lunes, 27 de julio de 2015

El templete del parque






—¡Buenos tardes, queridas niñas, buenas tardes, queridos niños! Mi nombre es Esmeralda y os voy a contar un cuento. Érase que se era...

Así me presentaba cada tarde el verano que trabajé como cuentacuentos en la ciudad natal de mi padre. Cuando me ofrecieron el trabajo, estuve a punto de rechazarlo. No era lo que tenía pensado al finalizar mis estudios en la Escuela de Arte Dramático; pero hacía más de dos años que había malvivido con trabajos temporales de apenas un mes o dos y, esta vez, la concejalía de cultura me había ofrecido un contrato de seis meses con la posibilidad de prorrogarlo.

Me preparé a conciencia. Pasé quince días, antes de empezar, en Madrid enterrada en las librerías infantiles buscando los cuentos que me sirviesen para mi nueva tarea. No fue nada fácil. Lo ignoraba todo sobre los niños y, aunque los dependientes me intentaban ayudar con su experiencia y sabiduría, la mayoría de las veces era la intuición mi única guía. No sé cuántos libros de cuentos y de adivinanzas, discos de vinilo con canciones infantiles de otras épocas, pinturas de colores, cartulinas... compré. Mi más preciada adquisición fue un libro de cuentos tradicionales ilustrado por Arthur Rackham. Era un libro precioso que encontré en una librería de viejo detrás de la calle del Nuncio y del que me enamoré nada más verlo. Mis ojos quedaron prendados ante una ilustración en la que Alicia se defendía de una lluvia de naipes: quede extasiada por la expresividad que emanaba su rostro asustado. Aún lo conservo como mi tesoro más valioso esperando el momento en el que mi hija se deleite con él.

Con este cargamento de fantasía, me presentaba ante los niños dispuesta a desplegar todas mis dotes como actriz. Al principio, me vestía de negro, con la cara maquillada de blanco cual un mimo, o me disfrazaba de ninfa y representaba los cuentos como si de una obra de teatro se tratase, exagerando los ademanes para dar más dramatismo a las historias que narraba. Mas enseguida me di cuenta de que, a los niños, los cautivaba con la sencillez. Así que aparecía ataviada con un vestido blanco, largo y vaporoso, tocada la cabeza con una pamela de paja y me sentaba en el suelo del templete de hierro forjado, que todavía hoy se encuentra en el parque, dispuesta a contar las historias más fabulosas. Los niños, aburridos y fatigados después de un día de playa, se acercaban con la cara pintada de curiosidad y acababan sentados a mi alrededor para escucharme en silencio. Nunca he tenido un público tan agradecido, que pusiera en escucharme tanta atención; mas, tampoco he tenido ante mí un auditorio tan exigente, incapaz de perdonar un error o un contrasentido.

No llevaba una semana de contadora de cuentos cuando me fijé en un joven que se sentaba cada tarde en el banco que había junto al templete. En un principio, creí que se trataba del padre de alguno de los niños, pero me di cuenta enseguida de que venía solo. Cada día, llegaba a eso de las siete de la tarde y permanecía en el banco sin hacer otra cosa que mirar hacia nosotros, hasta el momento en que el Sol iniciaba su descenso para esconderse en el mar, cuando emprendía su vuelta. Me inquietaba su presencia: ¡Se oyen tantas historias sobre hombres que muestran perversas intenciones hacia los niños...! Mientras leía las fábulas que encandilaban a mis pequeños oyentes, lo miraba por el rabillo del ojo para sorprenderle a poco que iniciase un movimiento sospechoso; mas, por más que miraba, sólo logré verle, de cuando en cuando, dejar escapar algún suspiro.

Mi curiosidad crecía más y más cada día. Le pregunté a Manolo, que me vendía helados en un puesto que tenía en el parque, y me contó como el verano anterior acudía todas las tardes al mismo banco para escuchar el cuarteto de cuerda que tocaba en el mismo templete donde yo contaba los cuentos. Cuando finalizaba la velada, se acercaba a los músicos y, tras ayudarlos a recoger los instrumentos, se marchaba acompañado de la violonchelista. Aquéllo sólo logró aumentar mi interés por el joven del banco. Azuzada por la curiosidad y animada por la osadía, buscaba la manera de conocerlo para que me sacara del pozo de dudas que las mil y una historias inventadas por mí no lograban despejar.

Fue una tormenta de verano la que vino en mi ayuda. Una fuerte lluvia se presentó de improviso irrumpiendo en medio de La Bella Durmiente. Mis niños se levantaron presurosos, cual bandada de mariposas que emprende el vuelo, y corrieron hacia sus padres, que les apremiaban para marcharse a casa. Yo intentaba recoger todas las cosas que formaban mi equipo de cuentacuentos mientras el viento, jugando con la lluvia, se llevaba consigo la ristra de globos que habíamos hinchado aquella tarde. Cuando más agobiada estaba metiendo las cartulinas en un cartapacio, se me acercó el joven desconocido. Al tenerlo tan cerca, pude apreciar las miles de arrugas que rodeaban unos bellos ojos azules. Dijo venir a ayudarme; que tenía el coche aparcado cerca del parque; que estaría encantado de acercarme donde le dijera. Por unas décimas de segundo dudé: no iba a subir en el coche de un extraño. Mas me dejé convencer por su dulce mirada.

De camino a casa, se interesó por mi oficio de cuentacuentos. Me preguntó por mis estudios de arte dramático, por los papeles que había representado, las obras en las que me hubiera gustado participar, los personajes que me enamoraban. Yo, emocionada por tener un oyente tan atento, le hablaba y hablaba de Titania, la reina de las hadas que parecía que Shakespeare había creado para hacerme soñar. Ensimismada en mis ilusiones, olvidé preguntarle el motivo de sus visitas al banco del parque. Cuando llegamos a la esquina en la que se encuentra el bloque de apartamentos en donde vivo, se despidió de mí estrechándome la mano al tiempo que me dedicaba una sonrisa, de esas que iluminaban todo su rostro y que acabarían siendo tan familiares para mí. Debo decir que aún no sé si fue esa sonrisa o la melancolía que me inspiraba su mirada lo que me hechizó, mas, lo cierto es que, desde entonces, empezó a visitar mis sueños en la noche.

A partir de esa tarde, cada día esperaba hasta el fin de mi actuación y, después, me acompañaba a casa. Siempre ocurría igual: me ayudaba a recoger toda la parafernalia de mi oficio, me llevaba en su coche y, al llegar a casa, me despedía con un apretón de manos y una radiante sonrisa. En aquellos viajes, descubrí que, además de buen oyente, Sergio, pues éste era su nombre, tenía una amena conversación, capaz de cautivarme con su palabra. Me contó que trabajaba como arquitecto en un estudio que tenía con sus tres hermanas. Su sueño, porque también tenía un sueño, era construir, algún día, una casa que había diseñado cuando aún era un estudiante.

Yo, en esos viajes, recordaba a la violonchelista que, según me había contado Manolo el heladero, también era acompañada por Sergio al finalizar la velada musical y sufría cuando me preguntaba a mí misma si yo no era sino una mujer más con las que satisfacer algún extraño capricho. Y, pese a no haberme dado ninguna prueba especial de afecto, un sentimiento muy parecido a los celos empezaban a cosquillear mi corazón.

Semanas después de nuestro primer encuentro, me invitó a cenar en un pequeño restaurante próximo al parque. Me dijo que estaba cansado de tomar solo la última comida del día. Durante la cena, lo encontré más triste que otras veces. Estaba silencioso y apenas probaba la deliciosa crema de verdura que nos sirvieron de primer plato. Para animarle la velada, me atreví a preguntarle por su costumbre de sentarse en el parque todas las tardes hasta la caída del Sol. Permaneció callado unos minutos que me parecieron horas. Y cuando, arrepentida de mi curiosidad, iba a cambiar de tema, empezó a hablarme de Nuria, su esposa.

Nuria era la violonchelista a la que iba a escuchar al parque cada tarde a la salida del trabajo. Se conocían desde niños pues sus madres eran ya amigas del colegio; amistad que continuó después de contraer matrimonio. A los catorce años, Nuria fue enviada a estudiar interna a un colegio inglés. A su regreso, cuando finalizó el bachillerato, Sergio y ella no se encontraron; él había partido a Madrid para emprender la carrera de arquitectura. No se volvieron a ver hasta años después, en la fiesta de cumpleaños de María, la hermana mayor del joven arquitecto. Estuvieron toda la noche sin alejarse el uno del otro ni un instante, hablando como si hubiesen pasado la vida entera compartiendo penas y alegrías. Al día siguiente, quedaron para comer y no se separaron durante días y días; seis meses después, se casaron en la ermita de la Virgen de las Nieves, a las afueras de la ciudad. Sergio fue muy dichoso en los tres años que duró su matrimonio. Mas su felicidad se vio truncada por un ictus, que se llevó consigo a Nuria con tan sólo veintiocho años.

Se me rompió el corazón al oírle hablar de su esposa. Nuria, decía, era una mujer bondadosa que regalaba dicha a quien se le acercaba. La belleza de su albo rostro no era sino un pálido reflejo de la de su alma. Sus manos, casi transparente, volaban cual palomas al acompañar a su voz al hablar. Cuando Sergio llegaba del trabajo, lo recibía con una sonrisa en los labios; y siempre tenía, para cada persona, aquella palabra que le llegaba al corazón. Mientras le oía hablar con tanta ternura, en mi pecho pugnaban por imponerse la pena por el dolor del joven viudo y el pesar por no ser yo la destinataria de su amor.

Pocos días después, fui yo la que le invité a cenar. Recuerdo que estuve toda la mañana cocinando exquisiteces con el teléfono pegado en la oreja mientras mi madre me dirigía desde el otro lado de la línea. Después de aquella noche, las cenas se convirtieron en costumbre, no sé si buscando mi compañía  o compartiendo su soledad. Unas veces nos refugiábamos en restaurantes poco concurridos por encontrarse en lugares recónditos y otras era yo la que preparaba una comida rápida en mi casa. Eran veladas que se prolongaban hasta altas horas de la noche entre conversaciones en las que nos contábamos las vivencias del día. Sergio no me volvió a hablar de Nuria; mas había veces en las que, por un instante, su mirada se perdía en el infinito y yo sabía que el recuerdo de su esposa venía a perturbarnos.

Nos casamos en primavera. Nuestra boda fue una sencilla ceremonia en una pequeña iglesia, a la que sólo acudieron nuestras respectivas familias. Si mi historia hubiese sido uno de los cuentos que ofrecía a los niños, la boda sería el final feliz al que seguía el aplauso de mi público. Mas no fue así.

Hicimos del apartamento en el que vivía Sergio nuestro hogar, si bien nuestra idea era comprar un terreno donde construir una casa. Aunque pueda parecer extraño, yo, ilusionada por estar con Sergio, apenas había estado en la que iba a ser mi casa más que un par de veces antes de casarme. Tal vez por ello no me percaté hasta que no entré en ella como señora de la casa de la presencia de Nuria en cada uno de sus rincones. No se crean que hablo de fotografías o de objetos que hubieran pertenecido a la primera esposa de mi ya marido, cual si se tratase de una película de cine negro de los años cuarenta. No; todo era más sutil. Se trataba de detalles que delataban una mano femenina: unas velas dentro de un búcaro de cristal, unas toallas rematadas con una puntilla de encaje, un cuenco de porcelana repleto de pétalos de rosas disecadas, una cómoda isabelina... No sé, es posible que fuesen figuraciones mías; pero cada vez que mi mirada tropezaba con ellos, no podía dejar de pensar que tales objetos traían a la memoria de Sergio la pérdida de una mujer de la que yo no podría nunca compensar.

Pese a que Sergio me había dicho que la casa era tan mía como suya, no me atrevía a tocar nada sin antes pedirle permiso. Durante días estuve dándole mil y una vueltas a la manera de abordarlo. Temía ofenderlo o, tal vez, avivar el recuerdo de la mujer con la que me estaba empezando a obsesionar. Cuando, al fin, vencí mis miedos y le propuse retirar los muebles y objetos en los que yo veía la presencia de Nuria, mi marido me ayudó a embalar los objetos de pequeño tamaño para dejarlos olvidados en el trastero. Más me convenció para que conservásemos los muebles hasta que tuviéramos la casa que iba a construir para mí. 

Ver aquella decoración tan ajena a mí me llenaba de zozobra y, a veces, era incapaz de reprimir mi mal humor y acusarle de deslealtad por no querer deshacerse de las cosas de otra mujer. Durante horas discutíamos hasta que, con sus caricias y promesas de amor, conseguía calmarme. Pese a que tales discusiones no sucedían muy a menudo, las traía a mi memoria muchas mañanas cuando me quedaba sola y deambulaba por la casa rodeada de unos muebles que parecían querer vigilarme.

He de decir que, pese a mi convicción de que Nuria no se había ido de la vida de mi marido, Sergio no la nombraba, si no lo hacía yo antes. Tal vez fuese aquel silencio el que espoleaba mi desconfianza; tal vez no fuese sino el miedo a no estar a la altura de lo que, creía, esperaba él de mí: el miedo a ser comparada con una mujer cuya sombra crecía y crecía ante mí. 

Mientras tanto, seguía acudiendo al parque después de que me renovaran el contrato de cuentacuentos. Iba en el autobús desde casa y allí me encontraba con Sergio que, a la salida del trabajo, se dirigía a su banco junto al templete y no me prestaba menos atención que los niños que iban a escuchar mis historias. No había día que no me sorprendiese con algún sencillo presente: una flor recogida por el camino, un poema recortado de alguna revista... Imposible no recordar un día en el que no se mostrase tierno; que no acariciase mis oídos con sus palabras plenas de amor. Al llegar la noche, el calor de sus besos caldeaba mi corazón que, durante el día, vagaba triste bajo la sombra de Nuria.

Una mañana que me entretuve mirando en los altillos de los armarios, me encontré una gran caja que, hasta entonces, no había visto. No pude reprimir la curiosidad. La deposité en el suelo y, sentada en la alfombra, fui sacando una a una las que fueran pertenencias de Nuria: una pulsera de abalorios de colores, un fular fucsia, una cajita de música... Entre todos los objetos, llamó mi atención un álbum de fotos. Lo abrí con cuidado cual si fuese Pandora ante la caja que traería el mal a mi casa. Y allí estaba ella. Aparecía en todas las fotos con una radiante sonrisa con la que quería seducir al que la miraba desde el otro lado de la cámara. Me pareció aún más bella que la mujer por mí imaginada. Un cabello rojizo enmarcaba un rostro de mirada desafiante. Por lo que se podía intuir viendo las fotografías, se trataba de una mujer de elevada estatura, muy distinta de mí, que no llego al metro sesenta. Sus formas perfectamente proporcionadas hacían que los trajes que lucían no pareciesen sino una segunda piel. Mas no fue su belleza la que me rompió el corazón. Fue la felicidad que irradiaba el rostro de Sergio a su lado y que yo no creía haberle visto nunca.

Anduve todo el día sin darme cuenta de lo que hacía, con la mente saturada de tristes pensamientos. No podía quitarme de la cabeza la imagen de felicidad que emanaba Sergio en todas las fotografías, convencida de que conmigo no sentía tanta dicha. ¡Y yo le quería tanto...! Mentiría si dijera que se mostraba frío conmigo o que le enfadara mi modo de ser o de comportarme; pero, en más de una ocasión le había sorprendido con la mirada perdida en lontananza y yo no hacía sino preguntarme si, en tales momentos, era presa de la añoranza o sólo se trataba de cansancio tras un día de duro trabajo, como él insistía en asegurarme. En tales ocasiones, no podía evitar envolverme en el silencio durante horas y horas, sin responder a sus intentos por contentarme.

Aquella tarde, no me sentí con fuerzas para acudir al parque. Tras pasar todo el día defendiéndome de la presencia de Nuria, el dolor habíase convertido en unas fuertes tenazas que oprimían mi corazón. Al terminar de comer, me senté en la mesa de la cocina y estuve contemplando las fotografías una y mil veces, descubriendo en cada ocasión un detalle más que añadir a la larga lista de los que ya aguijoneaban mi corazón. Absorta en mi pena, perdí la noción del tiempo. El timbre del teléfono se oía en la lejanía, mas su sonido no llegaba a mi cerebro, que construía para mí cientos de historias sobre Nuria y Sergio. De nada servía mi intento por avivar los recuerdos de los momentos dichosos vividos con mi marido; era incapaz de evocar su dulzura conmigo, la devoción con la que me contemplaba cuando yo le contaba los cuentos o la ilusión al contarme los progresos en la construcción de nuestra casa; huían, pese a querer retenerlos, las reminiscencias de nuestras noches de pasión. 

La luz de la tarde se estaba retirando para dar paso a las sombras de la noche cuando el ruido de las llaves en la cerradura de la puerta de casa me sacó de la semiinconsciencia en la que me encontraba: el agotamiento me había conducido a ese lugar impreciso entre el sueño y la vigilia. Mi marido me llamaba desde el hall con la angustia cosida a su voz. Se asustó al encontrarse la casa a oscuras, me dijo más tarde, después de esperarme durante horas en el parque sin que yo respondiese a sus llamadas para explicarle las razones de mi ausencia. Cuando entró en la cocina y dio el interruptor de la luz, desperté de mi sueño delirante. Vi el miedo pintado en su rostro, el temblor que recorría su cuerpo. También vi reflejada en el cristal de la ventana la imagen de una mujer a la que tardé en reconocer. Con el pelo revuelto, la cara surcada de las manchas que formaron las lágrimas al secarse, los ojos semicerrados, aquella mujer no era sino un espectro de mí misma. Miré a mi alrededor y mis ojos tropezaron con una cocina revuelta. Los platos sucios de la comida se amontonaban en la encimera y el suelo lucía con salpicaduras de salsa de tomate.

-¡Esmeralda! -La exclamación de Sergio me volvió a la realidad. Recordé las fotografías y me eché a llorar. 

No sé el tiempo que transcurrió hasta que pudimos entendernos. Nos quitábamos la palabra el uno al otro sin llegar a comprender lo que decíamos. Abrazada a mi marido y abandonada al llanto, me costó hacerle saber cómo los celos se estaban apoderando de mi vida; el espanto que me causaba no ser capaz de hacerme querer por él. Mientras yo hablaba, Sergio intentaba contarme su miedo a que me hubiese ocurrido alguna cosa grave: a quien ha sufrido una gran pérdida, decía, no le abandona nunca el temor a ser de nuevo abatido por la desgracia. Repetía una y otra vez cómo había estado aguardando en el banco, vacilando entre el temor a no volverme a ver y la esperanza de contemplarme mientras cruzaba la calle que me llevaba al templete del parque. La angustia iba apoderándose de él según pasaba el tiempo y las incertidumbres se disfrazaban de certezas conforme el Sol emprendía su marcha hacia el horizonte.

Cuando al fin nos pudimos entender, Sergio se dejó caer en una de las sillas. Su rostro expresaba todo el estupor que le causaban mis palabras. Pese a las veces que se lo había insinuado, jamás se le había pasado por la imaginación que yo pudiera estar compitiendo con su primera esposa por ganarme su amor; que la casa en la que vivíamos se pudiera volver para mí en una prisión. Él, me dijo, hacía tiempo había dejado atrás sus años de matrimonio con Nuria, a la que, sí, había amado, pero de la que no guardaba en su corazón sino un sentimiento de agradecimiento por la dicha compartida. 

Terminamos la noche jurándonos amor entre besos con gusto a sal por las lágrimas derramadas. Y al asomarse los rayos del Sol por la ventana de nuestro dormitorio, yo había recuperado la paz y la felicidad que me había robado Nuria.

Al día siguiente, empezamos a buscar un apartamento de alquiler para mudarnos a él en tanto nos terminaban nuestra casa. Sergio quería vender con todos sus muebles y objetos de decoración el que hasta entonces había sido nuestro hogar. Cuando nos trasladamos, no llevábamos con nosotros más que la ropa, los libros y aquellas cosas que habíamos adquirido juntos. Atrás quedaron el fantasma de Nuria que tanto me atormentaba, mis celos y el temor a no merecer el amor de Sergio.

Hace años que estamos casados; hace años que vivimos en la casa construida por Sergio. Nuestra hija Perla corretea por el jardín y, al caer la tarde, me busca para oír el cuento con el que alimento su infantil imaginación. Disfruto del amor de mi marido que, con los años, se ha tornado en sereno manantial en el que apago mi sed de pasión. Soy feliz. Pero, hay momentos...

Hay momentos en los que me siento atrapada por la duda, que da paso a la angustia. Son momentos en los que Sergio se sienta a mi lado mas su espíritu vaga muy lejos de mí. Entonces regreso al parque donde un día fui cuentacuentos, me siento en el suelo del templete y me pregunto si no estará mi marido evocando el fantasma de Nuria. Durante horas, me dejo atenazar por la tristeza. Siento la figura de la primera esposa de Sergio junto a mí, más y más grande según pasa el tiempo. El tiempo, que no ha marchitado su esplendorosa belleza. Su rostro me muestra una sonrisa de triunfo con la que parece querer burlarse de mi dolor; y yo me deshago en llanto, hasta que viene Sergio a buscarme. Le recibo con una lluvia de reproches que se atropellan al salir de mis labios. Él, me toma las manos, me abraza, me colma de besos y, entre susurros, me jura que en su corazón no hay lugar para otra mujer que no sea yo. Y es que yo le quiero tanto...