lunes, 30 de noviembre de 2015

Rozando el cielo




Treinta kilómetros antes de la entrada a la ciudad por la Puerta del Ángel, ya se divisaba El Edificio Menfis, una esbelta pirámide de acero y cristal de doscientos setenta metros de altura. En el vértice, una aguja de quince metros parecía querer rozar el cielo con su afilada punta. La mitad de sus sesenta plantas las ocupaba un hotel de cinco estrellas, un tercio eran oficinas y el resto, apartamentos de lujo, salvo el último piso, el único capricho que me permití al diseñar el edificio y donde dispuse un jardín mantenido con un sofisticado sistema invernadero en el que convivían plantas y aves tropicales de los más exuberantes colores. Pasear entre las hileras de allamandas de color vainilla, anturios fucsia y begonias pintadas de bermellón mientras se contemplaba una pareja de guacamayos, tan lejos del suelo, tan cerca del cielo, era como encontrarse en medio de un sueño.

El Edificio Menfis fue mi primer rascacielos. Su esbozo lo tracé en una noche en la que tuve que empuñar el lapicero para calmar mi cabeza, ebria de ideas, después de leer la convocatoria de un concurso del ayuntamiento de la ciudad. Cierro los ojos y me veo a mí mismo con tan solo treinta años sin más experiencia como arquitecto que la reforma de unas cuantas casas de amigos de mis padres, pero con el convencimiento de ser un Lloyd Wright por descubrir. Aquella noche no dormí ni tan siquiera una hora de la excitación mientras iban surgiendo sobre el papel crujías, paredes, dinteles, cornisas y pilares. En mi imaginación se dibujaban las historias que sobre el antiguo Egipto nos contaba mi padre y que yo iba transformando en un rascacielos. Y cuando asomaron los primeros rayos del sol en el horizonte, ya había terminado el primer esbozo del edificio. Las semanas siguientes pasaron sin enterarme ocupado en perfeccionar mi obra. Eliminando una columna aquí, proyectando un arco allá, me maravillaba viendo cómo se iba haciendo realidad lo concebido en mi imaginación.

Me costó dar por finalizado el edificio. Cada vez que me acercaba al tablero de dibujo, veía un elemento que cambiar, pero el tiempo apremiaba y un día antes de finalizar el plazo de presentación de los proyectos, tuve que registrar el mío en las oficinas de la Concejalía de Urbanismo. Me gustaría poder decir que, tras la entrega, seguí mi vida olvidado del fallo del concurso que no acababa de llegar, pero faltaría a la verdad si lo hiciera. Durante cuarenta y tres días, que los conté uno a uno, estuve más atento al timbre de la puerta a la espera de una carta certificada que a María, mi novia. Andaba con la mente distraída: unas veces con la seguridad de ser el elegido para cambiar la silueta de la ciudad; otras con el ánimo decaído agrandando los defectos de mi proyecto que asaltaban mi memoria.

Para engañar al tiempo, iba paseando por la alameda hasta la tienda de antigüedades en la que trabajaba María y aguardaba su salida a las cinco de la tarde para invitarla a merendar un té con dulce de almendras en una confitería que se había puesto de moda entre los jóvenes de la ciudad. Hasta más allá de anochecida, la abrumaba mostrándole el futuro que teníamos ante nosotros después de que seleccionasen mi proyecto, en tanto ella me escuchaba entre ilusionada e incrédula sin atreverse apenas a interrumpirme. Viajes, una casa diseñada para ella junto al Valle de los Nogales, los hijos más inteligentes y hermosos... Nada iba a ser imposible para el arquitecto más afamado de la ciudad y, quién sabía, si del país.

Quedé en segundo lugar en una contienda en la que disputaron conmigo otros quince arquitectos. Aquella posición me pareció a mí, aprendiz todavía de la escuadra y el cartabón, la más dulce de las victorias. Era la constatación de que lo había hecho bien, suficiente para mí, que no era sino un desconocido. He de decir que cuando supe los nombres de mis contrincantes, me recorrió un escalofrío de orgullo y de cierto temor también al pensar que había rebasado a tan prestigiosos arquitectos.

Nada hacía sospechar que se fuese a levantar mi edificio, pero la renuncia del vencedor permitió que a los ocho meses del fallo se pusiera la primera piedra de mi esbelta pirámide.

El Edificio Menfis se levantó en apenas veintitrés meses. En ese tiempo pasé en miles de ocasiones de la euforia al abatimiento y del abatimiento a la euforia con sólo leer una crítica, oír una alabanza. Veía maravillado cómo se iban levantando las paredes inclinadas hasta besarse en el vértice de la pirámide. Mientras el edificio tomaba forma, nacía mi fama de arquitecto de ideas innovadoras. Empezaron a lloverme ofertas más y más suculentas, más y más tentadoras. No daba a basto en mi ir y venir de mi estudio a las obras que ponían en pie mis proyectos. La prensa especializada hablaba de un estilo propio que enlazaba los clásicos arquitectos de mediados del siglo XX con la vanguardia que aún no acababa de nacer.

El día que se inauguró el Edificio Menfis lo mejor de la ciudad se dio cita en una fiesta de la que muchos años después todavía se hablaba. Las mujeres se dejaban ver por el vestíbulo Art Decó de mi torre con sus mejores galas. Los destellos de lámparas de cristal competían con el resplandor de las perlas y brillantes que lucían sus escotes. Llegué cuando la fiesta ya estaba en su máximo apogeo llevando del brazo a María que, ya mi esposa, esperaba a nuestro primer hijo. Pasé la velada escapando del asedio de los periodistas que disputaban entre sí por obtener de mí unas palabras sobre los temas más inverosímiles. Los invitados a la fiesta se acercaban a estrechar mi mano y a felicitarme. Personas que no había visto nunca, me solicitaban para hacerse fotos conmigo y me palmeaban en la espalda como si fuéramos amigos íntimos de toda la vida. Mientras, María me guiñaba un ojo, orgullosa y divertida por verme en tan insólita situación como si fuera un actor de cine y no un arquitecto aún principiante.

Aquella fue la primera de miles de noches en las que la ciudad me entronizó en la cumbre de la fama. Al principio escuchaba con asombro e incredulidad los halagos a mi obra. Me parecía estar viviendo en mitad de un sueño del que despertaría en cualquier momento. Era como si todo lo que se decía se refiriese a otra persona. Me costaba reconocerme en el arquitecto brillante del que todos decían había revolucionado el arte de construir edificios. Pero, con el paso del tiempo, llegué a creerme el genio que describía la prensa más aduladora.

María celebraba mis éxitos con alborozo. Cada edificio que acariciaba las nubes merecía un bizcocho especial que mi esposa preparaba en la cocina con la, decía, ayuda de los niños. Cuando llegaba a casa a media tarde encontraba a mi familia metida en faena. Alrededor de la mesa de madera fregada, correteaban los más pequeños cubiertos de harina y azúcar, mi hijo Juan batía los huevos y María preparaba el horno mientras animaba a nuestros hijos a seguirla en sus canciones. Después, alrededor de las tazas de chocolate, sentaba sobre mis rodillas a Alicia, que aún no había dejado atrás sus modales de bebé, y les contaba cómo iban ascendiendo hasta el cielo las paredes del último edificio, que llevaba el nombre de alguno de ellos: Juan, Ricardo, Begoña, Cristina y Alicia eran los nombres de mis hijos y de los rascacielos que me encumbraron a la fama por todo el país aquellos primeros años de mi carrera.

Durante más de diez años fui el hombre más feliz del mundo. Lo tenía todo. Éxito en el trabajo, la mejor de las familias, una esposa que me amaba y una casa en el Valle de los Nogales que diseñé pensando en ella. Aunque me cueste decirlo, debo reconocer que, de tanto oír alabanzas a mi talento, me llegué a creer una eminencia llamada a cambiar el concepto de la arquitectura contemporánea. Tenía mi propio estudio en el que trabajaban para mí tres arquitectos y otros tantos delineantes que no parecían tener otra función en la vida que reverenciar mi persona. Jamás se atrevían a cuestionar mis ideas ni a exponer otras que no fuesen pálidos reflejos de las que plasmaba en el papel. Y yo mismo, creyéndome infalible, cortaba cualquier intento de mis colaboradores por salirse de las normas por mí impuestas.

María, en su afán por evitar que perdiese el sentido de la realidad, era la única que se atrevía a contradecirme y a poner en cuestión mis diseños. Ella, que carecía de conocimientos técnicos, tenía un don especial para ver los puntos débiles de mis proyectos y, sin temor a herirme o a provocar mi cólera, me señalaba los detalles que a ella no le gustaban. Y he de decir que, aunque me dolieran muchas de sus críticas, siempre acababa viendo su acierto. No es de extrañar, pues, que fuese ella la primera persona a la que mostrase mis esbozos. Temía más su opinión que la del arquitecto de mayor prestigio. Su aprobación era para mí el mayor de los premios y sus censuras el mayor de los suplicios. O, al menos, en los primeros años; luego, me fui encerrando más y más en mí mismo y me hice impermeable a sus palabras.

A los doce años de la inauguración del Edificio Menfis empezaron a menudear las críticas negativas. El artículo en un periódico de tirada nacional abrió el debate sobre el valor arquitectónico de mi obra. Lo firmaba un oscuro profesor de una escuela de arquitectura de una ciudad cuyo nombre pocas personas conocían. Según se explicaba en el artículo, mis edificios no se diferenciaban entre sí más que en los elementos ornamentales y carecían todos ellos de originalidad alguna siendo simples collages de las ideas de otros. Con claros argumentos, iba desgranando los defectos de mis más célebres rascacielos. El artículo levantó un gran revuelo entre el público, que se dividió entre los que me defendían enfurecidos por las críticas y los que se unieron al profesor.

Pero para entonces era tal mi vanidad, que tras una rápida lectura, mandé el artículo al cesto de los papeles. El autor me pareció un pedante ignorante lleno de conocimientos teóricos que carecía del saber que da la experiencia. Así era yo: un hombre que me creía por encima de los demás y despreciaba a todo aquel que discrepaba con mi manera de concebir la arquitectura. Pero el artículo no fue la única voz que se alzó contra mis rascacielos. Después vinieron otros más que pusieron en duda el valor de mis diseños. En un primer momento, apenas eran un puñado de arquitectos que se atrevían a criticar a la estrella más fulgurante porque no eran nadie y no tenían nada que perder. No eran sino unos cuantos ociosos que se situaban al margen de los círculos oficiales que no temían exponer opiniones contrarias al sentir común. Y por ello no merecían sino mi desdén. O, al menos, así los veía yo.

Pero, cuando arreciaron las críticas del profesor, mi indiferencia dio paso al miedo: un profundo miedo a la mediocridad. Empecé a leer cada artículo con detenimiento y a encontrar en ellos destellos de verdad. Revisaba una y otra vez mis esbozos hasta rasgar el papel en busca de la perfección. El estilo de mis edificios, que hasta entonces se había caracterizado por líneas puras huyendo de abigarramientos, se llenó de elementos extraños con los que quería sorprender a ese profesor que desde una ciudad desconocida, señalaba con su dedo acusador la banalidad de mi obra. Miradores en forma de estrella que giraban en el último piso, torres más y más elevadas, plantas articuladas que parecían poder desmontarse... No daba tregua a mi imaginación, que ideaba diseños cada vez más originales, decía yo, cada vez más extravagantes, decían mis detractores.

Fui perdiendo seguridad en mí mismo a medida que crecía mi obsesión por lograr la perfección, obsesión que no era sino el deseo de complacer a mi adversario. Pero, cuanto más me esforzaba, más críticas recibía del oscuro profesor. Lo invité a visitar mi estudio con la intención de mostrarle mis proyectos y explicarle mi manera de entender la arquitectura, con el deseo oculto de ganarme su reconocimiento y quién sabe si su admiración. Pero el profesor declinó mi invitación con una excusa tan fútil que parecía inventada para no ser creída. Aquel rechazó acabó por amargarme. Que un arquitecto desconocido que se había hecho famoso a expensas de hablar de mí despreciase mi mano tendida era más de lo que podía soportar.

Con el paso del tiempo el resentimiento se fue haciendo dueño de mí. Mis diseños eran cada vez más extraños, tan delirantes que ahora me cuesta reconocerlos como míos. Quise resucitar el espíritu de la vieja Escuela de Chicago, con sus edificios de fachadas de mampostería y ventanas corridas, pero aquel cambio tan radical no fue bien recibido y mis proyectos hasta entonces acogidos sin ninguna objeción, empezaron a ser rechazados. Mi carácter, que, aunque engreído, nunca había dejado de ser apacible, se tornó colérico. Cualquier nimiedad podía encender mi ira: el retraso en el trabajo de mis colaboradores, una pelea entre mis hijos, el timbre del teléfono a la hora de comer... Ni siquiera María con su paciencia y comprensión era capaz de apaciguarme.

Aún siento vergüenza al recordar las caras de mis hijos, de tristeza, primero, de miedo, después, cuando les gritaba sin ahorrarme palabras soeces porque con sus juegos ruidosos interrumpían mi concentración ante el tablero de dibujo. Alicia, la más pequeña, sabiéndose mi preferida, me quería aplacar con sus besos y me contaba historias que improvisaba sobre sus muñecas con el deseo de arrancarme una sonrisa cada vez menos frecuente. Cuando me acostaba, le volvía la espalda a mi esposa y me hacía el dormido para no tener que oír sus ácidos reproches. Y en mi estudio tampoco encontraba un ambiente mejor: caras que reflejaban un temor y un desprecio crecientes hacia mí por no hablar de las deserciones a medida que fui perdiendo el favor de la ciudad y los encargos se hicieron más esporádicos. En pocos meses perdí el respeto de los que aún me contrataban quienes, en el mejor de los casos, demoraban los pagos y en el peor de ellos, ni siquiera se hacían cargo de las facturas más pequeñas.

Con más deudas que ingresos, tuve que dejar el estudio tras despedir a los dos únicos delineantes que habían permanecido fieles. Tampoco pude mantener la casa que con tanto amor diseñé para María y que ella fue transformando hasta convertirla en el paraíso de la infancia de nuestros hijos. Su rápida venta apenas sirvió para contentar a unos cuantos acreedores y para llevar más tristeza a mi familia, que hubo de contentarse con un piso de tres pequeños dormitorios en un barrio muy alejado y en la que vivíamos amontonados.

Y, a pesar de la evidente decadencia, a pesar del deterioro que vivía mi familia no me di cuenta de que mi mundo se estaba desmoronando hasta que María me abandonó.

Una noche, al regresar de una entrevista con un cliente, encontré la casa vacía. Las luces extrañamente apagadas, el silencio de la ausencia de mis hijos más ruidoso que sus gritos adolescentes y la desaparición de los juguetes de Alicia me helaron el corazón antes incluso de saber lo ocurrido. La mesa del comedor dispuesta para un solo comensal parecía estar aguardando la llegada de mi fantasma. Mirase por donde mirase no veía sino los huecos que habían dejado los objetos que en una noche habían desaparecido; agujeros mudos que hablaban de la ruina en la que había ido a parar mi vida. Y sobre el plato, una larga carta de despedida.

María no se fue porque nos hubiera sobrevenido una vida de pobreza después de años de opulencia. No se fue porque tuviéramos que abandonar la casa donde fuimos felices para trasladarnos a un barrio que nos era extraño. Lo hizo porque hacía mucho tiempo que la había abandonado olvidando el amor que nos teníamos y dejándola sola con sus hijos mientras, de vez en cuando, hacía acto de presencia colérico y obsesionado con construir el edificio más impactante del mundo. Convertido en un hombre que tenía atemorizados a sus hijos y a ella también.

Los cinco años siguientes malviví construyendo casas para arribistas de fortuna recién estrenada a los que les sonaba mi nombre por haberlo visto escrito en la prensa pero que no sabían nada más de mí. A mis hijos apenas los veía. A medida que cumplían años, se iban alejando y sólo el día de Navidad y de los Reyes Magos conseguía reunirlos a todos unas cuantas horas. La única que me siguió regalando su amor con el paso de los años fue Alicia, mi niña pequeña. Su alegría era mi alegría cuando los viernes por la tarde la recogía en la puerta del colegio, antesala de un fin de semana que parecía llegar a su fin antes de haber comenzado. Dos días de tregua tras cinco jornadas grises. Ni siquiera cuando rebasó la infancia se negó a ver conmigo su película favorita, prepararme tortitas con nata o contarme sus penas y alegrías.

Hace tiempo que no diseño sino casas sencillas para gente sencilla; que mi nombre no está más que en la boca de mi hija. En los últimos meses, el pasado vuelve a mí y me llena de añoranza. El dulce rostro de María me visita por las noches recordándome todo lo que he ido dejando por el camino.

Hará siete meses me desperté una mañana muy temprano antes de que la luz del amanecer se filtrase entre las cortinas de mi habitación. Abrí los ojos con la extraña sensación de tener pendiente un trabajo. Extendí la mano buscando la cálida presencia de María. Pese a los años transcurridos, al despertar siempre espero encontrarla a mi lado. Frustrado por no tener más compañía que su ausencia, me dirigí a la habitación que hace de salón y despacho en el minúsculo apartamento donde ahora vivo. En el tablero de dibujo, un lienzo de papel en blanco. Me senté frente a él y con la escuadra y el cartabón fui trazando ángulos y rectas como si estuviera poseído. Hasta el anochecer, no me sostuvieron más que las ideas que aparecían en mi imaginación y una taza tras otra del café más oscuro. Poco a poco fueron surgiendo tabiques, crujías, dinteles y cornisas hasta dar forma a un rascacielos de líneas simples: una planta hexagonal que iba elevándose piso a piso que culminaron en un mirador giratorio de cristal, concebido como un faro que, con su luz, alejase las tinieblas del caminante.

Durante semanas lo estuve retocando: eliminando un tabique aquí, añadiendo una cornisa allá. Y cuando lo hube terminado, presenté mi proyecto a un concurso del ayuntamiento.

Desde entonces, como si fuese un aprendiz de arquitecto, aguardo con miedo, pero con un tímido optimismo también, el fallo que se resiste en llegar. Cada mañana, espío la venida del cartero con la esperanza de que me haga entrega de buenas nuevas. Mi hija me llama todos los días y me pregunta impaciente por la resolución del concurso. Durante semanas, que se van prolongando en una eternidad, aguardo el momento en el que, estoy seguro, levantaré el que será mi último rascacielos, el que me redimirá de mi estúpida vanidad, el que tal me devolverá a la senda de la que durante tantos años me desvié, el que me haga ser el que siempre fui: El Edificio María.