martes, 24 de octubre de 2017

La rosa de la ciénaga



n el siglo XII hubo un caballero, cuyo nombre no ha llegado hasta nuestros días, que cayó rendídamente enamorado de la hija de un conde. Era ésta doncella de larga melena que cambiaba de color a lo largo del día: por la mañana sus rizos se confundían con la espuma del mar, por la tarde robaban el azul celeste al cielo y, cuando caía la noche, eran como terciopelo y tan negros que, al mirarlos, el caballero creía haberse quedado ciego.

Valbanera, que así se llamaba la doncella, solía dar largos paseos a la orilla del mar cada atardecer. Se dejaba llevar por sueños aún infantiles en los que surcaba los mares a lomos de una gaviota. No sabía la casi niña que, mientras aterrizaba con su fantasía en las tierras de Saba, el caballero la espiaba detrás de una roca; que, cuando ella regresaba al castillo donde vivía con su padre, su galán guardaba en una bolsa de seda los granos de arena esparcidos por donde habían hollado sus pies.

   Nuestro caballero no acudía solo a su puesto de observación. No. Lo escoltaba la pareja de podencos con la que salía de caza. Le costaba mucho mantener a los perros quietos y en silencio para que no delataran su presencia. Juguetones, se perseguían entre sí dando vueltas en torno de su dueño o mordisqueban la fatriquera sabiendo que en ella guardaba el caballero una hogaza de pan y media longaniza.

   Una tarde, los podencos se excedieron en sus juegos y echaron a correr hacia la playa. Cuando se encontraron con Valbanera corretearon de gozo alrededor de sus pies. La joven se arrodilló y los acarició detrás de las orejas. Les cogió las patas delanteras y se dejó lamer las mejillas mientras el eco repetía una y otra vez el sonido de su risa. El caballero, valiéndose de la buena impresión que habían causado sus amigos, se atrevió a asomar la cabeza de su escondite. Avanzó dos zancadas. Luego tres. Y después cuatro más. Así, un paso tras otro, llegó hasta el lugar donde jugaban Valbanera y los podencos. Exhaló un suspiro y le ofreció una cinta para el pelo del color de la aguamarina como los ojos de la doncella.

   Desde aquella tarde se reunían antes de que cayera el crepúsculo para renovar tiernas promesas de amor.

   Pero el padre de Valbanera tenía unos planes para su hija en los que no cabía el caballero.

   Al otro lado del bosque vivía un hombre muy poderoso que había perdido a su esposa al alumbrar un niño muerto. Para huir del dolor que le causaron tales infortunios, ofreció una bolsa con doblones de oro a aquella familia que le entregase una doncella que pudiera desposar para que le diese un heredero. Al padre de Valbanera, que andaba muy escaso de fortuna, se le encendieron los ojos de chispas y concertó una cita con el ricachón para cerrar el trato.

   ¡Pobre Valbanera! Sus lágrimas y sus súplicas no sirvieron sino para despertar la cólera del conde, que, cuando supo que tenía tratos con el caballero, la encerró en la torre más alta del castillo.

   El enamorado de la doncella creyó morir de aflicción. Durante dos semanas y media derramó amargas lágrimas de desconsuelo sin hacer caso a sus podencos, que brincaban y aullaban tratando de llamar su atención. Lloró y lloró hasta que se secaron los ojos.

   Una mañana llamó a su puerta un anciano.

   —No puedo soportar el dolor que me causa oír tu llanto —le dijo mientras le ofrecía un pañuelo de batista para que enjugase las lágrimas que habían vuelto a brotar—. Dime lo que te causa tanta aflicción y tal vez tenga el remedio que alivie tu pena.

   El caballero dejó hablar a su corazón y le contó al anciano las vicisitudes de su amor.

   —En el Monte Carmelo hay un vergel en el que el día de San Juan, cuando llega la medianoche, florece una rosa color carmesí —le contó el visitante—. Está custodiada por un antiguo cruzado que desafía con su espada a todo aquel que se acerque a la verja del jardín. Se dice que el valiente que consiga vencerlo y se lleve la rosa, conseguirá vivir eternamente con su amada.

   El caballero, encandilado con la historia del anciano, escribió una larga carta a Valbanera en la que le juraba amor eterno y le prometía regresar con la rosa antes de que se cumpliera un año. Una paloma gris llevó la misiva a su amada quien, tras cubrirla de besos, la guardó junto a la cinta del pelo en un cofre bajo su lecho.

   Partió el caballero al día siguiente hacia Tierra Santa sin otra compañía que la de sus podencos y un corcel castaño, regalo de su padre.

   Se demoró meses en atravesar valles y montañas. Dormía al raso siempre que el tiempo era benigno. Apoyaba la cabeza en una piedra cubierta de musgo y contaba las infinitas estrellas del firmamento. Si llovía o nevaba, pedía asilo en alguna alquería y pagaba cama y cena con algún pequeño menester. A pesar de ser un caballero no le importaba cortar leña, ordeñar ovejas o cardar la lana si así aliviaba la carga de quien le daba hospedaje.

   Los caminos lo llevaron más allá del horizonte. Subió a las cumbres de las más altas montañas, donde las nieves son eternas, y atravesó desiertos lejos de oasis donde apagar la sed.

   Mientras tanto el padre de Valbanera estaba más y más furioso con su hija, que se negaba a obedecerlo y aceptar como esposo al poderoso hombre del bosque. Para doblegar su voluntad, el conde la hacía bañar cada amanecer con agua helada traída del manantial. Prohibió a sus sirvientes darle otro alimento que las ortigas que crecían junto al pantano. Y atormentaba sus oídos con injuriosas historias sobre el caballero. Historias que le mostraban unas veces como cobarde y otras como mujeriego. Pero Valbanera no se dejaba engañar. Releía una y otra vez la carta enviada por el caballero para extraer fuerzas de sus palabras o adornaba su melena con la cinta del pelo que él le regaló.

   Cuando llegó a la ciudad de las cúpulas, el caballero se dejó seducir por el colorido de los trajes de sus gentes. Las mujeres caminaban por las calles descalzas cimbreando sus cuerpos insinuantes al ritmo de las ajorcas que adornaban sus tobillos. A su paso por las calles, le ofrecían vino y miel mientras le acariciaban los cabellos y lo besaban en los labios. Aturdido por la música de los clarines, dejaba pasar los días sin recordar su misión. Una noche se quedó dormido en brazos de una bella joven y, al despertar, la bribona le había robado la faltriquera y la bolsa con sus monedas.

   A Valbanera le costaba más y más reconocerse en el espejo. Cárdenos círculos rodeaban sus bellos ojos y su piel se había tornado transparente. Con el paso de las semanas, se iba difuminando del recuerdo el rostro del caballero. Tenía que rebuscar en su cofre la carta y la cinta esmeralda para convencerse de que no había sido su imaginación la que había creado a su caballero. Otras veces la asaltaban cientos de dudas. ¿Y si no volvía? ¿Y si moría antes de emprender el camino de regreso? Era tanta su desolación que a menudo la despertaba en mitad de la noche la tentación de arrodillarse a los pies de su padre y suplicar su perdón.

   Un día Valbanera se encontraba tan débil que al levantarse del lecho, cayó desmayada sobre la alfombra. Allí la encontró su padre dos horas más tarde. Creyendo que estaba muerta, el conde la tomó en sus brazos y la arrulló mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Un profundo suspiro voló del pecho de la doncella antes de abrir los ojos. Su padre, agradecido, la llevó al mejor dormitorio del castillo y mandó traer para ella zumo de arándanos que le permitiese recobrar sus fuerzas. Durante días la colmó de mimos y complació todos sus caprichos antes siquiera de que salieran de sus labios. Valbanera, que durante meses había sufrido el dolor de la soledad, posaba la cabeza en el hombro del conde, cerraba los ojos e imaginaba que volvía a ser una niña que no conocía mayor gozo que sentirse amada por su padre.

   El caballero divisó la silueta del Monte Carmelo el veintidós de junio. Llegó a pie pues su corcel cojeaba de una pata delantera. Ya no lo seguían los dos podencos. Uno se había extraviado al perseguir una liebre y el otro lo había abandonado por una spanier que le guiñó un ojo. El caballero, tras tan largo viaje, había perdido la apostura. Quienes se cruzaban con él le ofrecían limosnas como si de un pordiosero se tratase.

   A la puerta del vergel se congregaban cientos de caballeros que lucían armaduras relucientes y exhibían espadas de filo punzante. Nuestro caballero los contemplaba con aprensión. ¿Podría él, tan maltrecho, quedar vencedor cuando tales caballeros aspiraban al mismo galardón?

   La mañana de San Juan se abrió la verja al amanecer y una anciana hizo pasar al primero de los aspirantes. Los que esperaban fuera murmuraron agitados y solo guardaron silencio cuando se volvió a abrir la puerta. Así fueron pasando uno a uno los aguerridos caballeros sin que nadie supiera cuál había sido el destino de los anteriores. Al anochecer le tocó el turno al enamorado de Valbanera. La anciana lo condujo por un camino de grava. A un lado del sendero crecían zarzas y al otro corrían las aguas rojizas de un arroyo. ¿Sería la sangre de los aspirantes a la rosa la que las tiñera?

    Al final del camino lo esperaba un monje con el porte de un guerrero y la serenidad de quienes han alcanzado la sabiduría. Lo hizo sentar junto a él, le ofreció un vaso de zumo de grosella y se dispuso a escuchar la historia del caballero. Un sentimiento de paz se llevó toda la fatiga del camino. Al finalizar la narración de sus desventuras, el antiguo cruzado lo guio al parterre donde reinaba la rosa.

    Aquella mañana las campanas del reino repicaban contagiadas por el alborozo que se vivía en el pueblo. Valbanera, la hija del conde, contraía matrimonio con un hombre muy poderoso que vivía al otro lado del bosque. Todo el mundo estaba contento ante los tres días de baile con los que iba a celebrar los esponsales el padre de la desposada. Todos estaban contentos. Todos menos Valbanera, cuyas lágrimas despedían más destellos que las perlas que adornaban su escote.

    Por la vereda un hombre vestido con harapos se acercaba al pueblo. Los niños ataviados con sus ropas de fiesta bailaban a su alrededor.

   Valbanera, más y más pálida, miraba con terror a su futuro esposo en tanto por su mente se atropellaban imágenes del caballero. Las paredes del templo se estremecieron cuando el hombre pronunció sus votos y la novia cayó desvanecida en el momento de pronunciar los suyos. Exhalaba el último suspiro, cuando se abrió la puerta de la iglesia.

   —¡Valbanera! Como te prometí traigo la rosa carmesí que hará que vivamos junto por toda la eternidad.

   El caballero avanzó por la nave central hasta el altar. Se arrodilló junto a su amada, posó los labios en su frente y depositó la rosa en su pecho. Al ver que no despertaba, enloqueció de dolor. Vagó por las calles y cuando moría la tarde arrojó la rosa a la ciénaga antes de precipitarse por el acantilado.

   Desde entonces, cada año, al cumplirse el aniversario de la muerte de los amantes, al sonar las campanadas de la medianoche, florece una rosa carmesí que se marchita con las primeras luces del alba. Dicen que el enamorado que la arranque en todo su esplendor vivirá eternamente junto a su amada.