lunes, 14 de septiembre de 2015

Verano en París




Al finalizar mis estudios de Filosofía y Letras, mis padres quisieron hacerme un regalo especial: un viaje a París. Sólo pusieron como condición que fuese acompañada de una persona de confianza. Yo, conociendo las ideas románticas de mi amiga Paloma, le pedí que fuese conmigo. En el alba de los veinte años, andábamos enamoradas de las canciones de Charles Aznavour y creíamos que detrás de cada esquina de la capital francesa íbamos a encontrar a un joven dispuesto a “mourir d'aimer” por nosotras. Así que, desde que a mediados de junio tuvimos el último examen hasta el día que subimos al avión rumbo a París, vivimos en un mundo de fantasía construyendo castillos en el aire mientras veíamos girar vinilos en el tocadiscos.

Llegamos al recién estrenado aeropuerto “Charles de Gaulle” a principios del mes de julio. Al pie de la escalerilla del avión nos dio la bienvenida una tarde soleada que derrochaba para nosotras sus mejores galas. Así nos pareció a Paloma y a mí, cuando en el trayecto en taxi hasta el hotel, nos encontramos ante el majestuoso Arco del Triunfo. No sé si el conductor al vernos tan jóvenes se compadeció de nosotras y quiso mostrarnos lo más típico de París o si lo que pretendía era aprovecharse de nuestra inexperiencia alargando el viaje para ganarse unos francos más, lo cierto es que dio un largo rodeo antes de dejarnos en nuestro destino. 

Había que habernos visto en aquel primer encuentro con la ciudad tantas veces soñada. Los ojos abiertos hasta hacernos casi daño mientras avanzábamos por los Campos Elíseos, dejando atrás la Torre Eiffel y el Obelisco, hasta que la Madeleine apareció ante nosotras. Paloma no hacía más que saltar en su asiento y darme golpecitos con el codo al tiempo que iba señalando todo lo que le llamaba la atención. Al llegar al hotel, estábamos tan entusiasmadas, que no reparamos en lo elevado del importe del trayecto.

Los días siguientes, decidimos recorrer la ciudad a pie para economizar nuestros mermados medios. Nos levantábamos temprano y tras deleitarnos con un suculento desayuno, que muchas veces era nuestro único alimento hasta la noche, salíamos hambrientas por conocerlo todo. Con frecuencia tenía que contener el entusiasmo de Paloma por El Mercado de las Pulgas. Habíamos descubierto un puesto en el que vendían ropa y objetos de segunda mano y a mi amiga le gustaba tanto revolver entre sus cosas, que me era muy difícil alejarla de allí. Le bastaba tropezarse con una pamela de paja o con una falda larga hasta los pies estampada con flores de colores para que ya no quisiera moverse del puestecillo. En más de una ocasión, cansada de esperarla, la dejé entre sus baratijas para irme a recorrer las calles del Barrio Latino o colarme entre los turistas que visitaban el Louvre. Volaban las mañanas mientras yo salía en busca de la belleza que escondía, que aún esconde, París. Pasado el mediodía, como si nos encontrásemos por casualidad, nos volvíamos a encontrar en la terraza de algún café, para tomarnos un tentempié o pasar de largo antes de reanudar nuestra andadura cogidas del brazo por París y acompañadas de nuestras risas e ilusiones. Al caer la tarde, con la fatiga del día sobre nuestros hombros, nos quitábamos las sandalias y, descalzas, vagábamos a la orilla del Sena mientras veíamos cómo se iba extinguiendo la luz del sol por detrás de los tejados.

Fue en una visita al Mercado de las Flores, unos días antes de nuestro regreso a España, cuando me robaron el bolso. Ya a la salida del metro nos dimos cuenta de que la estación Cité estaba más concurrida que de costumbre. Los turistas, con sus vestidos coloridos, parecían un anticipo de la paleta de animadas tonalidades que nos esperaba en el célebre mercado. Y, a pesar de la alegría que transmitían, no pudimos librarnos de algún que otro empujón. Mas, contagiadas de la luminosidad de la mañana, nos importó poco aquella aglomeración. Paseamos entre claveles y rosas; entre prímulas, peonías, pensamientos, petunias y pimpinelas. A nuestro paso por los distintos puestos, pudimos ver cómo la sencilla margarita se codeaba con el vanidoso narciso, y la flor de azahar con el mirto. Rosas, blancas, azules, malvas, fucsias... Recorríamos los puestos embriagadas con los miles de colores y con las dulces fragancias. Nos detuvimos en un puesto a admirar los bouquettes de uno de los puestos y, mientras estábamos entretenidas preguntando los precios, sentí un tirón en el hombro y, seguidamente, vi cómo salían corriendo dos muchachos, casi diría dos niños, hacia la plaza Luis Lepine. 

Pero no me di cuenta de que se habían llevado mi bolso hasta el momento en el que me dispuse a pagar un ramillete de violetas color añil que quería para prendérmelo en la cintura. A pesar de los años transcurridos, si cierro los ojos, aún puedo verlo: siete violetas unidas con un lazo malva. El pánico se apoderó de mí cuando me percaté que no tenía el bolso. En él no sólo llevaba el dinero, sino también mis documentos, incluido el pasaporte. Con nuestro francés apenas balbuciente, conseguimos hacernos entender por la vendedora de flores, que nos indicó dónde se encontraba la comisaría más cercana. No debía de ser la primera vez que ocurría un robo en el Mercado de las Flores, pues parecía que se conocía muy bien el camino hacia la policía. La gente, al oírnos, se arremolinó a nuestro alrededor, sin dejarnos apenas caminar hasta nuestro destino. Una mujer, que iba con un niño pequeño de la mano, se dio cuenta de nuestro apuro y se ofreció a acompañarnos hasta la puerta de la comisaría.

Pasamos lo que quedaba de la mañana y parte de la tarde contando lo ocurrido a un policía tras otro; hablando como podíamos con nuestras grandes lagunas del idioma galo. Con los nervios a flor de piel, apenas nos salían las palabras. Uno de los policías ya entrado en años se apiadó de nosotras y se ofreció para llamar por teléfono al consulado español para que fuera alguno de sus funcionarios a auxiliarnos. Aún hubimos de esperar unos veinte minutos antes de que acudiera alguien a nuestra llamada, minutos que nos parecieron una eternidad en medio del ruido del tecleo de las máquinas de escribir, las voces de los que allí estaban, el entrar y salir de gente de todo pelaje y condición...            

Juan, que así se llamaba el joven diplomático que vino en nuestro auxilio, no llevaba en Francia más de unos meses; y, aun así, a los pocos minutos de hacer su entrada en la comisaría, ya era dueño de la situación. Me ayudó a cumplimentar los documentos que me ponían delante los policías e hizo de intérprete para que pudiéramos completar la declaración sin tropiezos ni malentendidos. O más bien fui yo la que la completó: Paloma poco podía decir sino que al llegar al puesto de flores, yo llevaba el bolso y, en el momento de pagar mi ramillete, ya no lo tenía.

Cuando salimos, ya avanzaba la tarde. Como ya habían cerrado las oficinas consulares, Juan, que debió de percatarse de lo desfallecidas que estábamos, nos invitó a cenar cerca de la Plaza Vendome. Desde la terraza del restaurante, veíamos a la gente caminar por las aceras cargadas con bolsas y paquetes de tiendas lujosas, llenando la calle de aromas a perfumes caros; gente que se cruzaba con turistas de aspecto hippy que llevaban una guitarra colgada al hombro. Juan, intentando que, por unos instantes, olvidásemos la mala experiencia que acabábamos de vivir, nos amenizaba la cena contándonos historias curiosas sobre los edificios aledaños a la plaza y las personas que en ellas vivieron. Pero yo apenas me daba cuenta de lo que decía ni de lo que me ponían en el plato. Todavía sentía la conmoción por el robo que, unida al ambiente suntuoso del restaurante, me hacía sentir aturdida. Después de cenar, nos acompañó al hotel, y allí nos dejó no sin antes asegurarnos que volvería al día siguiente para recogernos y llevarnos al consulado.

Me cuesta recordar la vorágine de acontecimientos que siguieron hasta el despegue del avión que se llevó a Paloma de regreso a España. La tramitación del pasaporte resultó más lenta de lo que esperábamos y los días pasaban sin que me entregasen el preciado documento. A medida que transcurría el tiempo, crecía nuestra inquietud. Se acercaba el momento de nuestra partida y, sin el pasaporte, yo no podía regresar a España. Paloma tampoco podía permanecer en París más allá del día previsto porque sus padres la esperaban para emprender otro viaje. Así que aquellos últimos días los vivimos sin aliento por no saber lo que nos podía suceder. Nuestros peores temores se hicieron realidad cuando llegó el momento de partir y aún no nos habían entregado el documento que me abriría la puerta para abandonar el país. Paloma no quería dejarme sola en una ciudad extraña sin apenas dominar el idioma, pero yo no podía permitir que se quedase varada, como barco encallado, por mi culpa. Después de mucho discutir y de arrancarle a Juan la promesa de que se haría cargo de mí, logré convencerla de que subiera al avión. En el último momento, Paloma me hizo entrega del dinero que le quedaba: no hay que olvidar que todo el que tenía lo llevaba en el bolso el día que me robaron. Nos despedimos con un abrazo que más parecía un adiós definitivo que un hasta pronto. 

Y a pesar de mi insistencia en su partida, cuando la vi ascender por las escalerillas del avión, una mano helada acarició mi corazón: me había quedado sola.  

Sin la alegría de Paloma, París perdió parte de su encanto. Buena parte de la mañana se me iba en conferencias telefónicas con mis padres desde la habitación del hotel al que me trasladé por ser más económico que el que nos alojó a mi querida amiga y a mí. El nuevo hotel, que no era sino un hostal, se encontraba a las afueras de la capital francesa, muy lejos del bullicio del París más conocido. Detrás del mismo, se perdía en la lejanía un bosque que me gustaba recorrer para olvidar mi desazón por la pérdida del pasaporte. Pero el peso de la soledad llenaba mi mente de funestos vaticinios y acababa subiéndome a un autobús que me dejaba a pocas calles del centro de la ciudad. Allí, confundida entre los miles de extranjeros que en verano invaden París, acallaba las voces de la imaginación. En más de una ocasión, me dejé llevar por la marea de turistas hasta Notre Dame y subí los desgastados escalones que separan la calle del dominio de las gárgolas, que parecían estar esperándome: diablos, trasgos, arpías y grifos me miraban con el gesto adusto, mientras que la estirga burlona me sacaba la lengua.  

No hubiera podido soportar los largos días de espera hasta mi regreso a España de no haber sido por Juan. Cuando caía la tarde, al terminar su jornada laboral, me iba a recoger al hotel para llevarme a cenar a un restaurante diferente cada velada. Antes de su llegada, yo había pasado parte de la tarde ante el espejo arreglándome como si me esperase una cita importante, ilusionada por tener a alguien con quien poder hablar. Las horas junto a él corrían sin sentirlas mientras que perdía la noción de dónde me encontraba contándole cómo había transcurrido el día. Confieso que a veces caí en la tentación de inventar historias sobre los turistas que se habían cruzado en mi camino o exageraba el desasosiego que sentía por mi situación viendo la concentrada atención con la que me escuchaba, su risa franca cuando le divertía lo que le contaba y su comprensión si le hablaba de mis temores. 

Juan no solía hablar mucho. De sí mismo no me contó sino que procedía de una familia numerosa de Cádiz. En su tierra natal había dejado a su novia, con quien esperaba contraer matrimonio cuando ésta finalizase sus estudios. A veces me desconcertaba su aspecto severo. Salvo cuando conseguía arrancarle una sonrisa, su semblante permanecía casi siempre serio; mas a medida que pasaba el tiempo, su seriedad no sólo dejó de impresionarme, sino que logró trasmitirme un sentimiento de paz que, el resto del día, estaba muy lejos de sentir.

Al finalizar la cena, me llevaba a algún café-teatro, casi siempre al “Café de la Gare”, a tomar la última copa mientras nos deleitábamos con su espectáculo. Yo, que no estaba acostumbrada a moverme por ambientes tan suntuosos, me dejaba deslumbrar por los destellos de las lámparas y de las alhajas de mujeres hermosas; por el brillo de las copas de champán.

Puede que fuera la soledad que me acompañaba durante el día; la cálida acogida que me brindaba Juan durante la noche; sus manos, que volaban elegantes cual gaviotas cuando me contaba alguna cosa, que me tocaban suavemente el codo cuando íbamos a cruzar la calle; sus ojos amables, que eran capaces de ir más allá de la risa cuando sus labios apenas esbozaban una sonrisa; sus atentas palabras, que hacían desaparecer el desaliento. No podría decir qué fue. Tal vez no fue nada de esto y tal vez lo fue todo, sólo puedo decir que una noche en el que la blanca mano de Selene se colaba por la ventana de mi habitación, el sueño me abandonó mientras evocaba su beso al despedirse de mí en la puerta del hotel. Un beso casto, he de decir, en la mejilla, mas que casi rozó la comisura de mis labios. La aurora me sorprendió inventando historias que yo misma sabía que eran imposibles.

Al día siguiente, cuando me encontré con Juan, mis sentimientos recién estrenados cubrieron mi rostro de un rubor adolescente. El azoramiento me tornó tímida y las palabras morían en mi garganta antes de nacer en mis labios. Afortunadamente para mí, él no pareció darse cuenta de lo que estaba sintiendo y, como cada noche, me hizo hablar de mis andanzas parisinas mientras degustábamos la cena. Yo no sé aún cómo pude sobreponerme a la emoción y hablar con fingida naturalidad. Mis ojos espiaban los suyos buscando una chispa del mismo sentimiento que a mí me invadía, mas no veía en ellos sino la calma apacible de cada noche.

Los días siguientes, fueron un tormento para mí. Unas veces creía atisbar en su mirada el centelleo de la pasión, mas esa luz, si existía, se extinguía antes de que pudiera atraparla y la duda sobre lo entrevisto me llenaba de preguntas que no me atrevía a pronunciar. Otras veces era el roce casual de sus manos, el regalo de una rosa roja, mi nombre pronunciado con dulzura, lo que avivaba mi ilusión; pero bastaba una palabra para que despertara el recuerdo de su novia y todas mis esperanzas se desvanecieran dejándome desolada. Más de una vez me he preguntado cómo no se percató de mi amor; o tal vez sí lo hizo, pero prefirió ignorarlo para que el inoportuno afecto fuese muriendo poco a poco. Aparentemente nada cambió entre nosotros, aunque aquel sentimiento estaba haciendo crecer sus raíces en mi corazón más y más profundas.

La última noche de mi estancia en París, los dioses que custodian la ciudad se burlaron de mí y dejaron que creyera que el velo del amor había caído sobre mi amado. Juan, como de costumbre, me invitó a cenar: conociendo mi precario bolsillo, nunca me dejó pagar ni tan siquiera un bombón helado. En aquella ocasión, me sorprendió con un bistrot en un pueblecito a las afueras de París, muy diferente de los suntuosos restaurantes a los que solía llevarme. Cenamos a la luz de la luna llena, que desde el firmamento parecía guiñarnos un ojo. Nos sirvieron un vino exquisito cultivado en un monasterio no muy lejos de allí. Yo, que entonces no sabía distinguir un licor de otro, lo degusté con verdadero placer. En cada sorbo me parecía percibir el sabor de la ciruela, las moras y la frambuesa flotando en la uva. Juan se dejó llevar por la dulzura del caldo, llenando y volviendo a llenar su copa una y otra vez. Quizás por ello su lengua se mostró charlatana aquella noche. La risa alborozada y las palabras corrían a raudales con la misma alegría con la que escanciaba el vino. Durante la cena, nuestras miradas se cruzaban con tal intensidad que hacían arder mis mejillas.

Al acabar la cena, dimos un paseo por los alrededores. Caminamos por una vereda franqueada de álamos. Mientras me hablaba del amor a su trabajo, de los países a los que le habían destinado, de sus sueños y de sus ilusiones, nuestras manos se buscaban y, antes de llegar a lo alto del camino, se entrelazaron sin nosotros saberlo. El cielo se tiñó de morado, rosáceo y naranja cuando nuestros labios se juntaron en un beso. Y, como si tal beso rompiera el hechizo de la noche, Juan se apartó de mí y se adelantó a paso rápido hacia donde tenía aparcado el coche.

Al día siguiente, como si nada hubiese ocurrido, me fue a recoger al hotel para llevarme al aeropuerto. Por el camino, no me atreví a hablarle de la noche anterior y él tampoco dijo una palabra. Al igual que a mi llegada, el coche discurrió por los Campos Elíseos. Mi corazón se entristeció al dejar atrás la Madeleine, la Torre Eiffel, el Obelisco, el Arco del Triunfo... Al despedirme de París, le estaba diciendo adiós a un sueño, quién sabe si a una parte de mí, y, como la canción, me parecía mourir d'aimer.

Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo para embarcar. Antes de partir, Juan me dio un tierno beso en los labios y me entregó una rosa blanca. Este es la última imagen que tengo de él. 

Cuando llegué a Madrid y me sumergí en la rutina del día a día, el recuerdo de París se fue desvaneciendo hasta llegar a dudar si no había sido todo un sueño. En septiembre, siguiendo los consejos de mi padre, me matriculé en una academia que preparaba las oposiciones de segunda enseñanza que me obligaba a someterme a un horario muy riguroso si quería seguir el ritmo de estudios que llevaban en la clase. Después de las vacaciones navideñas, empecé a salir con otro aspirante a profesor como yo. No sé si era porque faltaba la magia de las luces de París o porque los besos no tenían el sabor de lo inalcanzable, lo que sí sé es que, pese a cobrarle un gran cariño, mi novio, pues pronto nos prometimos, no lograba despertar la ilusión que la sola presencia de Juan hacía nacer en mí.

Durante un tiempo, me hizo temblar el sonido del timbre de la puerta. Mi loca fantasía me hacía imaginar que, tras encontrarme, me llevaba con él; mas nunca me envió ni tan siquiera una felicitación de Navidad. Y con el paso de los meses, fui olvidando sus ojos amables, su voz acariciadora, la sonrisa que llenaba de luz su mirada. 

Al año de mi viaje a la capital francesa, me casé. Mi vida se llenó de obligaciones: la casa, mi marido, mi trabajo... Dejé de tener un momento para mí y abandoné mis ensoñadoras fantasías. Atrás quedó la joven casi adolescente que se extasiaba cuando veía un ramillete de violetas color añil. Y, cuando nació mi hijo, me colmó de tanto amor que olvidé mi verano en París.

Han pasado muchos años desde entonces. Hace tiempo que vivo sola. Mi marido y yo nos separamos cuando nos dimos cuenta de que las mismas palabras tenían distinto significado para cada uno de nosotros, que el color de la mañana no nos evocaba las mismas imágenes. Mi hijo ya es un hombre y tiene su familia. Cada vez le veo con menos frecuencia. No me quejo: sé que tiene que ser así. Y es ahora, que mi cabello se ha teñido casi de blanco y me cuesta reconocer mi rostro en el espejo, cuando mi mente vuelve a París. Me despierto en medio de la noche y me parece oír una voz que susurra mi nombre mientras a lo lejos se escuchan los acordes de una canción: “Mourir d'aimer”.