jueves, 21 de septiembre de 2017

Belle de jour, belle de nuit





   Había sido un día muy duro. No me apetece entrar en detalles. Todo se podría resumir en nueve horas de feroces negociaciones que terminaron en el más absoluto fracaso. Cuando a la una de la madrugada entré por fin en la habitación del hotel, mi cabeza era como un cuadrilátero salvaje en el que una multitud de gritones se disputase el campeonato mundial de los pesos pesados. Me serví un vaso de whisky del minibar después de un inútil intento de mandar al cansancio por el sumidero de la ducha. La enorme cama me miraba con cara de pocos amigos. Di varias vueltas por la habitación, me senté en un sillón, removí el hielo que flotaba sobre el líquido acaramelado y acabé encendiendo el televisor. En la pantalla se sucedían imágenes que no tenían ningún sentido para mí. Apretaba frenético el botón del mando a distancia sin detenerme en ningún canal hasta que me quedé prendido a una cabellera ondulada y a la voz más sensual que jamás había oído.

   ─Tu nombre no es Cristal, ¿verdad? ─le preguntó el presentador del programa.

   ─Digamos que ese el único nombre al que respondo en este momento.

  La mujer daba la espalda a la cámara y su silueta se recortaba en la pantalla ligeramente difuminada.

  ─No quieres que te reconozcan.

  ─No.

  ─¿Tus clientes?

  ─La gente con la que me relaciono durante el día. Mi familia. Mi marido, mis hijos, mis amigos. Las personas que no saben que existe Cristal; que no se les pasa por la cabeza que pueda existir Cristal.

  La mujer elevó la voz como si olvidase por un momento el papel que estaba interpretando. Carraspeó y bebió un sorbo de agua ladeando un poco la cabeza, en un gesto que me recordó a Blanca, mi mujer. 

  ─Porque tú llevas una vida muy distinta durante el día, ¿no es así? ─preguntó el presentador en un tono de intimidad que me hizo crujir los nudillos.

  ─Exacto. Cuando no me dedico a esto, llevo una vida muy convencional. Soy una mujer casada, tengo dos niños pequeños y, después de siete años, me he ganado el respeto y la consideración en mi trabajo.

  Su voz delataba cierto orgullo. Alargué la mano hacia la chaqueta para coger la cajetilla de tabaco y el mechero del bolsillo. Saboreé despacio la primera calada y me recosté sobre el respaldo intrigado por la historia de aquella mujer.

  ─Deduzco por tus palabras que no haces esto porque necesites el dinero. 

  ─No, no. Pertenezco a una familia acomodada y nunca me ha faltado nada. No busques en mí el perfil típico de mujer de la calle. Tengo un doctorado en literatura medieval y ganó mucho en la editorial en la que trabajo. Mi marido también es un profesional de éxito y vivimos en una casa frente al Retiro que ha sido fotografiada para varias revistas de decoración. Mis dos hijos estudian en un colegio de élite y en unos años, los mandaremos a Suiza. Dinero no es precisamente lo que me falta.
Las similitudes con mi vida y la de Blanca la hacían fascinante. Mi mujer también tenía un doctorado en literatura, aunque fuera contemporánea, y desempeñaba un puesto importante en un medio de comunicación. Teníamos un ático en la calle Velázquez a pocos pasos del Parque del Retiro. Y nuestros hijas, tres no dos, asistían a uno de los colegios privados más exclusivos de Madrid.
Aquella mujer podía haber sido mi esposa o la esposa de alguno de mis amigos, de Guillermo, mi socio, o de mi hermano Javier.

  ─¿Qué buscas, entonces? ¿Qué te lleva a convertirte en una...? ¿Como diría?¿Belle de jour?
La mujer soltó una carcajada que me hizo estremecer.

  ─Me parezco muy poco a Catherine Deneuve, me temo. Yo no soy tan bella.

  El presentador insinuó una sonrisa seductora.

  ─Puedo dar fe que eres aún más bella que la francesa.

  ─Gracias ─dijo ella inclinando la cabeza y cruzando las piernas a lo Sharon Stone, supuse. Su cambio de postura así lo sugería aunque no pudiera verla bien.
Aquel coqueteo barato estuvo a punto de hacerme cambiar de canal. Pero la mujer ejercía sobre mí una atracción que hacía mucho que no sentía.

  ─ En todo caso, a mí no me falta nada. Y cuando digo nada quiero decir que no tengo que hacer ningún reproche a mi marido. 
Un cosquilleo en el vientre me hizo remover en el asiento.

  ─Entonces, ¿por qué lo haces?

  ─¿Acaso nunca has deseado convertirte en otra persona? ¿Nunca te has preguntado qué se siente no siendo tú? ¿Cómo se vive fuera de tu mundo?

  ─Pero tú no te has alejado tanto de tu mundo, Cristal. Tus clientes son altos ejecutivos, como tu marido.

  La mujer no contestó enseguida. Jugueteó con su collar y luego dijo:

 ─Tienes razón. No soy tan valiente como me gustaría.

  ─¿Por qué no me cuentas cómo empezaste en esto? Y no me digas que fue casualidad.

  La mujer se retiró la melena del rostro. Todos sus gestos eran sensuales y elegantes al mismo tiempo. Empecé a fantasear que la llamaba por teléfono. ¿Por qué no? Una noche fingiendo ser otro, como ella decía. Belle de jour, belle de nuit. El calor enrojecía mi rostro.

  ─Fue a través de una antigua amiga del colegio. Al terminar la carrera se casó con un escocés y se fue a vivir a Chesterfield. Durante muchos años le perdí la pista pero hace unos meses la encontré en Facebook. Se había divorciado y había vuelto a España. Me contó que había estado mucho tiempo sin encontrar trabajo hasta que dio con una agencia de modelos que la contrató como relaciones públicas. Pronto descubrió que la agencia hacía mucho más que proporcionar desfiles a sus chicas. Al principio se escandalizó pero luego se convenció de que no era peor vender su cuerpo que su talento como relaciones públicas. Ahora es ella la que organiza los encuentros.

  ─Supongo que tú también te escandalizarías cuando te lo contó. Que estarías horrorizada. Ya sabes, en tu mundo vender el cuerpo no es precisamente una conducta ejemplar.

  ─¿Horrorizada? Fascinada, más bien. Fascinada. ¡Me pareció tan audaz…!

  ─Y ¿cómo te convenció para trabajar en ello?

  ─No me convenció. Fui yo la que le pedí que me dejase probar. Iba a ser solo una vez aprovechando el tiempo libre entre dos citas con dos escritores. Mi trabajo en la editorial me permite moverme mucho. No tengo horarios fijos ni tengo que estar ocho horas sentada ante un escritorio. ¿Entiendes lo que quiero decir? Necesitaba saber qué se siente exponiendo tanto. Lo entiendes, ¿verdad? 
El presentador se pasó la punta de la lengua por el labio superior antes de responder. Y yo no pude evitar pensar en Blanca, siempre de aquí para allá hablando con éste y aquél en busca de entrevistas exclusivas.

  ─Claro que sí. Entiendo perfectamente lo que quieres decir. Pero, dime: Te resultaría violento la primera vez, ¿no?

  ─Eso creía yo. Pero no. Me lo tomé como un juego y me divertí. Me divertí mucho.

  ─Tanto que repetiste. 

  ─Tanto que repetí. Y debo de ser muy buena porque tengo una excelente cartera de clientes. La mejor.

  En aquel momento, estaba ya tan excitado que me serví un whisky doble. Las coincidencias con Blanca eran tantas que me hacían sentir incómodo. Me temblaba la mano y un hilo de sudor bajaba desde la sien derecha hasta la barbilla. No podía ser ella. Mi esposa era una mujer dulce, enamorada de mí y con una idea de la fidelidad que rayaba el fanatismo. Pero y si… ¿Acaso conocía yo sus más íntimos pensamientos? ¿Cómo estaba tan seguro que no escondía nada? ¿Acaso no me ocultó que volvía a trabajar cuando Nuria cumplió tres años hasta que no firmó el contrato? ¿No había vivido muchos años en Dublín su amiga..? ¿cómo se llamaba? ¿Almudena? Almudena, SÍ. Una tipeja que nunca me gustó. ¿Acaso no era cristal la palabra favorita Blanca? ¿O era zafiro? Zafiro. Sí. No. Zafiro o amatista o cristal, ¿quién podría acordarse?

  Fui hasta el minibar a servirme otro whisky y, cuando regresé, el presentador estaba entrevistando a otro tipo. Apagué el televisor y cogí el móvil para llamar a mi mujer pero no llegué a hacerlo. Era absurdo. Blanca nunca dejaría solos a nuestros hijas, de seis, ocho y diez años, para acudir a una entrevista de un programa siniestro de la televisión. Ella era una persona sensata que no se enredaría en un asunto tan turbio. Después de todo, las coincidencias entre esa mujer y la mía eran vaguedades que compartían muchas chicas de nuestra generación criadas en un ambiente burgués. 
Me quedé dormido con el propósitó de olvidar la silueta de voz sensual que ladeaba la cabeza como lo hacía Blanca. Pero, a las dos horas, me desperté creyendo oírla a mi lado y permanecí desvelado hasta la hora en que había de salir para el aeropuerto. En mi mente iban y venían la duda y la certeza. Tan pronto me torturaba creyendo que Blanca y la prostituta eran la misma persona, como me parecía absurdo hasta jugar con tal posibilidad. Conocía a mi esposa desde los diecisiete años. La había visto convertirse en una persona adulta. Sabía cómo enfadarla y cómo hacerla reír. Bastaba una mirada para saber lo que pensaba y nadie más que yo conocía su cuerpo, lo que le hacía feliz.

  ¿O no?

  Llegué a casa a las doce de la mañana y, como era de esperar, no había nadie para darme la bienvenida. Las niñas estaban en el colegio, mi mujer estaría entrevistando a algún crítico de arte, ¿o con algún cliente?, y era el día libre de Gladys, la filipina encargada de las tareas domésticas de casa. Me dirigí derecho a nuestro dormitorio y abrí el armario. Uno a uno fui sacando sus vestidos y zapatos, buscando en ellos el olor de otros hombres; Registré bolsos y carteras, vacié su joyero… Me volví loco cazando un fantasma que se me escabullía. Y, cuando estaba a punto de abrir un bote de crema sin saber muy bien qué esperaba encontrar dentro, oí detrás de mí a Blanca:

  ─¿Pero qué ha pasado aquí?

  Me volví. Estaba de pie en medio de nuestro dormitorio contemplando alucinada el destrozo que había armado. Su cara reflejaba la confusión de quien no sabe si lo que ve es real o fruto de su imaginación. 

  ─¿Han entrado ladrones? ¿Has llamado a la policía?

  Me miró asustada y se asió a mi brazo. Su perfume a limón me dio de lleno. En ese momento me pareció absurda mi sospecha. La inocencia de su rostro acabó de desarmarme y no supe qué decirle. Balbucí algo sobre la pérdida del reloj de mi padre que, puedo asegurar, no sonaba muy convincente y la ayudé con toda mi torpeza a guardar las cosas en el armario en tanto oía sin escuchar su regañina por desordenar su armario.

  ¡Ah! Pero cuando la desconfianza entra en una casa no hay manera de expulsarla.

  En las semanas que siguieron, me mantuve al acecho de cualquier indicio que confirmase mis sospechas. Espiaba sus horas de salida, las de su llegada a casa; analizaba su tono de voz en busca de una grieta que dejase de manifiesto su falsedad; la vigilaba cuando jugaba con los niños; me presentaba de improviso en su oficina; escuchaba detrás de la puerta sus conversaciones telefónicas; y anulé varios viajes de negocios para no alejarme de ella. Nunca encontraba nada contra su inocencia, pero la falta de pruebas avivaba mis recelos.  Cada noche la asediaba con mis preguntas:

  ─¿A quién has visto hoy? ¿Quién es? ¿Cómo es? ¿De qué le conoces? ¿Dónde lo has visto? ¿Por qué has llegado tan tarde? ¿Dónde estabas?

  Mi repertorio de preguntas crecía de día en día hasta el infinito.

  A veces, me embargaba la pena cuando veía el dolor y la angustia agazapados en los ojos de Blanca.

  ─¿Pero qué buscas? ─me preguntaba desesperada unas veces─. ¿Qué nos está pasando? ─lloraba otras. 

  Entonces, roto de arrepentimiento, la cogía en mis brazos y la amaba como si solo tuviéramos una noche para vivir toda una vida.

  Al cabo de unos meses, decidí cambiar de táctica. Llamé al canal de televisión en el que había tenido lugar la entrevista y, tras mucho insistir, conseguí que me dieran el teléfono de Cristal. Como era de esperar, el número era distinto que el de mi esposa pero eso, en vez de tranquilizarme, aumentó mi suspicacia. Una mujer inteligente como Blanca no se arriesgaría a dar su móvil privado a un extraño. Con el número en mi poder, me debatí entre el deseo de llamar y el temor a confirmar mis sospechas. Durante dos semanas, no me decidía a acabar con mi tormento y, mientras tanto, mi relación con mi mujer se deterioraba más y más. Incluso mis hijas, que hasta entonces me adoraban, huían de su padre por miedo a despertar su cólera.

  Finalmente, mientras bebíamos unas cervezas en un bar, le hablé de Cristal a Enrique, un compañero de trabajo. Confieso que maquillé un poco la historia y le hice creer que era cliente habitual de la meretriz. Entre caña y caña, traté de convencerlo para que pidiese una cita. Mi intención era espiarlos de lejos y comprobar de una vez que se trataba de Blanca.

  ─Cuando quedes con ella, dímelo ─le insistía una y otra vez.

  Pero mi señuelo no estaba por la labor.

  ─Pero, tío ─me decía─, que estoy recién casado y no quiero meterme en líos.

  Lo único que conseguí fue que anotara mi teléfono y el de Cristal… Por si acaso.

  Al llegar a casa, me dijo Gladys que Blanca había tenido que ir a urgencias porque nuestra hija Magdalena se había caído de las gradas de atletismo en el colegio. Acudí presuroso al hospital donde me dijo la asistenta y me abracé a mi mujer como un náufrago que llega a una costa. Estaba pálida y ojerosa pero tranquila. Escondí mi rostro en su melena castaña y me dejé envolver por su fragancia. Toda ella olía a mi casa, a los momentos felices que habíamos vivido juntos y a los tristes también; al nacimiento de nuestros hijas y a la muerte de mi padre. La estreché con fuerza y me sumergí en su ternura. 

  ─Solo es una brecha  ─me dijo mientras acariciaba mi mejilla─. Le están dando puntos.

  Ya de vuelta a casa, decidí enterrar en el olvido a Cristal. Aquella historia no tenía ni pies ni cabeza. No había más que ver a Blanca en casa, con nuestras hijas, conmigo. No se podía fingir de esa manera. Quise llamar a mi señuelo y pedirle que se olvidase él también de la prostituta de altos vuelos pero pensé que aquél ya no era asunto mío. 

  En los tres meses siguientes, recuperé a mi esposa y a mis hijas. Coincidiendo con las vacaciones de verano, alquilamos una casa en la Costa Azul, muy cerca del Club Náutico de Niza. Cada mañana, recorríamos el litoral en un velero sin otra preocupación que la caprichosa dirección que tomaba el viento. Tal vez debido a la zozobra vivida durante el invierno, mi dicha era más intensa. Me sentía más unido que nunca a mi esposa y a mis niñas convencido de que aquellos meses de incertidumbre no habían servido sino para fortalecer los lazos de amor con mi familia.

  Pero mi felicidad se vino abajo a la vuelta de septiembre. 

  Unas semanas después de nuestro regreso a la rutina, recibí una llamada de Enrique. Estaba eufórico y me invitaba a comer en Horcher. En esta ocasión no me recibió con una caña de cerveza sino con el más exquisito Dom Pérignon.

  ─Te debo mi viaje al Paraíso ─repetía una y otra vez mientras levantaba la copa─. Esa mujer es un ángel y un demonio a un tiempo.

  ─¿Esa mujer? 

  Un sudor frío recorrió mi columna vertebral.

  ─¡Vamos! No te irás a hacer ahora el tonto, ¿verdad? ¿Qué mujer va a ser? Cristal. Belle de jour, belle de nuit.

  Y soltó tal carcajada que se le cayó al suelo la copa de champán.

  ─Nunca te agradeceré lo suficiente el regalo que me hiciste ─Seguía diciendo mientras yo me iba poniendo enfermo.

  ─¿Cuándo estuviste con ella?

  Elevé tanto la voz que los comensales de las otras mesas volvieron sus cabezas hacia nosotros.

  ─No te pongas celoso, que solo la he visto una vez y fue antes del verano. Ya sé que te prometí avisarte pero soy un poco anticuado y los ménage à trois no me van.

  No puedo decir si me irritaron más sus palabras o su risita de conejo lividinoso. Ciego de ira, le enseñé las fotos de Blanca de aquel verano.

  ─¿Era ésta? ¿Era ésta Cristal? ─le gritaba.

  ─Chico, ¿qué te pasa? Fuiste tú el que insistió en que la llamara.

  Pero yo no lo escuchaba.

  ─¿Era ésta? ¿Era ésta Cristal?

  ─No sé. Podría ser. Pero parece distinta. No sé. Como estaba arreglada de otra manera… Y hace ya casi tres meses...

  ─¡Mírala bien! ¡Mira esta otra foto!

  ─Sí. No. No sé. Podría ser. Pero no. No es ella, no es Cristal. ¿Pero tú no la conoces? ¿Cómo me vienes con éstas?

  Incapaz de soportarlo, me levanté de la mesa en el mismo momento en el que el camarero nos traía la ensalada de bogavante dejando al pobre Enrique sin saber adónde mirar.

  Aquella noche Blanca no vino a cenar. Tenía un compromiso de trabajo, dijo. Así empezó de nuevo mi calvario. Unos días me parecían despropósitos mis sospechas. Otros veía la culpabilidad de Blanca tan clara que rechinaba los dientes si me cruzaba con ella. ¿Qué significaban las dudas de Enrique cuando vio las fotos? ¿Era o no era Blanca la mujer de la televisión? Volví a acechar sus movimientos, no sabía si con el deseo de desmentir mis suposiciones o para confirmarlas de una vez y terminar con mi tortura. Raro era el día en el que no discutíamos. Las riñas eran cada vez más virulentas y a menudo acababan con el llanto de mi esposa.

  Un día  que no me podía quitar la angustia del corazón, marqué el número de Cristal desde un teléfono público. Al otro lado de la línea me hablaba una voz sensual que tenía mucho de impostada. 

  ¿Era Blanca? No parecía. Pero no estaba seguro.

  ─Desde que te oí en la televisión no hago otra cosa que pensar en ti ─le dije. Y no le mentí.

  ─¿Quieres que nos veamos y tomemos una copa? Así podemos charlar un rato.

  Me propuso un pub en Guzmán El Bueno que conocía por haber ido una vez con mis compañeros de la universidad. Que yo supiera, Blanca no lo conocía. 

  ─¿Cómo te reconoceré? ─le pregunté.

  ─Llevaré una camelia roja en la solapa de la chaqueta.

  Con la excitación, olvidé llamarla: a ella, a mi mujer. Avisarla de que llegaría tarde a casa. Y cuando me acordé, pensé que quizás no iba a ser yo quien tuviera que dar explicaciones.

  Llegué a mi cita con un cuarto de hora de adelanto. Pedí en la barra un whisky doble para engañar la espera. El ambiente era agradable. Música country, no muy alta, sofás de terciopelo gris marengo, luces bajas y tenues. Por un momento olvidé por qué estaba allí y apunté en mi mente la dirección de aquel lugar para llevar una noche a Blanca.

  La sentí antes de verla. Sentí su presencia femenina a mi espalda antes de volverme. Estaba imponente. No era de extrañar que Enrique se prendara de ella. Un traje pantalón negro casi masculino; la chaqueta cerrada sin blusa debajo y sin otro adorno que la camelia roja en el ojal de la solapa. El cabello, rubio, casi blanco a la luz de las lámparas, lo llevaba recogido en un moño bajo. Sus tacones de aguja la hacían parecer más alta que yo, que no soy bajo.

  ─¡Eres bellísima! ─le dije sin poder contener mi admiración.

  Una carcajada resonó en todo el local mientras ella echaba la cabeza hacia atrás. Y el alivio que me embargó hizo que me uniera a su alborozo.

  Cristal no era Blanca. Ni siquiera se le parecía. Ya podía respirar tranquilo.

  No puedo decir cuánto tiempo estuve con ella disfrutando del juego de la seducción. Era un placer tanto más exquisito por saber que solo era eso: un juego sin ninguna consecuencia. 

  Era ya de madrugada cuando me despedí de ella con un apasionado beso en los labios y apuntaba el nuevo día cuando llegué a casa. La luz del salón estaba encendida como si me esperase. Con el alma rebosante de alegría, entré a apagarla.

  ─¿Dónde has estado? ─me preguntó casi en susurros.

  Estaba sentada en el sofá inclinada hacia delante y con un cigarrillo en los labios.

  ─Llevo toda la noche intentando hablar contigo pero tu teléfono no estaba operativo. Creí que te había ocurrido algo malo. Un accidente, un atraco, ¿qué sé yo?

  ─Lo siento, cielo, se me olvidó decirte que tenía una cena con unos clientes.

  Mi euforia contrastaba con el humor sombrío de Blanca. De pronto, rompió a llorar.

  ─Ya no puedo más, Ignacio. Ya no puedo más.

  La rodeé con mis brazos y la cubrí de besos.

  ─Ya pasó. Ya verás como volvemos a ser felices. 

  Pero Blanca no me escuchaba. Con la misma rapidez que había roto en llanto, de desasió de mi abrazo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y me dijo con una voz dura que no le había oído antes:

  ─No, Ignacio, no. Ya es tarde para eso. Llevo meses aguantando tu acoso, tus cambios de humor, tus gritos y esta noche esto. No. Ya no puedo más. Mañana me marcho a casa de mis padres hasta que encuentre un sitio donde vivir. Lo nuestro se acabó.

  Intenté detenerla mientras se dirigía al cuarto de huéspedes. Le supliqué, lloré, la abrumé con mis promesas, pero no sirvió de nada. Blanca me dejó al día siguiente y no ha querido volver a verme desde entonces.

  Hace un año me hice con una copia del programa de televisión en el que entrevistaron a Cristal. Lo vi cientos de veces y cuanto más lo veía, menos se me parecía a mi esposa. Ahora, cuando todo lo que sé de Blanca es lo que me cuentan mis hijos, me pregunto cómo pude creer que pudiera ser Cristal: Belle de jour, belle de nuit.






Imagen: Fotograma de la película  Belle de jour, de Luis Buñuel (1967)

martes, 12 de septiembre de 2017

El faro

 






   Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado hasta aquí sin miedo, sin aliento. Ella echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos. Deja que la brisa marina inunde sus pulmones, la llene de vida, la haga creerse joven. El viento revuelve sus cabellos y un mechón le cosquillea la nariz. Pasa la lengua por sus labios, los siente salados. Abre los párpados: la luz del atardecer la deslumbra. Mira hacia abajo, y la zarandea el vértigo. Él, temiendo que emprenda el vuelo, la sostiene por la muñeca. Ella lo mira burlona, con una sonrisa entre tierna e irónica, que se transforma en carcajada de gozo cuando él deja un leve beso en la punta de su dedo corazón.

   A lo lejos, dos veleros rivalizan por alcanzar el horizonte. Uno remolonea cabizbajo; el otro coge velocidad como si quisiera darle ánimos. Ellos los contemplan; se miran; asienten.

   Una gaviota planea sobre la playa como si quisiera descifrar el mensaje que dejaron sus pisadas en la arena. Ellos sí conocen el significado de cada huella.

   Unos meses antes contemplaban el faro desde la casa en la que viven. El ojo del cíclope los atraía como un sueño imposible. Durante meses, se esforzaron por reafirmar sus pasos vacilantes. Había días que sólo lograban caminar unos metros por la playa. Otros, les fallaban las fuerzas antes de ponerse en pie.

   Siempre bajo la vigilancia del faro.

  Él sentía cada retroceso como una derrota. Ella vivía cada avance como una victoria. Él perdía la esperanza de alcanzar algún día su destino. Ella estaba segura de que lo conseguirían.

  Hoy han llegado hasta aquí, hasta lo alto del faro. Sin miedo, sin aliento. Él pasa de los noventa años. Ella pronto cumplirá ochenta y seis.
 
 
 
 
 
 
Ejercicio realizado para el grupo "Nosotras escribimos" a partir de las frases Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado hasta aquí sin miedo de La Extranjera: Nuria Amat.