martes, 6 de octubre de 2015

El cristal con que te miras







I. Alberto
La noticia acaparó todas las portadas de la prensa sensacionalista: "Intento de suicidio de una antigua modelo infantil". Las revistas del corazón se cebaron en ti escudriñando los rincones más recónditos de tu vida en busca de las razones que te llevaron a cometer tan terrible acción. Sin saber de lo que hablaban, especularon con una posible adiccion a la cocaína; contaron con minuciosos detalles un inventado amor frustrado; desvelaron las circunstancias que te condujeron a una supuesta ruina económica y tejieron historias más y más disparatadas. Ningún periodista ni opinador improvisado parecía acertar a dar con tus razones. Pero no se rindieron y, mientras tú cuerpo luchaba para no ser abandonado por tu espíritu, cada uno de ellos afirmaba tener la llave del cofre que escondía tu secreto. ¡Qué ilusos! ¿Qué podían saber ellos de ti? Ni siquiera yo, que soy el único que en los últimos años se ha asomado a las estancias desconocidas de tu alma, presentí tu dolor. Si ni tan siquiera, cuando leí la noticia en el periódico que cada mañana acompañaba mi desayuno, albergué la sospecha de que pudieras ser tú la niña sonriente que me interpelaba desde una fotografía de algunos años atrás.

Te diré que no soy muy dado a leer las noticias de sucesos que cada vez ocupan mayor espacio en la prensa. Cuando leo un periódico y tropiezo con alguna de ellas, suelo sobrevolar por encima y pasar la página. Por ello, no estaba muy al tanto de lo ocurrido la tarde que descubrí que aquella bella niña que unos años atrás vivía en los sueños de muchas otras niñas no era otra que tú, Liza, la mujer que me sacudió de la soledad que me consumía. Aquellos días en los que todo el mundo hablaba del triste destino de la modelo, yo andaba preocupado por no saber nada de ti. Habías dejado de responder mis mensajes después de una tarde en la que estuve esperándote en la cafetería del Centro Cultural durante casi tres horas hasta que tome el camino de vuelta al hotel al darme cuenta de que no acudirías a la cita. ¿Cómo podía saber que habías cambiado nuestro primer encuentro por salir en busca de la vieja Parca?

La tarde que me enteré de quién eras estaba también aguardando un encuentro, aunque esta vez la cita no la tenía con nadie que me hiciese saltar de dicha como tú, sino con un dentista. Como era habitual, la consulta estaba abarrotada de gente que, como yo, esperaba su turno. Cansado de ver tanta cara extraña, me enfrasqué en la lectura de una revista de esas que llaman del corazón y, sin saber muy bien por qué, mi atención quedó atrapada en un reportaje que, a cuenta de hablar de tu mejoría, contaba tu triste historia. Por medio de tretas para mí desconocidas, el periodista había encontrado tu cuenta secreta de Facebook, la que tenías bajo el nombre de Liza, como te conocía yo. Allí estaba el artístico dibujo de una princesa egipcia que tanto me cautivó cuando lo vi por primera vez en la foto de tu perfil. No puedes imaginar lo que sentí en aquel momento. Me negaba a creer que la joven frívola de la que hablaban todos fuera la misma que, con su sensibilidad, se había adueñado de mis pensamientos. Pero allí estaban tus palabras, las que llenaban de alegría mi muro de Facebook cada mañana, distorsionadas por las envenenadas interpretaciones que hacía el periodista.

Desde entonces, no hago otra cosa que leer y escuchar todo lo que se escribe y se dice de ti, buscándote entre líneas: entre las miles de palabras que desmenuzan tu historia. He intentado ir a verte primero al hospital y luego a tu casa, pero siempre hay alguien que me impide llegar a ti. No comprenden que yo no busco a la modelo sino a Liza, a mí Liza. Cada mañana abro el ordenador con la esperanza de encontrar un mensaje tuyo. Miro una y mil veces el correo y el Messenger sin hallar más que tu silencio y te mando un mensaje tras otro para declararte con retraso mi amor, decirte lo que no me había atrevido aún a decirte; pero no responde a mi llamada sino tu silencio. Amada mía, no sé qué te hace apartarte de mí, quién te condujo al abismo, sólo sé que yo nunca te haría daño.

Y mientras espero una palabra tuya, me torturo una y otra vez con preguntas sin respuesta. ¿Qué te empujó al abismo?, ¿por qué no acudiste a mí para que aliviase tus desdichas? Y me reprocho mi ceguera por no haber sabido ver lo que guardabas con tanto celo dentro de tu corazón, yo, que me ufanaba conocerte mejor que nadie.

II. Liza
Todo el mundo dijo que había nacido bajo la luz de una estrella. Cuando miro las fotografías de entonces, me maravillo de haber sido aquel bebé. Toda redondita y sonrosada, parecía más un hada recién nacida que una niña. Mis pupilas color violeta no tenían espacio suficiente en los ojos, tan grandes eran; las mejillas regordetas se teñían de rosa cuando me dejaba llevar por la risa y un hoyuelo en la barbilla delataba el pícaro talante de la niña que fui. Así no es de extrañar que conquistase a cuantos dedicabas una mirada.

No tenía seis meses cuando mi abuela materna se empecinó en llevarme a un casting de un anuncio de pañales para la televisión. Al principio mis padres se mostraron reacios, más por ocultar su vanidad que porque temiesen que el mundo de la publicidad pudiese traerme algún mal. Aun así no fue difícil convencerlos de lo que en el fondo estaban deseando. No podían sospechar que mi elección para el anuncio cambiaría mi destino. Y a mí me bastó mostrar mi único diente mientras me deshacía en carcajadas para ganarme el corazón del director del anuncio.

No guardo en mi memoria más recuerdo de mis primeros años en el mundo de la publicidad que las historias que, desde que fui capaz de entenderlas, me contaba mi madre. Al tiempo que aprendía a dar los primeros pasos, a decir las dos o tres palabras con las que me estrené como niña parlanchina, mi cabeza casi pelona llenaba las pantallas de televisión de todo el país. Anuncié pañales, champús, colonias, comida para bebés, papel higiénico y hasta lavadoras. No sé si es mi primer recuerdo o si se trata de una treta de mi imaginación, pero si cierro los ojos me parece verme corriendo detrás de una pelota de trapo, vacilando para no caerme, mientras una joven me persigue y me dice que regrese con los otros niños.

Recuerdo mi infancia como una sucesión de esperas en salas repletas de niños llorones y madres disputándose el primer puesto para sus hijas. Muchos días mi madre y mi abuela me esperaban a la puerta del colegio para llevarme a toda prisa a un casting o al rodaje de un spot publicitario. Como ni la una ni la otra tenían carnet de conducir, tomábamos un taxi que sorteaba como podía los coches que encontraba a su paso mientras mi madre me daba tirones en el pelo con un peine de púas afiladas. En mi memoria se confunden caras y voces que poblaban mi niñez: “sonríe”, "ponte derecha”, “salta”, “corre”, “llora”... Tenía que reír cuando quería llorar; llorar cuando quería reír. A menudo, me quedaba dormida en los sillones, detrás de los trípodes de las cámaras fotográficas, en el suelo... Y tenía que soportar que me vistieran con ropa de abrigo en el mes de julio y descubrieran mis hombros los días más fríos de enero.

No siempre era fácil compaginar mi vida de modelo infantil con mi mundo de niña. A veces las exigencias de los publicistas interferían en mis deberes de estudiante. Un viaje a otra ciudad, el rodaje de un anuncio a media mañana, un casting en horario escolar me obligaban a saltarme las clases. No era raro que llegara a casa tan tarde que la fatiga del día me impidiera enfrentarme a la dura tarea de hacer los deberes del colegio. Así, me fui quedando rezagada respecto a los otros niños de mi edad.

Pero nada de esto me importaba. Ni el cansancio y el aburrimiento, ni el frío y el calor, ni el hambre y la sed me hicieron nunca sentir desdichada. Al contrario: me creía la niña más feliz del mundo, alguien especial, después de oír una y otra vez alabanzas a mis ojos violetas, mis rizos del color del bronce envejecido, mi sonrisa luminosa, mis andares de ninfa alada, mi saber hacer. Compadecía a las niñas de mi edad con sus vulgares guardarropas, sus conversaciones infantiles y su desconocimiento del mundo. A los siete, ocho, nueve años, me quedaba extasiada contemplando mi rostro reflejado en el espejo, emulando los coquetos ademanes que veía en las modelos mayores que yo que había conocido en mi agencia de publicidad. Mi madre alimentaba mi vanidad comparándome con otros niños modelos que no habían subido tan alto en su ascenso hacia la cima del éxito. Y, más y más engreída, me sentía la reina de la belleza infantil.

De niña me parecía que el momento en que vivía sería eterno; pero el destino toma a veces insospechados senderos que nos llevan a lugares donde no queríamos ir. Para mí, tal cosa ocurrió con la llegada de la pubertad. A los once años, mi cuerpo empezó a cambiar y, con él, cambió también mi fisonomía. Mi figura, siempre esbelta, se volvió redondeada, mi nariz, chata en mi niñez, se afiló y se tornó ganchuda como el pico de un halcón y mis pies crecieron más aprisa que mis piernas, que me hacían parecer de menor estatura que la señalada por la cinta métrica.

Cuando evoco mis doce años, aún siento el horror de la niña que veía cómo se desmoronaba su mundo. Me miraba al espejo y no me reconocía en la adolescente que me estaba convirtiendo. Para mí era como si la mariposa que había sido se metamorfosease en oruga y aquella transformación trastocó todo mi mundo.

Empezaron a menudear las llamadas de la agencia de publicidad para ofrecerme trabajos. Aunque seguía luciendo el cabello del color del bronce y los grandes ojos violetas, ya no encajaba en el prototipo de niña angelical. Ni siquiera servía para representar el papel de fea y graciosa: era simplemente una adolescente poco agraciada cuyo rostro se fue cubriendo de encarnado por culpa de la maldita acné.

Pero, como digo, no estaba preparada para aquel cambio. Y mi madre tampoco. Ella no quería aceptar lo inevitable y, en lugar de buscar un nuevo camino al que dirigir mis pasos, nuestros pasos, se empecinaba en seguir presentándome a los castings como si nada hubiese cambiado. Pero la realidad es implacable y los que mueven los hilos de la publicidad más implacables aún. Al principio, nos engañaban con falsas promesas, tal vez compadecidos de nuestras ilusas esperanzas. Pero, viendo nuestra insistencia, la negativa de mi madre a ver la realidad, sus respuestas fueron haciéndose más y más crueles, llegando incluso a echarnos de algún despacho. Sólo mi padre parecía darse cuenta de lo que estaba pasando. Primero con diplomacia y con firmeza después intentaba sin éxito hacer entrar en razón a su mujer. Cuando, al fin, lo consiguió, yo ya tenía trece años.

Mientras tanto, perdí la confianza en mi misma y un odio a la imagen que se burlaba desde el otro lado del espejo fue corroyendo mis entrañas. Me volví solitaria, temiendo el desprecio de las mismas niñas que en otro tiempo desprecié. Es cierto que nunca había tenido muchas amigas, pero la sensación de fracaso y el miedo al rechazo me fueron aislando más y más. Debo decir que tampoco ninguna de las jóvenes con las que me cruzaba en el colegio me ofreció la menor muestra de simpatía, pero tampoco cabía esperarla después de tantos años en los que no recibieron de mí más que indiferencia. ¡Cuánto daño se le puede hacer a una niña por subirla a un pedestal de arena y oropel! Sólo ahora me doy cuenta de que me robaron la infancia. Y cuando quise regresar al mundo al que pertenecía, no encontré sino la puerta cerrada con siete cerrojos.

Sí, porque aunque no me lo confesase ni a mí misma, mi mayor deseo era entonces ser aceptada por las niñas de mi clase. Las veía pasar ante mí de dos en dos, de tres en tres, riendo por lo que había dicho una de ellas, dirigiendo pícaras miradas a los patosos chicos de la clase, que aún las contemplaban con cierto temor, o compartiendo confidencias y sueños entre clase y clase. A veces me asaltaba la tentación de acercarme a ellas, especialmente cuando veía alguna sola. Pero el rechazo que sentía hacia mi nuevo rostro y mi nuevo cuerpo me hacía creer que los demás sentían hacia mí repugnancia. Así que las rehuía cuando más deseaba acercarme y, por ello, fui alimentando mi fama de engreída y vanidosa.

En casa las cosas no fueron más fáciles. Mi madre se empeñaba en que saliera a divertirme como hacían las jóvenes de mi edad. Pero yo no tenía fuerzas para enfrentarme a, según me parecía, las miradas curiosas o despreciativas de mis vecinos. Nuestras conversaciones acababan siempre en fuertes discusiones que mi padre, con su afán conciliador, no lograba apaciguar. Con el tiempo, conseguí salirme con la mía. Mi madre me dejó tranquila y yo me refugié entre mis libros, mi música y mi ordenador.

Terminé el colegio con un año de retraso. No fue un fracaso total pero tampoco me cubrí de gloria. El último curso hice un esfuerzo mayor que los anteriores porque quería dejar atrás lo antes posible los grises muros en los que encerré mi infancia. En aquel recinto nunca me sentí querida, ni por los profesores, que me tenían por holgazana, ni por las otras alumnas, que nunca me tuvieron por una de ellas, ni por los chicos, en los que no logré despertar ningún interés durante mi triste adolescencia.

Aquel verano mi padre quiso persuadirme de que continuase estudiando. Me propuso que, si me abrumaba ir a la universidad, me matriculase en algún módulo de Formación Profesional. Pero yo no quería ni oír hablar de nada que supusiese asistir a una clase llena de gente que me juzgase fea y me comparase con jóvenes atractivas, como veía entonces a las chicas de mi edad. Mi querido padre, tal vez temiendo que por presionarme me causara algún mal, no insistió y, al finalizar la temporada estival, me sugirió que trabajara como secretaria en el vivero especializado en tulipanes que tenía con mi tío Samuel.

Durante meses y meses, mi vida fue una sucesión de días iguales que transcurrían entre mi trabajo en la oficina del vivero y mis viajes a través de Internet. Mi espíritu se fue adormilando en medio de la monotonía cotidiana. Dejé de sentirme desgraciada y de compadecerme a mi misma, aunque tampoco era feliz: sólo seguía viviendo. Enterré en lo más profundo de un baúl los recuerdos de mis años como niña modelo y me negué a hacer caso de los intentos de mi madre por volver una y otra vez a rememorar "los buenos tiempos".

A los veintiún años descubrí las redes sociales. Me abrí una cuenta en Facebook con un nombre supuesto: Liza, como la protagonista de una novela romántica que leí y releí en las tardes en las que me perseguía la melancolía. Cada mes ponía una fotografía diferente en mi perfil, fotografías que no eran sino dibujos escaneados que esbozaba al carboncillo: una joven bella y esbelta que atrapaba una nube entre sus manos, una chica que recorría la ladera de una montaña en un elegante corcel, una bailarina de largos cabellos ondulados o una princesa egipcia de mirada misteriosa. Inventé para mí una vida fascinante que iba contando en un blog cada semana, una vida llena de chicas maravillosas que se disputaba mi amistad y de jóvenes que suspiraban por mi amor. Pronto empecé a sumar seguidores que, fascinados por mis fabulosas aventuras, esperaban impacientes una nueva entrada en el blog. Sin salir de casa, navegaba por la red investigando sobre lugares lejanos, platos exóticos y exquisitos, paisajes cautivadores, que luego hacía míos y los describía como si los hubiese visitado. Llegué a creerme que era Liza y, para que la realidad no me desengañara, despojé de espejos el apartamento al que me había ido a vivir.

Así dejé de ser la chica fea y vulgar que se despreciaba a sí misma para convertirme en Liza, la joven atractiva y sofisticada que no le tenía miedo al mundo.    

En estos cinco años, he intercambiado correos electrónicos con medio mundo. Con algunas personas bastaban unas cuantas frases cariñosas para regalarles un pedacito de dicha; con otras inicié una sucesión de larga correspondencia. O más bien debería decir que fue Liza la que con su temperamento chispeante y su don de gentes intercambiaba cartas, correos y postales.

Entre mis corresponsales, destacaba Alberto tal vez porque su estilo de vida, sus gustos y, hasta me atrevería a decir, su manera de ser eran totalmente diferente al resto de personas que buscaban una palabra mía que las hiciera soñar. Alberto era un profesor de literatura de un pequeño instituto situado en una pequeña ciudad. A lo largo de dos años me fue desvelando a pinceladas, pues no le gustaba hablar de sí mismo, trocitos de su vida. Había estado casado antes de ser abandonado por su mujer, que se fue con un actor de poca monta que andaba de paso en la cuidad. Desde entonces, había repartido las horas de sus días entre las clases en el instituto, los largos paseos por la alameda que circundaba su casa y sus libros. Un día en el que la soledad se sentó a hacerle compañía, encendió el ordenador y jugueteando con Google, se dio de bruces con mi blog: "Las cosas de Liza". Se sintió atraído por las historias fabulosas que mi imaginación inventaba, tan alejadas de su gris existencia, y dejándose llevar por un repentino impulso, me envió el primero de una larga serie de correos, que se prolongaría hasta hace unos meses.

No sé qué tenía Alberto que sacaba de lo más profundo de mi ser sentimientos que ni siquiera sabía que albergaba. Sus cartas sencillas en las que no pretendía seducirme con prodigios portentosos me impedían mentirle con las fabulosas aventuras que inventaba para mi blog. Yo, que vivía en una burbuja de fantasías, me sentía incapaz de improvisar para él nuevas mentiras. Sin apenas darme cuenta, le fui abriendo mi corazón. Aunque no le conté nada de mi pasado, le hablé de mi miedo a la gente, de mis ilusiones y de mis débiles esperanzas de ser apreciada y amada. Poco a poco fui abandonando mis fantasías y mi blog se fue transformando en un lugar de historias sencillas. La Liza de Alberto se fue pareciendo más a mí y yo me fui pareciendo más y más a la Liza de Alberto. Dejé atrás mis penas y tristezas; por primera vez en mucho tiempo casi supe lo que era la felicidad. Nunca nos habíamos visto pero Alberto se fue convirtiendo para mí en la persona más querida. Por él perdí el miedo a salir de casa, a las miradas furtivas que creía sorprender a mi paso; por él quise despedirme del pasado y mirar de frente al futuro.

Hará siete meses Alberto me asustó con una insólita propuesta. Aprovechando el puente entre dos festividades, tenía previsto un viaje a mi ciudad y quería que nos viéramos. Su deseo era que le enseñase la ciudad: la pequeña iglesia románica dedicada a San Frutos recientemente restaurada, la Casa Consistorial con su reloj triangular y la Plaza de los Suspiros, donde iban los enamorados a declararse amor eterno como habían hecho una pareja medieval que, como Romeo y Julieta, eran vástagos de dos familias enfrentadas. Al leer el correo en el que me detallaba sus planes, no pude evitar ser invadida por el pánico. ¿Cómo iba a permitir que me viese? Pero, a medida que pasaban los días, me fui dejando seducir más y más por aquel plan que me permitiría conocerlo. ¿Quién podía decir que la cita con Alberto no sería la puerta hacia una nueva vida?

Durante días no entré en mi apartamento más que para llenar los armarios con los paquetes que compraba. Zapatos de tacón alto, faldas de alegres colores, vestidos con escotes sugerentes, blusas de seda con manga francesa... Nada escapó a mi ávidos deseos de resarcirme del pasado. Pasé en la peluquería toda la mañana del día que me iba a encontrar con Alberto probándome un peinado tras otro. Por primera vez en muchos años dejé que la joven del otro lado del espejo me contemplase; la sonreí y, después de muchos años, creí hacer por fin las paces con ella.

Nos habíamos citado en un pub irlandés a pocos metros de mi casa. Aunque no había querido enviarle ninguna fotografía reciente, que tampoco tenía, Alberto sí me había hecho llegar una suya para que pudiera reconocerlo entre los escasos clientes que, a las siete de la tarde, saboreaban la primera copa de la tarde-noche. Entré acompañada del alegre sonido de mis tacones. Me detuve unos instantes ante el espejo veneciano que había a la entrada del pub y, mientras retocaba el carmín de mis labios, vi a Alberto reflejado en el cristal. Con una copa en la mano, estaba conversando animadamente con una joven atractiva y vistosa. Creí morir al comparar en el cristal mi vestido blanco y negro, que al salir de casa me pareció atrevido, con el de color mantequilla que hacía resaltar la piel bronceada de la acompañante de Alberto. Mi rostro se veía vulgar al lado de la cara de pómulos salientes que regalaba sonrisas seductoras por doquier. Sus labios perfilados invitaban a apasionados besos y su mirada acariciadora escondía una promesa. Me vi a su lado fea y mal vestida. E incapaz de soportar salir perjudicada a los ojos de Alberto, salí del pub sin darme a conocer.

Llegué a mi apartamento con el corazón deshecho. Todas mis esperanzas se desvanecieron en el aire y volví a ser la adolescente que se encerraba en sí misma para huir del rechazo de los demás. Por la noche, me sentí presa del insomnio mientras me acosaban pensamientos más y más negros. Me habían educado para poner la belleza exterior por encima de cualquier otro valor y creía que si no era físicamente atractiva no podía ser digna de amor. Olvidaba que, durante muchos meses, me había sentido dichosa sin tener que preocuparme de mi aspecto, sólo con las sencillas palabras de Alberto.

La noche avanzaba sin que el sueño acudiera a rescatarme de mí misma. Era una noche que no parecía tener fin. Las horas se alargaban hasta casi detenerse y en cada minuto vivía una eternidad de tristeza. Sin ser consciente de lo que hacía me levanté de la cama para dirigirme al armarito del pasillo donde guardo las medicinas. Después, cogí la caja de Orfidal que se dejó mi madre la última vez que me visitó y con ella en la mano fui a la cocina para servirme un vaso de agua. No recuerdo más sino que desperté en una habitación de un hospital. Cuenta mi hermano Julio que le llamé a su teléfono móvil a las cuatro de la madrugada. Con el sueño trabándome las palabras, le dije que no me encontraba bien. Cuando llegó a mi apartamento, me encontró desvanecida sobre la alfombra de mi habitación.

Hace dos meses que regresé a mi apartamento. Todo seguía igual que la triste noche en la que estuve por última vez, pero a mí me parecía como si nunca hasta aquel momento hubiese visto aquellos muebles que me habían acogido en los últimos años. Mi madre permaneció conmigo tres semanas, tal vez temiendo que cometiese alguna locura. Pero conseguí convencerla de que necesitaba quedarme sola para poner en orden mis pensamientos. Los primeros días apenas salía de casa, temiendo la curiosidad malsana de los periodistas que tantas veces habían llamado a mi puerta. Pasaba las horas reviviendo mi vida desde mis primeros años, como estoy haciendo hoy. Encontrarme con la niña que fui me causaba un inmenso dolor. Pero, día a día, la añoranza por esa niña fue dando paso a una nueva Liza. Una Liza que veía nacer dentro de sí las ganas de vivir. No sin cierta pena, me despedí de esa niña bella y admirada por todos y le di la bienvenida a la joven sin cualidades extraordinarias que era yo. Fue entonces cuando me atreví a salir de casa y pasear por las calles de mi ciudad. Primero de soslayo y de frente después, contemplaba reflejada mi imagen reflejada en los escaparates de las tiendas, confundida con cientos de imágenes de gente desconocida. Entre los viandantes había quien llevaba su vida con alegría; quien caminaba con paso apresurado como si quisiera dejar atrás sabe Dios qué; quien llevaba la belleza prendida a una sonrisa, aunque sus facciones no fuesen armoniosas y nunca hubiesen ganado en un certamen de misses. Pero todos parecían contentos por ser quien eran. Y me dije que tal vez aún tenía una oportunidad de ser feliz.

Ayer entré en el estudio de un fotógrafo por primera vez en muchos años. Le pedí que me hiciera varios retratos; que no hiciera nada por embellecerme; que quería que se me viese tal y como era, sin artificio alguno. Salí del estudio una hora más tarde con un CD que contenía cinco fotos de mi rostro, en las que aparecía sonriente y con expresión esperanzada. Al llegar a casa, encendí el ordenador. Tras tantos meses sin abrirlo, me esperaban una interminable lista de correos electrónicos, casi todos de Alberto. Los leí sin prisas, mientras me tomaba una copa de vino. En cada uno de ellos me preguntaba por mi silencio y me ofrecía su amor y, si no era posible, su amistad. Conmovida, estuve a punto de llamar a mi fantasía y seguir con mis historias de siempre para que su decepción por conocer a la verdadera Liza no lo alejase de mí. Pero me miré al espejo y me armé de valor.

Escribí durante horas sin detenerme a leer las palabras que iban apareciendo en la pantalla del ordenador. No dejé nada en el tintero, aunque a veces el dolor me cortase la respiración. Y a las dos de la madrugada, hice click en el icono “enviar” después de adjuntar en el correo las cinco fotografías. Esta noche el insomnio se ha vuelto a sentar a los pies de mi cama. Como niños revoltosos, jugaban con los hilos de mi corazón el temor a ser rechazada y la impaciencia de la esperanza.

A las ocho de la mañana, me he levantado, incapaz de permanecer por más tiempo en la cama. Después de ir y venir por el apartamento sin hacer nada en particular, me he atrevido a asomarme al correo. Sólo cinco palabras de Alberto han bastado para hacer saltar mi corazón:

“¿Cuándo quieres que nos veamos?”