viernes, 12 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la lluvia. Segunda Parte









   Y, sin embargo, ni a mis tíos ni a mis primos les gustaban aquellas horas más y más prolongadas que pasaba en soledad. Temían que se resintiera mi salud. Aquella pasión por la poesía no servía, decían, sino para excitar mi ya de por sí enardecida sensibilidad. Tanta lectura no podía ser buena para mi corazón delicado. Hacían cualquier cosa para alejarme de los libros. Mi tía me pedía que la ayudase en alguna labor de costura; mi tío que le limpiase una de sus pipas o que regase la camelia carmesí que con mimo cultivaba en el balcón; mi primo Santiago, el más joven de los tres, me tomaba como su confidente y me contaba sus desventuras con Luisa, su prometida; y hasta Naná me encomendaba cientos de pequeñas tareas que no me fatigasen pero me tuvieran entretenida. 

   Con la llegada de la primavera, más y más preocupados por las largas horas que pasaba encerrada en el gabinete, mis tíos me animaban a salir con ellos. Unas veces íbamos a pasear por los jardines aledaños a las Escuelas Pías, otras me llevaban a hacer alguna visita a casa de Fuensanta, la hermana de mi tía, que hacía poco se había trasladado a la ciudad con su marido y sus siete hijos. No me gustaban mucho aquellas visitas. Los años pasados me habían acostumbrado a rehuir todo trato social y ni siquiera cuando estuve en el colegio fui dada a hacer amistades. De manera que, aunque hubiera preferido quedarme en casa con mis libros y mis poemas, el temor a disgustar a mis tíos me llevaba a obedecerlos sin rechistar.

  Sospecho que, en su afán por hacerme salir con ellos, no les animaba únicamente su inquietud por verme convertida en una joven solitaria ni pensaban solo en los beneficios de los rayos del sol sobre mi delicada salud. También andaba por medio un interés más egoísta. Aunque me decían que podía disfrutar de la alegre compañía de las dos hijas de Fuensanta, Macarena y Trinidad, de edades parejas a la mía, mis tíos tenían puestos los ojos en Fernando, el tercero de los hijos y con quien esperaban casarme.

  Así, lo que empezó como unas visitas de cortesía acabó convirtiéndose en una costumbre.

  Mi tía pasaba las mañanas atareada haciendo bizcochos que luego tomábamos con el chocolate que preparaba Fuensanta. Las veladas se alargaban hasta bien entrada la noche. Acudían a ella el cura de la Presentación, un hombre orondo y bonachón que a mí me parecía entonces un viejo aunque no debía de tener cuarenta años; la viuda del secretario del ayuntamiento y dos maestras solteronas que de niñas habían sido amigas de mi tía y de su hermana. Ya se puede uno imaginar que no se hablaba de poesía en aquellas veladas. Lenguas afiladas diseccionaban la vida de los vecinos. No se les escapaban los amores furtivos de las modistillas, las distracciones en misa, los trucos culinarios de las buenas amas de casa con los que ocultaban sus escaseces y disfrazaban aromas y sabores, ni los zurcidos en las medias de jóvenes pretenciosas o la conversión del vestido de una muchacha en falda para una hermana menor. 

  Todos, incluidas Macarena y Trinidad, participaban entusiasmados en aquellas conversaciones que a mí me causaban hastío. Tal vez si hubiese conocido a las personas de las que hablaban, hubiera sacado mayor provecho de aquellos pozos de sabiduría pero llevaba mucho tiempo en los que mis únicos amigos eran los libros. Así pasaba las tardes con la imaginación puesta en mis cosas sin prestar demasiada atención a aquella charla sin sustancia. He de decir, no obstante, que mis nuevas primas hacían todo lo posible y hasta lo imposible para contentarme. Me ofrecían los mejores dulces, me hacían pequeños obsequios, un dedal de plata, unas tijeritas de bordar... o tocaban para mí alguna sonata de Beethoven en un viejo piano de pared no muy bien afinado. Así las fui tomando cariño pero, aunque me esforzaba en complacerlas, no podía evitar aburrirme.

  En cuanto al primo Fernando, no puedo decir si me gustaba o no porque apenas le veía. No solía estar en casa a la hora en que su madre organizaba las meriendas pese a que su trabajo como pasante en un bufete de abogados le dejaba las tardes libres y, cuando estaba, permanecía todo el tiempo en otra habitación jugando alguna partida de mus con tres jóvenes que ni siquiera entraban en la sala a saludarnos. De manera que, aunque hubiera querido complacer a mis tíos no hubiese podido: el primo Fernando estaba fuera de mi alcance.

  No obstante, una tarde llegó con un amigo distinto que se empeñó en pasar a la sala y saludar a la dueña de la casa. Fuensanta, halagada por esta pequeña atención que no era habitual entre los amigos de su hijo y sin hacer caso de los gestos que éste le hacía, lo invitó a una taza de chocolate, que el recién llegado aceptó visiblemente complacido.

  Se llamaba Ricardo y tenía veinticinco años, le contó a Fuensanta y a mi tía. Trabajaba como pasante desde hacía unos meses en el mismo bufete que Fernando. Había recalado en nuestra ciudad cansado de rodar por el mundo. Con una gracia que no tenía parangón entre ninguno de los presentes, nos habló de un viaje que había hecho el año anterior por Italia y Grecia. Pintó de vivos colores ciudades que solo conocía por haberlas visto señaladas en el atlas que guardaba mi tío en el gabinete o que me evocaban los poemas de Byron y de Keats. Pero más que sus historias era la sencillez al contarlas lo que cautivó a su auditorio siendo yo misma su oyente más entregado. Salpicaba su narración de anécdotas divertidas, algunas lo bastante picantes para provocar rubores entre las féminas aunque no lo suficiente como para ofendernos. 

  He de decir, no obstante, que él era el primero que parecía disfrutar con su papel de protagonista haciendo caso omiso del creciente malhumor de mi primo Fernando. Mas no mostraba engreimiento alguno y, si se sentía envanecido, sabía esconderlo con altas dosis de cortesía hacia cada una de nosotras. De sus labios salían las más lindas alabanzas, palabras de admiración hacia las dotes culinarias de la anfitriona, el talento extraordinario en el piano de mis primas o la sonrisa hechicera de mi tía. 

  Poco antes de las nueve, debió de pensar que estaba abusando de la hospitalidad de Fuensanta y recordar a su amigo porque se volvió a él y, con una sonrisa con la que parecía querer hacerse perdonar, lo siguió hasta la habitación donde lo esperaba la mesa de juego.

  Ricardo se convirtió en un asiduo a las meriendas de Fuensanta. Llegaba con la excusa de una partida de mus pero, antes de juntarse con los compañeros de francachelas de Fernando, se unía a nuestra tertulia y nos regalaba con sus delicadas atenciones. Al principio era el centro de atención de toda la concurrencia, pero, con el paso de los días, fue perdiendo el atractivo de la novedad y se fueron abriendo paso las conversaciones habituales de las tertulias de Fuensanta. Para mí, sin embargo, era su presencia el único aliciente de aquellas visitas y, si alguna tarde faltaba, me parecía que el sol se apagaba.

  Fue eso, supongo, lo que le hizo fijarse en mí, la persona más insignificante de la tertulia de Fuensanta. Debió de ser duro para él verse reducido a simple invitado tras haber sido el centro de todas las atenciones y el blanco de todas las alabanzas. Solo yo mantenía intacta mi admiración hacia él. Ni siquiera Fernando le hacía mucho caso sino era para desplumarlo en alguna manita de mus.

  De modo que no es de extrañar que Ricardo, el más deseado unas semanas antes, pusiera los ojos en mí, quien lo escuchaba embelesada e, ingenua como era, creía todas sus historias como si fueran el mismo evangelio. Así se convirtió en mi compañero de soledades. Tenía el don de adivinar lo que me gustaba y halagaba mis oídos recitándome poesías. En cuanto entraba en la sala, me buscaba con la mirada y su sonrisa se extendía por todo su rostro cuando me veía. Luego pasaba la tarde hablándome de la vida tan maravillosa que pensaba construir cuando formase una familia junto a la mujer de sus sueños. 

  Ya puede imaginarse el efecto que tenían en mi espíritu sus palabras. No albergaba duda alguna de que la mujer llamada a ser su esposa no era otra que yo misma. Ya me veía dueña de su casa y rodeada de sus hijos, nuestros hijos. Mi sensibilidad exaltada inventaba miles de historias, que hoy me producen risa pero que entonces eran casi mi único alimento. Su recuerdo me robaba el sueño y la evocación de su rostro me hacía olvidar hasta de comer. Hubiera muerto de hambre de no haber sido por los cuidados que me prodigaban en casa.

  Y, cuando empezaba a hacerme ilusiones sobre un futuro lleno de venturas a su lado, desapareció. 

  Corrieron cientos de historias acerca de su marcha repentina. Se decía que había quebrado la confianza que habían puesto en él los socios del bufete y se había apropiado de un dinero que no era suyo; que había seducido a la criada del director del seminario mayor, que se aburría con nuestra insípida compañía... Todos en la tertulia de Fuensanta acuciábamos a Fernando con nuestras preguntas que él respondía con medias palabras como si supiera mucho pero pudiera decir poco, aunque sospecho que su ignorancia era tan grande como la nuestra. No sé cuánto había de verdad en aquellas historias, lo cierto es que nadie le denunció ni por el dinero ilícitamente apropiado ni por la honra mancillada. Con el paso del tiempo, Ricardo cayó en el olvido. Solo yo añoraba su presencia y penaba porque, en su marcha, no hubiera tenido una palabra de despedida para mí. 

  Enamorada como solo se enamoran las jóvenes solitarias sensibles en demasía, caí en un estado de melancolía del que no me sacaban las delicadas atenciones de mi familia. El doctor Ovidio, preocupado por la fragilidad de mi corazón, me mandó permanecer en la cama hasta mediada la tarde. Pero con ello, no consiguió sino aumentar el sentimiento de desdicha que me embargaba. Pero mi corazón era más fuerte de lo que decía el médico pues resistió el embate de la decepción.

  De nuevo la literatura salió en mi ayuda. Un periódico local con pretensiones de vanguardia me publicó un relato y varios poemas. Ante el éxito que tuvo entre el puñado de lectores que leía la publicación, me ofreció escribir una columna que primero fue mensual, luego quincenal, para acabar siendo semanal. Todavía no me explico cómo pude alcanzar tanta notoriedad con mis poemas, yo, una joven inexperta, por más sentimiento que pusiera en ellos. Lo cierto es que me convertí en una celebridad en la provincia. En poco tiempo me vi dando conferencias, respondiendo cartas de rendidos admiradores y recibiendo visitas de quienes meses antes ni se dignaban mirarme. Hasta en la tertulia de Fuensanta, que nunca había despertado interés alguno más que en mis primas, me torné en alguien a tener en cuenta. 

  Para dicha de mis tíos, Fernando empezó a cortejarme: mucho me temo que más por seguir la moda de la ciudad que porque realmente disfrutase de mi compañía. Cuando estaba conmigo le costaba disimular su inseguridad. No sabía muy bien cómo tenía que tratarme. Mi mal ganada fama de instruida le imponía. Unas veces exageraba los galanteos que tan buen resultado le daban con otras señoritas casaderas pero que a mí casi me provocaban la risa por lo forzados y poco naturales. Otras veces, como queriendo ponerse a mi altura, me hablaba de poesía y casi era peor. Hasta yo, con mi escaso conocimiento de la vida, me percataba enseguida de que acababa de aprenderse de memoria las opiniones que me daba sobre el bueno de Garcilaso o sobre Lope de Vega. Aun así no podía evitar conmoverme con sus patosos intentos por conquistarme y, con el paso de los meses, le fui tomando más y más cariño.

  En la familia nadie dudaba que aquel divertimento acabaría en boda. Mi tía y su hermana hacían miles de planes por nosotros y sabían de antemano hasta los hijos que íbamos a tener y los nombres que llevarían. Trinidad y Macarena, recientemente desposadas, no eran ajenas al alborozo que causaba en la familia mi casamiento y aportaban sugerencias sobre cómo, cuándo y dónde tenía que ser mi boda. En cuanto a mí, mentiría si dijera que me entusiasmaba verme como la esposa de Fernando pero tampoco veía ninguna razón para negarme. De modo que me dejaba llevar por los vientos que corrían y me convencí de que así había de ser.

  Pero el tan esperado enlace nunca llegó a celebrarse. Unos meses antes de la fecha prevista, regresó Ricardo y desbarató los planes de todos.

  Se presentó en la tertulia como si no hubiesen transcurrido tres años sino unos días desde su última visita, como si nunca hubiera abandonado la ciudad cual un ladrón que se oculta de la gente. Traía los bolsillos vacíos de dinero pero llenos de historias aún más fabulosas que las que contaba antes de desaparecer. Su encanto hizo que fuera recibido como el hijo pródigo al que todo se le perdona. El olvido cubrió con su velo las historias que habían corrido sobre él. Como antaño, se vio rodeado de una corte de admiradores que escuchaban con arrobo sus cuentos y, como antaño, me hechizó con sus miradas seductoras haciéndome olvidar su abandono.

  Olvidé a Fernando, a mis tíos, mis primas, mis primos, a Fuensanta. Y hasta de mí misma me olvidé solo por mendigar una palabra.

  Mendigar, sí, porque él también debía de ser olvidadizo y no parecía recordar que un día me distinguió entre las demás mujeres. No es que no fuera galante conmigo, que sí lo era, más gastaba conmigo la misma cortesía que con la hija del factor del ferrocarril y me dedicaba los mismos piropos que los que dirigía a Macarena o Trinidad. Al menos así fue hasta que alguien le dijo que estaba a punto de casarme con Fernando. 

  Faltaban tres semanas para mi boda y no tenía tiempo que perder. Espoleado por una rivalidad que en aquel entonces se me escapaba, empezó a cortejarme dejando de lado las atenciones a cualquier otra mujer que no fuese yo. He de manifestar, aunque ello no diga mucho en mi favor, que sus galanterías no despertaron mis recelos aunque sí me causaron no poco desconcierto dados mi condición de prometida y los pocos días que restaban para mi boda. Juro por mi madre, de la que no recuerdo ni el sonido de su voz, que no hubo malicia alguna en mí cuando prestaba oídos a sus lisonjas aunque no podía evitar ruborizarme con algunas de sus palabras. Era la primera vez que me hablaban de amor con un lenguaje que creía reservado para los libros. ¡Ah, traidor! ¡Qué bien me conocía y cómo sabía la clave que abría la puerta de mi corazón! En cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo conmigo ya era demasiado tarde para detener el torrente de mis sentimientos. No me valieron ya mis intentos para resistir la influencia que ejercía sobre mí. Y, cuando me propuso dejarlo todo para seguirlo hasta otra ciudad, no lo dudé. Abandoné todo rastro de decencia y gratitud que pudiera haber en mí y lo seguí sin saber adónde me llevaba.