lunes, 28 de diciembre de 2015

El canto de un mirlo



I. Don Serafín Sotomayor de Montehermoso.

Don Serafín Sotomayor de Montehermoso era muy popular en la Corte de Carlos IV pese a vivir buena parte del año en sus tierras de Baeza. Su espíritu campechano y afable ocultaba las lagunas de ignorancia de una educación negligente y errática. Conocía como nadie los chismes que corrían por Madrid; no se le escapaba ningún lío de faldas y descubría los ceses y nombramientos meses antes incluso de que tuvieran lugar. Gustaba contarlos en petit comité como quien refiere un secreto que no quiere que se haga público, pavoneándose de ser el único capaz de averiguar las nuevas más ocultas. Iba de salón en salón susurrando con su exagerado gracejo andaluz en el oído de todo el que quería escucharlo, propalando los más escandalosos rumores que se pudiera imaginar. Se decía que el mismísimo Godoy lo llamaba siempre que recalaba en Madrid para que lo pusiera al día de lo que se decía de él y que incluso la reina María Luisa disfrutaba con sus chascarrillos. Nadie sabía a ciencia cierta la edad de don Serafín. Se aseguraba en alguno de los mentideros de Madrid que hacía tiempo que había sobrepasado los sesenta años mas su porte esbelto, sus pelucas a la última y sus elegantes casacas de chillones colores podrían haberlo hecho pasar por un pollo de no haber sido por las miles de arrugas que surcaban su rostro. 

Todo el mundo tenía a don Serafín Sotomayor de Monterhemoso por el hombre más feliz de la Tierra. No le faltaba nada. Era envidiado por su riqueza; su esposa era una de las damas más bellas de la Corte mucho más joven que él y se decía que su hija en edad casadera no le iba a la zaga a su madre en gracia y discreción. Por ello, cuando corrió la noticia del compromiso de la joven con el secretario del Marqués de***, del que no se sabía apenas nada, todos creyeron ver en ello una maniobra del rico hacendado andaluz para hacerse un hueco en la nueva Corte que no se demoraría mucho en llegar. ¿Qué otra explicación podía haber en buscar para su heredera un hombre del que lo único conocía la buena sociedad de Madrid era su relación con el afrancesado aristócrata? Pero la verdadera razón de elegir tan poco atractivo marido para su hija estaba muy alejada del cálculo político que se atribuía al astuto caballero.

Constanza, la hija de don Serafín, era la razón de su dicha y la causa de sus desdichas. Según aseguraba el amante padre, en el momento de abrir la niña los ojos al mundo, se oyó a lo lejos el canto de un mirlo. De los nueve hijos que tuvo el matrimonio Sotomayor de Montehermoso, fue la única que sobrevivió más allá de los cinco años. Tal vez por ello la gente esperaba encontrar en en ella una niña mimada y caprichosa. Lo tenía todo para que así fuera, no sólo por ser la heredera de una gran fortuna, sino por ser objeto de grandes desvelos por parte de sus padres, quienes nunca se vieron abandonados por el temor a que algún mal se la arrebatase. Sin embargo, Costanza fue siempre una niña de temperamento dócil, alegre y cariñoso. Desde sus primeros años de vida, su mayor anhelo fue hacerse digna del amor de sus padres. Pese a haber ocurrido cuando aún era casi un bebé, todavía recordaba con horror el fallecimiento de sus dos hermanas más pequeñas y el ambiente de tristeza y dolor que se había aposentado en la casa después de tan aciagos acontecimientos. Así que desde que pudo comprenderlo su mente infantil, dedicó todos los instantes de su vida en llevar un poco de dicha a sus padres.

Don Serafín se negaba a tomar su taza de chocolate por las mañanas antes de recibir los primeros besos de Constanza; y doña Matilde, esposa del hacendado andaluz y madre de la niña, no respiraba con sosiego hasta que no oía la risa de cascabel de su hija. La veían jugar por el jardín con Tristrás, un perro de aguas que le regaló siendo un cachorrillo su padrino en su cuarto cumpleaños. Se perseguían entre los arbustos del jardín de la casa de Baeza después de terminar sus lecciones con Mademoseille Chamon. Cualquier nimiedad hacía despertar el alborozo de la niña: las fucsias bungavillas, el nido de unos polluelos de gorrión, su madre cantándole junto a la cama... Y cuando la institutriz francesa la llamaba para ir a dormir, no se hacía rogar. Acudía con presteza con una dulce sonrisa en los labios para no disgustar a la adusta dama.

Pero poco antes de que Constanza cumpliera catorce años, sobrevino la desgracia.

Primero fueron los fortísimos dolores de cabeza, el cansancio, los vómitos, la fiebre. Pero el médico de la familia no le dio más importancia que a un simple enfriamiento. Luego pequeñas manchas rojas en la boca y en la garganta que se transformaron en dolorosas llagas más tarde. Pero hasta que no se cubrió su rostro de pústulas el buen doctor se negó a dictaminar que fuese la viruela. Don Serafín no supo nunca decir cómo entró el mal en la habitación de Constanza arrebatándole su belleza y mancillando su cutis de nácar. Sospechaba que la culpable de abrirle la puerta de entrada había sido una lavandera que acudía a la casa desde el pueblo cada semana a recoger la ropa blanca y de la que luego se supo acababa de perder dos hijos por la cruel enfermedad. Casi veinte días hubo de esperar Constanza entre inmensos estremecimientos de calentura para que se formasen los abultamientos de la piel. Don Serafín llevó de Madrid una mujer que ya había pasado por la horrible enfermedad para que cuidase de la niña sin peligro de un nuevo contagio. A duras penas pudo contener a doña Matilde, que quería a toda costa permanecer junto al lecho de su pequeña. Y a pesar del temor a perder a la última hija que les quedaba, Constanza ganó la guerra a la viruela. Mas, cuando salió de su habitación, a sus padres les costó reconocerla. 

Tuvieron que quitar los espejos de la casa para evitar que se asustase de su rostro desfigurado. Constanza, que antes de contraer la enfermedad llenaba la casa con su risa cantarina, se tornó triste y huidiza. Negábase a salir de su habitación cuando alguna visita acudía a la casa y no volvió a viajar a Madrid cuando sus padres acudían a la Corte. Sólo en los momentos en que estaba con ellos se guardaba sus pesares y simulaba una alegría que estaba muy lejos de sentir para no acrecentarles el dolor.

En su décimosexto cumpleaños, don Serafín le habló por primera vez de matrimonio. Le dijo que andaba en tratos con una familia de bien a fin de concertar un enlace digno de la única heredera del señor Sotomayor de Monterhemoso. Constanza, que ya se había acostumbrado a su vida retirada, acogió con espanto la noticia. Ella, que escapaba con horror de su imagen en el espejo, se negaba a creer que hubiera un joven dispuesto a contraer matrimonio con una mujer cuyo rostro había desfigurado la viruela. Y no debía de ir muy desencaminada pues, durante los dos años siguientes, vio desfilar delante de ella un joven tras otro sin que ninguno se decidiera a quedarse. Llegaban como pretendientes acompañados de sus familias a la hora de la merienda y pasaban la tarde engullendo un pastel tras otro mientras departían sobre los últimos acontecimientos políticos del momento. Mas se marchaban horas después como extraños sin haber dirigido a Constanza sino una furtiva mirada de soslayo al rincón donde ella permanecía medio en penumbra, con el rostro oculto bajo un velo. Pasado un tiempo de una de estas visitas sin que ninguno de los candidatos hubiese vuelto a dar señales de vida, alguien contaba, como si no quisiera darle importancia al asunto, el compromiso de alguno de ellos con una damisela casadera de la corte.

Don Serafín Sotomayor de Montehermoso se negaba a admitir el rechazo de su hija. Aquella afrenta a su familia no tenía para él justificación alguna. Seguía acudiendo a la Corte para ver y dejarse ver por los que pululaban alrededor de Carlos IV, repartiendo sus sonrisas y contando los mismos chismes que tan popular le hicieron por los mentideros de Madrid. Pero su corazón lloraba de tristeza al ver a su Constanza despreciada. 

Con el paso del tiempo fue rebajando las exigencias del futuro marido de su hija. Ya no lo buscaba entre los herederos de familias de lustroso nombre y gran fortuna ni siquiera exigía que fuese joven. Y, cuando el manantial de esperanza habíase casi agotado, Don Serafín sorprendió un día a su esposa y a su hija con el anuncio de la petición de mano de Constanza por parte de Jerónimo Rico, secretario particular del Marqués de***.

II. Jerónimo Rico.
Jerónimo Rico hacía tiempo que se sentía solo. A sus treinta y dos años, no tenía ni esposa ni hijos que le diesen la bienvenida cuando llegaba de la casa del Marqués de*** cada mediodía a la hora de su almuerzo tardío. Sus padres habían fallecido poco antes de que entrase en la edad adulta quedándose solo con un abuelo anciano, que partió al cielo apenas unos meses después. Como no tenía ninguna otra obligación familiar ni social, al finalizar sus estudios de Leyes y Filosofía en Alcalá de Henares, donde estudió merced a una beca del Colegio Mayor San Ildefonso, marchó a Londres, primero, a París, después, y no regresó a tierras españolas hasta que, sintiéndose invadido por la nostalgia, puso rumbo a Madrid. En su magro equipaje no trajo más que unos cuantos libros de los ilustrados galos, su infinita admiración por el Gran Napoleón, que acababa de vencer a los emperadores Alejandro y Francisco en Austerlitz, y una carta de recomendación del notario Monseiur Cleriné para el Marqués de***, reputado afrancesado y amigo íntimo de Jovellanos.

Sus obligaciones en casa del Marqués no eran muchas: despachar la correspondencia y poco más. Pero el viejo aristócrata gustaba de la grata conversación de su secretario y solía encontrar alguna excusa para retenerlo hasta entrada la tarde. Muchas noches, para engañar el aburrimiento, Jeronimo acudía a la tertulia que tenía lugar en la trastienda de la librería de Teófilo Cruz, de quien se decía que comerciaba con obras incluidas en el Índice de los Libros Prohibidos.   

Fue en esta tertulia donde conoció a don Serafín Sotomayor de Monterhemoso. Es cierto que ya lo había visto alguna vez en casa del Marqués pero, hasta que no coincidió con él en la librería de don Teófilo, no había cruzado con el rico hacendado sino unas cuantas palabras de cortés saludo. Enseguida se ganó su aprecio con su silenciosa disposición a escuchar y no contrariarle cuando se dejaba llevar de su fantasía contando chismes e historias. Acostumbraban a salir juntos al término de la tertulia e iban caminando desde la librería, en Cuchileros 6, hasta la Cava Baja, donde a don Serafín le esperaba su cochero en un flamante simón. Era éste el momento más propicio para las confidencias. Don Serafín olvidaba entonces sus frívolas pláticas y le hablaba del triste destino de su hija hasta conseguir conmover a Jerónimo, que, sin pensarlo, le pidió una noche la mano de Constanza.

Jerónimo viajó de Madrid a Baeza para conocer a su futura esposa en un carruaje que puso a su disposición el señor de Sotomayor de Monterhemoso. A punto estuvo de darse la vuelta y regresar a la Madrid cuando vio la fachada de estilo neoclásico de Villa Nazareth, la suntuosa casa de don Serafín. Una balaustrada de mármol de Carrara ascendía hasta una galería circundada con una columnata dórica. En el friso del frontón, Jerónimo reconoció escenas de la Odisea tan espléndidas que, por contemplarlas, casi le pasa inadvertida la familia Sotomayor de Montehermoso, que le esperaban al pie de la escalinata.

En cuanto la vio, se le llenó la garganta de emoción oprimiéndole el pecho. Constanza era muy menuda. Su talla no sobrepasaba la de una niña de doce años. Vestida con un sencillo vestido verde manzana, ocultaba su rostro tras un velo blanco de un tejido tan tupido que impedía distinguir sus facciones. Como si pretendiese empequeñecerse aún más, se había situado unos pasos más atrás que sus padres. Y aquel gesto de tímida modestia le pareció a Jerónimo el de un gorrioncillo asustado y, conmovido, se llenó de dicha y ternura porque en ese momento supo que había acertado en su decisión de tomarla por esposa.

Durante la merienda, don Serafín acaparó la conversación. Se mostraba exultante, ebrio, Jerónimo no sabía si del vino que regaba los exquisitos manjares o de la alegría por haber encontrado un caballero dispuesto a convertirse en esposo de su hija. En un rincón del salón Constanza intentaba pasar desapercibida mientras bordaba en un pañuelito de seda sus iniciales. El joven no le quitaba la vista de encima buscando el momento propicio para quedarse a solas con ella, desatendiendo, a veces de forma ostentosa, la jugosa charla de su futuro suegro. Don Serafín pareció darse cuenta de los deseos de Jerónimo, porque le hizo una seña a doña Matilde para que saliera con él del salón dejándolos con la sola compañía de Mademoseille Chamon para guardar las formas exigidas por el decoro.

Jerónimo se acercó a Constanza y tras tomarla de las manos temblorosas, le levantó el velo que cubría su rostro. Luego, muy suavemente, posó sus labios en la frente y el beso hizo deslizarse una lágrima por la mejilla de la tímida joven.

III. La corte de José I.
El veinte de julio de mil ochocientos ocho, día en que José Bonaparte hizo su entrada en Madrid, contrajeron matrimonio Jerónimo y Constanza en la capilla del Santo Ángel de la Guarda de Villa Nazareth. La joven había pasado la noche en vela como si temiese que, si se quedaba dormida, todo se desvanecería como en un sueño al despertar. Desde que le diera su primer beso la tarde que lo conoció, no había visto a su prometido más que en dos ocasiones pero no había abandonado sus pensamientos ni un instante. Su sola presencia aceleraba los latidos de su corazón. Un día nublado le parecía el más luminoso si él estaba cerca; un día de espléndido sol le parecía el más oscuro y tenebroso si él estaba lejos. Avanzó hacia el altar del brazo de su padre con la sensación de ir a desmayarse en cualquier momento. Pero, al finalizar su recorrido, desaparecieron sus temores cuando la recibió la tierna y acogedora sonrisa de Jerónimo.

Hicieron el viaje a la Villa y Corte en casi dos meses. Jerónimo había rehusado servirse del lujoso carruaje de estilo francés que le ofreció don Serafín y, pese a su incomodidad, había dispuesto hacer el trayecto en un carro que no llamase la atención de los guerrilleros. La guerra contra el invasor andaba en su mayor apogeo y no hubiera sido raro que hubiesen caído en alguna emboscada. Así que Jerónimo sólo acepto por el bien de la seguridad de su esposa los salvoconductos que consiguió su suegro sabe Dios por medio de qué sobornos. Y, no obstante, evitaron las carreteras principales dando un largo rodeo que los condujo hasta las proximidades de Sevilla. Después se unieron a una caravana de arrieros que amenizaban el camino con sus alegres cánticos y de los que se despidieron antes de cruzar Despeñaperros. 

Llegaron a Madrid el siete de octubre cubiertos por el polvo del camino y desfallecidos del agotamiento. Y, aun así, Jerónimo hizo revivir sus fuerzas cuando le mostró a su esposa las habitaciones de su modesta morada. Había gastado buena parte de sus magros ahorros en decorar la casa siguiendo el gusto francés que tan exquisitamente femenino le parecía. Dispuso para ella una salita en tonos amarillos de estilo rococó. Constanza quedóse sin palabras cuando vio los dos “fateuil á la reina” tapizados en delicada seda con las mismas escenas de las fábulas de La Fontaine que decoraban las paredes, la “chaise longue” de color fucsia o el pequeño escritorio chiffonniére en madera de caoba con incrustaciones de marfil. Por un momento, Costanza se sintió abrumada por tanto lujo, acostumbrada al austero dormitorio de su infancia. Alzó la mirada hacia su marido como si buscase protección y él la besó en los labios para darle valor en su nueva vida.

Jerónimo acogió con alborozo al nuevo rey, de quién esperaba que modernizase España según el modelo de Napoleón. Al poco tiempo de su llegada a Madrid, el flamante marido de Constanza entró a formar parte de la Corte de José I. Gracias a la intervención del Marqués de***, obtuvo un puesto de mediana importancia en la administración josefina por medio del cual conoció a lo más encumbrado de la sociedad afrancesada madrileña. Recibía invitaciones de los mejores salones para acudir a sus veladas de té, a sus bailes y a sus tertulias, donde, a imitación de las parisinas, las damas españolas animaban a sus invitados a departir sobre las últimas novedades en arte, literatura y política. Mas él, sabiendo que a Constanza le causaban gran inquietud las reuniones sociales, declinaba casi siempre tales invitaciones y prefería pasar la tarde al lado de su esposa deleitándola con las historias acerca de los acontecimientos del día. Aun así asistió a alguna de estas veladas, solo, la mayoría de las veces; ocasionalmente, acompañado de Constanza, que, con el rostro oculto bajo un velo blanco, adquirió fama de mujer misteriosa.

No había velada ni fiesta ni baile en la Corte de José I a los que no acudiera Arabela de los Infantes. Casada con un hombre que le doblaba la edad, no perdía ni una oportunidad de diversión aunque ello supusiera dejar a su esposo solo en casa. Era la comidilla de la sociedad josefina por su talante desenvuelto rozando lo descarado. Se colgaba del brazo de los invitados a los salones sin importarle si estaban solteros o casados, si viudos o prometidos. Los caballeros decían de ella que su coquetería no era sino ingenua frivolidad; las damas murmuraban de ella dudando de su libertina honestidad. Había quien decía que había compartido el lecho con un duque, un conde y un mayordomo de Palacio; otros que su vida era virtuosa. Mas de ninguna de tales habladurías se sabía nada cierto.

Arabela de los Infantes se fijó en Jerónimo un día en el que oyó en un corrillo cómo le compadecían por haber unido su destino a Constanza. Con cruel conmiseración, describían las miradas llenas de ternura que derrochaba cuando su esposa estaba cerca; cómo velaba para que, en las raras ocasiones en que acudía con ella a alguna reunión social, no estuviera sola ni un solo instante; cómo, al salir de su despacho, no permitía que nadie lo demorase para no hacer esperar a su esposa; cómo era el único marido de quien se podía decir que, además de fiel, no entraba nunca en el frívolo juego de la coquetería tan del gusto de aquella sociedad afrancesada.   

La conversación en la que Arabela oyó tales comentarios no pasaba de ser una de tantas charlas ligeras en las que se sacaba a relucir detalles de la vida de los demás sin otro afán que pasar un rato divertido. Mas, para ella fue como si la retasen al mayor desafío. ¿Que para Jerónimo Rico no había otra mujer que su esposa? Eso habría que verlo. Que se atreviera alguien a decir que un rostro estragado por la viruela tenía algún poder frente al de la mujer más bella de la Corte josefina.

En las fiestas y veladas a las que acudía, Arabela procuraba sentarse cerca del esposo de Constanza a fin de observarlo. Miraba de soslayo por encima de su abanico de seda y encaje mientras ocultaba una aviesa sonrisa. Pero nunca se dirigía directamente a él ni siquiera cuando los sentaban juntos a la mesa. Pensó que mayor resultado le daría si, en lugar de abordar al marido, se ganaba el afecto de Constanza. Así que era la primera en darle la bienvenida cuando la veía hacer su entrada en algún salón; la invitaba a tomar el té en sus salones, según la moda inglesa, o la visitaba cuando sabía que Jerónimo estaba a punto de llegar a casa. Siempre tenía en los labios una palabra cariñosa para la recién casada, una alabanza a su gusto en el vestir. No se presentaba ante ella sin un pequeño obsequio: una caja de marfil, una peineta de plata, una miniatura encargada expresamente para ella... Escondía el hastío que le producían las sencillas conversaciones de Constanza fingiendo un interés que estaba muy lejos de sentir y, en más de una conversación, convirtió en sonrisa un bostezo naciente. Así fue la primera en enterarse que la joven estaba encinta y la primera en prodigarle consejos de buena crianza pese a no haberse ocupado nunca de sus propios hijos.

Constanza, que en un principio acogió con desconfianza tantas atenciones por parte de quien tenía fama de frívola insensible, fue sucumbiendo a lo que le pareció una prueba de bondad. La agasajaba a la pródiga manera que había visto siempre en sus padres, derrochando en ricos manjares y buenos vinos que don Serafín, a pesar de la guerra, conseguía hacerle llegar desde Baeza. Cada vez eran más y más frecuentes las invitaciones a cenar o a almorzar, que la señora de los Infantes aceptaba sin detenerse a pensar. Se convirtió en parte de la casa y hasta los sirvientes la consideraban de la familia.

Jerónimo la acogía con alborozo, agradeciendo así las bondades que tenía con su esposa. Muchas tardes la frívola dama permanecía con ellos en la salita amarilla con una labor entre las manos como si lo más divertido fuera para ella preparar el ajuar del bebé que había de llegar en lugar de lucir sus elegantes vestidos por los salones de Madrid. De vez en cuando, Arabela dejaba escapar un suspiro y miraba de soslayo al amante marido de Constanza retirando presto los ojos si, por un un instante, tropezaban con los de él. A veces, como si fuese fruto de la traviesa Fortuna, rozaba el brazo de Jerónimo con sus dedos largos y elegantes. Mas el esposo de Constanza no parecía percatarse de tales caricias atento siempre a los deseos no expresados de su esposa.

En los salones de la Corte no se hablaba de otra cosa que de la extraña amistad de la elegante dama con el matrimonio Rico, buscando una razón oculta para el repentino cambio de Arabella de los Infantes. Ella no respondía a las mil y una preguntas que le dirigían sino con una enigmática sonrisa, pasando a continuación a alabar a Constanza en un tono que bien se podía tomar como admiración, mas, también, como burlona ironía.

Con el paso de las semanas, arreció el asedio a Jerónimo. Intentaba engatusarlo con palabras zalameras mientras su mirada dejaba entrever una invitación. En el besamanos, oprimía los dedos del esposo de Constanza aprisionado entre los suyos unos segundos más de lo que permitía el decoro. Pero no lograba de Jerónimo sino una mirada más y más fría. Y, aun así, Arabela de los Infantes no se daba por vencida en su empeño. Ya ni tan siquiera se molestaba en fingir afecto por Constanza, que recibía con gran desconcierto las desabridas contestaciones a sus palabras de su hasta entonces única amiga. 

Y, cuanto mayores eran las insinuaciones de Arabela, mayor era la tensión de Jerónimo, que luchaba entre el deseo de sucumbir a la tentadora pasión de la más bella dama de la Corte y su amor leal por Constanza. Y, con el paso del tiempo, era más y más la aversión que le iba tomando a la amiga de su esposa.

A medida que avanzaba el embarazo de Constanza, su salud se iba debilitando más y más. Sufría frecuentes desmayos; momentos de repentinos fríos seguidos de fuertes sofocos. Una tarde en el que había ido a visitarla Arabela, hubo de retirarse a su dormitorio aquejada con un fortísimo dolor de cabeza. Jerónimo, preocupado al ver el sufrimiento que mostraba su rostro, la acompañó hasta el lecho sosteniéndola en sus brazos para evitar un desvanecimiento. Cuando regresó a la salita amarilla, no pudo disimular la preocupación que le causaba la debilidad que mostraba Constanza. Se dejó caer en un sillón y, olvidándose de su invitada por unos instantes, escondió el rostro entre las manos. Arabela se acercó silenciosamente y, alzándole la cabeza, le sorprendió con un apasionado beso que fue más allá de los labios. Jerónimo respondió con el mismo ardor, mas, al darse cuenta de ello, la alejó de sí con un fuerte empujón y se limpió la boca con el pañuelo sin disimular la repugnancia que le había producido el gesto de su invitada. Después respiró con alivio cuando vio a Arabela, entre sorprendida y ofendida, salir de la casa con la amenaza de no volver más.

IV. Pedro María Sánchez Espinosa, Juez de Policía de Sevilla.
Ante la puerta del edificio en el que tenía su despacho Pedro María Sánchez Espinosa, el Juez de Policía de Sevilla, se detuvo un carruaje tirado por dos caballos cuyo estado de decrepitud no lograba esconder el lujo de otros tiempos. De él se bajó un anciano con la peluca medio ladeada y sin empolvar, una casaca celeste de terciopelo que conoció tiempos mejores y zapatos de hebilla. A los que le habían conocido en la Corte, les hubiera costado reconocer en él a don Serafín Sotomayor de Montehermoso, célebre en la Corte de Carlos IV, que, tras la abdicación de su señor en Bayona, se había retirado definitivamente a sus tierras de Baeza.

Aquella fría mañana de marzo de mil ochocientos trece un triste asunto le llevaba a la ciudad hispalense. A principios de agosto le había escrito su hija para comunicarle que partían al día siguiente hacia Baeza pues, desde la salida de José I de España, todos los que habían colaborado con el hermano de Napoleón eran ajusticiados por traidores. Desde entonces, don Serafín no había vuelto a tener noticias de Constanza y su familia hasta dos meses antes en el que una carta de la institutriz de la pequeña Matilde le daba cuenta del arresto de Jerónimo y su esposa a pocas leguas de Sevilla cuando hacían noche en la Posada del Zapato, célebre por, se decía, hospedar a gente que tenía tratos con los franceses. 

En cuanto recibió las nuevas del arresto, don Serafín partió para Sevilla. Encontró a sus tres nietos, una niña de cuatro años, un niño de dos y el bebé de apenas unos meses, en una posada de mala muerte en los arrabales de la ciudad. Por medio de su ayuda de cámara, los envió junto a la doncella de Constanza a Baeza al calor del amor de doña Matilde, en tanto él buscaba la manera de liberar a su hija y a su yerno de la prisión. Todas las influencias de otros tiempos no le valieron de nada para obtener una audiencia con el Juez de Policía hasta aquel día. Él, que se había dirigido al Rey y la Reina con la misma campechanería con la que hablaba a su esposa, llevaba en ese momento metido en el alma el reverencial temor que inspira quien tiene la vida de los seres más queridos en sus manos.

Hubo de esperar en una sala atestada de gente horas y horas antes de que Pedro María Sánchez Espinosa se dignara a recibirlo. Se vio rodeado de personas de toda condición, algunas de muy baja estopa, que llenaban la estancia con sus voces estridentes y de olores muy distintos a los perfumes franceses de la Corte. Allí no había perrillos falderos sino gallinas y algún que otro cochinillo cuyos gritos se confundían con los de unas mujerucas que exigían ser atendidas. Aunque don Serafín había llegado antes de las ocho de la mañana, no lo llamaron hasta pasadas las tres de la tarde. Lo recibió un hombre de aspecto severo y adusto que no levantó la cabeza del documento que estaba leyendo hasta unos segundos después de que hiciera su entrada en el despacho. Y, a pesar de la descortesía, el atribulado padre vio con alivio que el Juez de Policía tenía las trazas de un caballero.

Tras hacerlo sentar, don Serafín expuso el motivo de su visita. Con la voz entrecortada, describió ante el juez el delicado estado de salud de su hija, su mermada fortaleza tras varios embarazos de peligro que un viaje tan arriesgado había debilitado aún más. Pero, aunque la emoción del hacendado andaluz íbase acrecentando a medida que hablaba, el rostro de don Pedro María Sánchez Espinosa manteníase impasible ante tan dramático relato. Las palabras de Don Serafín se acallaron de repente cuando se le secó la boca. Don Pedro se levantó de su asiento y sacó de una escribanía unos documentos. Los examinó con detenimiento, como si no hubiera nadie más que él en la estancia y, después, con el frío lenguaje del Derecho, que a don Serafín le pareció tan alejado del humano, le enumeró los hechos con la misma frialdad que si estuviera en el estrado.

A finales de octubre, la Junta Suprema le había remitido una carta anónima escrita con elegante caligrafía de mujer en la que se le informaba del viaje clandestino a Baeza de don Jerónimo Rico, funcionario de José I, y de su esposa, Constanza Sotomayor y Beltrán. El matrimonio viajaba en dos simones acompañado de una joven, doncella de la señora, una señora francesa unos treinta años que decía ser institutriz y tres niños de corta edad. Aunque el destino de la familia era la ciudad de Baeza, habían de dar un rodeo por Sevilla para evitar a los soldados que estaban al acecho de los que habían colaborado con el rey francés. En la carta se daba cuenta de los puntos donde tenían previsto hacer parada, por lo que no fue difícil para el Juez de Policía enviar una partida de soldados a la Posada del Zapato, donde hacían noche, para hacerlos prender. Desde entonces aguardaban, junto a la institutriz francesa y posible espía, en una mazmorra ser ajusticiados.

Don Serafín apeló a la misericordia de don Pedro María Sánchez Espinosa. Repetía una y otra vez frases incoherentes en su afán de hacerle ver que Constanza no soportaría mucho tiempo en las malas condiciones de una mazmorra; que su salud necesitaba cuidados; que no merecía castigo alguno pues ella no se cuidaba más que de su esposo y de sus hijos; que jamás participó ni pensó participar en asuntos políticos... Pero el Juez de Policía no parecía escucharlo. Revolvía entre sus papeles como si buscase en ellos la prueba definitiva de la justicia del arresto. Hasta que levantó la mirada, le tendió una copia de la fatídica carta y, con un gesto de la mano, le ordenó que saliera presto del despacho. 

Ya en el coche, desplegó sobre sus rodillas el pliego que le había entregado el Juez de Policía. Las letras bailaban en el papel confundiendo las palabras. Respiró hondo, secóse el sudor de la frente y, cuando consiguió acallar los latidos de su corazón, leyó despacio la misiva. Y, al llegar al lugar donde debería estar la firma, no encontró más que unas iniciales: A.I. 

Durante más de un año, visitó a cada uno de los conocidos que pudieran tener alguna relación con el Juez de Policía. Los mismos que en otro tiempo le perseguían por tratarse de un miembro destacado de la Corte de Carlos IV; los mismos que intentaron atraerlo al partido de Fernando; los mismos que se sintieron los más honrados cuando acudió como invitado a alguna de sus fiestas: esos mismos lo rehuían entonces con fútiles excusas o, simplemente, fingían no conocerlo. Gastó una fortuna en sobornar con sumas suculentas a funcionarios de toda condición de los que, luego de entregarles la dávida, dejaba de tener noticia. Trabó amistad con uno de los carceleros para que le hiciese llegar a Constanza alimentos y ropa de abrigo, mas nunca supo si le habían hecho entrega de su envío o había quedado en manos del guardián. Ninguno de sus esfuerzos, en fin, le sirvió para llegar a su hija querida: la razón de su dicha, la causa de sus desdichas.   

A mediados de septiembre, le llamó de nuevo a su presencia don Pedro María Sánchez Espinosa. Como ocurriera en marzo, acudió a la cita antes de las ocho de la mañana con la vana esperanza de ser pronto recibido; mas como entonces hubo de aguardar durante horas. En la misma sala en la que aguardó la llamada del Juez de Policía en primavera, parecían haberse congregado las mismas personas: oíanse los mismos gritos, el cacareo de las mismas gallinas, los ladridos de los mismos perros y el aíre estaba lleno de los mismos olores a sudor y suciedad. Don Serafín hizo una seña a un ujier que conocía de sus muchas visitas, que tal vez compadecido de él, tal vez esperando algún presente, lo hizo pasar a otra sala para que pudiese aguardar a solas. Pasado el mediodía, el mismo ujier fue a buscarlo y lo acompañó hasta el despacho del Juez de Policía. Tantas horas de espera, tantos días de esperanza para no estar más que diez minutos en aquella estancia. Lo despachó don Pedro María Sánchez Espinosa con apenas cuatro o cinco palabras. Después, ni una frase de consuelo, ni una mirada de compasión, nada sino el mismo gesto desabrido que la otra vez conminándole para que se fuera.

Don Serafín dejó aquellas dependencias caminando sin más voluntad que la que anima a un autómata. Ante él desapareció el presente. Volvió a ver a Constanza niña correteando seguida de Tritrás, su perrillo de aguas; recogiendo florecillas en el jardín; bebiendo agua fresca de la fuente. Volvió a sentir sus caricias mañaneras, a ver su sonrisa cuando descansaba en el regazo de su madre. Y, en el momento en el que le pareció que iba a romperse de dolor su corazón, oyó a lo lejos el canto de un mirlo.