanto mimo que casi me hizo olvidar mis pesares. Era tanta mi alegría por tenerlo conmigo que no me atreví a contarle nada, no fuera a romperse el hechizo y volviera a abandonarme. Dejé pasar los días mientras vivía la dulzura del reencuentro.

  Pero mi Ricardo era de temperamento veleidoso y pronto se cansó de hacer de enamorado. Volvió su ceño fruncido, sus malhumores, y, por probar un plato nuevo, dirigió su atención hacia Petra, la criada.

  Mas esta vez abandoné mi talante sumiso.

  Lo llamé a mi habitación y le espeté no pocas lindezas. Hubo de oír de mis labios la historia que me había contado la señora Medina y hacer frente a una furia que ni yo misma sabía que guardaba dentro de mí. Fue tal su asombro que no negó nada, pero me apaciguó con caricias y besos más y más ardientes y por vez primera recibí el nuevo día en sus brazos.

  Los días que siguieron renovó sus promesas de hacerme su esposa. Se reconciliaría con su padre, dijo, y se sometería a sus deseos de hacer de él un hombre de bien. Yo le creí. ¿Cómo no iba a regenerarse por mí después de haber sacrificado mi virtud por él? Pero la gente no cambia solo porque deba hacerlo.

  Hacía tres meses que compartía las noches con él cuando sus visitas volvieron a escasear. Pero esta vez no me importó tanto. Mis primas Trinidad y Macarena habían dado conmigo y, sin hacer caso de la prohibición impuesta por el resto de la familia, me enviaron una larga carta que borró toda tentación de tristeza. La epístola me trajo el aroma de la tierra mojada que se colaba por las ventanas de la casa de mis tíos, el calor de un cariño desinteresado y la calma de un hogar donde no me tenía que preocupar más que por el color del vestido que me ponía para pasear.

  Las contesté tras releer tres veces sus cariñosas palabras. Durante días repetí en voz baja fragmentos enteros de la carta hasta que una nueva la arrumbó al fondo del arcón. 

  Ricardo no pareció importarle ni mucho ni poco que reanudase mi trato con Macarena y Trinidad. En sus vaivenes, a los que ya me estaba acostumbrando, le tocaba el turno a la indiferencia hacia mí y apenas me escuchaba cuando le hablaba. Ni siquiera prestaba atención a las bromas procaces de la señora Medina ni a las miradas seductoras de la descarada Petra.

  La dicha que me causaba la correspondencia con mis primas se vio empañada por unos mareos que empezaron a rondarme al levantarme cada mañana. Me daba vueltas la habitación, mi estómago, que siempre había sido dócil, se unía a la danza y la sola visión del desayuno me provocaba arcadas. Creí que era cosa de tanta emoción vivida en los últimos tiempos pero el paso de los días no me traía alivio alguno. El pudor me hacía esconderme de mi patrona y la criada pero, si las negras ojeras no me delataban, fue la perspicacia de la señora Medina la que adivinó mis cuitas.

  Una mañana, entró en mi dormitorio antes de que me hubiese levantado. Me traía, dijo, una taza de caldo que calmaría la rebeldía de mi estómago. Con una ternura que no la había creído capaz, retiró un mechón de mi cabello de la frente y depositó en ella un beso tan suave que apenas sentí. Luego me pidió que permaneciese en la cama un rato más. Aquella dulzura me causó más espanto que las bromas procaces, las risotadas o las brusquedades con las que solía obsequiarme. 

  Cuando me levanté, me estaba esperando en la cocina. Había mandado a Petra al mercado y estábamos solas. Me hizo sentar en la mesa frente a ella y me dio un puñado de judías verdes para que la ayudase a limpiarlas. Durante un rato, permanecimos en silencio, abstraídas en la tarea. Luego, como si continuara una conversación nunca iniciada, la señora Medina se puso a hablar de cosas sin importancia, el precio de la fruta, el frío de las calles... Cosas así. Yo la escuchaba no sin poca inquietud ignorando adónde quería llegar; pero poco a poco, me dejé conquistar por la suave calma que desprendía. De repente, levantó la voz y me hizo una pregunta que al principio no comprendí. Sus palabras descarnadas me causaron tanta turbación que se me cayó el balde de las judías. ¿Cómo sabía que no sufría las molestias propias de una mujer? No me dio tiempo a contestar. Detrás de esta pregunta vino otra y otra y otra. Más y más aturdida, me eché a llorar. La señora Medina me abrazó y prometió ayudarme.

  Aquella tarde, cuando vino Ricardo, no me encontró a mí en la salita donde solíamos vernos sino a la señora Medina, que lo esperaba erguida con gesto adusto junto a la ventana. Mi patrona no me contó gran cosa de la charla que mantuvieron. Supongo que, como solía hacer cuando estaba enfadada, el chorreo de sus palabras no dejó mucho hueco para las de Ricardo. Yo no le llegué a ver más que un instante en el momento en que cruzaba la puerta del vestíbulo para marcharse. No podía imaginar entonces que aquella iba a ser la última vez que lo tendría ante mis ojos.

  En tres semanas, no tuve noticias de Ricardo. Ni una breve visita ni unas letras para decirme que pensaba en mí. Transcurrido ese tiempo, me llegó una carta larga y ceremoniosa que no sirvió sino para llenarme de desamparo y desolación. En ella me decía que hacía unas semanas que se había reconciliado con su familia. La concesión del perdón de su padre, escribía, había llegado después de que su madre derramase amargas lágrimas. Su padre, hombre implacable, no se plegaba fácilmente a los deseos de los demás; nunca daba nada sin pedir algo en contrapartida. Había tenido que hacer un montón de promesas y sacrificios a expensas de un inmenso dolor. Tanta palabrería no era más que el preludio del anuncio de su matrimonio con otra mujer. Me abandonaba a mi suerte sin ninguna consideración. Ni una palabra del niño que estaba en camino. Ni una palabra de disculpa. Un montón de lamentos y lloros por la pérdida de libertad y nada más.

  Hube de leer la carta varias veces antes de comprenderla. Mi estupor era tal que ni lloraba ni reía. Salí al encuentro de la señora Medina y le tendí la carta entre balbuceos. La patrona no permaneció callada como yo. Sus imprecaciones debieron de oírse en los confines del país. Cuando se calmó, me cogió del brazo y me hizo sentarme junto a ella. Para entonces yo ya había tomado conciencia de lo delicada de mi situación. Había arrastrado por los suelos mi virtud y me encontraba lejos de mi familia. ¿Cómo iba a cuidar a mi hijo si no sabía cuidar de mí? Mi primer impulso fue escribir a mi tía y confiar en su bondadoso corazón, pero la señora Medina me persuadió con grandes aspavientos. Había que ir poco a poco, dijo, urdir un plan que mantuviese limpio mi nombre.

  Sentada en su escritorio y sin hacer caso de mis protestas, me dictó una carta dirigida a mis primas en la que les comunicaba mi boda con Ricardo. Con gran entusiasmo, narraba mi entrada en la iglesia de San Esteban del brazo del padre de Ricardo, la elegancia de los trajes de los invitados, los brindis después de un suculento banquete. Me revolvía al pensar en las mentiras que ensartaba en el papel pero seguía adelante confiando en el buen sentido de la señora Medina. Cuando terminé de escribirla, guardé la carta en mi dormitorio y durante una semana me debatí entre el deseo de romperla y el impulso de enviarla hasta que, en un rapto de inconsciencia, la llevé a la oficina de Correos.

  Tras aquella primera carta, vino la segunda, luego la tercera y luego la cuarta. En ellas contaba las lindezas sobre mi matrimonio que me dictaba la señora Medina. En más de una ocasión tuve que enfriar su entusiasmo y suavizar su fabulosa narración con tintes de realidad. Así les anuncié la alegría por la espera de un hijo. En mis cartas, me cuidaba mucho de dejar traslucir el anhelo de verlas no fueran a presentarse en casa de la señora Medina y descubrieran el engaño.

  Dos días antes de Navidad, nació mi hija y el día de Reyes la bauticé con el nombre de Aurora, como mi madre. La señora Medina fue su madrina y don Teófilo, su padrino. 

  En cuanto me vi madre de una niña, dejé atrás mis miedos, que me convertían en un ser sumiso y pusilánime. No podía seguir viviendo de la caridad de la señora Medina ni volver deshonrada a la casa de mi infancia. Mi buena patrona insistía en que escribiera a mi tía y le dijese que me había quedado viuda para salvaguardar la respetabilidad de mi nombre pero yo no quería valerme de más engaños. Con mis pocos conocimientos de piano, busqué tres niñas a las que daba clases en sus casas. Parte del dinero que ganaba se lo daba a la señora Medina por la habitación y la comida; el resto lo guardaba para la educación de mi Aurora. 

  Cuando ahorré un poco de dinero, alquilé un apartamento en un barrio más alegre de la ciudad y más saludable para mi pequeña Aurora. Atrás dejé mi sensibilidad exaltada y mi temperamento se volvió reservado y cauteloso. Encerré en el arcón del olvido el recuerdo de Ricardo, como si realmente hubiese muerto, como si fuese realmente su viuda, y derramé todo mi amor en Aurora.

  De cuando en cuando, como para reavivar los sueños de otro tiempo, enviaba un poema a alguna revista literaria. Firmaba con el seudónimo de Aurora Quevedo para que nadie me reconociese. Aurora por mi hija; Quevedo por quien me mostró la belleza de las palabras. Con estos poemas recordaba quien fui un día; me anudaban a mi juventud perdida.

  Solo la añoranza de mi familia perdida empañaba el cielo de mi felicidad. En otoño, la llegada de las lluvias me traía el recuerdo de la tierra mojada de mi ciudad. Me inundaba la tristeza al evocar el rostro de mi tía, madre de mi corazón, la voz grave de mi tío, las sonoras carcajadas de mi primo Santiago o las manos ásperas de Naná. La señora Medina, que nos visitaba con frecuencia, me animaba a escribirlos, a tomar el tren para ir a visitarlos pero yo no me decidía. En mi espíritu seguía viva la vergüenza por haberlos traicionados. Y, mientras tanto, las cartas de Macarena y Trinidad traían noticias cumplidas de cada uno de ellos: la úlcera de mi tío, la boda de Santiago, el fallecimiento de la anciana Naná, los nacimientos de los hijos de mis primos, bautizos, primeras comuniones... La vida en la ciudad seguía su curso sin mí.

 Cada vez que llegaba una carta me demoraba al abrirla. Imaginaba que contenían una llamada, un beso, una palabra de mi tía, de mi tío, de mis primos. Pero parecía que, a excepción de mis queridas Trinidad y Macarena, todos me habían borrado de su recuerdo.

 Una tarde de domingo estaba leyéndole un capítulo de David Copperfield a Aurora, cuando sonó el timbre de la puerta. La niña, que entonces contaba doce años, echó una carrera hasta el vestíbulo para abrir esperando encontrarse a la señora Medina o a don Teófilo, que la había adoptado como una nieta más. Un minuto más tarde, volvía sola. Que un señor preguntaba por mí. Por un momento, mi corazón, como si quisiera jugarme una de sus antiguas pasadas, se detuvo un instante y me hizo creer que se trataba de Ricardo pero me equivoqué.

  Delante del espejo del vestíbulo estaba Fernando. Me impresionó su porte distinguido que le hacía parecer más alto. Su elegancia me recordó lo que había perdido. Traía un abrigo negro que no se quitó hasta que no le invité a hacerlo. Estuvimos unos segundos sin atrevernos a movernos, esperando que el otro diese el primer paso. Aurora nos miraba curiosa hasta que Fernando abrió los brazos y me envolvió en ellos. Su calor me hizo temblar.

  —La tía se muere —dijo—. La tía se muere y quiere verte. He venido a buscaros a la niña y a ti.

  No había tiempo que perder. Metí cuatro cosas en una maleta pequeña y salí con él. 

  Llegamos a mi querida ciudad de madrugada. Las primeras luces del alba me mostraban los lugares por donde había transcurrido mi niñez: el colegio de las ursulinas, la torre del ayuntamiento, los jardines de las Escuelas Pías, la casa de la tía Fuensanta, nuestra casa... Todo parecía más pequeño. Cuando se detuvo el coche en la entrada, la luz de la ventana del dormitorio de mis tíos me arrancó una lágrima. Traspasé el umbral asiendo con fuerza la mano de Aurora, a quien el sueño la hacía andar a trompicones. Al pie de la escalera estaba mi tío que debía de habernos oído llegar. Me besó en la frente, como solía hacer cuando era niña y luego abrazó a mi pequeña Aurora. 

  Mi tía parecía dormitar cuando entré en su dormitorio. Abrió los ojos en cuanto me senté junto a la cama y me sonrió. Luego volvió a dormirse. Pasé la noche sin moverme de su lado rememorando los momentos que había vivido en aquella casa, mi casa, con aquella familia, mi familia. En tanto en tanto, mi tía despertaba y, al verme, me dedicaba una media sonrisa que quería ser la acogedora sonrisa de otros tiempos. Así, entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, estuvo tres días. El cuarto, pareció despertar del todo. La fiebre desapareció y sus mejillas se sonrosaron. 

  Me pidió un vaso de agua, pero solo se humedeció los labios agrietados. Descansó la cabeza en la almohada antes de hablarme. Apenas la oía, tan queda era su voz. Sus palabras evocaban los años de mi niñez, mi corazón delicado, mi alocada fantasía llena de versos. Pero también hablaban del dolor de la separación, de los años de espera, de las noticias que le llevaban Trinidad y Macarena y que ella escuchaba ilusionada. 

  —Te conozco tan bien —dijo—, que leía entre líneas los pesares que nos ocultabas.

  Yo apenas la oía, ahogada en el llanto. Su dulzura me dolía más que si me hubiera cubierto con sus reproches. En sus palabras no había rencor por mi alejamiento pero sí mucha tristeza. Finalmente, fatigada, volvió a cerrar los párpados y se durmió con un sueño agitado. Aquella noche, nos llamó a todos a su lado. Repartió un beso a cada uno y cerró los ojos para siempre.

  Me quedé en la ciudad dos semanas más, hasta que finalizaron las exequias por mi tía. Me reconcilié con mi tío, la tía Fuensanta, el primo Santiago, el primo Fernando, Macarena, Trinidad. Me reconcilié conmigo. Con la niña asustada que llegó a aquella ciudad con siete años. Con la adolescente soñadora fascinada con la poesía. Con la joven enamorada de una ilusión. Con la madre de Aurora, que había desterado de su corazón falsas quimeras.

 Han pasado muchos años desde entonces. He vivido mucho. He tenido alegrías, tristezas. Mi hija me ha hecho abuela. La mayoría de la gente que quise de niña y de joven ha muerto pero, si cierro los ojos, me viene muy vivo el aroma aroma del magnolio florecido y de la tierra mojada por la lluvia que se colaba por la ventana de mi dormitorio en la casa de mis tíos. Entonces mis labios cobran vida y brotan de ellos unos versos:


“Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado”.

viernes, 12 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la lluvia. Segunda Parte









   Y, sin embargo, ni a mis tíos ni a mis primos les gustaban aquellas horas más y más prolongadas que pasaba en soledad. Temían que se resintiera mi salud. Aquella pasión por la poesía no servía, decían, sino para excitar mi ya de por sí enardecida sensibilidad. Tanta lectura no podía ser buena para mi corazón delicado. Hacían cualquier cosa para alejarme de los libros. Mi tía me pedía que la ayudase en alguna labor de costura; mi tío que le limpiase una de sus pipas o que regase la camelia carmesí que con mimo cultivaba en el balcón; mi primo Santiago, el más joven de los tres, me tomaba como su confidente y me contaba sus desventuras con Luisa, su prometida; y hasta Naná me encomendaba cientos de pequeñas tareas que no me fatigasen pero me tuvieran entretenida. 

   Con la llegada de la primavera, más y más preocupados por las largas horas que pasaba encerrada en el gabinete, mis tíos me animaban a salir con ellos. Unas veces íbamos a pasear por los jardines aledaños a las Escuelas Pías, otras me llevaban a hacer alguna visita a casa de Fuensanta, la hermana de mi tía, que hacía poco se había trasladado a la ciudad con su marido y sus siete hijos. No me gustaban mucho aquellas visitas. Los años pasados me habían acostumbrado a rehuir todo trato social y ni siquiera cuando estuve en el colegio fui dada a hacer amistades. De manera que, aunque hubiera preferido quedarme en casa con mis libros y mis poemas, el temor a disgustar a mis tíos me llevaba a obedecerlos sin rechistar.

  Sospecho que, en su afán por hacerme salir con ellos, no les animaba únicamente su inquietud por verme convertida en una joven solitaria ni pensaban solo en los beneficios de los rayos del sol sobre mi delicada salud. También andaba por medio un interés más egoísta. Aunque me decían que podía disfrutar de la alegre compañía de las dos hijas de Fuensanta, Macarena y Trinidad, de edades parejas a la mía, mis tíos tenían puestos los ojos en Fernando, el tercero de los hijos y con quien esperaban casarme.

  Así, lo que empezó como unas visitas de cortesía acabó convirtiéndose en una costumbre.

  Mi tía pasaba las mañanas atareada haciendo bizcochos que luego tomábamos con el chocolate que preparaba Fuensanta. Las veladas se alargaban hasta bien entrada la noche. Acudían a ella el cura de la Presentación, un hombre orondo y bonachón que a mí me parecía entonces un viejo aunque no debía de tener cuarenta años; la viuda del secretario del ayuntamiento y dos maestras solteronas que de niñas habían sido amigas de mi tía y de su hermana. Ya se puede uno imaginar que no se hablaba de poesía en aquellas veladas. Lenguas afiladas diseccionaban la vida de los vecinos. No se les escapaban los amores furtivos de las modistillas, las distracciones en misa, los trucos culinarios de las buenas amas de casa con los que ocultaban sus escaseces y disfrazaban aromas y sabores, ni los zurcidos en las medias de jóvenes pretenciosas o la conversión del vestido de una muchacha en falda para una hermana menor. 

  Todos, incluidas Macarena y Trinidad, participaban entusiasmados en aquellas conversaciones que a mí me causaban hastío. Tal vez si hubiese conocido a las personas de las que hablaban, hubiera sacado mayor provecho de aquellos pozos de sabiduría pero llevaba mucho tiempo en los que mis únicos amigos eran los libros. Así pasaba las tardes con la imaginación puesta en mis cosas sin prestar demasiada atención a aquella charla sin sustancia. He de decir, no obstante, que mis nuevas primas hacían todo lo posible y hasta lo imposible para contentarme. Me ofrecían los mejores dulces, me hacían pequeños obsequios, un dedal de plata, unas tijeritas de bordar... o tocaban para mí alguna sonata de Beethoven en un viejo piano de pared no muy bien afinado. Así las fui tomando cariño pero, aunque me esforzaba en complacerlas, no podía evitar aburrirme.

  En cuanto al primo Fernando, no puedo decir si me gustaba o no porque apenas le veía. No solía estar en casa a la hora en que su madre organizaba las meriendas pese a que su trabajo como pasante en un bufete de abogados le dejaba las tardes libres y, cuando estaba, permanecía todo el tiempo en otra habitación jugando alguna partida de mus con tres jóvenes que ni siquiera entraban en la sala a saludarnos. De manera que, aunque hubiera querido complacer a mis tíos no hubiese podido: el primo Fernando estaba fuera de mi alcance.

  No obstante, una tarde llegó con un amigo distinto que se empeñó en pasar a la sala y saludar a la dueña de la casa. Fuensanta, halagada por esta pequeña atención que no era habitual entre los amigos de su hijo y sin hacer caso de los gestos que éste le hacía, lo invitó a una taza de chocolate, que el recién llegado aceptó visiblemente complacido.

  Se llamaba Ricardo y tenía veinticinco años, le contó a Fuensanta y a mi tía. Trabajaba como pasante desde hacía unos meses en el mismo bufete que Fernando. Había recalado en nuestra ciudad cansado de rodar por el mundo. Con una gracia que no tenía parangón entre ninguno de los presentes, nos habló de un viaje que había hecho el año anterior por Italia y Grecia. Pintó de vivos colores ciudades que solo conocía por haberlas visto señaladas en el atlas que guardaba mi tío en el gabinete o que me evocaban los poemas de Byron y de Keats. Pero más que sus historias era la sencillez al contarlas lo que cautivó a su auditorio siendo yo misma su oyente más entregado. Salpicaba su narración de anécdotas divertidas, algunas lo bastante picantes para provocar rubores entre las féminas aunque no lo suficiente como para ofendernos. 

  He de decir, no obstante, que él era el primero que parecía disfrutar con su papel de protagonista haciendo caso omiso del creciente malhumor de mi primo Fernando. Mas no mostraba engreimiento alguno y, si se sentía envanecido, sabía esconderlo con altas dosis de cortesía hacia cada una de nosotras. De sus labios salían las más lindas alabanzas, palabras de admiración hacia las dotes culinarias de la anfitriona, el talento extraordinario en el piano de mis primas o la sonrisa hechicera de mi tía. 

  Poco antes de las nueve, debió de pensar que estaba abusando de la hospitalidad de Fuensanta y recordar a su amigo porque se volvió a él y, con una sonrisa con la que parecía querer hacerse perdonar, lo siguió hasta la habitación donde lo esperaba la mesa de juego.

  Ricardo se convirtió en un asiduo a las meriendas de Fuensanta. Llegaba con la excusa de una partida de mus pero, antes de juntarse con los compañeros de francachelas de Fernando, se unía a nuestra tertulia y nos regalaba con sus delicadas atenciones. Al principio era el centro de atención de toda la concurrencia, pero, con el paso de los días, fue perdiendo el atractivo de la novedad y se fueron abriendo paso las conversaciones habituales de las tertulias de Fuensanta. Para mí, sin embargo, era su presencia el único aliciente de aquellas visitas y, si alguna tarde faltaba, me parecía que el sol se apagaba.

  Fue eso, supongo, lo que le hizo fijarse en mí, la persona más insignificante de la tertulia de Fuensanta. Debió de ser duro para él verse reducido a simple invitado tras haber sido el centro de todas las atenciones y el blanco de todas las alabanzas. Solo yo mantenía intacta mi admiración hacia él. Ni siquiera Fernando le hacía mucho caso sino era para desplumarlo en alguna manita de mus.

  De modo que no es de extrañar que Ricardo, el más deseado unas semanas antes, pusiera los ojos en mí, quien lo escuchaba embelesada e, ingenua como era, creía todas sus historias como si fueran el mismo evangelio. Así se convirtió en mi compañero de soledades. Tenía el don de adivinar lo que me gustaba y halagaba mis oídos recitándome poesías. En cuanto entraba en la sala, me buscaba con la mirada y su sonrisa se extendía por todo su rostro cuando me veía. Luego pasaba la tarde hablándome de la vida tan maravillosa que pensaba construir cuando formase una familia junto a la mujer de sus sueños. 

  Ya puede imaginarse el efecto que tenían en mi espíritu sus palabras. No albergaba duda alguna de que la mujer llamada a ser su esposa no era otra que yo misma. Ya me veía dueña de su casa y rodeada de sus hijos, nuestros hijos. Mi sensibilidad exaltada inventaba miles de historias, que hoy me producen risa pero que entonces eran casi mi único alimento. Su recuerdo me robaba el sueño y la evocación de su rostro me hacía olvidar hasta de comer. Hubiera muerto de hambre de no haber sido por los cuidados que me prodigaban en casa.

  Y, cuando empezaba a hacerme ilusiones sobre un futuro lleno de venturas a su lado, desapareció. 

  Corrieron cientos de historias acerca de su marcha repentina. Se decía que había quebrado la confianza que habían puesto en él los socios del bufete y se había apropiado de un dinero que no era suyo; que había seducido a la criada del director del seminario mayor, que se aburría con nuestra insípida compañía... Todos en la tertulia de Fuensanta acuciábamos a Fernando con nuestras preguntas que él respondía con medias palabras como si supiera mucho pero pudiera decir poco, aunque sospecho que su ignorancia era tan grande como la nuestra. No sé cuánto había de verdad en aquellas historias, lo cierto es que nadie le denunció ni por el dinero ilícitamente apropiado ni por la honra mancillada. Con el paso del tiempo, Ricardo cayó en el olvido. Solo yo añoraba su presencia y penaba porque, en su marcha, no hubiera tenido una palabra de despedida para mí. 

  Enamorada como solo se enamoran las jóvenes solitarias sensibles en demasía, caí en un estado de melancolía del que no me sacaban las delicadas atenciones de mi familia. El doctor Ovidio, preocupado por la fragilidad de mi corazón, me mandó permanecer en la cama hasta mediada la tarde. Pero con ello, no consiguió sino aumentar el sentimiento de desdicha que me embargaba. Pero mi corazón era más fuerte de lo que decía el médico pues resistió el embate de la decepción.

  De nuevo la literatura salió en mi ayuda. Un periódico local con pretensiones de vanguardia me publicó un relato y varios poemas. Ante el éxito que tuvo entre el puñado de lectores que leía la publicación, me ofreció escribir una columna que primero fue mensual, luego quincenal, para acabar siendo semanal. Todavía no me explico cómo pude alcanzar tanta notoriedad con mis poemas, yo, una joven inexperta, por más sentimiento que pusiera en ellos. Lo cierto es que me convertí en una celebridad en la provincia. En poco tiempo me vi dando conferencias, respondiendo cartas de rendidos admiradores y recibiendo visitas de quienes meses antes ni se dignaban mirarme. Hasta en la tertulia de Fuensanta, que nunca había despertado interés alguno más que en mis primas, me torné en alguien a tener en cuenta. 

  Para dicha de mis tíos, Fernando empezó a cortejarme: mucho me temo que más por seguir la moda de la ciudad que porque realmente disfrutase de mi compañía. Cuando estaba conmigo le costaba disimular su inseguridad. No sabía muy bien cómo tenía que tratarme. Mi mal ganada fama de instruida le imponía. Unas veces exageraba los galanteos que tan buen resultado le daban con otras señoritas casaderas pero que a mí casi me provocaban la risa por lo forzados y poco naturales. Otras veces, como queriendo ponerse a mi altura, me hablaba de poesía y casi era peor. Hasta yo, con mi escaso conocimiento de la vida, me percataba enseguida de que acababa de aprenderse de memoria las opiniones que me daba sobre el bueno de Garcilaso o sobre Lope de Vega. Aun así no podía evitar conmoverme con sus patosos intentos por conquistarme y, con el paso de los meses, le fui tomando más y más cariño.

  En la familia nadie dudaba que aquel divertimento acabaría en boda. Mi tía y su hermana hacían miles de planes por nosotros y sabían de antemano hasta los hijos que íbamos a tener y los nombres que llevarían. Trinidad y Macarena, recientemente desposadas, no eran ajenas al alborozo que causaba en la familia mi casamiento y aportaban sugerencias sobre cómo, cuándo y dónde tenía que ser mi boda. En cuanto a mí, mentiría si dijera que me entusiasmaba verme como la esposa de Fernando pero tampoco veía ninguna razón para negarme. De modo que me dejaba llevar por los vientos que corrían y me convencí de que así había de ser.

  Pero el tan esperado enlace nunca llegó a celebrarse. Unos meses antes de la fecha prevista, regresó Ricardo y desbarató los planes de todos.

  Se presentó en la tertulia como si no hubiesen transcurrido tres años sino unos días desde su última visita, como si nunca hubiera abandonado la ciudad cual un ladrón que se oculta de la gente. Traía los bolsillos vacíos de dinero pero llenos de historias aún más fabulosas que las que contaba antes de desaparecer. Su encanto hizo que fuera recibido como el hijo pródigo al que todo se le perdona. El olvido cubrió con su velo las historias que habían corrido sobre él. Como antaño, se vio rodeado de una corte de admiradores que escuchaban con arrobo sus cuentos y, como antaño, me hechizó con sus miradas seductoras haciéndome olvidar su abandono.

  Olvidé a Fernando, a mis tíos, mis primas, mis primos, a Fuensanta. Y hasta de mí misma me olvidé solo por mendigar una palabra.

  Mendigar, sí, porque él también debía de ser olvidadizo y no parecía recordar que un día me distinguió entre las demás mujeres. No es que no fuera galante conmigo, que sí lo era, más gastaba conmigo la misma cortesía que con la hija del factor del ferrocarril y me dedicaba los mismos piropos que los que dirigía a Macarena o Trinidad. Al menos así fue hasta que alguien le dijo que estaba a punto de casarme con Fernando. 

  Faltaban tres semanas para mi boda y no tenía tiempo que perder. Espoleado por una rivalidad que en aquel entonces se me escapaba, empezó a cortejarme dejando de lado las atenciones a cualquier otra mujer que no fuese yo. He de manifestar, aunque ello no diga mucho en mi favor, que sus galanterías no despertaron mis recelos aunque sí me causaron no poco desconcierto dados mi condición de prometida y los pocos días que restaban para mi boda. Juro por mi madre, de la que no recuerdo ni el sonido de su voz, que no hubo malicia alguna en mí cuando prestaba oídos a sus lisonjas aunque no podía evitar ruborizarme con algunas de sus palabras. Era la primera vez que me hablaban de amor con un lenguaje que creía reservado para los libros. ¡Ah, traidor! ¡Qué bien me conocía y cómo sabía la clave que abría la puerta de mi corazón! En cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo conmigo ya era demasiado tarde para detener el torrente de mis sentimientos. No me valieron ya mis intentos para resistir la influencia que ejercía sobre mí. Y, cuando me propuso dejarlo todo para seguirlo hasta otra ciudad, no lo dudé. Abandoné todo rastro de decencia y gratitud que pudiera haber en mí y lo seguí sin saber adónde me llevaba.