lunes, 14 de diciembre de 2015

Retazos de un sueño





I
Como todas las mañanas desde hacía tres años, Fran se despertó bruscamente. Con el corazón desbocado, intentó apresar los últimos minutos de un sueño que, una vez más, se le escapaba enredado entre los rayos del sol que se filtraban por la claraboya. Desde hacía tres años, cada noche lo visitaba el mismo sueño. Se veía caminando por un bosque en el que crecían florecillas silvestres de múltiples colores. Rojas, blancas, amarillas, añiles… A lo lejos, una gran extensión de agua: un lago que parecía un río, un río que parecía un lago. Sentada a la orilla, una joven engarzaba un puñado de flores en una guirnalda mientras un gato blanco se enroscaba a sus pies. La joven no tendría más allá de veinte años. El óvalo de su rostro de seda estaba enmarcado por una mata de cabellos color avellana que caía en cascada por la espalda. Sus ojos verdes se paseaban por la vereda como si estuviera esperando a alguien. A medida que Fran se acercaba, su corazón iba despertando de contento. Cuando al fin se encontraban, ella lo tomaba de las manos y, en el momento en que se las llevaba a los labios, Fran despertaba súbitamente con la sensación de haber perdido su bien más preciado.

Fran no sabía quién era la joven: no la conocía ni recordaba haberla visto nunca. Sólo podía decir que se colaba cada noche en sus sueños y, al despertar, lo dejaba invadido por una inmensa tristeza; una punzada de dolor de la que luego le costaba desprenderse. No le había contado a nadie su anhelo por aquella quimera para que no le tomasen por loco, pero lo cierto era que vivía entre el deseo de encontrarla y la frustración de saberla inalcanzable.

Como cada día, apartó las sábanas y, de un salto, se levantó con la esperanza de ahuyentar la tristeza. Paseó la mirada a su alrededor. Era tal el caos que reinaba en la habitación, que parecía encontrarse en medio de los restos de una batalla campal. Buscó entre el desorden unos pantalones vaqueros y una camisa limpia más o menos planchada y, sin volver la vista atrás, salió de la buhardilla hacia la calle en busca de un lugar sin mucho bullicio donde le dieran un desayuno. Cruzó el pasillo con andares sigilosos para que no lo delatasen ante la gruñona casera, quien ni siquiera un domingo como aquel dejaría de perseguirlo con su retahíla de quejas sobre su gris existencia. Únicamente el miedo a la soledad impedía al joven dejar la pensión y buscar una casa para él solo.

A pesar de no ser aún las diez de la mañana, las calles ya estaban abarrotadas de gente que iba sin rumbo fijo calentando sus ilusiones bajo el tímido sol de noviembre. Ante “El jardín de las amapolas” padres y madres, niños y niñas se arremolinaban a la espera de que abriera sus puertas para asistir a la sesión dominical del Teatro La Nueva Polichinela, famoso en la ciudad por sus títeres, que cada semana representaba una función diferente. Fran dobló la esquina para esquivar a los pequeños que, impacientes, revoloteaban y gritaban como si creyeran que, así, apresurarían la apertura de la verja.

Entró por una callejuela de casas viejas y oscuras, tan estrecha que desde los balcones de uno y otro lado podían tomarse de las manos los enamorados. Sus pasos resonaban en el suelo empedrado. El cristal del escaparate de una peluquería reflejaba como un espejo cóncavo la imagen deformada de los viandantes. A pesar de haber transcurrido semanas desde las últimas lluvias, había que ir sorteando de tanto en tanto los charcos. Pocas personas se aventuraban a pasear por aquellas lugares; ni siquiera los rayos solares se colaban en aquellas callejas. Así que la humedad se hacía dueña de sus aceras desde principios del otoño hasta bien entrada la primavera. Frente a una taberna, un ciego dejaba escapar de su bandoneón una melodía que recordaba vagamente el Verano Porteño de Astor Piazzola. Fran se detuvo a escucharlo. Hacía mucho rato que había olvidado ya su propósito de regalarse con un desayuno. Nadie más que él parecía darse cuenta de la belleza de la música. Tal vez la costumbre de oírlo cada día había vuelto sordos a los viandantes. El ciego pareció percatarse de su presencia, porque, como si le avergonzase haber sido sorprendido en su ejecución, guardó el bandoneón en su estuche y se fue caminando hasta la puerta de otra taberna. Fran no se atrevió a seguirlo temiendo asustarlo. Cruzó la calle y permaneció unos instantes dubitativo, como si no acertara a decidirse el camino a tomar.

Escondida entre una floristería y una tienda de aparejos de pesca, había una pequeña galería de arte. A Fran le pareció muy extraño, casi incongruente, encontrarla en aquella callejuela olvidada del mundo. Se sintió tentado por la curiosidad y abrió la puerta que daba acceso a la galería. Después de la gris penumbra de la calle, la intensa luz de la recepción lo deslumbró. Una joven con rasgos orientales salió a su encuentro con la sonrisa de quien hace tiempo que espera la llegada de un cliente.

—Mi nombre es Sheila —dijo tendiéndole la mano —. Soy la dueña de la galería. ¿Qué puedo hacer por ti?

Le dijo que quería ver alguna de sus exposiciones y ella se ofreció a hacer de cicerone, como una nueva Beatriz mostrándole a Dante el Paraíso. La galería constaba de dos salas. En una de ellas se exponían objetos de artesanía traídos desde Uganda: alfombras confeccionadas con la corteza del árbol mutuba, figurillas de madera policromada que representaban a mujeres danzando, bolsas tejidas con lanas de alegres colores… Fran apenas prestaba atención: pese a su belleza, aquellos objetos no le decían nada. Pero el entusiasmo de la joven le impedía abandonar el local y continuar su paseo matutino. Con un dedo índice fino, largo, terminado en una uña nacarada, Sheila iba apuntando vasijas, estatuillas, sombreros, mientras le iba explicando la procedencia de cada pieza. Sólo el disfrute de la compañía de la joven oriental le animó a adentrarse en la otra sala.


Ophelia. Waterhouse


Una cristalera de pared a pared adyacente a la puerta de la sala dejaba pasar los rayos del sol desde un jardín que se encontraba en la parte trasera del edificio. De los muros de la sala, colgaba una decena de cuadros que recordaban las pinturas de Waterhouse, el artista prerrafaelita que recreó a La dama de Shalott. En todas las pinturas aparecía un lago de nenúfares cercado por un bosque frondoso donde, de tanto en tanto, se veían florecillas silvestres. Asomaba entre los árboles una joven de largos cabellos de color avellana vestida con una larga túnica de tela translúcida y los pies descalzos. En algunos lienzos apenas se distinguía su rostro, velado por la niebla, pero en otros sus facciones aparecían nítidas con los ojos verdes perdidos en la lejanía.



Miranda. La Tempestad. Waterhouse


Se detuvo frente a uno de los lienzos en el que la muchacha estaba sentada en la orilla del lago concentrando su atención en la guirnalda que sus bellas manos creaba engarzando flores silvestres mientras un gato blanco se enroscaba a sus pies. Lo miró con asombrada atención; no podía dar crédito a lo que estaba viendo. La joven de los cuadros no era sino la que cada noche se le aparecía en sus sueños. Allí estaba el lago, el bosque, la pradera con las florecillas silvestres de múltiples colores y el gato blanco enroscado a sus pies. Sólo él faltaba para que la escena estuviese completa: él saliendo al encuentro de la muchacha.  Sin saber muy bien qué pensar, miró a Sheila buscando una explicación a aquel despropósito. Después, sobreponiéndose a duras penas a la sorpresa, balbució una excusa y salió de la galería tan aprisa que se diría que hubiese visto un espectro.

Al día siguiente regresó después del trabajo. Esta vez se dirigió a la sala donde se exponían las pinturas sin detenerse siquiera a saludar a la galerista, que estaba hablando con una señora de edad avanzada. Permaneció casi una hora contemplando las pinturas. Cada cuadro parecía un retazo de su sueño. Analizaba los rasgos de la joven retratada, el más insignificante detalle de la escena, buscando una razón a lo que no tenía explicación alguna. Durante varios días, apenas comió ni durmió, tal era el estado de excitación en el que se encontraba; más y más persuadido de que una y otra joven eran la misma mujer. Finalmente, se armó de valor y le preguntó a la galerista por el pintor. Sheila se mordió el labio inferior antes de responder como si sopesase sus palabras.



Mi dulce rosa. Waterhouse



—Me gustaría poder contestarte, pero no es mucho lo que sé de él; por no saber ni siquiera puedo decirte su nombre. Hace tres meses vino a verme un abogado de una pequeña población de nombre desconocido para mí. Dijo venir en representación de un cliente que no quería que se supiese de él más que sus iniciales: J.B.C. Pretendía que le expusiera sus pinturas y me pusiera en contacto con su despacho si lograba vender alguna de ellas. Pese a mi insistencia, no he conseguido aún que me diga quién es el pintor. Me figuro que es un hombre, pero tampoco puedo asegurarlo. Ignoro si es joven o viejo, si vive en el campo o en la ciudad. Lo único que sé de él es lo que me cuentan sus pinturas.

Fran se inventó una historia sobre la modelo dando a entender que la conocía desde hacía tiempo y necesitaba encontrarla. Sheila pareció dudar, como si no acabara de creerlo. Él insistía en su deseo de dar con ella improvisando una y mil anécdotas sobre la joven de las pinturas en un desesperado intento por convencerla de que lo ayudase a localizarla. Tras mucho insistir, le arrancó la promesa de llamar al abogado para que le transmitiese su deseo de ver al pintor.

Las semanas siguientes, Fran consumió el tiempo que le dejaba su trabajo en una gestoría fiscal entre búsquedas infructuosas por Internet y visitas a la Galería de Arte. Navegaba por la red con la esperanza siempre frustrada de dar con algún rastro del pintor y su modelo. Esperaba que los títulos de las obras le pusiesen en el camino correcto: “El Lago de los prodigios”, “El cementerio de los enamorados”, “La morada de los libros”... Pero nada sacaba de aquellas búsquedas. Se sacudía de la decepción yendo hasta la Galería de Arte donde Sheila lo recibía con una amplia sonrisa. Sin cruzar más palabras que un breve saludo, entraba en la sala y pasaba la tarde entre los cuadros deteniéndose en uno u otro mientras dejaba escapar de cuando en cuando un suspiro que surgía de lo más profundo del alma. Yendo de la duda a la certeza, de la certeza a la duda. Y al término de su visita, la joven galerista lo estaba esperando con una taza de té de jazmín y dulce de jengibre.

Mientras Sheila parloteaba sin apenas hacer una pausa, Fran esperaba la menor oportunidad para interpelarla impaciente por saber si tenía noticias del pintor y su modelo. La joven no parecía oírlo cuando deslizaba sus preguntas, contándole mil y una historias del barrio. Sólo al final de la tarde le despedía con la misma respuesta:

—El abogado dice que no me puede contar nada.

Y Fran tomaba el camino de regreso a casa cabizbajo con las esperanzas agonizantes.

A medida que pasaban las semanas, Fran le iba contando más y más acerca de sus sueños. Si al principio no se atrevió a hablar de ellos consciente de lo absurdo que era andar buscando a una mujer que no existía más que en el etéreo mundo de la noche, con el paso del tiempo se convirtió en una necesidad el desahogo de su corazón. Enseguida se dio cuenta de que Sheila, lejos de considerar su historia un despropósito, lo escuchaba extasiada, sin osar siquiera respirar. Le aturdía con mil y una conjeturas sobre el misterio de la joven del cuadro que, en lugar de tranquilizarlo, le causaba más y más desasosiego: ¿Sería una mujer de un pasado olvidado?, ¿de una vida anterior?...

Los viernes Fran la ayudaba a cerrar la galería y, después, se iban juntos a cenar a un local que, de tan pequeño, costaba llamarlo restaurante. De camino, iban saludando a la gente del barrio que les salía al paso. Gregorio, el ciego, tocaba para ellos con su bandoneón melodías de viejas canciones de amor francesas antes de entrar en la taberna a beber el último vaso de aguardiente. Durante la cena, Fran escuchaba el alegre parloteo de Sheila, con el que, emocionada, intentaba desentrañar el misterio del joven.

Y cada tarde, la misma pregunta:

—¿Has sabido algo del pintor y la modelo?

Y cada tarde, la misma respuesta:

—El abogado dice que no me puede contar nada.

Mientras tanto, la joven de las pinturas seguía visitándolo por las noches. Sus sueños se tornaron más y más angustiosos. La muchacha ya no lo esperaba apaciblemente junto a un lago que parecía un río, un río que parecía un lago, mientras engarzaba flores silvestres de múltiples colores para formar guirnaldas y un gato blanco se enroscaba a sus pies. La encontraba vigilante en lo alto de un acantilado y, al acercarse él, veía con horror cómo se precipitaba al vacío. Lo despertaba su grito desesperado. Paseaba su mirada a su alrededor confundido, como si no supiese dónde se encontraba, como si no supiese quién era, hasta que el desorden de su habitación tomaba forma y él regresaba a la realidad. Aquellos despertares le dejaban el corazón rebosante de un inmenso dolor que únicamente lograba disipar cuando llegaba al trabajo y encendía el ordenador para enfrentarse a las facturas de la gestoría.

Los meses siguientes, Fran pareció sumergirse en la rutina olvidando su descabellado anhelo. Aunque a la salida del trabajo seguía acudiendo a la Galería de Arte, reprimía su deseo de pasearse entre los cuadros de J.B.C. Su ánimo oscilaba entre el apremiante deseo por conocer quién era la joven del cuadro, el porqué de su persecución nocturna, y el temor a terminar enajenado por una esperanza vana y absurda.

Un día Sheila, contra su costumbre, fue a buscarlo a la buhardilla. Esperó en la sala de estar mientras la casera intentaba encandilarla iniciando una conversación tras otra. Fran, extrañado de su visita, bajó apresuradamente las escaleras.

—El pintor quiere verte —fue lo único que le dijo y se marchó sin darle tiempo a decir nada ni a despedirse siquiera, tras guiñarle un ojo y entregarle unas hojas con la respuesta del director del banco a su correo electrónico.

Al día siguiente, pasó temprano por la gestoría y permaneció en ella el tiempo suficiente para hablar con su jefe y pedirle unos días de permiso. Después alquiló un Seat León y, siguiendo las indicaciones del correo electrónico, tomó la carretera que le había de llevar a la ciudad en la que se encontraba el despacho de abogados.

Fran llegó al bufete poco antes de la una de la tarde y salió del mismo dos horas después. Su piel, de ordinario oscura, lucía pálida con pronunciadas ojeras bajo los ojos. Parecía desorientado. Pasó por delante del coche tres veces antes de reconocer el que había alquilado para hacer el viaje. Ya en la carretera, se confundió dos veces de sentido retrasándolo en su camino hacia la casa del pintor. Su mente iba rumiando las palabras del abogado buscándoles un significado que no lograba desentrañar. Se esforzaba por hallar vestigios en su recuerdo de un episodio que, aún le costaba creer, había vivido siendo un niño. ¿Cómo era posible que se hubiese borrado de su memoria un acontecimiento así? Ni siquiera tenía un adjetivo para describirlo. ¿Terrible?, ¿desdichado?, ¿trágico?, ¿desgraciado?, ¿funesto? Intentó verse con doce años en lo alto del acantilado, intentó ver a la joven vestida de blanco, pero sólo venían a su mente las imágenes de su sueño.

Cuando no quedaban más que unos kilómetros para llegar a su destino, sus recuerdos parecieron empezar a desperezarse. Un árbol al borde de la carretera, la antigua caseta de un peón caminero, una granja medio derruida... A medida que avanzaba, se iba despertando el ayer: al principio sólo eran fogonazos que iluminaban trozos del pasado y se apagaban antes de darle tiempo a reconocerlos, pero al cruzar un riachuelo le pareció que se alzaba un pesado telón quedando al descubierto parte de lo que tenía olvidado. Aparcó el coche en un lado la carretera y continuó su camino a pie. Antes de divisar la casa, la vio con los ojos del niño que fue. Se aceleraron los latidos de su corazón y hubo de detenerse para evitar que le rompieran el pecho. Tragó saliva y siguió adelante. Y, al doblar una curva, la vio. Toda de piedra, estaba cubierta de una parra virgen que abrigaba sus paredes. Frente a ella, una pradera de césped cuidadosamente cortado, liso y reluciente. Nada había en aquel mar esmeralda sino un viejo pozo, que como si fuese un barco, descansaba varado en un rincón del jardín. En el centro, un naranjo alegraba la vista con sus flores de azahar, el único adorno de aquel edén. Y, a lo lejos, una gran extensión de agua: un lago que parecía un río, un río que parecía un lago.

No tuvo que llamar. En el momento en que iba a tocar el timbre, se abrió la puerta. En el umbral, los rasgos sobradamente conocidos, por años olvidados, del viejo pintor. El anciano le tendió las manos y, antes de fundirse en un abrazo, todo el pasado regresó como si nunca se hubiese ido.

II
Aquel verano, los padres de Fran alquilaron una casa en un pueblo cerca de la costa. Un compañero de trabajo de su madre les recomendó el lugar y los puso en contacto con el propietario, el hijo de un antiguo lugareño que había heredado varias propiedades en la comarca.

El pueblo no ofrecía muchas oportunidades de diversión para un niño de doce años como Fran más que los baños en un lago situado en una llanura o en la playa, unos kilómetros más allá. Para llegar al lago, había que tomar un camino de grava que atravesaba un bosque en medio del cual se encontraba una pequeña casa de piedra cubierta de parra virgen. En aquella casa vivía un pintor con su hija: una joven de la que se decía que estaba loca. En el pueblo se contaban en voz baja cientos de historias sobre ella. Corría el rumor de que su madre había muerto agotada de vigilarla noche y día para evitar que se arrojase al acantilado que había junto al mar. Pocas personas la habían visto y las que lo hicieron quedaron encandilados con su belleza, aunque también contaban el pavor que les causaba su mirada extraviada en algún punto desconocido y lejano.

Aquellas historias fascinaban a un niño de viva imaginación como Fran. Las oía a las mujeres que se congregaban en la plaza después de hacer la compra en el mercado. Es cierto que cuando él pasaba cerca, ellas guardaban súbitamente silencio, como si lo siniestro del caso no pudiera ser oído por un niño, pero aquel secretismo no servía sino para avivar más y más su curiosidad.

Alguna vez logró escaparse a la hora de la siesta mientras sus padres reposaban la comida. Remoloneaba alrededor de la casa del bosque y se asomaba al jardín intentando meter la cabeza entre los barrotes de la verja con la esperanza de dar con la joven loca. En más de una ocasión le pareció sorprenderla vigilando entre los visillos de la ventana que daba al porche: una muchacha vestida de celeste con una larga cabellera de color avellana. O tal vez era su imaginación la que le hacía creer que estaba allí después de haber estado oyendo las historias que sobre ella corrían en el pueblo.

La primera vez que la vio lo cogió desprevenido. Volvía con sus padres después de pasar la mañana en el lago. Iba entretenido con las leyendas que le contaba su madre acerca de aquella zona del país, así que estuvo a punto de pasar por delante de la casa del bosque sin darse cuenta de su presencia. Fue una bandada de gorriones que de repente emprendieron el vuelo la que llamó su atención. Giró la cabeza hacia el jardín de la casa y allí estaba ella sentada bajo el naranjo. Fran se fue quedando más y más rezagado. Cuando sus padres se adelantaron unos metros, él volvió sobre sus pasos y ocultándose tras un arbusto, se asomó al jardín para espiar a la joven.

La muchacha estaba sentada en un banco de piedra rodeada de florecillas silvestres que iba engarzando en una guirnalda. Parecía más alta y esbelta de lo que Fran había imaginado. Sus cabellos color avellana se escapaban de una coleta a medio deshacer cayendo sobre sus ojos una y otra vez. A sus pies, un gato blanco dormitaba acurrucado en un ovillo y frente a ella, un hombre de cabellos plateados plasmaba la escena en un lienzo. Fran la contemplaba desde su escondite olvidado del tiempo hasta que la voz de su madre llamándolo lo devolvió a la realidad.

Aquella visión aumentó su fascinación por la joven. ¿Estaría loca de verdad o su locura era producto de la imaginación de la gente? A él no le parecía que padeciera enajenación alguna. ¡Se la veía tan serena! Era la mujer más bella que había visto nunca.

Supo por un pastor de cabras que solía pasear por los alrededores al atardecer. Se las arregló para adentrarse en el bosque cada día a la caída del sol a espaldas de sus padres, que le habían prohibido atravesarlo si no iba acompañado por ellos. Esperaba la llegada de la joven oculto detrás de la cerca de una antigua granja abandonada y luego la seguía a distancia para no asustarla. La joven siempre hacía el mismo recorrido, caminando los tres kilómetros que los separaba de la playa. Allí se sentaba en la orilla del mar contemplando cómo las olas iban a romper hechas espumas jugueteando con sus pies desnudos. Luego, cuando el sol se escondía en el horizonte, se levantaba como quien despierta de un sueño y emprendía el camino de regreso seguida a pocos pasos de Fran.


Windflowers. Waterhouse


Una tarde la vio subir hasta el acantilado. Un mal presentimiento hizo que se aproximase a ella más que en otras ocasiones. La joven caminaba aprisa hacia el borde. Fran recordando entonces las historias que corrían sobre la muchacha que hablaban de cómo su madre no cesaba en su vigilancia por miedo a que atentase contra su vida, temió que cometiese tal locura, allí, en lo alto del acantilado. Los latidos de su corazón le golpeaban el pecho con más y más fuerza. Se había levantado un terrible viento que acrecentó el temor del niño. Quiso gritar pero ningún sonido salió de su garganta. Dejó su escondite y corrió hacia la joven mas no pudo hacer nada. Un instante antes de llegar a su lado, la muchacha se precipitó al vacío.

Por unos momentos que le parecieron una eternidad, Fran no supo qué hacer, paralizado por lo que acababa de suceder. Miraba desde lo alto del acantilado hacia las rocas buscando sin encontrarlo el rastro de la joven. El terror entrecortaba su respiración. Volvió la vista a su alrededor esperando hallar un camino para bajar a los pies del acantilado pero el miedo a caerse le hizo desistir. Finalmente, decidió ir a pedir ayuda. Emprendió una carrera tan frenética hacia la casa del bosque que le pareció no haber tardado más que unos minutos en llegar. Llamó con los puños a la puerta entre furioso y asustado mientras gritaba palabras incoherentes. Le abrió la puerta el hombre del cabello plateado que, con sólo verlo, pareció adivinar lo sucedido. Salieron corriendo hacia el acantilado. Por el camino, Fran no hacía más que repetir una y otra vez:

—No pude evitarlo, no pude evitarlo.

Llegaron en el momento en que el sol se escondía en el mar. En la cima del acantilado no quedaba otro rastro de la joven que sus sandalias doradas sobre la pradera. El pintor, como antes había hecho Fran, buscó un camino para bajar a las rocas y, al no encontrarlo, se llevó las manos a la boca a modo de altavoz y llamó a su hija en un grito que semejaba un rugido. Pero no obtuvo más respuesta que la que le devolvió el eco. La desesperación del hombre iba en aumento conforme pasaba el tiempo. Zarandeó a Fran para que le dijera dónde había caído la joven, más el niño estaba tan asustado que sólo sabía repetir:

—No pude evitarlo, no pude evitarlo.

Ya era noche cerrada cuando el pintor decidió regresar a su casa para dar aviso a la Guardia Civil. Sólo entonces Fran cayó en la cuenta de que sus padres podían estar preocupados por su ausencia. Pidió permiso al hombre para telefonearlos y, tras darles unas explicaciones apenas inteligibles, los convenció para que le dejasen permanecer con el pintor hasta que apareciera la joven. Media hora más tarde, la casa estaba llena de gente que no hacía caso de él. Se había dado la voz de alarma y todo el pueblo se había echado a la calle para ir a rescatar a la muchacha. Los padres de Fran también se unieron al grupo de búsqueda, pero él no los vio. Con el corazón saltando en su pecho, sólo prestaba atención a la pareja de guardias civiles que intentaban dirigir la partida.



Ophelia. Millais


Pasaban las dos de la madrugada cuando un hombre la encontró. Mecida por las olas que iban a romper en la orilla, estaba recostada entre las rocas. La expresión de su rostro era tan apacible que se hubiese creído que sólo dormía. Mas Fran, que no la vio sino unos segundos, sabía que de ese sueño no había de despertar más. Intentó acercarse a ella, pero una mano, la de su madre, se aferró a su brazo y lo retuvo alejado de la joven hasta que se la llevaron a la casa del bosque. Sus padres no quisieron esperar mucho más y lo arrastraron al coche de regreso al pueblo.

Desde primeras horas de la mañana, Fran anduvo por la casa como un sonámbulo. Sus padres no le dejaban solo y le animaban a que los ayudase a preparar el equipaje para la inminente vuelta a la ciudad. No le nombraron ni una sola vez lo sucedido. Tal vez con la ilusa esperanza de que lo dejase cuanto antes atrás; pero a Fran no le abandonaba el recuerdo de la joven.

Cuando llegó la tarde, Fran no soportaba más su desasosiego. Insistía una y otra vez en su deseo de ir a ver al pintor por última vez. Lloró con tanto desconsuelo que  sus padres acabaron permitiéndoselo por miedo de que se ahogase en la congoja.

Encontró la puerta del porche entreabierta. Llamó con los nudillos pero nadie le contestó. En el vestíbulo lo recibieron los cuadros que cubrían las paredes: “El lago de los prodigios”, “El cementerio de los enamorados”, “La morada de los libros”... En todos ellos aparecía la joven, protagonista de una leyenda medieval. Frente a la puerta de la entrada había otra abierta. Traspasó el umbral de la habitación y en medio de la misma la vio durmiendo su último sueño en una cama que parecía pensada para una niña. Fran acercó una silla al lecho y se sentó a su lado como si quisiera velar para que nadie perturbase su descanso. No supo cuánto tiempo estuvo solo con ella. De pronto, una mano se posó en su hombro y, al volverse, sus ojos se encontraron con los del pintor.

Al día siguiente, partió con su familia. Cuando llegaron a la ciudad, Fran contrajo unas extrañas fiebres. Durante semanas, se perdió en un mundo de delirios sin reconocer a los que rondaban a su alrededor. Cuando despertó de su extraño sueño, se había borrado de su memoria el recuerdo de la joven, que permaneció en el olvido hasta que veinte años después lo empezó a visitar cada noche.