miércoles, 22 de julio de 2015

Una furtiva lágrima



I
Hacía poco menos de dos años que un expediente de regulación de empleo en la editorial en la que había trabajado durante diez años me había dejado en la calle. Por entonces, estaba a punto de agotarse la prestación de desempleo y no veía muchas posibilidades de encontrar un nuevo trabajo. Mi currrículo se encontraba en la mesa de todos los editores y agentes literarios que conocía de mi etapa como editor de adquisición, aunque no tenía muchas esperanzas de que me hicieran caso. Ya os podéis imaginar, por tanto, el estado de depresión próximo a la desesperación al que estaba llegando. Pasar la mañana ante la pantalla del ordenador y rastrear las escasas ofertas que se ajustaban a mi perfil profesional se había convertido en un trabajo casi tan duro como el de quienes empiezan el día hacinados en el metro o en el autobús camino del lugar donde se ganan el pan.

Delante del ordenador estaba cuando me telefoneó Tomás Muro con un posible empleo para mí. Era éste un antiguo compañero de nuestra etapa de estudiantes en la facultad de filología hispánica. Tenía una pequeña agencia literaria y había coincidido conmigo alguna que otra vez durante mis años como editor. No quiso darme muchos detalles por teléfono; sólo me dijo que tenía un trabajo que, tal vez, me podría interesar; un trabajo muy distinto, afirmó, del que desempeñaba en la editorial; diferente a cuantos se ofertaban en la prensa y en los portales de internet. No me importa confesar que las palabras de Tomás me intrigaron, pese a que en el fondo presintiera que no escondían ningún misterio. ¿Qué misterios podía ocultar un hombre tan gris como mi antiguo compañero de estudios? Aun así debo admitir que acudí al restaurante en el que me citó para comer con algo más que la expectativa de un trabajo convencional. Pero las más peregrinas especulaciones que mi mente pudo imaginar no se acercaban ni de lejos a lo que me esperaría en los meses siguientes.

Antes de que nos trajesen la comida, Tomás puso sobre la mesa un abultado sobre color manila con el membrete de su agencia. Lo tomé en mis manos y extraje su contenido. Como, imaginé, se trataba de una novela. Su título: "Una furtiva lágrima", el mismo que la célebre romanza de Donizetti. Guiado por mis antiguos hábitos como editor, leí el primer párrafo del texto antes de dejarme influir por el resumen del argumento que acompañaba la novela. Siempre me he preciado de tener buen olfato: he descubierto alguna que otra perla y desechado más de una basura con este primer vistazo. Y he de decir que el libro que tenía entre mis manos no tenía mala pinta.

—Supongo que querrás que lo lea y te haga un informe.

—No, no. Lo que quiero es que te hagas pasar por el autor.

Tuvo que darme muchas explicaciones hasta que comprendí lo que quería de mí. 

—La novela es buena, muy buena —me dijo Tomás—, pero el autor no quiere que se sepa que la ha escrito él. 

Me explicó que estaban buscando una persona que hiciera las veces del autor a todos los efectos; que diera su nombre y estuviera dispuesta a entrar en la vorágine de la promoción con todo lo que eso suponía: viajes, entrevistas en los medios, etc. Sí, porque Tomás no tenía la menor duda de que la novela sería un éxito. Había pensado en mí porque conocía el medio y no me iba a asustar si se desbordaba la situación. Nadie sino él, el escritor y yo conoceríamos la verdad. Y yo ni siquiera tendría acceso a la identidad del novelista. 

—¿Entonces no vas a decirme quién es el autor? —insistí cuando terminó de hablar.

—No quiere que ni siquiera tú lo sepas. Lo siento, pero en este punto, ha sido tajante. Si se llega a filtrar algo, él abandonará el proyecto, llevándose consigo la oportunidad de publicar la novela. Y eso sería un desastre, te lo digo yo.

—¿No será un delincuente? —pregunté medio en broma, medio alarmado.

—¡No! —contestó entre risas, como si oyera un chiste del que sólo él conociera su significado.

—Igual eres tú mismo el autor.

—Te aseguro que si yo hubiese escrito esa novela, no querría que otro se llevara la gloria. No te digo que no haya estado tentado de asumir yo mismo el trabajo pero no creo que tuviera la calma suficiente para afrontar lo que nos vendrá después.

—¿Tan seguro estás de que gustará? Lo más probable es que no sea más que una de las muchas novelas publicadas que sólo leen los amigos y la madre del autor.

—Créeme. Será un éxito rotundo.


Algo aturdido por lo insólito de la oferta, me sumergí aquella misma tarde en la historia que se escondían entre las casi trescientas páginas que me entregó Tomás. La novela especulaba sobre la autoría de la romanza del compositor de Bérgamo. En el inicio del libro se contaba cómo un musicólogo francés había encontrado un documento que demostraba que la compositora de la bella canción era una joven de la misma ciudad de Donizetti. Tras esta introducción, la novela retrocedía a la época de esplendor del bel canto. Todos los aficionados a la ópera saben bien que el empresario del Teatro della Canobbiana de Milán, Alessandro Lanari, encargó a Donizetti una ópera, dándole un plazo de dos semanas para que la concluyera. En la novela el compositor, angustiado por lo apremiante del encargo, se apropia de la romanza compuesta por Ofelia Minniani, amante del autor de tantas óperas. El personaje de Ofelia, creado por el novelista que se quería ocultar tras mi nombre, me fascinó desde la primera línea en que apareció. Lo describía como una mujer joven, de largos cabellos cobrizos y los rasgos elegantes de las damas florentinas que pintara Ghirlandaio; una joven con una educación exquisita capaz de componer una canción como “Una furtiva lágrima”, la más lograda de Donizetti, si me permiten mi opinión. 

A lo largo de la novela, se recrean los sentimientos de la joven Ofelia desde que se enamora de un Donizetti de veintiocho años hasta que descubre su traición. Sin caer en sentimentalismos fáciles, pero con un lirismo delicado que me fue envolviendo a medida que iba leyendo: la timidez del inicio, cuando se prenda del músico pero lo ve como un ser inalcanzable, la dicha cuando el amor es correspondido, el dolor del abandono y el desgarro de la traición. No paré hasta terminarla al mediodía de la mañana siguiente, hechizado por la historia y las arias de "El elixir del amor", que me acompañaron al tiempo que avanzaba en la lectura. Al finalizarla, la sorpresa del desenlace. El autor regresa a nuestra época para mostrarnos que tan fascinante mujer no existió nunca sino en la imaginación del musicólogo que decía tener las pruebas del plagio. Y, al llegar a la última palabra, supe que Tomás tenía razón: la novela sería un éxito seguro.

Con sentimientos encontrados por considerar que me estaba apropiando de una perla preciosa que no era mía y el prurito de todo editor de ver en el mercado una obra a la que se augura un brillante futuro, acepté la oferta. En pocos meses me vi inmerso en un carrusel de popularidad del que no podía bajarme ni siquiera un instante. Me requerían para entrevistas en la radio, la televisión, la prensa escrita y la digital; mi fotografía aparecía en los lugares más insólitos; tenía que luchar contra el asedio de los responsables de programas de telerrealidad que me hacían las ofertas más extravagantes. No encontraba sosiego ni en los trenes y aviones que tomaba rumbo a ciudades en las que me aguardaban miles de admiradores haciendo colas en los grandes almacenes a la espera de mi firma en uno de los ejemplares del libro.

No tenía ni un minuto que perder en inútiles reflexiones; mas, al llegar la noche, me asaltaban pensamientos que me causaban gran desazón. Pese al contrato laboral que avalaba mi actuación, sentía que me estaba adueñando de unos laureles que le correspondían a otro, cual ladrón que se apropia de un tesoro. Mi sentido ético se rebelaba contra aquella fama postiza. Me preguntaba por el escritor al que estaba suplantando. ¿Quién era aquel novelista que se escondía mientras su obra ascendía al Olimpo de la mano de un desconocido?, ¿cómo se sentiría al ver que su obra era elogiada por entendidos y profanos?, aunque hubiese sido idea suya, ¿no albergaría en su corazón algún tipo de resentimiento contra mí? Inútil fue preguntarle a Tomás: su negativa a responder a mis preguntas era rotunda y no le sacaba más palabras que las que me dijera el primer día. La única novedad que logré arrancarle un día que bajó la guardia fue que el autor no era autor, sino autora: se trataba de una mujer joven.

Me empecé a obsesionar con la joven escritora. Mi deseo de saber quién era, de conocerla, me mantenía despierto hasta bien entrada la madrugada fabulando sobre su apariencia, su vida; cuando mi imaginación se desbordaba, creía entreverla junto a mí acabando con la solitaria existencia que arrastraba desde hacía años. En mi mente, se confundían la mujer tejida por los sueños y la Ofelia de la novela: mujeres de delicada sensibilidad y llenas de ternura; de exquisita belleza y capaces de enamorar a cuantos se acercaban a ellas. Gasté lo que no tenía en un detective privado que, tras seguir a Tomás durante un mes, sólo pudo proporcionarme un listado de los escritores que éste representaba. Ninguno de ellos podía ser mi Ofelia.

Fue un cruce de miradas fugaz, advertido de forma casual, el que me llevó a ella. Había estado comiendo con Tomás en el mismo restaurante de nuestra primera cita para hablar de una entrevista relacionada con la novela. Cuando nos dirigíamos hacia la salida, me quedé rezagado después de que la manga de mi abrigo quedara enganchada en el respaldo de una silla. Cuando alcancé a mi amigo, vi, sin que él lo advirtiera, cómo cruzaba una mirada con una joven sentada junto a la ventana. Apenas llegó a un segundo, pero bastó ese parpadeo y el gesto de asentimiento con el que la joven le respondió para que mi mente se pusiese a trabajar. Seguro que era ella, me dije.

De cabellos  cobrizos  y con los rasgos elegantes de las damas florentinas que pintara Ghirlandaio, la joven no tendría sino unos pocos años más de la treintena. Su rostro era un óvalo casi perfecto de tinte nacarado sobre el que caían a los lados unos rizos que habían escapado de su peinado. Su mirada, que apenas vi un instante, desbordaba dulzura. El blanco de su cuello contrastaba con las cuentas de coral de su gargantilla. Huelga decir que quedé prendado de ella nada más verla. 

No quise que Tomás se diera cuenta de mi descubrimiento. Me despedí de él apresuradamente pretextando una urgencia inexistente. Y, en medio del frío de aquella tarde de febrero, aguardé su salida del restaurante vigilando desde el otro lado de la calle. No me atreví a abordarla cuando la vi en el umbral de la puerta; mas la seguí a distancia sin que ella se percatase de mi presencia. Tuve suerte porque no subió a ningún vehículo sino que siguió caminando por la acera hasta que entró en el portal de un edificio de la misma avenida. Tras unos minutos de vacilación, me introduje en el vestíbulo. El portero de la finca debió de confundirme con algún vecino porque no se interpuso en mi camino cuando me dirigí a los buzones. Ignoro lo que esperaba encontrar entre los nombres de los habitantes de aquel edificio, pero, en cuanto lo vi, supe que la había encontrado. En la etiqueta de uno de los casilleros pude leer su nombre: Ofelia Giménez.

Subí al piso en el que vivía y me detuve ante el apartamento que indicaba el buzón. Vacilé unos instantes antes de pulsar el timbre y, unos segundos después, ella misma me abrió la puerta. No puedo decir cuál era la reacción que esperaba de la joven, pero, desde luego, no la que mostró. Su rostro expresaba angustia, temor. Intenté tranquilizarla. Me presenté por si no me había reconocido, pero ni aun así no logré de ella más que sonidos inarticulados. Los pocos minutos que estuve en el umbral de su casa quedó clara mi torpeza y, sin conseguir que recuperara algo de sosiego, me marché casi más asustado que ella.

Anduve durante horas por las calles de la ciudad sin ser consciente del paso del tiempo. Mi pensamiento daba una y mil vueltas intentando encontrar una explicación a lo ocurrido, mas ninguna razón que me daba lograba satisfacerme. ¿Qué había sucedido?, ¿por qué mi sola presencia había desencadenado aquel desmesurado terror?, ¿qué podía temer de mí después de saber quién era?, ¿qué se ocultaba tras una joven tan bella y con tanto talento para que viviera, sospechaba, apartada del mundo?, ¿tendría que haberme quedado junto a ella hasta que se tranquilizase o el solo hecho de permanecer junto a ella no habría servido sino para agravar su estado? Especialmente esta última pregunta aguijoneaba mi corazón con remordimientos e inquietudes.


II
Era ya noche cerrada cuando subí los diez tramos de escaleras que me llevaban a la buhardilla en la que vivía. Apenas se veía: se trataba de un edificio centenario que sólo tenía una bombilla mugrienta en el descansillo de cada piso. No es, pues, de extrañar que me sobresaltara cuando, al llegar a la puerta de mi casa, una enorme figura me saliera al paso. En la penumbra del pasillo no vi al que creí mi atacante, que tal me pareció pese a no haberse más que acercado a mí, sin tocarme siquiera. Mas sus bruscos movimientos en la oscuridad unidos a la tensión que traía lograron asustarme y no me permitieron reconocer a Tomás. Tampoco el enfado que traía mi amigo contribuyó a que nos entendiéramos y no fue hasta que no di con el interruptor de la luz y se iluminó el descansillo cuando nos vimos las caras y pudimos reconocernos.

Al entrar en la buhardilla, Tomás empezó a increparme. Tal vez fuera la sorpresa por verlo realmente enfadado por primera vez en los casi veinte años que hacía que nos conocíamos, tal vez no fuese más que el nerviosismo que venía acumulando desde hacía horas. No lo sé. Lo cierto es que me costó un buen rato comprender lo que me estaba diciendo; sus reproches por haber quebrado su confianza y no respetar los deseos de Ofelia. No me escuchó cuando le quise explicar que no quería hacerle ningún daño.

—Después de todo —le dije —. ¿qué pensaba que iba a hacerle yo? Estáis haciendo una montaña de un grano de arena. Vale que yo no he respetado vuestro trato, pero vosotros me estáis ofendiendo. Tampoco he ido a robar ni nada parecido.

Cuando logramos calmarnos, nos sentamos en la mesa de la cocina y fue entonces cuando me contó la vida de la misteriosa novelista.

Ofelia era prima de la mujer de Tomás. Había nacido en una familia numerosa de siete hijos cuando ya nadie la esperaba. A su llegada al mundo, el más pequeño de sus hermanos paseaba sus doce años por el patio del colegio mientras que el mayor vivía con ilusión la salida de la universidad. Sus padres, que disfrutaron jóvenes de la paternidad, se veían de pronto con un bebé a las puertas de la vejez. Todo el mundo que conocía a la familia pensó que Ofelia iba a ser una niña mimada y consentida; pero nada más lejos de lo que ocurrió. El infortunio quiso que, desde sus primeros meses de vida, estuviera a la vista de todos sus diferencias con sus brillantes hermanos. Anduvo meses más tarde de lo que lo hicieron ellos y dijo sus primeras palabras cuando ya hacía tiempo que había cumplido el primer año de vida. Sus padres la comparaban con sus hermanos mayores olvidando que cada niño crece a un ritmo diferente. La tomaban las manos y pronunciaban en alta voz las palabras separando mucho las sílabas para que las repitiera o la cogían por los bracitos para que diera uno, dos o tres pasos. Presos por el temor de que la niña sufriera algún defecto que ocasionara el retraso en su desarrollo, le transmitían a Ofelia la angustia que a ellos embargaba. A los tres años, cuando ya habían olvidado la torpeza de sus primeros pasos, el afán de sus padres por que hablara correctamente hizo que empezase a tartamudear. Su madre se sentaba con ella y le hacía repetir una y otra vez las palabras con la esperanza de que, así, desapareciera su hablar vacilante. Mas lo único que lograba era que el miedo se apoderase de la pequeña Ofelia y las palabras se atropellaran en su garganta antes de salir.

Tal vez si no hubiesen prestado tanta atención, se habría ido desvaneciendo poco a poco aquel balbuceo al hablar, pero sus padres y hermanos le llamaban la atención de continuo sobre sus dificultades para pronunciar las palabras. La entrada en el colegio empeoraron las cosas. En sus años escolares, más de un niño se burló de su tartamudeo y Ofelia, sensible en demasía a las críticas y a las mofas, temía el momento en que debía hablar, por lo que se iba volviendo con los años más y más retraída. Rehuía a la gente, desconfiando de las intenciones de niñas y niños que se acercaban a ella en busca de amistad. Su refugio, en aquel tiempo, fue el estudio y sus calificaciones dejaban atrás las del resto de la clase.

Sólo mostraba su carácter alegre y juguetón cuando estaba con sus primos. Sentía adoración por su prima Rosario, la que luego sería esposa de Tomás. Era de su misma edad y con ella compartió juegos en su infancia; confidencias en su juventud. Sus tíos la llevaban en vacaciones a la playa y con ellos pasaba los veranos olvidando la angustia vivida en los meses de invierno. Su conversación se hacía fluida en aquellos meses pues el miedo a tropezar en alguna palabra casi desaparecía por completo.

Acabó el colegio con unas calificaciones más que brillantes y al año siguiente entró en la facultad de Derecho. En la universidad apenas se relacionaba con uno o dos compañeros, por lo que pronto fue tenida por distante y engreída. Aquella fama, lejos de molestarla, la complacía pues la protegía de lo que ella llamaba "el problema". Y, así, pudo finalizar sus estudios sin sufrir los grandes contratiempos que la causaban tanta inquietud.

Desde hacía varios años, vivía sola en el apartamento en que la encontré aquella tarde. Trabajaba desde casa para Tomas leyendo los manuscritos de escritores noveles que llegaban a su agencia. Las tardes en las que el tiempo era benévolo daba largos paseos por el campo y cuando amenazaba lluvia, solía entrar en algún cine con una amiga que conservaba de la universidad y disfrutaba de las películas que se estrenaban con más retraso que en la capital. Los domingos Rosario la invitaba a comer y pasaba con ella toda la tarde. A Ofelia le costó aceptar la compañía de Tomás, después de tantos años de recelar de la gente. Fue Rosario la que, con paciencia, consiguió que confiara en él y fue él el que la animó a escribir cuando descubrió los relatos que escribía por las noches. Porque a Ofelia, a la que le costaba tanto pronunciarlas, le encantaba jugar con las palabras. En el papel decía lo que sus labios callaban.

Cuando Tomás terminó de hablar, permanecimos unos minutos en silencio, cada uno recogido en sus pensamientos. Sin saber muy bien qué decirnos, tomábamos sorbos de cerveza mientras asimilábamos los acontecimientos del día. Después, Tomás cogió el abrigo y el paraguas del perchero, abrió la puerta de la entrada y se marchó sin tan siquiera despedirse.

III
Las semanas siguientes, no conseguí quitarme a Ofelia del pensamiento. Tal vez pueda parecer que me dejaba llevar por un romanticismo trasnochado, pero lo cierto es que me sentía más y más hechizado por su imagen. Volvía una y otra vez a las páginas de "Una furtiva lágrima" buscando en sus palabras la esencia del espíritu de la joven escritora. Creía atisbar en las escenas que elegía sus sentimientos; los párrafos que leía al azar cobraban otro significado. O, tal vez, aquello no fuese más que fruto de mi alocada fantasía.

Durante aquellas semanas, buscaba sin encontrar la manera de acercarme a Ofelia. Una idea fija se había instalado en mi inteligencia: no alcanzaría la felicidad hasta que no fuese yo el que llevase la dicha a Ofelia. Asistía distraído a los actos que organizaba Tomás para promocionar la novela y, cuando me quedaba solo, me perdía por las callejuelas de la ciudad y espiaba a las mujeres que caminaban por las aceras con la esperanza de encontrar su rostro entre tantos rostros desconocidos. A falta de su fotografía, cubrí las paredes de láminas con reproducciones de las pinturas de Ghirlandaio. Recuerdo una de ellas con "El retrato de Giovanna Tornabuoni" cuya serenidad me hacía presentir la serenidad de Ofelia si el destino se preciaba en unirnos.

Un día llegó a mi correo electrónico las preguntas de una entrevista en forma de cuestionario de una revista literaria. La mayoría de las cuestiones versaban sobre el proceso de creación de la novela. Al principio pensé improvisar las respuestas, pero luego se me ocurrió que ésta podría ser la oportunidad que estaba buscando para ponerme en contacto con Ofelia. Para no forzar la situación, le pedí a Tomás el correo electrónico de la joven, que me facilitó después de prometerle que no intentaría volver a verla. A mi primer correo con la novelista le di un carácter casi formal: Presentía que, si quería ganarme su confianza, no debía tomarme muchas familiariedades. Me disculpé por mi intromisión el día que la seguí asegurándole que mi desafortunado comportamiento no era sino fruto de mi admiración por ella y por su obra. Después le hablé de mí. Es curioso cómo el hecho de estar ante la pantalla del ordenador sin ver al destinatario de tus palabras alienta las confidencias. Sin darme apenas cuenta de ello, volqué sobre el teclado sentimientos que ni siquiera sabía que albergaba mi corazón. Sólo en el último párrafo mencioné la entrevista y le pedí que me diera las respuestas a las preguntas del formulario y así poder responder como a ella le complaciera.

La contestación a mi correo electrónico se demoró varias semanas. En mi impaciencia había estado a punto de escribirla de nuevo en distintas ocasiones; mas presentía que si me precipitaba, ella se negaría a tener ninguna relación conmigo. Vi con complacencia que me hacía preguntas sobre la promoción. Quería que le contase lo que decía la gente acerca de su novela: los personajes, la historia, lo que más gustaba y lo que causaba desagrado. Aquellas preguntas eran la puerta que dejaba entreabierta para que la siguiese escribiendo: el inicio de una correspondencia que se prolongó durante casi un año.

Al principio, no le hablaba más que sobre asuntos relacionados con la novela. Le enviaba los correos que me llegaban de los lectores y la animaba a contestar ella misma. Le contaba mis viajes, los lugares a los que me llevaba su maravillosa novela, la gente que conocía en el camino y lo que me decían de la historia de la otra Ofelia. Ella, poco a poco, me fue contando más cosas de sí misma. Frente a la imagen que me había dibujado Tomás, Ofelia no era una joven desdichada. En ella brotaba la alegría de vivir y sabía disfrutar de muchas más cosas que la mayoría de las personas que conozco. Una flor, la sonrisa de un niño, un buen libro... podían despertar su contento. Tampoco era verdad, como creía mi amigo, que viviera completamente aislada del mundo. En el barrio en el que vivía era conocida y querida por mucha gente. Ella no hablaba mucho, pero le gustaba escuchar a los demás y, aunque no tuviera muchos amigos, disfrutaba a menudo de la compañía de sus vecinos.

Con el transcurso de los meses, la correspondencia que manteníamos se hizo más y más frecuente. Dejé de confundir a la Ofelia de la ficción con la real, que se iba haciendo más y más presente en mi corazón. Allí donde fuera, la llevaba conmigo. Si me ocurría alguna cosa buena, no vivía hasta que no me sentaba delante del ordenador y la compartía con ella. Los lugares que visitaba no cobraban belleza hasta que no encontraba las palabras para hacérselos ver y la música que oía no era sino ruído hasta que no le enviaba un enlace para que mi Ofelia la pudiera escuchar.

Pero, con el tiempo, esta relación virtual me supo a poco. En mi mente se aposentó una idea fija: tenía que verla, estar con ella. No me atrevía a proponérselo por temor a asustarla, pero tampoco quería implicar a Tomás otra vez. Un día, leí en el periódico que se iba a estrenar la ópera “El elixir del amor”. Compré dos entradas e introduje una de ellas en un sobre con una nota en la que le decía que la esperaba a las diez de la noche en la puerta del teatro. No sabía si acudiría o me dejaría solo aguardando. Me lo estaba jugando todo en una noche y, nada más poner el sobre en el buzón, me arrepentí de mi osadía.

Llegué con veinte minutos de adelanto. Era una noche de mediados de julio. Las estrellas en el firmamento competían con la luz que irradiaban las elegantes mujeres que ascendían por la escalinata de mármol. Los rasos, las sedas y las gasas revoloteaban como alas de mariposas. Las familias recorrían el paseo de abedules aprovechando el frescor de la noche y algunas se detenían para contemplar a la gente que entraba en el teatro. Mi impaciencia y el temor de que Ofelia no acudiese me llevaba a dirigir mi mirada del reloj del campanario a la esfera de mi reloj de pulsera. Y, cuando ya menudeaban los asistentes al espectáculo y creía que mi amada no acudiría, la vi bajarse de un taxi. Una joven de cabellos cobrizos recogido en un moño y del que se escapaban dos mechones rebeldes. Iba vestida de blanco con un elegante traje de noche, que dejaba a la vista de todos su serena belleza renacentista, la misma que pintara Ghirlandaio.

Me acerqué a ella con el corazón palpitante. Una tímida sonrisa asomaba a sus labios cuando la tomé las manos y deposité un leve beso en su mejilla. Y, cuando mis ojos se posaban en los suyos, vi cómo se deslizaba por su bello rostro una furtiva lágrima.