lunes, 4 de julio de 2016

La hora postrera








Eran las cuatro menos cuarto cuando aparcó en la plaza del pueblo. La luz del sol caía implacable sobre las casas encaladas rebotando en sus paredes mientras el canto de una chicharra rompía el silencio de la tarde. Al bajar del coche, recibió una bofetada de calor que casi lo hizo retroceder. Recorrió los labios resecos con la punta de la lengua buscando un ilusorio alivio y ajustó las gafas de sol en lo alto de la nariz. La plaza estaba desierta; sólo bajo un soportal un gato enroscado sobre sí mismo andaba medio vigilante con un ojo abierto y otro cerrado. Las persianas bajadas de las casas aumentaban el aire de abandono del lugar. En una esquina un letrero inclinado llamó su atención: “Taberna el gallo que no cantó”. Con paso rápido enfiló hacia ella con la esperanza de encontrarla abierta, como así fue. En el interior, no se veía más que un viejo que dormitaba en una mesa. De la comisura de los labios colgaba un cigarrillo ya consumido. Sobre el mantel, un plato con restos de comida, festín de tres moscones que revoloteaban a su alrededor, y un vaso que hacía mucho que no conocía la caricia de un estropajo y en el que se veía un dedo de vino tinto.

—Buenos tardes. ¿Le pongo alguna cosa? —le preguntó una mujer que apareció de pronto desde una puerta interior.

Permaneció unos instantes dudando antes de pedir una cerveza. El primer sorbo helado tras sufrir el sofocante calor del viaje le erizó la piel. Miró con curiosidad a la mujer quien le pareció que cambiaba su apariencia según se la mirase de perfil o de frente. Vista de lejos, era casi una anciana, una mujer en esa edad en fronteriza entre la madurez y la vejez. Pero, al tenerla de frente, cuando le cobró el servicio, no le pareció que tuviera más de treinta años. 

—¿Queda muy lejos La Arcadia? —preguntó a la mujer.

—¿La qué?

—La Arcadia, la finca de don Gaspar Guerrero.

—No sé dónde cae eso —dijo la mujer encogiéndose de hombros.

Detrás de él, el viejo despertó de su letargo.

—Es que cada día eres más boba, Felisa —le gritó con evidente enfado—. El señor está hablando del Secarral, las tierras que don Joaquín vendió a esos señoritingos de la ciudad.

—¡Ay, Señor! ¡Es verdad, abuelo! Perdóneme, caballero. Ya va para tres años desde que vinieron a vivir al pueblo esos señores y todavía no me hago con ese nombre tan raro que le han puesto a las tierras de don Joaquín. Aquí se lo conoce como siempre se lo conoció, ¿sabe usted? El Secarral lo llamamos. Y como los señores no vienen casi nunca al pueblo... Yo a ella la he visto alguna vez en el comercio comprando alguna cosilla con la criada esa extranjera que se trajeron de la capital, pero a él no lo he visto nunca. Dice la Petra, una mujer que a veces va a ayudarlos con la plancha, que es un viejo chocho. Que digo yo qué hará una muchacha tan joven y tan guapa con un vejestorio como ese por mucho dinero que tenga. Ya lo dice el cura: no se puede echar vino nuevo en odres viejos. Y esta mujer me da a mí que... 

—¡Felisa! Calla ya, que aburres al señor con tanta cháchara —le gritó el viejo—. No le haga caso, que está un poco faltuca.

Y se llevó el índice a la sien para hacerle ver que la mujer no andaba en sus cabales. Luego, levantándose de su asiento, salió con él hasta la calle y le indicó el camino que lo había de llevar a la finca de La Arcadia. En la plaza, dos mozalbetes entre doce y trece años merodeaban alrededor del coche y se asomaban a las ventanillas como si quisieran descubrir lo que se escondía en el interior. El viejo, que hasta ese momento caminaba con el paso vacilante de la artrosis, corrió tras ellos y, entre maldiciones, los echó a bastonazos. Él se subió al vehículo y ya iba a arrancar cuando el viejo introdujo la cabeza por la ventanilla del conductor y le preguntó:

—¿Es usted familia de los señores?

—No, no. Soy periodista. He venido a hacerle una entrevista a don Gaspar.

—¿Y lo esperan?

—No. 

—Pues entonces, caballero, me parece a mí que se va a ir usted igual que ha venido.

Y, sin disimular su desdén, dio media vuelta y regresó a la taberna.

La Arcadia, o El Secarral como se conocía a la finca entre los lugareños, estaba a no más de cuatro kilómetros del pueblo. Se accedía a ella por un camino de tierra que se desviaba de la carretera principal y que, si no se conocía bien, era difícil encontrarlo. Pese a las precisas indicaciones que le había dado el viejo, pasó tres veces por delante del desvío antes de ver un pequeño letrero con el nombre de la finca. Una verja recientemente pintada de verde y un portero automático con una pequeña cámara eran las únicas señales de que hacía poco tiempo habían remozado el lugar. Pulsó el botón de tan anacrónico aparato y, tras unos minutos de espera, contestaron a su llamada. 

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina con el acento de algún país del este.

—Soy Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Quisiera ver a don Gaspar Guerrero.

—El señor Guerrero no puede recibir a nadie en este momento.

—¿A qué hora podía volver? Voy a alojarme en la posada del pueblo y no me costará nada acercarme cuando usted me diga.

—No puedo decirle. Don Gaspar anda muy ocupado últimamente y no quiere que se le moleste.

—Lo comprendo, lo comprendo, y no quiero molestarlo, que estará escribiendo, supongo. Pero, ¿no podría hablar con su esposa?

La mujer pareció dudar un momento.

—Mire —le dijo el periodista—, le dejo en el buzón mi tarjeta con el número de mi móvil y que ellos me llamen cuando puedan. Voy a estar unos días por aquí. Dígaselo, por favor.

En los días siguientes, nadie de La Arcadia se puso en contacto con él para concertar una cita. Enrique mataba las horas con largos paseos por los alrededores del pueblo o repasando las anotaciones que guardaba en el portátil mientras tomaba una cerveza en la “Taberna el gallo que no cantó”. Viendo que el tiempo pasaba sin que sonase el teléfono, estuvo a punto de volverse a Madrid. Pero se negaba a renunciar a la idea de ser el primero en conseguir una entrevista con Gaspar Guerrero. Desde que se publicó su última novela, La hora postrera, nadie había tenido noticias de él. A diferencia de otros escritores que se embarcaban en tediosas campañas de promoción, el novelista parecía haberse desvanecido, indiferente al éxito que alcanzaba su obra. Pero él sería el primero en lograr una entrevista.

Aunque la editorial se negaba a proporcionar a nadie su dirección, él la había conseguido, tras mucha insistencia, de una chica que trabajaba en la firma y le debía unos cuantos favores. La invitó a salir una noche y, después de cenar, la sedujo con palabras que ninguno creía y le hizo prometer que le conseguiría las señas de Gaspar Guerrero. Dos semanas más tarde, su coche tomaba la autopista camino del pueblo donde vivía el escritor.

Una tarde a los pocos días de su llegada, se sentó a leer por enésima vez el último libro de Gaspar Guerrero bajo un roble a las afueras del pueblo en donde corría algo de brisa. Cuanto más repasaba sus páginas, más extraño le parecía que fuese obra del novelista. A diferencia de otras novelas del autor, rezumaba una visión pesimista de la vida. 


El potente ruido de un coche que pasó a su lado a gran velocidad lo sacó de sus reflexiones y le hizo levantar la cabeza. Se trataba de un todoterreno de color oscuro, un vehículo fuera de lugar en aquel pequeño pueblo. Intrigado, siguió su rastro hasta la tienda de ultramarinos. Una mujer bajó del mismo. No había que fijarse mucho para darse cuenta de que no era de allí. Sobrepasaba el metro setenta de estatura; llevaba el pelo negro recogido en una cola de caballo, un vestido estampado de tirantes que se cruzaban en la espalda, unas sandalias planas de color rojo y un capazo de paja que se colgó al hombro.

—Señora Guerrero, ¿verdad? —la abordó Enrique— Perdone que la aborde así en la calle. No sé si sabe quién soy. Mi nombre es Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Llevo varios días en el pueblo intentando concertar una entrevista con su marido. He llamado varias veces a su casa y…

—Mi marido no concede entrevistas —le contestó con un tono cortante—. Está en pleno proceso de creación y no se le puede molestar, lo siento mucho.

—Lo sé, lo sé. Pero no sería una entrevista al uso. Estoy escribiendo un artículo sobre su última novela y necesito que me aclare algunas cosas. No es más que eso. Dígaselo a su marido, se lo ruego. No le robaré más que unos minutos.

—Se lo diré, pero no le prometo nada.

Enrique la dejó marchar con la convicción de que la esposa del escritor no iba a facilitarle su tarea. Permaneció unos minutos contemplándola caminar por la calle empedrada admirado de su belleza. Como había dicho la tabernera, uno se preguntaba qué hacía una mujer joven con un hombre ya casi anciano. Hasta donde él sabía, no debía de ser por dinero, pues ella era una economista que había desempeñado un cargo importante en una empresa dedicada a la importación de productos de delicatessen. Tampoco debía de ser por la fama que llevaba casarse con un hombre célebre pues nunca se la vio en las fiestas ni en los actos celebrados en honor de su marido; por el contrario, parecía no haberle importado encerrarse con él tres años atrás en aquel pueblo perdido en la nada. 

Como imaginó, nadie lo llamó para concertar una entrevista. Todavía esperó una semana más hasta que una noche Enrique guardó en la mochila los pocos enseres que había traído decidido a regresar a Madrid al día siguiente. ¿Qué sentido tenía permanecer más tiempo en aquel lugar si Gaspar Guerrero no lo iba a recibir? Pero, al despertar por la mañana, decidió darse una última oportunidad y permanecer en el pueblo un día más. Se levantó temprano y fue hasta “El Gallo que no cantó” engolosinado con la expectativa de un desayuno suculento. Aunque había pensado visitar los alrededores del pueblo, se dejó arrullar por la pereza animado por el frescor de la taberna y la lectura de los periódicos del día. 

Pasaba el mediodía cuando la vio entrar. La esposa de Gaspar Guerrero se sentó sola en un rincón oscuro como si no quisiera llamar la atención de nadie; ni siquiera la de Felisa para que le sirviera alguna consumición. Enrique pensó en acercarse a ella pero algo en su gesto lo hizo retroceder. Desde la mesa en la que se encontraba, podía observarla con detenimiento. Llevaba el cabello suelto y la melena le ocultaba medio rostro. Parecía absorta en profundas meditaciones en tanto trazaba en la superficie de la mesa dibujos con el dedo. La tabernera, sin que le hubiera hecho ningún pedido, le llevó una infusión y un trozo de bizcocho. Quiso entablar conversación pero la señora Guerrero parecía muy lejos de allí y no hacía caso alguno de sus palabras. La tabernera, airada, se alejó con el mentón levantado.

Tras un rato, la mujer pareció despertar. Paseó la mirada en derredor y la detuvo sobre Enrique.

—¿No se ha marchado todavía? —le preguntó— Creía que hacía días que había vuelto a Madrid.

—Pensaba irme hoy, pero todavía tengo la esperanza de que me llame su marido.

—Váyase. No lo va a llamar. Vuélvase a Madrid si no quiere pudrirse en este pueblo muerto.

A Enrique le sobresaltó el tono iracundo de la mujer. Ella pareció darse cuenta porque le sonrió. Después, como si un fugaz pensamiento cruzase su mente, exclamó:

—¡Lléveme a Madrid!

—¿Cómo dice?

—Lléveme a Madrid. Ahora mismo. Vayámonos de aquí y dejemos atrás nuestra vida.

Enrique no salía de su asombro. La mujer parecía al borde de la histeria. Lo miró sin verlo. Abrió la boca como si fuera a decir algo pero debió de arrepentirse porque se levantó y, sin volver la vista atrás, abandonó la taberna.

Cuando Enrique recuperó el dominio de su voluntad, salió corriendo a su encuentro. La esposa del escritor se había sentado en el asiento del conductor de su todoterreno. Tenía la cabeza baja y el rostro oculto tras su melena. Sus hombros se estremecían mientras sollozos apenas sofocados le sacudían todo el cuerpo.

—Dígame qué puedo hacer para ayudarla.

—No es nada, de verdad. Déjeme sola, por favor. Estoy bien, de verdad. Ya me vuelvo a casa.

Pero los sollozos desmentían sus palabras. Enrique no sabía qué hacer. No se atrevía a dejarla sola pero temía ser indiscreto si se quedaba. Sin ser consciente de ello, le acarició la cabeza. Ella no se movió como si no se diese cuenta de ello.

—Hagamos una cosa —le dijo Enrique, siguiendo una súbita inspiración—. Vayamos a Madrid, como usted dijo. No me cuente nada si no quiere; sólo déjese llevar.

—¿Está usted loco? Déjeme sola, por favor.

—No. ¡No le estoy pidiendo que abandone su vida por mí, por Dios! —exclamó con una risa forzada— ¿Qué se ha creído? Sólo que pase un rato alejada de lo que sea que le preocupe.

—¿Qué sabrá usted de lo que me preocupa o no? —la esposa del escritor había pasado del llanto a la cólera.

—Yo no sé nada, es cierto. No se preocupe, que no le diré nada de ello ni le haré ninguna pregunta. Iremos donde usted quiera y regresaremos cuando usted diga.

Enrique se asombró de su propia osadía. Después de todo, ¿qué le importaba aquella mujer?

—¿Qué me dice?

La mujer no dijo nada. Se cambió al asiento del copiloto y le tendió las llaves del coche.

Ninguno habló hasta que no salieron a la autopista. La esposa de Gaspar Guerrero contemplaba desde la ventana abierta el paisaje que viajaba en dirección contraria a la que llevaba el todoterreno mientras dejaba que el viento jugase con su cabello. Enrique simulaba que no le importaba otra cosa que lo que sucedía en la carretera pero de cuando en cuando la miraba de soslayo. La mujer del escritor se había tranquilizado pero se había encerrado en un silencio del que no parecía estar dispuesta a salir.

—¿Adónde le gustaría ir? —le preguntó.

—Hace tanto tiempo que no salgo que no sabría decirle.

A Enrique le conmovió la tristeza que desprendía su voz. Estuvo a punto de preguntarle qué era lo que la torturaba de aquella manera pero se contuvo. Vino a su memoria los rumores que corrían por la capital acerca del carácter irascible de Gaspar Guerrero, pero sabía que si le preguntaba ella se encerraría en sí misma. 

—¿Ha montado alguna vez a caballo? —le preguntó tras una pausa— Mi hermana tiene una cuadra a cinco quilómetros de Aranjuez. Si nos damos prisa, podemos estar allí antes del mediodía. ¿Le parece bien?

—¿A caballo?, ¿quiere llevarme a montar a caballo? 


—Sólo si usted quiere. Es una idea como otra cualquiera. Pero, si usted lo desea, hacemos otra cosa.


—No no. Está bien, muy bien. Me gusta mucho la idea, pero no he montado a caballo más que un par de veces y de eso hace ya mucho tiempo. No sé si sabría hacerlo.


—No se preocupe. Ahora cuando paremos a echar gasolina, llamo a mi hermana para que nos reserve unos caballos mansos. Ni siquiera necesitamos un guía. Yo la llevo. No tiene que preocuparse por nada; sólo de disfrutar.

—¿Siempre lleva a la gente allí? —preguntó con una leve sonrisa; la primera sonrisa de la mañana. 

—No. Es la primera vez que llevo a alguien conmigo. Suelo escaparme a montar cuando quiero estar solo, pero creo que hoy estaría bien que pasáramos un rato juntos paseando por el Palacio de Aranjuez y sus alrededores. 

A medida que dejaban atrás quilómetros, la esposa de Gaspar Guerrero iba cobrando animación y una tímida sonrisa iba asomando a sus labios. Enrique procuraba entretenerla con una charla insustancial sobre caballos, el negocio de su hermana y las rutas que ofrecían a los turistas, mientras se preguntaba qué escondía aquella mujer. 

Cuando llegaron, Enrique se encargó personalmente de elegir los caballos. Para la mujer de Gaspar Guerrero, escogió una yegua que respondía al nombre de “Sosita”, tal era su fama de mansa. La ayudó a montar y le colocó los estribos antes de darle unas nociones muy sencillas sobre la monta.

—Coja las riendas con la mano izquierda... Así. Lo que sobra, cójalo con la derecha... Muy bien. No tire tanto, pero no lo deje suelto… Eso es, muy bien.

Tomaron un camino de tierra al paso. El aire arrebolaba las mejillas de la mujer tiñéndolas de rosado, que parecía haber rejuvenecido. Poco a poco la fue abandonando la tristeza y una luz más y más brillante iluminó sus pupilas. Enrique cabalgaba la mayor parte de las veces delante mostrándole los campos cuajados de margaritas, lavandas y amapolas que, tras un lluvioso mes de mayo, vestían de color la pradera. Su caballo, acostumbrado a galopar cuando salía con él, de vez en cuando apresuraba el paso y se adelantaba unos metros dejando atrás a la esposa del escritor. Entonces Enrique se veía obligado a tirar de las riendas para frenarlo y se detenía a esperar a que lo alcanzase.


—¿Va bien? —le preguntaba Enrique de vez en cuando.


—Estupendamente. 


Recorrieron las calles de Los Sotos Históricos resguardados por la sombra de los plátanos y los tilos centenarios. La alegría que expresaban los ojos de la mujer se transformó en verdadero gozo cuando, tras pasar el Puente de la Reina, cruzaron las aguas del Tajo entre el alegre chapoteo de los caballos. Y antes de llegar a los Jardines Reales que conducían al Palacio, el trotecillo que animaba el paseo se convirtió en un animado galope.


A eso de las tres de la tarde, salieron del Real Sitio en busca de un lugar fresco donde detenerse a tomar el refrigerio que les había preparado la hermana de Enrique.


—No sabe cómo le agradezco lo que ha hecho por mí. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. 


—No tiene nada que agradecerme. Yo también me lo he pasado muy bien. No hay nada como una cabalgada para ahuyentar las preocupaciones.


El rostro de la esposa del escritor se ensombreció de nuevo, como si de golpe hubiese recordado lo que la movía al desaliento. Encendió un cigarrillo y permaneció unos instantes con la mirada en algún punto de la lejanía.


—Lo siento mucho —le dijo Enrique apesadumbrado—. No era mi intención entristecerla.


—No, no. Usted no tiene la culpa. En realidad le debo una explicación después de haberme dedicado toda la mañana sin conocerme ni saber nada de mí.


Enrique contuvo las ganas de cogerle la mano y llevársela a los labios. Después de más de dos horas de alegre cabalgada, volvían a ser dos extraños y ella parecía alejarse más y más en medio de sus pensamientos. En aquel paraje, donde no estaban más que ellos, no sabía qué hacer ni qué decir para que la mujer recobrase algo de la alegría del camino.


—No tiene que decirme nada si no quiere. No me debe nada. Ya le he dicho que yo también he disfrutado mucho.


—Mi marido no lo va a llamar nunca, ¿sabe?


—Eso ya no importa. Mañana me vuelvo a Madrid.


—No es lo que usted piensa. No es que sea un hombre envanecido por la fama ni nada parecido. Es que no está en condiciones de hablar ni con usted ni con nadie. Hace tiempo que un ave de rapiña le robó su vida y se llevó al hombre del que me enamoré hace diez años. 


Hizo una pausa, como si dudase si continuar o no. 



—¿Sabe? Cuando me casé, mucha gente creyó que lo hacía por su dinero y por su fama, pero no es cierto. 


Se detuvo como si no supiese cómo seguir. Enrique hubiese querido ayudarla pero permaneció en silencio.


—Lo quería como no he querido a nadie más. Lo conocí en una cena en casa de unos amigos de mis padres. Mi madre se encontraba indispuesta aquella noche y fui en su lugar para que mi padre, que estaba muy interesado en asistir, no se sintiera solo. Nada más llegar, como si creyera que con ello me hacían un honor, la dueña de la casa me dijo que me había reservado el puesto de la mesa a la derecha de Gaspar Guerrero, el escritor más famoso de entonces. Pero con ello, no consiguió más que ponerme nerviosa y no disfruté de los entremeses que sirvieron antes de la cena pensando en lo que podía decirle si él me dirigía la palabra en la mesa. ¿De qué podía hablar yo, que entonces tenía veinticuatro años, con un célebre escritor de cincuenta y seis admirado por todo el mundo? Pero si dije algún despropósito en la cena, él no dio muestras de darse cuenta de ello. Por el contrario, estuvo toda la noche atento a mis palabras como si éstas fueran lo más importante que tuviera que oír. No quería hablar con nadie más que conmigo y, si otra persona entablaba conversación con él, se las ingeniaba para no dejarme al margen. Y no piense que su charla era pedante, dada su enorme cultura. No. Era sencillo y de trato cercano.


»Si le digo que aquella noche me enamoré de él, no crea que exagero. Antes de conocer a mi marido, había salido con un chico durante dos años que me gustaba mucho pero por el que nunca sentí lo que sentía por Gaspar. Nadie hasta entonces me había hecho creer que era alguien importante. ¿Cómo le diría? Como si yo fuera una mujer con algún atractivo para él, como si fuese un honor el que yo le hacía a él sólo por permitirle estar conmigo. Yo, ¡Dios mío!, una chica insustancial, como era en aquel momento. Más tarde, ya en mi cama, no lograba conciliar el sueño y me estremecía de emoción recordando los matices de su voz cuando pronunciaba mi nombre: ¡Ángela!


»Nunca creí que volvería a verlo y mucho menos que pudiera estar interesado en mí. Pero, para mi fortuna, me equivoqué.


»Una semana más tarde, cuando empezaba a bajar de la nube en la que flotaba desde que lo conocí, me llamó. Acababan de estrenar Casa de Muñecas en el Teatro Lara y me invitaba a acompañarle a verla. No me lo pensé dos veces. Anulé la cita que tenía con un compañero del trabajo y me fui con él sin decirle a nadie con quién iba a salir no fueran a estropearme la noche con comentarios inoportunos. Es curioso, ahora que lo pienso, como hoy he hecho lo mismo. También me he ido con un hombre que no conozco sin decir nada en casa. Aunque, claro, las razones que me mueven a ello sean ahora totalmente distintas.

Enrique reprimió una sonrisa. A medida que transcurría el día se iba sintiendo más y más atraído por el aire entre frágil y arisco de Ángela pese a saber desde el principio que sólo representaba para ella una vía de escape en un momento de debilidad.

—No me pregunté por la obra porque no la entendí —prosiguió con un tono de voz más sosegado—. Por entonces, lo único que había leído eran unas cuantas novelas de Rosamunde Pilcher y los problemas de Nora Helmer no me decían nada. Poco me importaba lo que sucedía en escena; me bastaba para sentirme dichosa mirar a Gaspar a mi lado y ser la única destinataria de su sonrisa. Cuando salimos del teatro, fuimos a cenar a un pequeño restaurante situado en una callejuela de nombre desconocido no muy lejos de la Cava Alta. A Gaspar le gustaban esos sitios olvidados de la gente donde podía paladear un plato exquisito con una copa de vino sin ser objeto de las miradas curiosas de los demás. Ni que decir tiene que me deslumbró con sus modales desenvueltos, su conversación sobre los más variados temas y la atención que, en ningún momento, dejó de prestarme. Lo miraba incrédula de que un hombre de porte tan elegante que parecía haber salido de las novelas que entonces leía estuviera pendiente de mis deseos aun antes siquiera de ser consciente de ellos.

»Ya imaginará las noches que siguieron a aquélla. Hasta que nos casamos, viví pendiente del teléfono. Una llamada me hacía temblar y la ilusión con la que me hacía vibrar el sonido de su campanilla sólo era comparable con la decepción que sentía si no era él el que llamaba. Cuando no lo veía, estaba como muerta. Iba y venía de casa al trabajo, hablaba con unos y con otros, comía y bebía no obstante no ser consciente de ello. Pero con sólo notar su mirada en la mía o el roce de sus labios en mi piel, renacía. O mejor debo decir surgía una Ángela nueva: la mujer que amaba Gaspar Guerrero.

»A los cinco meses de nuestro primer encuentro, desoyendo las palabras de mi padre, que se oponía a una unión tan desigual, nos casamos en la ermita de este pueblo. Ninguno de los dos tenía otro vínculo con él que la fascinación que nos causó al pasar de camino a Asturias en nuestro primer viaje juntos. Durante diez años, nuestra luna de miel parecía no tener fin. Y no lo digo por las escapadas que hicimos a París, Londres o Praga, que fueron muchas: nuestra vida cotidiana era una fiesta constante—a sus labios asomó una sonrisa—. Recuerdo llegar a casa de la oficina cada tarde y quitarme los tacones en el ascensor para salir corriendo a su encuentro. Pero, ¿para qué aburrirle con historias vulgares de mi matrimonio por mucho que significasen para nosotros? ¿Acaso toda pareja de enamorados no se cree única, la más especial del mundo?


»Pero nuestra felicidad se vino abajo hace algo más de cuatro años. Coincidió con el inicio de una novela. Tal vez por ello no me di cuenta de que algo iba mal. Siempre que se ponía a escribir, se volvía irascible y, hasta que no entregaba la manuscrito al editor, vivía encerrado en su despacho sin que se le pudiera molestar. Me vienen a la memoria los primeros tiempos de nuestro matrimonio. En aquellos años aprovechaba las horas de madrugada para sentarse ante el ordenador y descansaba mientras yo estaba trabajando. A mí me reservaba las tardes y las noches. Pero, en los últimos años, cuando se enfrascaba en alguna novela o en algún relato, lo absorbía hasta el punto de olvidarse incluso de que yo estaba allí. Así que, cuando comenzaron los ataques de cólera, pensé que no era más que otro período de concentración literaria, como él lo llamaba.

»Cualquier cosa podía provocar su ira: el retraso de la hora de la cena, una frase de su novela que no le llegaba a convencer o la llegada de una visita inesperada. Y, aunque me cueste reconocerlo, era conmigo con quien más se ensañaba en sus ataques de furia, sabe Dios si por ser la persona a la que se sentía más cercana, sin que pareciera importarle lo profundamente que me hería. Nada le enfadaba tanto como sus despistes. Siempre había presumido de su memoria tanto para las cosas importantes como para las más insignificantes y, de la noche a la mañana me llenó de dolor al ver cómo olvidaba una cita con su agente o, si salíamos a cenar a algún restaurante de Madrid, cómo le costaba recordar dónde había aparcado el coche. A veces, se quedaba ensimismado durante uno o dos minutos y, cuando salía de este estado, parecía volver de muy lejos. Con enormes esfuerzos, intentaba ocultar su desconcierto y el pánico que le causaban aquellos apagones de su cerebro. Entonces, lo abrazaba con fuerza para apagar su miedo y el mío. Pero él, que se negaba a admitir que le pasase nada que no fuera el cansancio por su implicación en su novela, me rechazaba con enconada violencia. Cada mañana, me iba angustiada a la oficina y, aunque no hablásemos de ello, los dos éramos conscientes de que algo grave le estaba sucediendo. 

»Pero no me asusté de veras hasta que un día se perdió. Llevaba casi un mes que sólo salía del despacho a las horas de las comidas, enrocado en un capítulo de su novela que no acababa de salirle como él quería. Ni siquiera se afeitaba y no se hubiera cambiado de ropa si no me hubiese ocupado de ello. Una tarde camino de regreso de la oficina, me llamó al móvil. A duras penas podía entender lo que quería decirme. En su voz se entremezclaban el pánico y la angustia. Dejaba las frases sin terminar y horribles sollozos entrecortaban la comunicación. Con mucho esfuerzo conseguí calmarlo. Entonces me dijo que había salido a dar un paseo para descansar de la fatiga causada por la escritura y no sabía cómo volver a casa. Tardé casi dos horas en encontrarlo pues, él, que dominaba como nadie los secretos del lenguaje, no encontraba palabras para describirme el lugar donde se encontraba. Finalmente, pudo decirme el nombre de una tienda de bicicletas, que resultó encontrarse a no más de trescientos metros de nuestra casa, donde me esperó sentado en el escalón de un portal y encogido sobre sí mismo.

»No esperamos al día siguiente para pedir cita al médico y una semana más tarde estábamos en la consulta de un neurólogo. No le voy a abrumar con la descripción de la enfermedad neurodegenerativa de mi marido. Al principio, evolucionaba con lentitud. Durante meses, parecía no haber cambios. Nos acostumbramos a vivir con sus lagunas de la memoria; y hasta hacíamos bromas a cuenta de sus despistes para ocultarnos la angustia. Pedí una reducción de jornada para poder estar más tiempo con él. Pero al año siguiente, el ritmo del deterioro fue acelerándose más y más. Un día olvidaba su nombre, otro, quién era yo, otro, vagaba por la casa sin rumbo... Hasta que dejó de ser el hombre de quien me había enamorado, al que más he admirado, para convertirse en un niño que dependía de mí para todo.



»Hace tres años, el miedo a que se conociera el estado en el que se encontraba Gaspar me decidió a abandonar Madrid. Vendí nuestra casa con todo lo que tenía dentro y compré ésta en la que vivimos ahora. No se me ocurrió otra cosa para protegerlo de las miradas maliciosas, de la dañina compasión.


»Desde entonces, vivo con un extraño que se parece vagamente a mi marido. Un ser que carece de toda noción de sí mismo, que no se comunica sino con balbuceos y al que hay que cuidar como si se tratase de un bebé de pocos meses.


Cuando terminó de hablar, un pesado silencio se apostó entre ellos. En los ojos de Ángela asomaba la fatiga después de vaciar su alma. No había probado apenas los sándwiches que habían preparado en la cuadra. De pronto, levantó la vista.

—No irá a escribir lo que le he contado, ¿verdad?

En ese momento, era a Enrique al que la emoción le impedía hablar. Negó con la cabeza y le besó las manos después de llevársela a los labios. 

—Ángela, ¿ha pensado alguna vez...? 

—¿Dejarlo?

—Rehacer su vida, comenzar de nuevo. Es usted joven y tan bella…


—¿Acaso se deja de querer a alguien porque esté enfermo? Mi vida es ésta. Y, aunque mi corazón se haya ido destrozando hasta no quedar más que añicos, es la vida que yo he elegido.

Enrique no contestó. Un extraño pensamiento cruzó por su mente. No pudo reprimirse y preguntó:

—El último libro de su marido lo escribió usted, ¿verdad?


Por toda respuesta, se levantó para recoger los restos de la comida y fue caminando hasta donde estaban los caballos. Enrique la siguió. Ángela estaba de espaldas a él acariciando el lomo de la yegua. La esposa del escritor permaneció inmóvil mientras la acogía entre sus brazos. Cuando se volvió, se fundieron en un beso hasta que ella se desasió bruscamente.


En el camino de regreso al pueblo, Enrique iba dibujando planes de un futuro juntos. Buscaría una casa lo suficientemente lejos de Madrid para que Ángela pudiera seguir disfrutando de una vida tranquila con su marido pero tan cerca que se pudiesen ver todos los días. Él la ayudaría a cuidarlo y los protegería de la malsana curiosidad ajena. Ángela parecía emocionada con la vida que se le ofrecía: Ya no iba a sentirse sola nunca más; por mucho que se deteriorase la salud de su marido, contaría con alguien para compartir su dolor. Pero, a medida que se aproximaban a su destino, su alegría iba desvaneciéndose.


Cuando llegaron a La Arcadia, Enrique quiso despedirse con otro beso en los labios, pero Ángela no se lo permitió. Para apaciguarlo, le acarició suavemente la mejilla y, luego, le susurró al oído:


—Gracias por haberme hecho creer que la felicidad podía haber sido posible.


—Te llamaré, Ángela.


Ella se estremeció.


—No. Prométeme que esperarás a que lo haga yo; que no me llamarás ni vendrás a buscarme. 


—Pero, ¿por qué?


—Confía en mí, te lo ruego. Vuelve a Madrid y espera, por favor.


En los días siguientes, Enrique estuvo esperando impaciente la llamada de Ángela. Pero la espera fue en vano. Cada noche se sentía tentado a ir en su búsqueda, pero se contenía intuyendo que, si lo hacía, ella huiría de él. Su desazón iba en aumento a medida que pasaba el tiempo sin noticia alguna, hasta que un viernes, cuando finalizó su jornada en la revista, subió al coche y tomó la autopista que lo llevaba a la Arcadia.


Encontró todo cerrado: el portón de la verja, las persianas de las ventanas. La Arcadia parecía un paraíso abandonado, sin más rastro de vida que un milano que, en su vuelo, dibujaba círculos en el cielo. Pulsó con insistencia el botón del portero automático pero nadie acudió a su llamada. Pronunció a gritos su nombre: ¡Ángela! Pero no obtuvo más respuesta que el canto de un jilguero. A la media hora de espera, subió al coche y enfiló hacia el pueblo. En la taberna “El gallo que no cantó”, Felisa estaba de conversación con dos parroquianos. Enrique pidió una cerveza antes de decidirse a preguntar por Ángela. Fue el viejo el que se adelantó a responderle:


—¿Los señores del Secarral? Hace dos meses que cerraron la casa y se fueron sin despedirse de nadie.