viernes, 27 de mayo de 2016

Arte









Javier leyó una vez más el tarjetón que tenía en la mano: «La Galería Las Gaviotas tiene el placer de invitarle a la inauguración el próximo ocho de marzo de la exposición “Hacia la esperanza”, en la que se presentarán los últimos trabajos de Eduardo Caso». Alzó la mirada hacia la pintura que tenía delante ladeando la cabeza en busca de un ángulo que explicase el significado de lo que estaba viendo.

Se trataba de un cuadro de pequeñas dimensiones que representaba el paisaje de algún lugar del sur de Europa. En la parte izquierda del lienzo, el pintor se había recreado con el pincel para mostrar con minucioso detalle unos campos de trigo. A Javier le parecía sentir la brisa que mecía las espigas inclinándolas hasta casi besar la tierra. Al otro lado, un huerto en el que se podían contar los frutos que maduraban en las ramas de los árboles. El esmero que el autor había puesto al pintar el paisaje contrastaba con la apenas esbozada figura central del cuadro: una niña arrodillada sobre una alfombrilla con las palmas de las manos unidas sobre el pecho en actitud de recogida oración. La niña iba ataviada con un vestido gris plomo que le colgaba de todas partes como si no fuese suyo sino de alguien mucho mayor que ella. Pese a apenas distinguirse los rasgos, su rostro transmitía una extraña emoción en la que se confundía la tristeza con la esperanza. Javier no podía apartar la mirada de los labios, que parecían implorar socorro. Hacía mucho tiempo que no había visto nada que lo emocionase tanto. Y, sin embargo, no podía decir si aquel rostro le hacía sentir dolor y angustia o dejaba entrever una promesa. En cada mirada, descubría un matiz nuevo; no podía sino reconocer la maestría del pintor.

Volvió a leer, incrédulo, el nombre del autor en el caballete que había junto a la puerta que daba acceso a la sala: Eduardo Caso. Le parecía imposible que el amigo de su primera juventud hubiera pintado aquel cuadro. Pasó al siguiente, que mostraba un pueblo devastado por la guerra. Aunque carecía de la fuerza del primero, le hizo sentir la desolación de las batallas perdidas. Otro más allá representaba un paisaje sin vegetación por el que vagaba una fila de caminantes. De nuevo siluetas apenas delineadas pero capaces de transmitir la fatiga y la incertidumbre del viaje. Cuanto más veía, más asombrado estaba. ¿Cómo era posible que Eduardo hubiera pintado aquello?, ¿tanto había cambiado? Debía de tratarse de otro pintor del mismo nombre: su amigo no era capaz de expresar una sensibilidad que no tenía. Miró a su alrededor buscando al autor y, al no verlo entre los corrillos de invitados, salió a la calle sin detenerse a saludar a nadie.





Javier supo de la fama de Eduardo mucho antes de conocerlo. Estudiaban los dos en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense, aunque pertenecían a clases diferentes. Al poco de iniciarse el segundo curso, empezó a correrse la voz: Había un chico que pintaba mejor que los profesores. Cada dos o tres semanas, sorprendía a sus compañeros con una copia exacta de algún cuadro del Museo del Prado. Se atrevía con todo y alardeaba de su dominio de la técnica. Antes de que empezase su disertación el profesor de turno, sacaba de una especie de enorme cartapacio su versión de “Hipómenes y Atlanta”, “El vado” o “Baco”: Reni, Claude de Lorena y Annibale Carraci eran sus favoritos. Otras veces mostraba el retrato de algún alumno o profesor provocando el asombro y la admiración por su parecido con el original. No ocultaba su enorme satisfacción ante los elogios de sus compañeros, mientras parecía que le dejaban indiferente las críticas de los profesores de la Facultad.

Se conocieron en una cervecería que frecuentaban los alumnos de Bellas Artes. A diferencia de la mayoría de sus condiscípulos, a Javier no le impresionaron ni su carismática personalidad ni su destreza con el pincel. No veía por ninguna parte el supuesto talento de Eduardo del que todos hablaban. Para él no era sino un copista conocedor de unas cuantas técnicas; un fanfarrón frívolo y presuntuoso, sin nada dentro, incapaz de una idea original. No entendía cómo, siendo así, despertaba la admiración de toda la clase.

Tal vez por ser el único que no halagaba su vanidad, Eduardo empezó a buscar su aprobación y no descansó hasta ganarse una amistad que se extendería durante años. Cuando salían de clase, recorrían la Gran Vía en acaloradas discusiones que continuaban durante horas en una mesa del Café Comercial.

—El arte —empezaba diciendo Javier— es saber sacar a la superficie el mundo interior del artista.

—¡Tonterías! —replicaba Eduardo—. Eso de los sentimientos que expresa una pintura, su mensaje, no son más que chorradas que se inventan los inútiles sin talento. Una obra tiene mayor valor artístico cuanto más se parece a la realidad.

Cada uno sostenía su opinión en discusiones más y más apasionadas e intentaba ponerla en práctica cuando cogía los pinceles. Mientras Javier se afanaba por crear la obra que expresara el vaivén de emociones que asediaban su juventud, Eduardo se saltaba las clases para ir al Parque del Retiro a retratar a los que iba encontrando a su paso. Después, lleno de vanidad, le enseñaba pinturas que parecían fotografías: niñas saltando a la comba, un violinista junto al lago, una joven deleitándose con unas nubes de algodón de azúcar... Javier miraba aquellas figuras que parecían iban a saltar del lienzo y le causaban una extraña inquietud. Como si fueran retratos de seres sin alma, en sus ojos no había vida, sus sonrisas carecían de alegría y sus lágrimas de tristeza.

—Le faltan sentimiento —le decía—. Tienes que sentir lo que pintas, no limitarte a copiar lo que ves.

Antes de terminar el curso, Eduardo ya había vendido su primera obra. Una señora le encargó un retrato de su hijo para su Primera Comunión. Con una fanfarronería casi insultante, invitó a Javier a una opípara cena con las diez mil pesetas que le dieron por su trabajo. Pasaron la noche comiendo y bebiendo ginebra mientras disertaban de arte y mujeres. Acabaron en un garito de Malasaña hasta que, a las tres de la mañana, Javier lo dejó con un par de chicas sobre sus rodillas y un gin tónic en la mano.

Ambos abandonaron sus estudios al finalizar el tercer curso. Javier, decepcionado por su falta de talento, desistió en su empeño de convertirse en artista y se matriculó en la facultad de historia. Eduardo abrió un estudio de pintura y, en menos de cinco años, se hizo célebre con sus retratos.

Con el tiempo, la amistad se fue enfriando hasta que sus vidas se separaron. Él cogió gusto a la historia y conoció a una chica que le robó los pocos momentos libres que le dejaban los estudios. Eduardo, mientras tanto, fue aumentando su fama de retratista. En alguna ocasión, Javier oía hablar de orgías que se prolongaban días en las que derrochaba el mucho dinero que ganaba con sus pinturas.

Durante años, apenas supo nada de Eduardo, hasta que un día recibió una invitación a la exposición: “Hacia la esperanza”.

Unas semanas después de clausurarse la exposición, Javier encontró un mensaje en su móvil: “Te espero este sábado a las cinco en el Café Comercial”. Por un momento pensó que se trataba de la broma de algún amigo que conocía las tertulias de antaño: Si hubiese sido Eduardo no le hubiera citado en un café que llevaba meses cerrado. Borró el mensaje decidido a ignorarlo pero, cuando llegó el momento, pudo más la curiosidad y a las cuatro y media ya estaba esperando en un banco de la Glorieta de Bilbao.

Le costó reconocerlo cuando lo vio llegar por la calle Fuencarral. Los años habían sido severos con él. Se le había caído casi todo el pelo y su delgadez le hacía parecer mayor. Le extrañó su atuendo desaliñado. Eduardo, que de joven solía gastarse buena parte de lo que ganaba en ropa de marcas exclusivas, llevaba unos tejanos y un niki verde botella que vivieron tiempos mejores. Sin embargo, sus ojos parecían más jóvenes. Desprendían una serenidad que Javier no recordaba de sus años estudiantiles.

Fue Eduardo quien rompió el hielo que doce años de distancia había fraguado. Le tendió la mano y después miró extrañado la puerta clausurada del Café Comercial.

—Hace tres meses que regresé a Madrid —dijo como disculpándose—. He estado un año fuera y no he seguido mucho lo que ha pasado por aquí.

Fueron caminando hasta la cervecería San Julián, donde pasaron la primera hora recordando sus tiempos de estudiantes de Bellas Artes. Escuchándolo, a Javier le parecía estar ante un desconocido. Eduardo había dejado por el camino sus maneras arrogantes y su conversación superficial.

—¿Qué te ha pasado en estos años? —no pudo evitar preguntarle Javier— Te encuentro muy cambiado. Lo cierto es que ni siquiera te reconocí en los cuadros que vi en la exposición.

—¿Lo notaste? Ha sido la primera vez que me he dejado llevar, la primera vez que he pintado para mí, sin pensar en el dinero que voy a ganar. Tuve mucho miedo antes de exponer los cuadros. Me sentía inseguro. Eran cuadros tan personales que dudaba que fuesen buenos.

Hizo una pausa.

—¿Te gustaron? —preguntó con ansiedad.

—Muchísimo. Ya sabes que nunca me llegó a convencer tu pintura. ¿Cómo te diría? Me parecía que no tenía vida. Era fría. No decía nada. Sin embargo, los cuadros del otro día… ¡Madre mía! No tengo palabras.

—Me temo que era yo el que no tenía vida; el que era frío y no tenía nada que decir porque estaba vacío. Tú siempre me lo decías pero no lo entendía. Hasta hace un año, cuando me fui a un campo de refugiados y mi vida dio un vuelco.

—¿Te fuiste a un campo de refugiados? —su asombro iba en aumento— Eres increíble.

—No. No me mires con esa cara de admiración, que no hay nada admirable en mí. Al contrario. En los últimos años, he vivido sin freno alguno gracias al dinero fácil que he ganado con mis pinturas. Hacía retratos como churros. A mis clientes sólo les importaba que les sacara favorecidos. Y lo conseguía. Me hice un nombre y me llovían los clientes. Aproveché esta fama flacucha para conseguir mujeres que dejaba por otras con la misma facilidad con que cambiaba el agua con la que limpiaba los pinceles. Era más fiel a mi coche que a esas pobres incautas que se arrimaban a mí sin saber que no era sino un saco de serrín.

»Hace dos veranos conocí a Paula, una mujer en la que nunca me hubiese fijado de no ser porque no me hacía ningún caso. Me la presentó su hermana, la chica con la que estaba saliendo entonces. No puedes imaginarte dos mujeres más diferentes. La mía era todo lo que un hombre puede desear. Como una modelo de pasarela, pasaba del metro setenta y su cuerpo perfecto hubiese enamorado al mismo Policleto. Pero su hermana era la Jeanne Hebuterne de Modigliani. La misma sosería y antipatía, los mismos ojos diminutos y nariz larga. Ni siquiera una agradable conversación compensaba su fealdad. Y, pese a ello, no me prestaba ninguna atención.

»Probé con ella todas las técnicas de seducción que conocía, pero fue inútil. Su rechazo hería mi orgullo tanto más porque no me gustaba. No era digna de las mujeres que habían estado conmigo. Quería que se me rindiera sólo para dejarla tirada después. Conseguirla se convirtió para mí en un reto, casi en una obsesión. Pero Paula sólo tenía una cosa en la cabeza: marcharse a Grecia a ayudar a los refugiados que llegaban a sus islas.

»Fui detrás de ella para demostrarle que, si ella podía, yo también. Llegar allí fue... ¡Puff! ¡Menudo impacto! No creas que por las horribles condiciones en las que llegaban los que venían de Siria e Irak o porque me conmoviesen las historias que oía a los cooperantes. No. Lo que me impresionaba, me irritaba, era tener que dormir en sucias tiendas de campaña, aguantar el inclemente sol de julio, malcomer en medio de tanta porquería y el olor a muchedumbre, del que no me desprendía ni cuando me escapaba a la ciudad. Ni siquiera me compensaba el ligoteo con Paula. Podían transcurrir días sin verla, tan ocupada estaba en acoger a los recién llegados. Así que pasaba las horas haciendo bocetos de un cuadro que me rondaba la cabeza, algo grandioso, muy distinto de mis retratos: “Encuentro de León I y Atila”. Me había propuesto hacer algo bueno de verdad.

»Cada mañana, me alejaba del campamento y, sentado en el suelo, me dejaba llevar por mi escasa imaginación mientras con el lápiz llenaba las hojas de un cuaderno. Era la primera vez en muchos años que intentaba una cosa así, por lo que mis dedos se mostraban torpes y, aunque no desistía en mi empeño, me desesperaba al comprobar que dominaba la técnica pero no era capaz de crear nada original.

»Un día vi a una niña de unos diez años a pocos metros de donde me encontraba. No me quitaba los ojos de encima y distraía mi débil concentración. Agité la mano para que se marchara pero no me hizo ningún caso. Le grité en inglés mas no pareció entenderme. Visto mi poco éxito, recogí mis cosas y volví al campamento enfurecido.

»Los días siguientes, sucedió lo mismo. Mis gritos más y más amenazantes no hacían mella en ella. Permanecía de pie, a pocos metros de mí, observándome mientras dibujaba. Opté por ignorar su fastidiosa presencia, como si de una mosca se tratase, y conseguí garabatear algunas figuras. Poco a poco me acostumbré a tenerla cerca. Con las hojas de papel que yo desechaba y un lapicero corroído que no sé de dónde sacó, hacía sus propios dibujos. Mientras llegaban cada día al campamento decenas de hombres, mujeres y niños de Irak, Siria y del corazón de África, mientras Paula escuchaba historias terribles y se afanaba por avivar la esperanza de almas desesperanzadas, yo pretendía emular a Madrazo y la niña me seguía en mi camino. No nos hablábamos, ni siquiera por medio de gestos, pero nos acostumbramos el uno al otro. Sin ella, me faltaba la inspiración.

»Una noche en la que el calor estival me impedía dormir, salí de la tienda que compartía con tres cooperantes franceses para dar un paseo y refrescarme un poco. Encontré a Paula que venía de los servicios de señoras. Por primera vez desde que la conocía me dedicó una sonrisa. Quizás el lugar le hizo bajar la guardia, quizás fuese su gesto amistoso el que me desarmó. Lo cierto es que olvidamos nuestra absurda contienda y estuvimos hablando hasta que vino el día. Me estuvo contando cómo la invadía el desaliento por su incapacidad para ayudar a los que llegaban diariamente al campamento. Yo, para animarla, fui a mi tienda en busca de mi cuaderno. Mientras los ojeaba, veía esbozarse en sus labios una sonrisa. En un momento, su rostro se ensombreció y sus ojos me devolvieron una mirada angustiosa que no comprendí. Me tendió un dibujo que mostraba con ingenuo realismo el bombardeo de una ciudad. Miré la hoja de papel sin comprender: aquel dibujo no era mío. Entonces, recordé. Debía de haber cogido sin darme cuenta uno de la niña.

»Miré de nuevo el dibujo y vi en él las emociones de las que siempre hablabas cuando discutíamos sobre arte. En él se podía tocar la barbarie de la guerra y sentir el miedo de una niña que no entendía lo que estaba sucediendo. Revolví entre los demás papeles que guardaba en el cartapacio y encontré otro dibujo: una familia huyendo de un pueblo en llamas que dejaba atrás a su hijital. Seguramente, dijo Paula, mi pequeña dibujante formaba parte de los niños que viajaban solos porque sus familias los habían perdido. Más y más fascinado, no podía apartar la mirada de los dibujos. Fueron aquellos trazos infantiles, aún vacilantes, y no el contacto con los refugiados los que me abrieron los ojos a la tragedia de los que huían de la guerra.

»Al día siguiente, esperé a mi niña refugiada durante horas en el sitio donde solíamos ir a dibujar, pero no acudió a nuestra cita no concertada. La busqué por el campamento, sin encontrar rastro de ella. Cuando ya iba a darme por vencido, le pregunté a una anciana con la que la había visto alguna vez. Me dijo que había partido con un grupo de refugiados sirios que habían dejado el campamento aquella mañana.

»Los días siguientes, me sentí perdido. La echaba de menos y me reprochaba no haberme molestado en conocerla mejor. Pensé regresar a España y olvidarme de mi loca aventura pero lo fui posponiendo y acabé quedándome, implicado más y más en la vida del campamento. Allí encontré lo mejor y lo peor del ser humano. Gente que compartía lo que no tenía; gente capaz de matar por un mendrugo de pan. Gente que andaba siempre mirando para atrás con miedo... Recuerdo cómo me impresionó un padre con dos hijos que buscaba desesperado a su mujer y al que no pude ayudar. Todavía oigo sus gritos de angustia en mis sueños. Cuando volví a Madrid, supe que nunca volvería a ser el mismo. No podía quitarme de la cabeza las historias que había oído y, acompañado del recuerdo de mi pequeña artista, no descansé hasta que las plasmé en el lienzo.

***

Pasadas las diez de la noche, los dos amigos se despidieron después de agotar mil conversaciones. Durante horas Javier vagó entre el sueño y la vigilia mecido por las palabras de Eduardo. Lo despertó el timbre de la puerta; pero en el descansillo, sólo encontró un paquete sobre el felpudo. Al desenvolverlo, sus ojos tropezaron con una niña en actitud de recogida oración.









Nota: Con este relato participé en la semifinal del Torneo de Escritores de la web Tus Relatos. Según las normas del torneo, el título del relato debía ser "Arte" y éste no debía sobrepasar las 3.000 palabras.

Tuve el honor de tener como contrincante a Paco Castelao. Aprovecho estas líneas para felicitarlo por su merecido pase a la final. Mi reconocimiento también a los otros semifinalistas: Jorge Valín y José Purple. Cualquiera de ellos merece un lugar de honor en el mundo del arte de escribir.